Descartemos el consejo

Guárdense en esta vida de aconsejar como del riguroso frío invernal. No por cicatería sino por decoro, que si lo piensan bien, ¿quién es uno para dar consejos a nadie? Bastante hay con sobrellevar con una cierta apariencia de dignidad las propias inseguridades, los titubeos, las incertidumbres. Como si la vida no estuviese hecha de blanduras. Desconfíen como servidor de quien no da jamás su brazo a torcer, de quienes se proclaman poseedores de una verdad absoluta, aunque lo que esté en juego sea cómo ha de freírse un huevo. Elogien, por el contrario, el dudar y a quien duda. Lo que soy yo, me confieso por principio cómodo sólo si se cuestiona cuánto es menester. Huyo, pues, de posturas recalcitrantes, que detesto (a no ser la del misionero que cercano al medio siglo de andadura por esta vaguada de sollozos, en las cosas del amar y sabedor de las limitaciones inherentes a un chasis que va pidiendo a gritos hacerle chapa y pintura, acepto resignadamente; con la mansedumbre propia de quien se refugia al abrigo de lo que le manden). En el resto, empero, se trata de vivir permanentemente en el alambre; a un mal paso de la nada relativista, a dos de la molicie, y a otro más de la cama (no como metáfora de vida, sino en sentido literal: con su colchón, su almohada y su sábana con embozo; en ese feliz utensilio, vaya), con el aplomo suficiente para no madrugar nunca demasiado, y si no hay más remedio, evitando al menos -eso siempre- salir a la calle con la sonrisa puesta.

Seguir por el alambre polemizando sobre casi todo debiera ser poco menos que un deber. Hacer anidar en el espíritu ese inconformismo inherente a quien se reconoce un completo ignorante en mitad del mundo. Con semejante ideario, que dicho sea de paso ha permitido a la humanidad avanzar lo que ha avanzado (quizá nos hayamos pasado tres pueblos, pero no nació de la complacencia la inquietud por saber, sino del continuo interrogarse por las cosas, de la constante rebeldía ante actitudes contumaces), comprenderán que case mal alardear de nada y peor aún andar aleccionando al personal o dando consejos a amigos, conocidos y saludados. De otro modo puede suceder lo que a Xavi del Snack en mi pueblo. Al franquear una mañana Paquito Moner la puerta del establecimiento y pedir un café, le dio a Xavier Torrent por recomendarle un cortado. Cuando, no sin antes sopesarlo bien, Paquito accedió, le pareció a Xavi que quizá le conviniera, pues no era mediodía aún, más un vermú, y también le pareció bien a Paquito. Ya la cosa parecía clara mas, no contento del todo, el dueño del bar le sugirió aún que, bien pensado, lo más cabal era una caña, a lo que Paquito, desde su silla a ruedas, respondió esa vez mandándolo a tomar por culo y reclamando su café, que es lo que en verdad quería. O sea, que de haber seguido Xavier mi consejo y haberse abstenido de darlos él, no duden que le hubiera ido mejor.

En la cinta Granujas de Medio Pelo de Woody Allen, al cavar un túnel, Ray Winkler -magistralmente interpretado por el mismo Allen-, pregunta a Denny -a quien da vida Michael Rapaport en una actuación no menos memorable- por qué lleva el casco de minero puesto al revés, enfocando hacia atrás. Denny, hombre de pocas luces, responde que lo lleva al revés “porque así mola más”, y aconseja a Ray hacer lo mismo. Lo delirante es que Winkler, ex convicto y cabecilla de la banda, sigue el consejo de Denny y también le da la vuelta al casco. Ese es el otro motivo por el que debieran guardarse de dar consejos: no vaya a resultar que se topen como Denny con alguien tan bobo como para seguirlos; con alguien tan necio como para seguir los estúpidos consejos de un zoquete engreído. Descartemos, pues, el consejo lo mismo que Juan Tallón descarta el revólver. Por si no les bastara con esos argumentos, sepan que lo más probable es que nosotros no íbamos, como Winkler y Denny en el filme, a acabar convertidos en millonarios.

Phil O’Hara

Descartemos el revólver. El blog de Juan Tallón

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4 pensamientos en “Descartemos el consejo

  1. No sé si conocerá usted, señor O’Hara, el famoso dicho: “Hay dos clases de gilipollas: los que prestan libros y los que los devuelven”. Yo me permitiría hacer una variante sobre el mismo: “Hay dos clases de gilipollas: los que dan consejos y los que los siguen”. Lo cual no es óbice para que algún espécimen humano pertenezca a las dos clases.

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  2. Phil O'Hara dice:

    Habría una tercera clase: los que aconsejan no aconsejar. A no ser que uno lo tome como una inocente licencia pseudoliteraria, claro. Honrado por sus comentarios siempre tan atinados, don Jardiel.

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  3. Julián dice:

    Mis muy queridos escritores: Les aconsejaría, a pesar sus consejos, continuar deleitándonos con sus comentarios más o menos filosóficos. En el de hoy no he podido dejar de sonreír ante el recuerdo de un Paquito que, en vida, nos deleitó con sus ocurrentes historias.

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  4. Yo también echo de menos a Paquito, y eso que no llegué a conocerle nunca. Se nota que era un tío con las ideas claras, de los que abundan tan poco hoy en día.

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