Asfalto

Suena el despertador. Cinco y cuarto de la madrugada. Una ducha rápida. Preparar un desayuno frugal. Despertar a la prole (y a la santa, que si nunca tuvo tensión arterial lo bastante alta como para encarar las mañanas, imaginen a tan temprana hora). Las seis menos diez. Todos casi a punto. El equipaje acomodado en el maletero desde anoche (no dejes para hoy lo que pudiste hacer ayer). Montados en el auto con el depósito de carburante lleno nos ponemos en marcha a las seis en punto. Cinco minutos después nos incorporamos a la autopista (modernidad, avance inexorable de los tiempos: las infraestructuras a las puertas de tu casa). Sólo es cuestión de devorar kilómetros y que pasen las horas. No ha amanecido y la oscuridad y la luz de los faros conforman un paisaje sin interés. Pronto amanecerá pero no será muy distinto. El negro dejará paso al gris del asfalto y al azul de un cielo que irá mostrando distintas tonalidades de las que apenas nos percataremos. Al cabo de tres horas -o tres y media- nos detendremos. Será para cargar más carburante, estirar las piernas, aliviarnos y tratar de engullir un bocadillo hecho con pan de ayer. Luego retomaremos el camino y a la una habremos llegado al destino. Con suerte podremos aparcar cerca de la Pícara Justina para tomar dos vinos y, a las dos, nos sentaremos a comer donde Teo. Setecientos mil metros y cuatrocientos veinte minutos nos separarán del punto de partida. El viaje habrá resultado rápido y seguro. Nos alegraremos de poder aprovechar tan bien los pocos días de vacaciones. Incluso puede que lleguemos a alabar el formidable genio humano, capaz de acortar distancias que no hace tanto nos parecían colosales. Elogiaremos las ingentes obras de ingeniería que nos han permitido atravesar de punta a punta el país en tan corto espacio de tiempo. De nuevo admiraremos la modernidad. Pero en el fondo quedará un poso de amarga tristeza porque sabemos que nos han hurtado lo mejor: los paisajes de verdad; los olores, los sabores, los colores; las ciudades y los pueblos, con sus iglesias, sus catedrales, sus plazas; con sus rebaños; con sus gentes. Sí, ya casi nos tele-transportamos, pero nos han robado el gran placer de viajar.

                                                                                                                          Phil O’Hara

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