Simón el Estilita

Simón el Estilita es un santo anacoreta que vivió en el siglo V y pasó más de la mitad de su vida (treinta y siete de los sesenta y nueve años a los que murió) en lo alto de una columna en el medio del desierto. El cineasta Luis Buñuel hizo una película de tono satírico sobre él, en la que no salía muy bien parado. Yo me he propuesto rescatar su figura, convirtiéndolo en un héroe trágico que desafió la autoridad divina (versión cristiana del mito de Prometeo) lanzando el siguiente desafío a Dios: “Yo no me muevo de aquí hasta que no me demuestres que existes”. Ignoro, claro está, cuáles pudieron ser las verdaderas motivaciones de este señor para entregarse con tan desmesurado celo a tan extravagante penitencia, pero no me importa demasiado. Ésta es la versión en la que a mí me gusta creer.

Son ya treinta y siete estíos (o un solo estío permanente) los que pesan sobre tus párpados, y éstos se prestan a rendirse dócilmente a la noche definitiva. A partir de mañana, cuando una vez más el sol asome impasible sobre la línea del orto, tu ávida mirada de orate ya no tornará a recorrer, desde lo alto de tu atalaya, estos páramos abrasados por el calor y el silencio.

Poco antes de que se cierren para siempre, tu vida vuelve a desfilar ante tus ojos. Los treinta y siete años duran apenas lo que dura un parpadeo ¿Acaso fueron algo más que un parpadeo? Tú creíste percibirlo como el sedoso deslizar de los granos en un reloj de arena que con morosa delectación va precipitando los minutos y los siglos, pero ahora comprendes que el tiempo es en realidad un paciente camaleón que yace agazapado en la profundidad de la noche y termina por devorar con un solo golpe de su lengua protáctil, larga y fulminante como un dardo, todo lo que encuentra a su paso: civilizaciones e imperios, sueños de fuego y de piedra, insignificantes hormigas que, como tú mismo, osan desafiar al pie del titán antes de ser aplastadas.

¿Desafiar? Sí, ya sé que eran muchos los que te consideraban un hombre santo y veían en tu gesto no sé qué ritual de redención, que habría de reportarte el favor divino a ti y a aquellos que, careciendo de tu tesón y tu fortaleza, optaran por recurrir a ti para que intercedieses por sus pobres almas pecadoras. Otros se reían de ti, y tan sólo te veían como a un loco de mirada febril y cuerpo desahuciado, prisionero tras los barrotes invisibles forjados por tu mente extraviada, incendiada por el sol implacable del desierto. Y no faltaban los corazones bondadosos que te compadecían y, conscientes de la futilidad de tu gesto aunque sin comprender tus motivos, ponían infructuoso empeño en convencerte para que descendieras de tu Gólgota hecho a medida. “Ya es más que suficiente”, te decían, “La agonía de Jesús Nuestro Señor apenas duró unas horas y tú ya llevas años allá en lo alto”. Pero tú te negabas a escucharlos, porque sabías muy bien que a esas alturas (nunca mejor dicho) el camino que habías emprendido era ya un camino sin retorno.

Pero una vez, al caer la noche, me quedé escondido tras unas rocas cuando todos se habían ido. Y te vi agitar el puño con gesto desafiante hacia la negra bóveda de la noche, y gritar con voz tonante: “Háblame de una vez. Sí, ya sé que ellos tienen razón, pero es a ti a quien quiero oírtelo. Bajaré de esta columna en cuanto tú me lo ordenes, pero me lo tienes que decir”. Y tus palabras quedaban reverberando en mis oídos y en el silencio de la noche, sin obtener otra respuesta que la de su propio eco. Y cada nuevo e impávido amanecer era como el pico inmisericorde del águila que te arrancaba una y otra vez las entrañas, haciéndote retorcer de dolor igual que al desventurado Prometeo.

Ahora todo acabó. No habrá más desfiles de curiosos ni feligreses, ni mudas plegarias de desesperación bajo el tórrido sol del desierto, ni más imprecaciones desgarradas al vacío gélido de la noche. Te sientes derrotado. Quisieras creer que Dios finalmente se ha apiadado de ti y te ha llamado a su seno, y que si guardó silencio durante todos estos años fue para castigar tu soberbia al osar retarlo. Pero la explicación real es más simple que todo eso. Sencillamente, tu órdago no funcionó. No hay nada que consiga horadar la piel del silencio tras la que se oculta Dios, o tal vez Dios sea ese mismo silencio, que se alimenta de tiempo y de sorda desesperación sin llegar a saciarse nunca. En cualquier caso, te queda al menos una certeza en el medio de tantas zozobras. Y es que, sea lo que sea lo que te espera al otro lado del telón de tus párpados definitivamente sellados, estás completamente seguro de que no podrá ser el infierno. Porque ése, desde luego, lo has conocido de sobra ya.

Jardiel Poncela

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8 pensamientos en “Simón el Estilita

  1. Adrián Montes Pazos dice:

    Lamento ser tan prosaico pero yo lo veo escandalosamente sencillo. Simplemente: Simón, como tantos otros y otras que han desfilado, desde Abraham hasta Sta Teresa, estaba como una regadera

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  2. No se trata de hacer juicios de valor, o de hacer diagnósticos psiquiátricos, sino de utilizar poéticamente una historia, para extraer de ella una moraleja determinada. Por otra parte, son innumerables los simones que día a día desperdician su vida, encadenados a su hipoteca, a su puesto de trabajo o a sus acciones en bolsa, sin que atisben nunca a ver horizonte alguno más allá de su conformismo mediocre y claudicante. Puede que Simón el Estilita estuviera como una regadera, pero me pregunto hasta qué punto estamos capacitados para darle lecciones los que nos consideramos mentalmente sanos. Él, al fin y al cabo, se limitó a ser destructivo consigo mismo, pero son legión los que se entregan con fanático denuedo a apoyar una causa insensata, disfrazándola con los ropajes de la religión o la ideología. Y millones los que los siguen. Para mí éstos son los verdaderamente peligrosos.

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  3. Adrián Montes Pazos dice:

    Puede que tengas razón pero yo no soy capaz de tomarme este tipo de cosas tan en serio. Pretendí hacer un comentario desenfadado porque, con capacidad o sin ella, todos estos santos milagreros y anacoretas meditantes me parecen un conjunto de pirados. Y también han tenido millones de seguidores y también son, han sido y serán muy peligrosos. Y no necesitan disfrazarse de ropajes, que por otra parte no se diferencian más que en su acomodación a los tiempos. Siguen proclamando causas redentoras que ellos mismos se inventan para saciar su afán de liderazgo o su vocación de maestros del cineforum

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    • La historia de la literatura está plagada de personajes pirados: Don Quijote con su obsesión por los libros de caballerías; Dorian Gray con su miedo obsesivo a envejecer; Otelo con sus celos enfermizos… Reconozcámoslo: los tipos normales no son en absoluto interesantes, desde el punto de vista literario. Vuelvo a repetir: literario. A mí Simón el Estilita en cuanto a personaje histórico me trae al pairo, como a ti. Es sólo como metáfora de la soledad del Hombre en el universo que su mito (porque dudo que la historia sea del todo cierta) me interesa.
      Aprovecho que el Bernesga pasa por León para agradecerte tus palabras elogiosas sobre mi última entrada “Dios ha muerto” (¿Lo ves? ¿Por qué decir que Dios ha muerto en vez de decir que no ha existido nunca? Así es la literatura). El equívoco (que no es la primera vez que se produce) lo encuentro hasta divertido. Acabaremos siendo lo más parecido a la coalición PSC-PSOE: un monstruo bicéfalo, con dos cabezas y un solo cuerpo.
      Una pregunta: ¿Qué quiere decir lo de “maestros del cinefórum”? Porque me ha picado la curiosidad, aunque no lo he entendido.

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  4. Phil O'Hara dice:

    Por comentar también desenfadadamente la cosa, os diré que a pesar de reconocer, pues no cabe otra, que el texto es simple y llanamente, se mire por donde se mire, prodigioso; a pesar de ello, eché en falta alguna reseña sobre la indumentaria de Simón, dado su apodo de el “Estilista”.

    En mi descargo, Señoría, decir que ya advertí de lo desenfadado del comentario.

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  5. Gracias, amigo y hermano (al parecer siamés) Phil, por tus calurosos elogios (nunca mejor dicho, si tenemos en cuenta que la historia transcurre en el desierto). Precisamente por eso, imagino que la vestimenta del buen Simón sería más bien sobria, por su doble condición de ermitaño y cliente habitual del solárium.

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  6. Phil O'Hara dice:

    Por cierto, pensé que “estilita” -que no “estilista”- era gentilicio de algún lugar de Oriente; lo acabo de buscar y veo que dice de los monjes cristianos que vivían sobre la columna, que en griego es stylos.

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  7. Interesante matiz, sí señor.

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