Venancio tiene twitter

A Venancio le conocen y estiman todos en el pueblo, especialmente desde que es una celebridad. A no ser en los días más calurosos del estío, cuando tan insoportable se hace la canícula, siempre anda con la boina calada. Desde que tengo uso de razón -discutible eufemismo pues dudo que la tenga o la use bien- no recuerdo a Venancio faltando un solo día al Viña, el bar que regenta Olvido. Invariablemente fiel a su cita, llueva o nieve o arrecie el cierzo, Venancio se vanagloria de no haberle hecho nunca oídos sordos a su llamada. Hay cosas sagradas, dice con gesto grave, y tomarse un blanco y jugar la partida con Galo, Benito y Tarso, vive Dios que lo son; como también lo es esmerarse en no madrugar nunca demasiado o irse del bar sólo después de que Olvido haya resuelto que va siendo hora de bajarle la persiana al local. A la partida de cartas sigue la charla, a la que acaban por sumarse todos los días Onésimo y Pascual, si no sabios, esforzados contertulios al menos, siempre dispuestos a despachar alguna arenga con la que arreglar el mundo desde esa modesta tribuna que es la mesa sobre la que aún descansa el verde y raído tapete. En la tertulia la voz cantante la llevan los demás; Venancio, adusto y parco en palabras, cuando abre la boca acostumbra a ser para sentenciar; acháquenlo mitad a que el paisano suele atinar, mitad a la notoriedad recientemente granjeada. Aunque no es el único feligrés con carné de primera; don Severino, el párroco septuagenario que lleva más de media vida oficiando en el pueblo, acude también a diario después de misa de once a tomar la mistela y dar solaz a vista y alma contemplando los volúmenes de Olvido, antaño tan bien proporcionados y que a pesar del paso de los años aún conservan una más que razonable armonía; si quien tuvo retuvo, esa mujer hoy de carnes no tan prietas, debió tener mucho y bien.

-Don Severino, apure la mistela y aparte la mirada, no vaya a ser que el Altísimo se lo tenga en cuenta.

– Olvido, mujer, a mi edad; si el vasito de mistela y verla con tanta salud es regalo del Señor por los servicios que uno ha cumplido.

-Déjese de monsergas don Severino y ándese usted con cuidado que el diablo merodea por donde uno menos lo espera.

Con la pensión que le quedó a Venancio de sus años en la mina le llega para vivir y encima permitirse algunos desembolsos extraordinarios. Y él, que desde mozo manifestó querencia por saber y facilidad para las letras (para algunas al menos), envidó sus escuetos ahorros como mejor creía que iban a rentarle: aprendiendo idiomas; y en ello puso tal empeño que acabó políglota. Como en el pueblo ni el chino ni el inglés iban a aprovecharle gran cosa, se decantó por otras lenguas, si no tan cultas, que le iban a resultar de mayor utilidad: la de las aves -aficionado como era a los pájaros- y la de los canes -para hacerse entender por Matías, el leal perro pastor que siempre le acompaña-. Además de aprender lenguas, Venancio se aficionó a las tecnologías que llaman nuevas -como si todas las otras fuesen tan antiguas- y en el caserón del siglo pasado heredado de sus padres puso ordenador, periféricos y conexión a internet con wifi y todo y, siendo parco en palabras y sabedor del lenguaje de los pájaros, uno comprende que no abriera cuenta en Facebook, sino en Twitter. Ciento cuarenta caracteres le sobran las más de las veces porque lo suyo es retuitear. Gracias al Twitter Venancio se ha hecho famoso en toda la cuenca. Incluso Olvido le ha propuesto ir colgando en el Viña sus trinos más celebrados; que a Venancio, según reza la actualidad, así le da alguna vez por poner un tuit y las más de ellas por un retuit. Aquí en el pueblo, que para estas cosas de la modernidad somos más bien obtusos, un figura como el Venancio, políglota y maestro de las redes, qué quieren que les diga, le llenan a uno de orgullo. En la comarca todos saben que Venancio tiene Twitter. Siguiendo su cuenta todavía somos pocos; pero no hay día que no asomen por el bar aldeanos de las villas vecinas a leer el último retuit de Venancio que Olvido habrá colgado junto al retrato de Rufino, su difunto esposo, y ya de paso, tomarse un vino y ayudar a engordar así -que buena falta le hace- la flaca caja del Viña.

Phil O’Hara

                                                                                                                                                                                                                                                                      

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

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