El último hombre

La luz de atardecer crepitaba en los tejados, como el rescoldo de un ascua agonizante.

Una música cansada se deslizaba por los desiertos tiovivos y un viento, igualmente lánguido y perezoso, arrastraba nubes de polvo por las calles.

Nadie recogía la ropa de los tendederos y las flores se marchitaban sin remedio en sus macetas, sedientas de agua y de cariño. Los semáforos, ajenos a todo, seguían cambiando absurdamente de color sin saber que ningún conductor hacía ya caso de sus instrucciones.

Y entonces una lágrima furtiva resbaló por la mejilla del último hombre porque sabía…porque sabía que ya no volvería a llorar nadie.

Jardiel Poncela

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