Archivos Mensuales: marzo 2014

Seamos felices

Últimamente, cada vez que alguien me dice que soy un pesimista (cosa que me ocurre con bastante frecuencia), voy, saco pecho y replico henchido de orgullo: “¡A mucha honra!” Y es que, con la posible excepción de los tatuajes y los piercings, no encuentro moda más estúpida y aborregada que esta manía que le ha entrado a todo el mundo con lo de ser feliz. “Piensa en las muchas cosas buenas que tienes”, “Hay otros que lo están pasando infinitamente peor que tú” y otras bobadas por el estilo, son retazos de la letanía que oigo a diario y que, francamente, y lo digo a despecho de estos tiempos de laicismo y apostasía rampantes, me aburre bastante más que la del rosario, con su empeño contumaz por caracterizar la vida como “valle de lágrimas”.

Tal y como lo veo yo, este optimismo ramplón de cotillón y matasuegras que pulula por doquier, es una herramienta más de las que se sirve el sistema para entontecernos y mantenernos sumisos, a poco que rasquemos por debajo de la epidermis. Y es que cualquier mente lúcida que se precie, percibirá de inmediato que esta sonrisa beatífica con la que  el Poder (sirviéndose del consabido catecismo de la publicidad) pretende seducirnos, tiene mucho de sonrisa del payaso, siniestra tortura ideada por mentes tan pavorosas como refinadas, consistente en practicar sendas hendiduras con algún objeto punzante en las comisuras de los labios, de tal suerte que en cuanto la víctima abre la boca se produce un horrible desgarramiento. Parecido careto se le está quedando ahora a más de uno, tras haber disfrutado de las prebendas de aquellos años del pelotazo y del “España va bien”. Como no podía ser menos, a todo el que tuvo una actitud mínimamente crítica o escéptica con el sistema, se le tildó de pesimista y aguafiestas, porque ser feliz molaba mazo y había que estar agradecido por la prodigalidad con que la vida nos obsequiaba. Nadie, por supuesto, había leído la parábola del hijo pródigo, ni cayó en la cuenta de que aquello no era la vida real, sino los mundos de Yupi, y que fuera de este país de las maravillas que nos habíamos hecho a medida, está la jungla, ya sea de madera o de cemento, y que tanto en una como en otra no faltan los depredadores, siempre al acecho, cuya táctica predilecta es precisamente la de cebar a la presa antes de llevarla al matadero.

En el medio de este panorama, y aunque parezca contrario al más elemental sentido común, todavía hay quien tiene el cuajo suficiente para afrontar la actual situación con alegría y optimismo y quien, resguardándose bajo el palio de “A mí no me ha tocado todavía” o de “Qué voy a resolver con quejarme”, prefieren inhibirse de todo conato de inconformismo o protesta, rumiando su positivismo con la dócil estolidez de las vacas, a la espera tal vez de que se cumplan esas previsiones de crecimiento económico con que nos bombardean a cada instante la troika y el gobierno, cuyo grado de rigor científico es más o menos tan fiable como el que cabe atribuir a una de esas echadoras de cartas.

Frente a tanto entusiasmo pueril, yo digo que el escepticismo y el pesimismo nos ayudan a mantenernos alerta, siendo ellos los que nos capacitan para prevenir los problemas antes de que éstos nos estallen en la cara, o bien para, una vez llegados a este extremo, tomar conciencia de la gravedad del mal y tratar de buscar una solución drástica acorde con la magnitud del mismo, en vez de contentarnos con el papanatismo borreguil que emanan consignas tales como “Las medidas adoptadas aún no han dado su fruto” o “Hay que ser prácticos y tener espíritu emprendedor”, con las que nuestros líderes políticos pretenden simultáneamente adormecernos y enmascarar su propia incompetencia.

En este contexto, es enervante el número de veces que tengo que oír a lo largo del día el consabido mantra: “No deberías molestarte tanto porque te hayan bajado el sueldo y aumentado el número de horas de trabajo. Al fin y al cabo, como funcionario, tienes la suerte de contar con un sueldo y un puesto fijos”. Como para morirse de risa. Es como si yo le dijera a Kunta Kinte que tiene que estar agradecido por que tan sólo le hayan cortado medio pie, en vez de amputárselo entero. Y si así fuera, seguro que siempre habría algún listo que le animara haciéndole ver que mucho peor hubiera sido si llegan a cortarle los dos. Si hay algo que recuerdo con añoranza de la serie Raíces, que veía de niño, es la enorme dignidad del protagonista al negarse a aceptar su condición de esclavo. Pienso en lo bien que nos vendría a nosotros el poseer tan sólo un ápice de aquella dignidad.

Por ponernos algo menos serios y frivolizar un poco, me viene a la mente cierta escena cómica de una película de Bob Hope, actor que por lo general no me gusta nada, pero que en aquella ocasión debo admitir que estuvo genial. Resulta que el susodicho humorista estaba intentando ligar con una señorita estupenda (¡nada menos que Virginia Mayo!), contándole las tribulaciones que tuvo que afrontar durante su estancia en el país de los caníbales. La mayor de ellas, cuenta con evidente exageración, fue cuando le clavaron una lanza en el estómago que lo traspasó de parte a parte. Cuando la ingenua Virginia Mayo, visiblemente horrorizada, le hace la pregunta “¿Y no le dolía a usted mucho?”, responde Bob Hope como quitándole importancia: “Sólo cuando me reía”. A veces pienso que este país está plagado de antiguos figurantes de las películas de Bob Hope, siempre dispuestos a reírnos de nuestra propia desgracia, aun a sabiendas de que ello nos va reportar, si cabe, dolores más insoportables a la larga.

También pienso que el símil de Bob Hope sería inmejorable si, en vez de atravesarnos las tripas con la lanza, nos la introdujesen por el orificio rectal. A buen seguro que más de uno se seguiría riendo con ganas. Será que le estamos cogiendo gusto a la sodomía, aunque nos desgarre por dentro.

Jardiel Poncela

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La venganza, ese plato que se sirve frío. A no ser que te gusten los Beatles.

Cuando al fin logré ponerme en pie, rabioso, avergonzado y humillado, juré y perjuré para mis adentros que esa vez iba a ser la última de todas. No sabía aún cómo, pero Felipe Bustos el “Chota” era hombre muerto. El dolor por un crochet en el estómago digno del mismísimo Rocky Marciano podía soportarlo; incluso el escupitajo en la cara con el que el “Chota” demostraba al Mundo su desprecio por mí era algo que podía asumir; pero que todo hubiese tenido lugar a la vista de Mariló, eso era intolerable. El rifirrafe había adquirido tintes de cuestión de honor y ya más valía no andarse con chiquitas. Estaba decidido: había que poner coto a la era de tiranía y opresión que había impuesto el “Chota” y el destino había querido que fuese justamente yo quien cargase con tamaña responsabilidad.

De vuelta a casa ni durante la merienda fui capaz de dejar de dar vueltas al asunto. Tan ensimismado estaría que mi madre tuvo que llamarme al orden en un par de ocasiones para que me acabase el dichoso bocadillo de chorizo que con tanto amor, decía ella, me había preparado. Sólo abandoné el negocio que me traía entre manos el rato que anduve con los deberes. No era cosa, por mucho honor que estuviese en juego, de echar por la borda la reputación de alumno aplicado ganada a pulso y no sin esfuerzo a lo largo de tantos años de escolaridad. Además, si no era capaz de apechugar con ambas cosas -los deberes y el plan para mañana- no merecía llamarme “el elegido”. Así que me puse con las matemáticas, que repelente como ya era de niño, no se me daban mal del todo, para luego de acabar con el cálculo y analizadas unas oraciones, estar listo para lo verdaderamente importante: ver la televisión con la felicidad de quien se sabe con el deber -en este caso los deberes- cumplido. Ya habría tiempo después de la cena para urdir planes de venganza.

Cené frugalmente, que para eso en casa seguíamos a pies juntillas una dieta sana, equilibrada y menos variada de lo deseable: el mismo plato de sopa con fideos finos y la tortilla francesa de casi cada noche, que yo acompañaba, eso sí, con la mejor de las salsas, que no es otra que el hambre que había a esas horas. Después de cenar me acosté pronto y en la intimidad de la habitación y con la complicidad de la oscuridad y el silencio que reinaban en mi cuarto, acurrucado bajo la sábana y el par de gruesas mantas Paduana, me puse por fin a urdir el plan. Antes de que el sueño me venciese tuve tiempo de repasarlo varias veces, del derecho y del revés, pues no era cuestión de dejar ningún cabo suelto ni detalle al azar. El mínimo error podía dar al traste con el plan y era demasiado lo que estaba en juego. Andaba revisándolo una última vez cuando caí, más pronto de lo que hubiese sido menester, en brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente entró mi madre a despertarme y remoloneé durante unos minutos hasta que decidió, mi madre, que ya había holgazaneado bastante. Al ir a poner pie a tierra me detuve calculando con cual debía pisar primero. ¿Con el izquierdo?. ¿O sería con el derecho? Lo cierto es que no recordaba cual de los dos aseguraba iniciar bien el día, lo que me dejó algo preocupado; no tanto por acertar o no con la superstición como por el hecho de que si era incapaz de acordarme de algo tan fútil, no estaba seguro de no omitir algún detalle significativo del complejo plan que había tramado. Me decidí por el derecho y me dirigí a la cocina. A mitad de camino entre la adolescencia y la juventud, hecho ya casi un hombre, mi madre había acabado por aceptar que me desayunase todas las mañanas con Eko, ese brebaje inmundo a base de achicoria que era el peaje que uno estaba obligado a pagar si pretendía algún día ser digno de tomar café con leche y adquirir así el estatus de ser adulto. En el poso de la bebida soluble y asquerosa aquella creí ver un par de tes y hasta una zeta, amén de unas cuantas vocales, y aunque no era ningún experto en la Ekomancia, no me resultó difícil concluir que lo que en el fondo de la taza se manifestaba era la palabra “tortazos”. Lo que no quedaba claro era si los iba a dar o a recibir. En cualquier caso tales artes adivinatorias también me dejaron algo inquieto.

De camino al instituto traté de insuflar valor a mi persona concentrándome en mi amada Mariló a la manera como Alonso Quijano solía hacer lo propio pensando en la sin par Dulcinea. Pero de nuevo negros nubarrones empezaban a cernirse sobre mi cabeza: don Quijote blandía al menos una lanza y contaba con adarga; lo que era yo, sin más armas que una astucia aún por demostrar y con la sola compañía de Benito, que siendo lo más parecido a un fiel escudero era mucho más esmirriado que el bueno de Sancho y tan cobarde como él al menos, me temía lo peor y lo peor era la certeza de que en lo alto del camino no iba a encontrarme con molinos, sino con gigantes de carne y hueso; más concretamente con uno: con el “Chota”. Imaginar su colosal presencia y derrumbarse mis planes como un castillo de naipes fue todo a un tiempo. Iba a bastar con un “a que te doy dos hostias” de Bustos para poner las cosas -o sea, a mí- en su sitio.

En esos momentos de incertidumbre en los que te asaltan las dudas y hasta la zozobra, y vas a la deriva, por algún mecanismo de defensa heredado de mi padre, un tipo cultivado que coleccionaba vinilos de la Decca Classics y la Deutsche Grammophon, pacífico y reflexivo, que jamás se cansó de recomendarme cautela y buen juicio para que no tuviese que arrepentirme nunca de haber tomado una decisión equivocada, suele venirme a la cabeza la canción de John Lennon “Dear Prudence”. Así que por mi padre o gracias a Lennon, lo cierto es que llegué a la escuela si no habiendo abandonado por completo el plan urdido, con el firme propósito al menos de posponerlo; dejando para tiempos mejores, que ya los habría, mi gran venganza. A fin de cuentas, si se servía fría tampoco vendría la cosa de un par de semanas más. Distinto hubiese sido que ese plato se sirviera caliente, pero no siendo el caso…

En eso, o sea en nada, quedó la venganza. Tuve suerte, creo, de que me gustaran los Beatles y de que John Lennon compusiera aquella canción que por aquel entonces yo creía que tenía que ver con el comedimiento y la prudencia. El plan hubiese fallado irremediablemente y la combinación de uppercuts, ganchos y directos a la mandíbula de George Foreman que hicieron besar la lona a Joe Frazier iban a ser nada en comparación con la de hostias que hubiese recibido del bestia del “Chota” por un quítame allá esas pajas. Ahora pienso que Benito llevaba razón y que por una zagala, ni que fuese Mariló, no valía la pena recibir una sarta de guantazos, doble ración de sopapos y que por mucho menos ya se iba a encargar la vida de que los llevase todos. A fin de cuentas siempre sería plato de mejor gusto tragarse el orgullo, aunque a palo seco fuera, que encajar como el granítico Marvin “Marvelous” Hagler, que ni una sola vez se fue a la lona; algo de lo que ni el gran Rocky Marciano pudo presumir jamás.

Phil O’Hara

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Ha muerto Adolfo Suárez

Hoy es un día especialmente triste. Y no sólo por el hecho de que haya muerto un hombre de trayectoria ejemplar (ya se sabe que la parca viene tarde o temprano a visitarnos a todos), sino por la constatación de hasta qué punto fue inútil la lucha de este político intachable, que ni se aferró en ningún momento al poder ni se sirvió de la política como trampolín para el enriquecimiento o el medro personal, actitudes tan tristemente habituales en nuestros representantes públicos a día de hoy. Mucho antes que Suárez ya había pasado a mejor vida un modo de hacer política basado en la honestidad y la entrega, en concordancia con el significado etimológico de la palabra minister (“el que está al servicio de la comunidad”, en latín). La muerte de Suárez viene a ser otro clavo más en la tapa del ataúd donde yace el espíritu de la Transición a la democracia, que lleva ya mucho tiempo muerto y en avanzado estado de descomposición. Miro a mi alrededor y por todas partes veo división, violencia, odio… En definitiva, todo lo contrario de aquella España de la concordia y la reconciliación que él se esforzó tanto por construir.

La otra noticia que acapara la portada de los diarios es la de los veinticuatro detenidos y el centenar de heridos en la manifestación que hubo ayer en Madrid, clamando por algo tan descabellado como la defensa de la dignidad humana. Esto me hace pensar en la metamorfosis que de modo tan sutil se ha producido ante nuestros ojos, casi sin darnos cuenta: la sustitución de la dictadura del franquismo por ese otro género de tiranía mucho más sibilino y camaleónico, que es la dictadura de la troika y los mercados. A la vista de tales hechos, uno no puede por menos que plantearse si los años de libertad y prosperidad que precedieron a este desastre no serían un espejismo calculado deliberadamente por los poderes fácticos, una maniobra equiparable a la de cebar al gocho para luego poder sacarle mejor aprovechamiento. Hace poco, en una obra de protesta cívica representada por unos amigos, oí la siguiente frase: “Hay que darles algo antes, para luego poder quitárselo”. En eso, efectivamente, consiste una hipoteca, palabra cuya traducción inglesa (mortgage) guarda un sorprendente parecido con el vocablo español mortaja.

En fin; como decía al principio, hoy es un día aciago. Tengo la sensación de que la muerte de Adolfo Suárez no sólo cierra una etapa de nuestra historia, sino que también, en cierto sentido, supone el carpetazo definitivo a una España que podía haber sido, debía haber sido, de otra manera. He aquí el balance de la España real: más de cinco millones de parados, dos millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza y otras tantas que se han visto obligadas a marcharse fuera de nuestro país. Por no hablar de la corrupción, la paulatina supresión de los servicios públicos y los derechos sociales, o la crisis abierta por el desafío soberanista catalán.

Desde luego, y aunque resulte amargo decirlo, para este viaje no necesitábamos alforjas.

Jardiel Poncela

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La curiosidad mató al gato

Dicen que la curiosidad mató al gato. A nosotros, si no matarnos, no vayamos a ponernos tan trágicos a estas horas de la mañana cercanas ya al mediodía, lo que nos jode la vida es aspirar año tras año a demasiada felicidad, sin desfallecer nunca por lograr tan estúpida quimera. La Felicidad, con mayúscula, nos es impropia, reconozcámoslo. A todo lo más podemos aspirar a algún que otro retal de ella con el que ir tirando para soportar la carga de lo malo o lo peor que nos tiene reservado generosamente, sin pedir nada a cambio, este nuestro triste existir que no se cansa de regalarnos infelicidades como no nos cansamos nosotros de ambicionar Felicidad. En el ínterin se nos va pasando el vivir. No sé a ustedes, pero a mí es mentarme la dicha y entrar casi en estado de shock. No porque desconfíe de la buena voluntad de ese prójimo que parece deseártela sinceramente (aunque también haya hipócritas a quienes les de dos patadas esa dicha tuya) sino porque a estas alturas del filme, uno va adivinando que el guionista acostumbra a preferir un mal final. Son demasiadas décadas viéndolas de todos los colores como para ahora pensar algo distinto. Además, si das por hecho que tarde o temprano (y acostumbra a ser más pronto que tarde) las cosas se van a torcer, al menos no te pilla con el paso cambiado. Quizá Einstein tuviese razón y resulta que Dios no juega a los dados; lo que es la existencia, casi estaría por asegurarles que sí; que juega a los dados, a las cartas y hasta a las chapas.

El recuerdo que guardo de mi adolescencia, en la que entré demasiado joven y tardé en dejar atrás más de la cuenta -tan precoz para algunas cosas y tan torpe para otras; las más importantes, justamente- me retrotrae a un pasado pegado al teléfono esperando una llamada que jamás llegó. En esa época las llamadas no es que fueran muchas y si estaba en casa procuraba atenderlas yo. Pero nunca resultó ser el bueno de Jesús Antonio de la Cruz,”Toño”, leonés y componente del glorioso equipo que capitaneado por Johan Cruyff ganase la Liga de 1974 y a quien mi tío conocía, convocándome a una prueba en el Barcelona. Por alguna razón obvia que entonces se me escapaba (o puede que no; ingenuo ergo crédulo como siempre fui, me esforzaba en creer lo contrario tratando inútilmente de no caer en el desánimo) me obstinaba en negar lo evidente: de ningún modo iba a llegar esa convocatoria. Que para Álvaro, mi mejor amigo desde la infancia, ese tiempo que malogré tan tontamente no significase nada, era otra discrepancia más entre los dos. Como el hecho de que habiendo estudiado Filosofía, hoy conduzca un BMW. Álvaro tampoco ve nada extraño en ello, mientras yo tengo para mí que algo no acaba de cuadrar. Quizá lo que menos cuadre sea precisamente lo que a Álvaro le parece normal: si se trata de conducir, no tiene por qué ser malo de suyo que la berlina sea alemana. ¡Nos ha jodido! ¡Pero es que aquí no se trata de conducir, Álvaro, sino de mi vida!

Después de haber desperdiciado una larga adolescencia dándole patadas a un balón y esperando una llamada que nunca se produjo, me hice mayor.  Decidí, creo haberlo dicho, estudiar Filosofía. Con la perspectiva que solamente dan los años aquella ha sido de las pocas decisiones importantes acertadas que he tomado en la vida y fue casi por casualidad. Como dice Borges, de tomar la calle de la derecha en vez de la de la izquierda pende la suerte de toda tu vida. Y yo tomé por Filosofía en vez de por Derecho. Lo cierto es que me daba lo mismo, pero la persona que me atendió cuando quise matricularme en la facultad de Derecho, una mujer de edad indefinible, resultó ser una antipática a quien mis dudas parecían importarle un comino, lo que era perfectamente comprensible; no me lo pareció, en cambio, el intolerable desinterés de aquella arpía por su trabajo, que fue lo que me llevó a tomar otro rumbo. En esos casos conviene no precipitarse con decisiones drásticas de las que luego tengas que arrepentirte, así que opté por probar mejor suerte en la facultad de Letras y al paisano que me atendió esa vez debí caerle bien, el caso es que a los quince minutos ya me había matriculado en Filosofía y sólo uno después lo estaba celebrando en un estado de sobreexcitación absurdo e infantil, convencido de haber tomado la mejor decisión de mi vida, en el bar donde acabaría pasando los mejores momentos de la carrera. Acabarla y abandonarla casi a la vez que Marcela, la novia de la que estuve perdidamente enamorado, hizo lo propio conmigo, fue todo una. Se juntaron en un mismo acto por alguna fatal contingencia un gran error y un acierto de parecidas dimensiones: el error fue dejar la Filosofía por una mierda de trabajo con la inadmisible excusa de que incluso los licenciados en Filosofía (siempre tuve reparo a considerarme algo más que eso: un simple licenciado) también teníamos que comer. Quien acertó fue Marcela, que una vez más volvió a demostrar una cordura envidiable al alejarme de su vida; decisión de la que jamás se habrá alegrado lo suficiente.

Con semejante currículo, al que cabría añadir que a fecha de hoy el único valor que he sido capaz de atesorar no alcanza ni para decidirme a cambiar de marca de café, se entiende que la felicidad deba buscarla en los retazos aquellos. Felicidad en tono menor reservada a humanos como yo y a perros sin pedigrí consistente en saborear no sin placer sencillas rutinas diarias como desayunar todas las mañanas dos tostadas con mermelada, pasar a saludar los sábados a mi librera o releer alguno de mis autores favoritos. Conducir no me gusta, ni tampoco los gatos. No puedo negar que como ellos aún siento curiosidad por ciertas cosas; pero odio ese afán desmedido y enfermizo por estar informado de todo; esa extravagante estupidez justificada en la necesidad de estar al día de cualquier chisme, del más mínimo detalle, del por qué de cualquier asunto aunque no tenga la menor importancia.  En realidad el conocimiento está en las antípodas de una actitud tal. Dimitir de la racionalidad como este país nuestro, aunque eso sea otra materia, es lo que acabará, a no remediarlo, por pasarnos factura. Casi mejor, pues, andar a trompicones detrás de la maldita Felicidad. O hacer como Álvaro, que ante ese reto inmenso que es echar para adelante, hombre pragmático como pocos, él siempre se inclinó por bajar al bar a tomar una última copa y esperar a ver si la ventura venía en el próximo tren.

Phil O’Hara

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Lo único que he hecho en todo el día

Esto es lo único que he hecho en todo el día ¿Y qué es “esto”?, me preguntaréis.

Pues es algo tan inasible como tocar el viento, o atrapar un suspiro en una redoma, o tratar de esculpir las formas de las nubes o de las olas. Yo diría que aún menos: empeñarse por que la estela de un navío deje su cicatriz sobre el agua, o esforzarse por trazar sombras chinescas sobre un escenario de fondo negro, como el de aquel teatro que visité una vez en la ciudad de Praga. Recuerdo que una vez vi a unos callejeros que hacían pompas de jabón gigantes, inflándolas e inflándolas hasta alcanzar tamaños espectaculares. Pero al final acababan disolviéndose en el aire, igual que las pompas chicas. Y yo pensaba que el mismo destino tienen las palabras: las más estridentes y las más quedas, las más profundas y las más someras, las que son breves y las que son más largas.

Qué inútil todo, ¿verdad? Quizá debería haberme ocupado y preocupado por hacer algo de provecho: cosas tales como jugar en bolsa, especular recalificando terrenos o presentarme como candidato a la presidencia del gobierno. Tal vez debería haber fundado Microsoft o fichado por el Real Madrid, para ganarme el aplauso y la admiración de las gentes. O puestos a utilizar como herramienta las palabras, haber hecho algo que me aportara algún beneficio con ellas. Podría dedicarme a manipular las opiniones de la masa haciéndome con el control de algún periódico, o ganar el Premio Nobel de Literatura. O incluso, por qué no, podría haber cazado al vuelo la sugerencia de Woody Allen y haberme entretenido invadiendo Polonia.

El problema es a ver cómo se hace eso si no estás afiliado a ningún partido político, si no perteneces a ningún lobby financiero, si no eres bueno ni con los ordenadores ni con los balones, o si no tienes tanques ni ejército. Vaya desastre. No soy malo en el manejo de las palabras, no. Pero soy de natural pacífico. No se me da bien guerrear con ellas, ni tampoco hacer trucos de prestidigitación, para hacer ver al público que lo blanco es negro. En cuanto a eso de los premios literarios… Gané uno de niño, organizado por Coca-cola, con una redacción sobre la alteración del equilibrio ecológico a manos del hombre. Pero mi prometedora carrera literaria acabó ahí. Se ve que el niño creció y se volvió más viejo, pero no más sabio.

A veces, cuando estoy ocioso –es decir, casi siempre-, y no tengo a mano nubes que moldear ni suspiros que atrapar, me dedico a escuchar música. Se me da muy bien escuchar música. Tengo un montón de obras musicales metidas en la cabeza y, creedme, si inventaran algún artefacto que amplificara los sonidos guardados en el cerebro, podría deleitaros ahora mismo con los acordes de la Quinta Sinfonía de Tchaikowsky, de La flauta mágica de Mozart, del cuarteto La muerte y la doncella de Schubert, o de muchas otras obras que me pidierais. Podría formar una orquesta de un solo hombre, como aquel genio inglés de la música contemporánea… ¿Cómo se llama? Ah, ya lo tengo: Mike Oldfield, se llama. Pero Mike Oldfield sabe tocar todos los instrumentos que se le pongan por delante y yo no sé tocar ninguno, para mi desgracia. Se me da bien cantar, aunque nunca me haya presentado a OT, pero creo que perdí la voz, o que la dejé empeñada, cuando me cansé de oír el eco solitario de ella en este páramo yerto que es mi vida. Honestamente, ya no sé distinguir el eco del original. Como tampoco sé distinguirme a mí mismo de mi propia sombra.

Y, sin embargo, qué sensación de fatiga. Y es que no hay nada tan cansado como el no hacer nada. O, mejor dicho, no hay nada tan cansado como empeñarse en tallar las nubes, en cazar suspiros o en arañar sombras. O en lanzar palabras encendidas al viento, que siempre terminan por extinguirse bajo la lluvia, como las pavesas esparcidas de una hoguera. No hay nada tan cansado como el caminar despacio y ver cómo todos te adelantan, sin duda impacientes por concluir su carrera hacia la nada.

Así que ya lo sabéis, amigos míos. Esto es lo único que he hecho en todo el día. Perder un tiempo que ya estaba perdido de antemano, y caminar obediente, con paso lento pero seguro, hacia la noche definitiva.

Jardiel Poncela

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Ésta la pago yo

Si hay un tema al que uno deba enfrentarse no de cualquier manera sino desde la distancia justa, ése es el de la muerte. No en vano la muerte, junto a la vida, el amor o el desamor, es de esos raros asuntos capaces de permanecer, de ir superando obstáculos como el de la inmediatez y las modas; en definitiva, de perpetuarse en el tiempo. Enfrentarse a la muerte requiere distanciarse lo justo; pide temple, savoir faire y valor torero: de tomar demasiada distancia no aprehenderemos lo verdaderamente esencial; pero de arrimarnos en exceso, a la manera de Stanislavski, correremos, qué duda cabe, el grave peligro de diluirnos en el concepto mismo; solución de la que, con suerte, acaso nos pueda rescatar una médium, por lo que no estará de más ser precavidos. No resulta fácil, pues, abordar la cuestión sin aceptar de antemano una más que segura derrota. Habrá que aceptarlo: la muerte lleva siempre las de ganar; nos aventaja largamente en todo y cuenta además con una dilatada experiencia, lo que siempre ayuda. Por otra parte, cuanto podamos decir estará dicho ya. Decir más sin caer en manidos clichés no parece tarea fácil. Así de huidiza es nuestra compañera. Plumas entre las más afamadas han tratado con escaso éxito de rodear al concepto e incluso a tales ha seguido siendo esquiva. Metafísica, epistemología, teodicea, teología, poesía, no hay disciplina que no haya dedicado denodados esfuerzos por desenmascarar a la muerte, mas ha sido en balde. No es sencillo dar con la perspectiva precisa.

Juan Franco fue un pequeño empresario de fama que abrió en Hormilla un local que al poco de inaugurado logró convocar a la juventud del pueblo y de los municipios vecinos. El secreto del éxito consistió en saber combinar con acierto un ambiente familiar y agradable, y una oferta multidisciplinar (en Casa Franco lo mismo se comía y bebía que se jugaba a las cartas, se veían vídeos musicales, se tiraba a los dardos o se conversaba tranquilamente) y todo a unos precios siempre razonables y hasta altas horas de la madrugada. Filomena, la mujer de Juan, no se movía de la cocina y su destreza en los fogones era celebrada en la región. Las dos hijas del matrimonio atendían a la clientela detrás de la barra. Y Juan, Juan lo mismo bebía que jugaba a las cartas, veía vídeos musicales o tiraba a los dardos. Comer siempre comió apenas, y conversar, hombre parco en palabras, conversaba poco. Pero era el dueño del local.

De tan alta estima gozaba en el pueblo que don Cosme, el párroco del lugar, el día que Juan falleció, dedicó a su paisano y amigo una sentida homilía que por siempre jamás se recordará en Hormilla. Con la iglesia de San Froilán atiborrada, don Cosme, frunciendo el ceño y con gesto circunspecto como requería la ocasión, se acercó al púlpito y tras un breve carraspeo para aclarar la garganta, con voz grave inició de tal guisa su plática: “Españoles…Franco ha muerto.” Como es fácil imaginar, el descojono en las bancadas fue general -qué menos tratándose de un apellido tan insigne-. Solamente Filomena logró a duras penas guardar la compostura. Incluso las hijas tuvieron que hacer esfuerzos ímprobos por no arrancar a reír. Y sólo hubiese faltado que cualquiera de los presentes, emulando al genial Gila, se hubiese dirigido a la viuda para afearle la conducta y reprocharle que si no sabía aguantar una broma mejor era que se marchara del pueblo. Pero tal no ocurrió.

Y es que quizá así es como uno deba enfrentarse a la muerte; como Juan Franco. Midiendo bien la distancia. Desde la distancia justa. Ni desde muy lejos ni demasiado cerca, y sin aspavientos. Y a fe de Dios que si alguien en Hormilla sabía de lo que hablaba al hacerlo de la parca, ése era él, el amigo del buen párroco. Cuentan que sabedor de la enfermedad que le arrastraba desde hacía más de una década, pidió a don Cosme que aceptara, ni que fuera de mala gana, honrar su memoria con aquellas últimas palabras que él mismo dejó escritas. Los pocos que lo conocían bien aún hoy alaban el fino humor teñido de negro del traspasado. Como Juan Franco, soy de los que piensan que uno, aunque debiera siempre guardar un mínimo de decencia, también debiera saber reírse de sí. Incluso y especialmente justo antes de exhalar el último suspiro; para poder mirar a la cara a la muerte y soltarle con la desenvoltura de quien se sabe a punto de partir sin remedio: “ésta la pago yo.”

Phil O’Hara

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Aniversario

En este maldito país (y en esta maldita Unión Europea) todo se compra y se vende. Hasta la memoria de los muertos. Y la desmemoria. La cotización de los cadáveres sube y baja, como si fuera un valor bursátil más. Y, cómo no, es frecuente que la memoria de los difuntos sea arma arrojadiza al servicio de la estrategia electoral, que es la forma de mercadeo más despreciable de cuantas existen. Ejemplos de esto los encontramos en aquella ley de memoria histórica de Zapatero y Garzón, que metamorfoseó a una buena parte del paisanaje en arqueólogos amateur, émulos necrófilos del programa Misión Rescate. O, más recientemente, en los luctuosos acontecimientos ocurridos en la valla de Ceuta, que ha servido de pretexto para la más desaforada y vergonzante orgía de salivazos y marrullerías entre nuestros ilustres representantes a la que hemos asistido desde hace mucho tiempo, con tocadura de huevos de la Comisaria Europea de Interior incluida. Sin olvidar el juego que dan los accidentes aéreos y ferroviarios, desde la tragedia del Yak-42 en Turquía allá por 2003 hasta el descarrilamiento del TAV en las inmediaciones de Santiago, hace apenas unos meses, pasando por lo del metro de Valencia, todos ellos espléndidos filones de munición lista para ser disparada por los mercenarios militantes en las filas de nuestra infame clase política.

Ahora bien; en todo este repugnante toma y daca no hay nada que aventaje en sordidez a lo vivido hace diez años, cuando el atentado terrorista más monstruoso que se recuerda en toda la historia de nuestro país, no sólo no sirvió para aunar la voluntad de los españoles (aunque sólo fuera por una vez) frente a un horror de tal magnitud, sino que, muy al contrario, fue utilizado una vez más como moneda de cambio en esa permanente lucha fratricida que se viene librando en el solar patrio (ya desde los tiempos de César y Pompeyo), y que parece no tener fin. Seguro que aún está en la mente de todos aquel ridículo reportaje sobre ETA con el que la televisión de Aznar (de la mano de su bufón Ángel Acebes, que no sé a qué coño se dedica ahora y una mierda que me importa), mientras los del otro lado se frotaban las manos ante tan concienzuda metedura de pata, relamiéndose como chacales hambrientos ante el suculento festín de votos que la necedad de sus adversarios les iba a proporcionar (el personal recordará también el famoso SMS que transformó la jornada de reflexión en jornada de indignación frente al balcón de Génova). Pero lo más llamativo (y triste) de todo es la facilidad con que la memoria se vuelve desmemoria, la insultante porosidad del cerebro humano ante la tragedia, pasando sin solución de continuidad del cénit de la indignación al más absoluto olvido. Es como si los muertos murieran por segunda vez al ser sustituidos por otros muertos más útiles que ellos, con la misma grosera versatilidad que se da, por ejemplo, en el ámbito de la moda. A día de hoy (y pasado mañana hace diez años) seguimos sin saber nada acerca de la autoría intelectual de los atentados (los que al parecer cortaban el bacalao se “suicidaron” muy oportunamente al poco tiempo, autoinmolándose en el piso de Leganés) y, lo que es peor, a nadie parece importarle un carajo ya: los del PSOE, con lo bien que les vino en su día, mejor están callados, pensarán, y los otros, que se tenían aprendida la lección “No hay mal que cien años dure”, y que, a base de paciencia, han sabido reconquistar la poltrona, prefieren no remover a los muertos en sus tumbas, no vaya a ser que empiece a haber poltergeist en la Moncloa y a Mariano le dé un jamacuco al ver, por ejemplo, el rostro de Aznar (cadáver político, al fin y al cabo) reflejado en el espejo del lavabo, mientras se hace el nudo de la corbata.

Sinceramente, siento pena y vergüenza de ser español (sentimientos ambos muy estrechamente vinculados, como lo prueba el hecho de que las dos palabras tengan la misma traducción, shame, en inglés). Y también envidia, al ver cómo otros países (léase, v.g. Estados Unidos) saben llorar, al menos, a sus muertos con dignidad.

Jardiel Poncela

El Garrincha de la Plaza del Grano

Al llegar a los cincuenta no es que uno rebaje las expectativas: son las expectativas las que van menguando, empequeñeciendo hasta prácticamente quedar en nada. Con la edad nos vamos pareciendo a ese saltador de longitud con escasa pericia que no acierta con la batida: o queda demasiado lejos de la tabla o irremediablemente la pisa y el salto, que era largo, se convierte en nulo. Y así competición tras competición; saltando a sabiendas de que jamás logrará la gran marca. Lo mismo sucede con las expectativas: o las ambicionamos desmedidas o como el saltador tampoco acertamos con la batida y por lo que sea, siempre acaban por dar al traste.

De niños apetecemos sueños sin saber que nunca acabaran por cumplirse. Con los años vamos despertando a la severa realidad, ésa que tozudamente acaba imponiéndose a cualquier esperanza que ya intuimos vana. Los veinte años a los que cantaba Serrat no presagian otra cosa que ir conociendo a ciencia cierta que de cuanto te propusiste no se cumplirá si no una mínima porción, justo ésa que ahora sabes que hubiera sido mejor que continuase incumplida. Expectativas que van pasando de largo sin que las podamos asir, como la imagen proyectada en tres dimensiones que nunca alcanzas a tocar. Grandes esperanzas, da igual de qué clase, que se esfuman por empeño que opongamos.

Grandes esperanzas. Como las de Nicanor, que a los diecisiete años aparentaba tener una brillante carrera de futbolista por delante. Aunque menudo, gambeteaba como un brasileño. Especialista en el arte del regate, disparaba además con las dos piernas y dicen que tenía eso que llaman olfato de gol. Tanto despuntaba que la Cultural Promesas le quedó pequeña y fue convocado por el primer equipo sin haber cumplido aún la mayoría de edad. Buena parte del barrio -eso me contaron- se desplazó al estadio de Basarte para ver el debut en tercera división del joven crack. Había hasta quien vislumbraba que el partido ante el Amurrio Club iba a poner al chaval en el disparadero hacia metas mucho mayores; quién sabe si llegar a primera e incluso, por qué no, fichar por un grande. Tras el descanso el míster puso a calentar en la banda a Nicanor y a los diez minutos de la reanudación le mandó por fin saltar al verde. Con el primer balón que tocó levantó de sus localidades a la nutrida afición visitante: el muchacho se deshizo de la marca del veterano central, al que dejó sentado en el pasto con un par de gambetas, aunque lo cierto es que la jugada acabó en nada. Al poco volvió Nicanor a recibir la pelota y nuevamente encaró a su par. Pero esa vez Mantecón, que así se llamaba el rudo defensa amurriano, lo mismo que Islero, no cayó en el amago y con la autoridad que confiere la veteranía, entró al trapo y no es que midiera mal, es que no midió, ni bien ni mal, y le dio tal viaje al pobre que le partió la rodilla en tantos pedazos que cuentan que al reconstruírsela aquello se pareció más a recomponer un puzzle que a otra cosa. Desde entonces a doña Carmen, la santa madre de Nicanor, se la conoce por “la Magdalena” por cómo resonaron en el campo sus lamentos: “¡Ay Dios!, ¡que me lo han matao!, ¡que me han matao al Canor!”. Ya ven, tamaña expectativa para que al final el angelito de Mantecón acabara con la que se presumía esplendorosa carrera del Garrincha de la Plaza del Grano.

Pues así en la vida. Con los años aprendes a convivir con el irrefutable hecho de que las expectativas merman de qué modo; o lo que es igual, te das de bruces con el fracaso, ese señor con gabardina que desde la más tierna infancia estuvo ahí, a tu vera; pero al que sólo a cierta edad se llega a conocer. La vida hace extraños compañeros de cama y el fracaso es uno de ellos. Cuando al fin lo reconoces y empiezas a tratarlo, no asusta tanto. Su presencia constante, tan próxima, íntima casi, otrora inconsciente, acaba hasta por reconfortar. Los éxitos son otra cosa. Cuando llegan, si llegan, nunca es para quedarse. Los fracasos en cambio son como ese amigo fiel con el que siempre puedes contar; ése que siempre te acompaña: cuando los Magos no te dejaron esa bicicleta de color anaranjado que era cuanto querías; luego, cuando esa novia de la que estabas perdidamente enamorado te dejó por otro y no hace tanto cuando te echaron del trabajo.

Las dichosas expectativas. Casi se desvanecen cuando te das cuenta de lo mucho que te asemejas a un yogur en lo de la fecha de caducidad; sólo que la tuya no viene en ninguna tapa. ¿No concluye eso Ser y tiempo? Aprendes a sobrellevarlo; sin estilo, porque nunca lo tuviste; pero con dignidad, que así te educaron. Y las rebajas, claro; no hay otra. Como las de Nicanor, las tuyas alguna vez también fueron grandes; como las suyas, también tú las viste una y otra vez truncadas por todas las patadas que la vida te dio. Desde entonces y hasta el final ya no aspiras a gran cosa. A ir tirando, a celebrar algún que otro gol de tu equipo, a que luzca el sol en primavera ni que sea esa Semana, a mirar por la ventana y a tomarte un café, solo o mejor en compañía de tus fracasos y de tu propia incompetencia; la misma, ironías del destino, que otrora vieras reflejada en Dick Dastardly. El pobre Dick, ese desgraciado; qué mejor compañero de fatigas y borracheras si no fuera nada más que un villano de ficción.

Phil O’Hara

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Martes de Carnaval

(Los dos verificadores internacionales penetran en el lóbrego zulo, con una venda en los ojos y escoltados por sendos etarras encapuchados. A una señal del que parece el jefe, el otro terrorista –que lleva puestas unas gafas por debajo de la capucha-, les quita la venda a los intermediarios. Estos parpadean unos instantes y, poco a poco, el rostro de uno de ellos se va tiñendo de una expresión de pánico).

VERIFICADOR 1º.- ¡Dios mío! ¡Estoy ciego!

ETARRA 1º.- Joseba, da la luz.

(Se hace la luz en el escenario. La tranquilidad torna a los semblantes de los dos personajes a los que es posible verles el semblante).

VERIFICADOR 1º.- ¡Menos mal! Esto ya es otra cosa. Aunque créanme que les comprendo. Según está el recibo de la luz. Oigan, por casualidad, ¿no serán ustedes directivos de Iberdrola?

(Los dos etarras niegan con la cabeza).

VERIFICADOR 1º.- Pues lástima de oportunidad perdida, porque no negarán que lo que hace esa gente también tiene mucho de terrorismo.

(El verificador 1º comienza a reírse de su propio chiste con una risa convulsiva e idiota. Al darse cuenta de que nadie le sigue la broma, carraspea y recompone el gesto).

VERIFICADOR 1º.- Vayamos directos al asunto ¿Tienen ustedes las armas?

(Uno de los encapuchados abre el cajón de una mesa situada en el centro del escenario y saca del mismo un tirachinas. Se lo entrega al verificador 1º, quien lo examina con suma atención. El verificador 2º extrae una libreta del bolsillo y toma nota).

VERIFICADOR 1º (muy serio).- Procura no perder detalle de nada ¿Alguna cosa más?

ETARRA 1º- Todo a su debido tiempo.

VERIFICADOR 1º.- Cierto, muy cierto. Entretanto, esperemos que acaben tomando conciencia de que es la palabra, y no la fuerza bruta, la mejor arma para defender cualquier idea ¿Están dispuestos a asumir el reto?

(El terrorista que no lleva gafas se queda mirando al otro. Éste hace un gesto afirmativo con la cabeza).

ETARRA 1º.- Lo estamos. Yo, por mi parte, debo confesar que no soy muy leído, pero aquí el camarada Joseba quedó primero en el campeonato de cortar troncos de su pueblo.

VERIFICADOR 1º.- Pasemos, pues, a la fase de enfrentamiento dialéctico. Le cedo la palabra a mi colega, que tiene varios diplomas enmarcados en el hall de su casa. Entre ellos, el de un campeonato de pádel que ganó cuando estaba en el instituto.

(Los dos rivales se ponen el uno frente al otro y se estudian durante unos segundos con gran atención. Son momentos de un silencio tenso, quebrantado finalmente por el etarra de las gafas).

ETARRA 2º.- Hay, como en la novela, una generación perdida en el cine de los Estados Unidos, cuyos representantes corresponden al prototipo del americano errante, a la especie sui generis de ese exiliado intelectual que el país genera permanentemente. Hombres de esta generación son Orson Welles, Nicholas Ray, Stanley Kubrick y sobre todos, colmando el modelo, Joseph Losey, quien casi escapó de su patria en 1951, cuando se le consideraba allí uno de los jóvenes directores más capacitados para no volver nunca. Instalado en Gran Bretaña, es uno de los realizadores norteamericanos que mejor han sabido encajar en las estructuras industriales del otro lado del Atlántico.

VERIFICADOR 2º.- Ordinariamente, se dice que los reptiles son animales de sangre fría, lo que viene a significar que su temperatura corporal está regulada por la del medio ambiente. Resulta por ello más exacto decir que los reptiles son animales poiquilotermos, es decir, de temperatura variable, en contraposición a los mamíferos, que son homotermos, es decir, de temperatura fija.

ETARRA 2º.- Montgomery Clift era un actor inteligente y culto, apasionado por la música y la literatura, dotado de una recia personalidad y de un mundo al margen de la frivolidad mundana propia de Hollywood. Debuta en el cine en 1948 de la mano de Howard Hawks, alcanzando pronto la fama de intérprete que sabe dotar a sus personajes de una gran carga humana y psicológica. En 1955 sufre un grave accidente automovilístico, al parecer intencionado, que desfigura sensiblemente su rostro, encarnando en sus últimas películas personajes trágicos, muy a la medida de su circunstancia patológica.

VERIFICADOR 1º (que ha estado observando al etarra 2º con creciente suspicacia, a medida que pronunciaba su parlamento).- Creo que ya no es necesario que prosigamos con esta farsa, ¡SEÑOR FISCAL!

(El etarra 2º se despoja de la capucha y la txapela, quedando al descubierto la cara del Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce).

TORRES-DULCE (visiblemente azorado).- ¿Cómo han sabido que era yo?

VERIFICADOR 1º.- Sus profundos conocimientos acerca del 7º arte le han delatado. Francamente, nunca pensé que pudiera usted llegar a caer tan bajo. Esta broma no ha tenido ninguna gracia.

TORRES-DULCE (apuntando con el dedo a su compañero, al tiempo que le lanza una dura mirada de reproche).- ¡Él es el culpable de todo! Me hizo creer que precisaba de mi colaboración para estrenar la nueva temporada de ¡Qué grande es el cine!

VERIFICADOR 1º (visiblemente sorprendido).- Entonces usted es…

(El etarra 1º se desprende de su capucha y su txapela, bajo la cual emerge la efigie de José Luis Garci).

GARCI.- ¡Hombre, Eduardo! Tampoco es para ponerse así. Piensa en lo mucho que nos hemos reído.

VERIFICADOR 1º.- ¿Ah, sí? ¿Se creen ustedes muy graciosos? Pues vamos a reírnos un poco todos.

(Los dos verificadores sacan sendos tricornios de la Guardia Civil de los bolsillos, que se colocan sobre sus respectivas cabezas. A continuación, extraen del mismo lugar dos juegos de esposas).

VERIFICADOR 1º.- Agentes de la Benemérita. Quedan ustedes detenidos por fraude y suplantación de identidad.

(José Luis Garci y Eduardo Torres-Dulce se miran, entre sorprendidos y asustados).

GARCI.- ¿Cómo? ¿Quieren decir que nos van a detener por tan insignificante delito, mientras que, si fuéramos etarras de verdad, no nos detendrían?

VERIFICADOR 1º (disponiéndose a esposar a José Luis Garci).- ¿Es que no han leído los periódicos? Estamos en el medio de un proceso de paz.

(Eduardo Torres-Dulce y José Luis Garci intercambian una mirada cómplice, se encogen de hombros y, como por arte de magia, aparecen sendas pistolas en sus manos, con las que disparan a bocajarro sobre los dos agentes. Éstos caen al suelo, anegados en un gran charco de sangre. Tras asegurarse de que están muertos, Torres-Dulce y Garci vuelven a calarse las capuchas y las txapelas. José Luis Garci –que vuelve a ser el etarra 1º- se gira levemente, encarándose con el público).

ETARRA 1º.- Y esto ha sido todo por hoy, damas y caballeros, en nuestro programa piloto de la nueva temporada de ¡Qué grande es el cine! La próxima semana les ofreceremos Sopa de ganso, de los Hermanos Marx. Les esperamos.

(Se oye la melodía de Desayuno con diamantes, de Henry Mancini, que pone fin al programa. Una señora de la limpieza entra en escena con una fregona y un cubo, dispuesta a arreglar el desaguisado. Fundido en negro. The End).

Jardiel Poncela

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Descartemos el consejo

Guárdense en esta vida de aconsejar como del riguroso frío invernal. No por cicatería sino por decoro, que si lo piensan bien, ¿quién es uno para dar consejos a nadie? Bastante hay con sobrellevar con una cierta apariencia de dignidad las propias inseguridades, los titubeos, las incertidumbres. Como si la vida no estuviese hecha de blanduras. Desconfíen como servidor de quien no da jamás su brazo a torcer, de quienes se proclaman poseedores de una verdad absoluta, aunque lo que esté en juego sea cómo ha de freírse un huevo. Elogien, por el contrario, el dudar y a quien duda. Lo que soy yo, me confieso por principio cómodo sólo si se cuestiona cuánto es menester. Huyo, pues, de posturas recalcitrantes, que detesto (a no ser la del misionero que cercano al medio siglo de andadura por esta vaguada de sollozos, en las cosas del amar y sabedor de las limitaciones inherentes a un chasis que va pidiendo a gritos hacerle chapa y pintura, acepto resignadamente; con la mansedumbre propia de quien se refugia al abrigo de lo que le manden). En el resto, empero, se trata de vivir permanentemente en el alambre; a un mal paso de la nada relativista, a dos de la molicie, y a otro más de la cama (no como metáfora de vida, sino en sentido literal: con su colchón, su almohada y su sábana con embozo; en ese feliz utensilio, vaya), con el aplomo suficiente para no madrugar nunca demasiado, y si no hay más remedio, evitando al menos -eso siempre- salir a la calle con la sonrisa puesta.

Seguir por el alambre polemizando sobre casi todo debiera ser poco menos que un deber. Hacer anidar en el espíritu ese inconformismo inherente a quien se reconoce un completo ignorante en mitad del mundo. Con semejante ideario, que dicho sea de paso ha permitido a la humanidad avanzar lo que ha avanzado (quizá nos hayamos pasado tres pueblos, pero no nació de la complacencia la inquietud por saber, sino del continuo interrogarse por las cosas, de la constante rebeldía ante actitudes contumaces), comprenderán que case mal alardear de nada y peor aún andar aleccionando al personal o dando consejos a amigos, conocidos y saludados. De otro modo puede suceder lo que a Xavi del Snack en mi pueblo. Al franquear una mañana Paquito Moner la puerta del establecimiento y pedir un café, le dio a Xavier Torrent por recomendarle un cortado. Cuando, no sin antes sopesarlo bien, Paquito accedió, le pareció a Xavi que quizá le conviniera, pues no era mediodía aún, más un vermú, y también le pareció bien a Paquito. Ya la cosa parecía clara mas, no contento del todo, el dueño del bar le sugirió aún que, bien pensado, lo más cabal era una caña, a lo que Paquito, desde su silla a ruedas, respondió esa vez mandándolo a tomar por culo y reclamando su café, que es lo que en verdad quería. O sea, que de haber seguido Xavier mi consejo y haberse abstenido de darlos él, no duden que le hubiera ido mejor.

En la cinta Granujas de Medio Pelo de Woody Allen, al cavar un túnel, Ray Winkler -magistralmente interpretado por el mismo Allen-, pregunta a Denny -a quien da vida Michael Rapaport en una actuación no menos memorable- por qué lleva el casco de minero puesto al revés, enfocando hacia atrás. Denny, hombre de pocas luces, responde que lo lleva al revés “porque así mola más”, y aconseja a Ray hacer lo mismo. Lo delirante es que Winkler, ex convicto y cabecilla de la banda, sigue el consejo de Denny y también le da la vuelta al casco. Ese es el otro motivo por el que debieran guardarse de dar consejos: no vaya a resultar que se topen como Denny con alguien tan bobo como para seguirlos; con alguien tan necio como para seguir los estúpidos consejos de un zoquete engreído. Descartemos, pues, el consejo lo mismo que Juan Tallón descarta el revólver. Por si no les bastara con esos argumentos, sepan que lo más probable es que nosotros no íbamos, como Winkler y Denny en el filme, a acabar convertidos en millonarios.

Phil O’Hara

Descartemos el revólver. El blog de Juan Tallón

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