dioses

Sostiene la paleontología que los primeros homínidos datan de hace unos cuatro millones de años. Asomaron -declaran los paleobiogeógrafos- en algún lugar del hemisferio sur; en lo que hoy denominamos África. Desde entonces hasta hoy tiempo ha habido para ir evolucionando y, la verdad sea dicha, desde que aquellos homínidos debieran asombrarse de sus propios pinitos, nos hemos aplicado con cierta fortuna a la espinosa tarea de evolucionar. El largo y fastidioso camino recorrido, empero, no está exento de no pocos episodios a todas luces desafortunados que si bien es cierto que no debieran caer en el olvido, no lo es menos que no han de empañar lo exitoso del afán. Pongan ustedes cuantos peros deseen y objeten a discreción; evolucionar, lo que se dice evolucionar, hemos evolucionado una buena tirada; es indudable. Tanto como que hoy somos, por poner un ejemplo, capaces de reparar casi todo: desde el más simple y rudimentario al más sofisticado y refinado de los utensilios. Todos sin prácticamente excepción pueden ser reconstruidos, reparados, arreglados, mejorados incluso; ninguno habrá que roto, oponga gran resistencia al ingenio humano, capaz de devolverlo a su anterior condición. Un balancín de madera o uno de metal con forma de caballito, estropeados; un reloj que ha dejado de funcionar; ninguno se nos resistirá. Cualquier objeto, por complejos mecanismos que lo armen, por ocultos resortes que lo propulsen, por extraordinarias funciones que pueda ejecutar, aunque demande una precisión extrema, de averiarse, lo podremos reparar. Súper computadores, naves espaciales, microscopios atómicos o colosales telescopios; aceleradores de partículas, igual da.

Pero el genio del hombre no se para ahí sino que enfrenta los mayores retos con la íntima convicción de que serán superados, afirmémoslo sin rubor, sin demasiada dificultad. Sanar un hueso fracturado, un hombro luxado, un apéndice inflamado, un órgano infectado, ¡qué poco escapa al vasto saber humano que parece poder abarcarlo todo!, y si acaso algo hay que se resista a ser subyugado, será cuestión de tiempo vencer su obstinación, domar su altanería. Ante todo y frente a todo capaces; capaces de crear, de recrear, de procrear; de erigir descomunales obras de ingeniería; de atravesar montañas, de tender puentes, de salvar distancias. El genio del Hombre, nuestro genio: lo que más nos asemeja a un dios. Y sin embargo cuatro millones de años no han bastado, ni bastarán cuatro millones de años más, para que podamos apenas insuflar un sencillo hálito de vida en un pájaro muerto. Incapaces de devolver a la vida lo que la muerte nos arrebató. Miserables dioses de cartón piedra; una ínfima brizna, ni una gota de agua, poco más que nada; somos dioses, ridículos dioses todopoderosos de cartón piedra.

                                                                                                                                                                                                                                                                          Phil O’Hara

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