Ha muerto Adolfo Suárez

Hoy es un día especialmente triste. Y no sólo por el hecho de que haya muerto un hombre de trayectoria ejemplar (ya se sabe que la parca viene tarde o temprano a visitarnos a todos), sino por la constatación de hasta qué punto fue inútil la lucha de este político intachable, que ni se aferró en ningún momento al poder ni se sirvió de la política como trampolín para el enriquecimiento o el medro personal, actitudes tan tristemente habituales en nuestros representantes públicos a día de hoy. Mucho antes que Suárez ya había pasado a mejor vida un modo de hacer política basado en la honestidad y la entrega, en concordancia con el significado etimológico de la palabra minister (“el que está al servicio de la comunidad”, en latín). La muerte de Suárez viene a ser otro clavo más en la tapa del ataúd donde yace el espíritu de la Transición a la democracia, que lleva ya mucho tiempo muerto y en avanzado estado de descomposición. Miro a mi alrededor y por todas partes veo división, violencia, odio… En definitiva, todo lo contrario de aquella España de la concordia y la reconciliación que él se esforzó tanto por construir.

La otra noticia que acapara la portada de los diarios es la de los veinticuatro detenidos y el centenar de heridos en la manifestación que hubo ayer en Madrid, clamando por algo tan descabellado como la defensa de la dignidad humana. Esto me hace pensar en la metamorfosis que de modo tan sutil se ha producido ante nuestros ojos, casi sin darnos cuenta: la sustitución de la dictadura del franquismo por ese otro género de tiranía mucho más sibilino y camaleónico, que es la dictadura de la troika y los mercados. A la vista de tales hechos, uno no puede por menos que plantearse si los años de libertad y prosperidad que precedieron a este desastre no serían un espejismo calculado deliberadamente por los poderes fácticos, una maniobra equiparable a la de cebar al gocho para luego poder sacarle mejor aprovechamiento. Hace poco, en una obra de protesta cívica representada por unos amigos, oí la siguiente frase: “Hay que darles algo antes, para luego poder quitárselo”. En eso, efectivamente, consiste una hipoteca, palabra cuya traducción inglesa (mortgage) guarda un sorprendente parecido con el vocablo español mortaja.

En fin; como decía al principio, hoy es un día aciago. Tengo la sensación de que la muerte de Adolfo Suárez no sólo cierra una etapa de nuestra historia, sino que también, en cierto sentido, supone el carpetazo definitivo a una España que podía haber sido, debía haber sido, de otra manera. He aquí el balance de la España real: más de cinco millones de parados, dos millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza y otras tantas que se han visto obligadas a marcharse fuera de nuestro país. Por no hablar de la corrupción, la paulatina supresión de los servicios públicos y los derechos sociales, o la crisis abierta por el desafío soberanista catalán.

Desde luego, y aunque resulte amargo decirlo, para este viaje no necesitábamos alforjas.

Jardiel Poncela

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8 pensamientos en “Ha muerto Adolfo Suárez

  1. Phil O'Hara dice:

    Sólo se me ocurre darle la bienvenida al club del pesimismo antropológico. Aunque debo advertirle que no se da carné. Eso sí, mentes preclaras como la suya siempre son bien recibidas por aquí. Qué más quisiéramos que tener que cerrar el garito; mientras su razón se halle en este nuestro país temo que la salud del club no haga si no mejorar a diario.

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  2. Y es que ya lo dice el refrán (que acabo ahora mismo de inventarme): No hay nada tan contagioso como el pesimismo. Por desgracia, no ocurre lo mismo con la lucidez (bastante más lenta en su avance que la estulticia), aunque haya honrosas excepciones. A buen seguro que la vecindad con su club me ha reportado una notable clarividencia en este aspecto, aunque se halle inevitablemente teñida por el velo de la melancolía.

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  3. Amelia Montes dice:

    No estoy de acuerdo en que fuera inútil la lucha de Adolfo Suárez. Al contrario, gracias a ella hemos podido vivir en España casi 40 años de democracia que, parece que hay consenso general, han sido los mejores de nuestra historia reciente. Y él fue el que puso la primera piedra venciendo enormes dificultades. Es verdad que luego nuestra democracia y nuestra sociedad se ha ido transformando, en muchos aspectos para peor, pero los que ya tenemos alguna edad no olvidamos de dónde venimos, y hoy es un buen día para recordarlo.

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    • Suárez ha sido, con diferencia, el político más maltratado de la democracia. Y no lo digo por Felipe González, que al fin y al cabo se limitó a cumplir con su papel de líder de la oposición (de hecho, los dos mantuvieron una cordial amistad tras la retirada de Suárez de la política), sino ante todo por los canallas y los trepas de su propio partido, que le hicieron la vida imposible. Para muestra tenemos a cierto miembro de su gabinete, paisano nuestro, que se aupó a la presidencia de Endesa tras dejar la política y a día de hoy está montado en el dólar. Y un largo etcétera al que he perdido la pista. Ahora que ha muerto, todo el mundo parece acordarse de lo grande que fue. A buenas horas, mangas verdes. Y es que ya lo decía mi admirado Enrique Jardiel Poncela: “Si queréis que se hable bien de vosotros, moríos”

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    • Phil O'Hara dice:

      Sobre los consensos generales yo siempre recordaría aquello que dijera Mark Twain: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar.”

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  4. Amelia Montes dice:

    Bueno, la mayoría no es lo mismo que el consenso. Yo más bien diría que se contraponen. La mayoría probablemente arrollará a las minorías, que se sentirán ninguneadas. Sin embargo el consenso cuenta con las minorías, y logra que sus demandas sean tenidas en cuenta. ¡Nada que ver!

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    • Phil O'Hara dice:

      Cuando dices que existe consenso sobre que los cuarenta años de democracia han sido los mejores de la historia reciente, estás diciendo que la mayoría cree eso. Con lo que no tiene nada que ver es con lo que opinan algunos (con los que no me costaría demasiado alinearme); una minoría que piensa que si estos años fuesen los mejores sería como para apagar e irse.

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  5. Amelia Montes dice:

    Lo que digo es que si queremos valorar hechos que no son objetivos, como es el de si los 40 últimos años son los que mejor se ha vivido en España, el juicio más acertado es aquel en el que hay un consenso lo más amplio posible, aunque por supuesto nunca va a ser del 100 %. La palabra mayoría me gusta menos, tiene otras connotaciones, suena a “sumar votos” más que a confrontar opiniones.
    Y digo yo, ¡Qué tendrá esto que ver con el artículo original!

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