Derecho a decidir

Hay que ver lo rabiosamente de moda que está esto del derecho a decidir. Prácticamente, no se oye hablar de otra cosa: derecho a decidir sobre la propia maternidad (los padres en este asunto quedan sin voz ni voto, reducidos a la categoría de meros sementales); derecho a decidir sobre la nacionalidad (si soy catalán, español, o todo lo contrario; es decir, gibraltareño); derecho a decidir entre monarquía o república; derecho a decidir si queremos o no prospecciones petrolíferas frente a las costas de Canarias o Valencia. Incluso tenemos derecho a decidir si queremos el café con sacarina o con azúcar.

Sólo hay una cuestión sobre la que al parecer se nos niega el derecho a decidir: sobre la propia naturaleza de nuestras decisiones. Quiero decir con esto que las distintas alternativas que se nos plantean a lo largo de la vida están siempre situadas en unas determinadas coordenadas o parámetros, que las hacen harto similares a esos tests de elección múltiple que a veces les pongo a mis alumnos. Es como si forzosamente tuviera uno que ser del PP o del PSOE, del Madrid o del Barcelona, pedir Rioja o pedir Ribera. Si te da por votar a los verdes, ser del Ademar (doble sacrilegio en este caso, pues ello es indicio de haber antepuesto la afición por el balonmano al todopoderoso balompié) o pedir en un bar, pongamos por caso, un Bierzo, inevitablemente te catalogan como tipo raro. Te conviertes en un problema, como el actor que se salta una frase del guión o el personaje que se sale de la pantalla, emulando al protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, de Woody Allen. Me viene a la mente cierta película de aquel genial actor cómico casi olvidado (Danny Kaye, se llamaba), en la que un ventrílocuo profesional las pasa canutas para frenar a su muñeco, que rompe a hablar en las actuaciones sin que él sea capaz de controlarlo (la película en cuestión se titula Un gramo de locura, dato de interés para posibles lectores cinéfilos). Al no poder clasificarte dentro de ninguna categoría, acabarán clasificándote como inclasificable. Algo así como perder un imperdible. Reconozcámoslo: la nuestra es una libertad teledirigida, basada en la falacia del susodicho derecho a decidir, pero, eso sí, siempre dentro de un abanico totalmente restringido de opciones. En realidad, no somos más que dóciles marionetas de guiñol, manejadas por unos inescrutables demiurgos (léase hijos de puta sin escrúpulos) que son los que mueven de verdad los hilos y deciden por nosotros. Y el domesticado personal nos portamos en todo momento como muñecos obedientes, no vaya a ser que digan, como pasaba con la díscola criatura de la película de Danny Kaye.

Estoy pensando en escribir una versión posmoderna del cuento de Aladino. Cuando Aladino va caminando por el desierto y se encuentra con la lámpara de marras, en vez del consabido y solícito genio, dispuesto a conceder tres deseos, se oye salir de la lámpara la voz de hojalata de una tele-operadora diciendo: “Si desea hacerse rico jugando en bolsa, fróteme una vez; si desea enriquecerse especulando con bienes inmobiliarios, fróteme dos; si desea hacer carrera en política, fróteme tres”. Y Aladino, que es muy listo, frota la lámpara tres veces porque sabe muy bien que, haciendo realidad este último deseo, logrará abarcar los dos anteriores. Los que no tenemos su suerte, nos acabamos conformando con que nuestro equipo gane la liga, o bien con conseguir un puesto de trabajo en el que no nos exploten demasiado. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía”, le dijo Hamlet a Horacio. Lo malo es que el sueño nuestro se asemeja más a esa anulación de los sentidos producida por la anestesia, que si para algo te incapacita es precisamente para la ensoñación.

A este paso, pediremos permiso no para ir al cuarto de baño, sino para tener ganas de mear.

Jardiel Poncela

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