El Garrincha de la Plaza del Grano

Al llegar a los cincuenta no es que uno rebaje las expectativas: son las expectativas las que van menguando, empequeñeciendo hasta prácticamente quedar en nada. Con la edad nos vamos pareciendo a ese saltador de longitud con escasa pericia que no acierta con la batida: o queda demasiado lejos de la tabla o irremediablemente la pisa y el salto, que era largo, se convierte en nulo. Y así competición tras competición; saltando a sabiendas de que jamás logrará la gran marca. Lo mismo sucede con las expectativas: o las ambicionamos desmedidas o como el saltador tampoco acertamos con la batida y por lo que sea, siempre acaban por dar al traste.

De niños apetecemos sueños sin saber que nunca acabaran por cumplirse. Con los años vamos despertando a la severa realidad, ésa que tozudamente acaba imponiéndose a cualquier esperanza que ya intuimos vana. Los veinte años a los que cantaba Serrat no presagian otra cosa que ir conociendo a ciencia cierta que de cuanto te propusiste no se cumplirá si no una mínima porción, justo ésa que ahora sabes que hubiera sido mejor que continuase incumplida. Expectativas que van pasando de largo sin que las podamos asir, como la imagen proyectada en tres dimensiones que nunca alcanzas a tocar. Grandes esperanzas, da igual de qué clase, que se esfuman por empeño que opongamos.

Grandes esperanzas. Como las de Nicanor, que a los diecisiete años aparentaba tener una brillante carrera de futbolista por delante. Aunque menudo, gambeteaba como un brasileño. Especialista en el arte del regate, disparaba además con las dos piernas y dicen que tenía eso que llaman olfato de gol. Tanto despuntaba que la Cultural Promesas le quedó pequeña y fue convocado por el primer equipo sin haber cumplido aún la mayoría de edad. Buena parte del barrio -eso me contaron- se desplazó al estadio de Basarte para ver el debut en tercera división del joven crack. Había hasta quien vislumbraba que el partido ante el Amurrio Club iba a poner al chaval en el disparadero hacia metas mucho mayores; quién sabe si llegar a primera e incluso, por qué no, fichar por un grande. Tras el descanso el míster puso a calentar en la banda a Nicanor y a los diez minutos de la reanudación le mandó por fin saltar al verde. Con el primer balón que tocó levantó de sus localidades a la nutrida afición visitante: el muchacho se deshizo de la marca del veterano central, al que dejó sentado en el pasto con un par de gambetas, aunque lo cierto es que la jugada acabó en nada. Al poco volvió Nicanor a recibir la pelota y nuevamente encaró a su par. Pero esa vez Mantecón, que así se llamaba el rudo defensa amurriano, lo mismo que Islero, no cayó en el amago y con la autoridad que confiere la veteranía, entró al trapo y no es que midiera mal, es que no midió, ni bien ni mal, y le dio tal viaje al pobre que le partió la rodilla en tantos pedazos que cuentan que al reconstruírsela aquello se pareció más a recomponer un puzzle que a otra cosa. Desde entonces a doña Carmen, la santa madre de Nicanor, se la conoce por “la Magdalena” por cómo resonaron en el campo sus lamentos: “¡Ay Dios!, ¡que me lo han matao!, ¡que me han matao al Canor!”. Ya ven, tamaña expectativa para que al final el angelito de Mantecón acabara con la que se presumía esplendorosa carrera del Garrincha de la Plaza del Grano.

Pues así en la vida. Con los años aprendes a convivir con el irrefutable hecho de que las expectativas merman de qué modo; o lo que es igual, te das de bruces con el fracaso, ese señor con gabardina que desde la más tierna infancia estuvo ahí, a tu vera; pero al que sólo a cierta edad se llega a conocer. La vida hace extraños compañeros de cama y el fracaso es uno de ellos. Cuando al fin lo reconoces y empiezas a tratarlo, no asusta tanto. Su presencia constante, tan próxima, íntima casi, otrora inconsciente, acaba hasta por reconfortar. Los éxitos son otra cosa. Cuando llegan, si llegan, nunca es para quedarse. Los fracasos en cambio son como ese amigo fiel con el que siempre puedes contar; ése que siempre te acompaña: cuando los Magos no te dejaron esa bicicleta de color anaranjado que era cuanto querías; luego, cuando esa novia de la que estabas perdidamente enamorado te dejó por otro y no hace tanto cuando te echaron del trabajo.

Las dichosas expectativas. Casi se desvanecen cuando te das cuenta de lo mucho que te asemejas a un yogur en lo de la fecha de caducidad; sólo que la tuya no viene en ninguna tapa. ¿No concluye eso Ser y tiempo? Aprendes a sobrellevarlo; sin estilo, porque nunca lo tuviste; pero con dignidad, que así te educaron. Y las rebajas, claro; no hay otra. Como las de Nicanor, las tuyas alguna vez también fueron grandes; como las suyas, también tú las viste una y otra vez truncadas por todas las patadas que la vida te dio. Desde entonces y hasta el final ya no aspiras a gran cosa. A ir tirando, a celebrar algún que otro gol de tu equipo, a que luzca el sol en primavera ni que sea esa Semana, a mirar por la ventana y a tomarte un café, solo o mejor en compañía de tus fracasos y de tu propia incompetencia; la misma, ironías del destino, que otrora vieras reflejada en Dick Dastardly. El pobre Dick, ese desgraciado; qué mejor compañero de fatigas y borracheras si no fuera nada más que un villano de ficción.

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “El Garrincha de la Plaza del Grano

  1. Es curioso que, sin llegar probablemente a saberlo, ha escrito usted la biografía de un común amigo nuestro, joven promesa del fútbol que nunca llegó a materializarse (aunque sí que jugó en la Cultural Promesas) y, además, vivió en la Plaza del Grano. No revelaré su nombre por elemental discreción, pero a buen seguro que usted sabe a quién me refiero. Y qué él sin duda se emocionará (como yo mismo) al leer tan sentido e involuntario homenaje.

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  2. Phil O'Hara dice:

    El balón, los fracasos, las vanas esperanzas… no dejan de ser lugares comunes. En cualquier caso mande un abrazo de mi parte a ese amigo que vivió en la Plaza del Grano y hoy vive -creo- más al norte.

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