Aniversario

En este maldito país (y en esta maldita Unión Europea) todo se compra y se vende. Hasta la memoria de los muertos. Y la desmemoria. La cotización de los cadáveres sube y baja, como si fuera un valor bursátil más. Y, cómo no, es frecuente que la memoria de los difuntos sea arma arrojadiza al servicio de la estrategia electoral, que es la forma de mercadeo más despreciable de cuantas existen. Ejemplos de esto los encontramos en aquella ley de memoria histórica de Zapatero y Garzón, que metamorfoseó a una buena parte del paisanaje en arqueólogos amateur, émulos necrófilos del programa Misión Rescate. O, más recientemente, en los luctuosos acontecimientos ocurridos en la valla de Ceuta, que ha servido de pretexto para la más desaforada y vergonzante orgía de salivazos y marrullerías entre nuestros ilustres representantes a la que hemos asistido desde hace mucho tiempo, con tocadura de huevos de la Comisaria Europea de Interior incluida. Sin olvidar el juego que dan los accidentes aéreos y ferroviarios, desde la tragedia del Yak-42 en Turquía allá por 2003 hasta el descarrilamiento del TAV en las inmediaciones de Santiago, hace apenas unos meses, pasando por lo del metro de Valencia, todos ellos espléndidos filones de munición lista para ser disparada por los mercenarios militantes en las filas de nuestra infame clase política.

Ahora bien; en todo este repugnante toma y daca no hay nada que aventaje en sordidez a lo vivido hace diez años, cuando el atentado terrorista más monstruoso que se recuerda en toda la historia de nuestro país, no sólo no sirvió para aunar la voluntad de los españoles (aunque sólo fuera por una vez) frente a un horror de tal magnitud, sino que, muy al contrario, fue utilizado una vez más como moneda de cambio en esa permanente lucha fratricida que se viene librando en el solar patrio (ya desde los tiempos de César y Pompeyo), y que parece no tener fin. Seguro que aún está en la mente de todos aquel ridículo reportaje sobre ETA con el que la televisión de Aznar (de la mano de su bufón Ángel Acebes, que no sé a qué coño se dedica ahora y una mierda que me importa), mientras los del otro lado se frotaban las manos ante tan concienzuda metedura de pata, relamiéndose como chacales hambrientos ante el suculento festín de votos que la necedad de sus adversarios les iba a proporcionar (el personal recordará también el famoso SMS que transformó la jornada de reflexión en jornada de indignación frente al balcón de Génova). Pero lo más llamativo (y triste) de todo es la facilidad con que la memoria se vuelve desmemoria, la insultante porosidad del cerebro humano ante la tragedia, pasando sin solución de continuidad del cénit de la indignación al más absoluto olvido. Es como si los muertos murieran por segunda vez al ser sustituidos por otros muertos más útiles que ellos, con la misma grosera versatilidad que se da, por ejemplo, en el ámbito de la moda. A día de hoy (y pasado mañana hace diez años) seguimos sin saber nada acerca de la autoría intelectual de los atentados (los que al parecer cortaban el bacalao se “suicidaron” muy oportunamente al poco tiempo, autoinmolándose en el piso de Leganés) y, lo que es peor, a nadie parece importarle un carajo ya: los del PSOE, con lo bien que les vino en su día, mejor están callados, pensarán, y los otros, que se tenían aprendida la lección “No hay mal que cien años dure”, y que, a base de paciencia, han sabido reconquistar la poltrona, prefieren no remover a los muertos en sus tumbas, no vaya a ser que empiece a haber poltergeist en la Moncloa y a Mariano le dé un jamacuco al ver, por ejemplo, el rostro de Aznar (cadáver político, al fin y al cabo) reflejado en el espejo del lavabo, mientras se hace el nudo de la corbata.

Sinceramente, siento pena y vergüenza de ser español (sentimientos ambos muy estrechamente vinculados, como lo prueba el hecho de que las dos palabras tengan la misma traducción, shame, en inglés). Y también envidia, al ver cómo otros países (léase, v.g. Estados Unidos) saben llorar, al menos, a sus muertos con dignidad.

Jardiel Poncela

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4 pensamientos en “Aniversario

  1. Phil O'Hara dice:

    Su proverbial escrito habla, don Jardiel, de la inconmensurable bondad de Yahvé. ¿De qué otro modo puede explicarse que de las diez plagas que envió sobre los egipcios ni una sola estuviese compuesta de políticos españoles? Ni el mismo Satanás hubiese sido capaz de tamaña maldad.

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  2. Thoreau dice:

    Por una vez estoy de acuerdo con usted, señor Jardiel (ya era hora de que escribiera algo sensato). Tan sólo echo en falta el que no haya aludido a la pasmosa rapidez con que procediera el juez Gómez Bermúdez, encargado del caso, en este país donde la justicia se caracteriza precisamente por su exasperante lentitud. No me dirá que no es casualidad.

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  3. Por supuesto que se lo digo, amigo Thoreau. Que no es casualidad. Ni mucho menos. La celeridad del juez Gómez Bermúdez en este asunto es inversamente proporcional a la morosa lentitud con que Pedro J. Ramírez y los chicos de “El mundo” han venido juntando las piezas de este siniestro puzle durante los últimos años, en lo que vendría a ser una versión actualizada del cuento de la tortuga y la liebre, o quizá más bien debiera decir de la parábola de Zenón de Elea sobre Aquiles y la tortuga. O tal vez debiera compararlos con Correcaminos y el Coyote, que ya me he liado.

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  4. Phil O'Hara dice:

    Caín y Abel: cuna de la españolidad de ayer, de hoy y me temo que de por siempre jamás.

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