La venganza, ese plato que se sirve frío. A no ser que te gusten los Beatles.

Cuando al fin logré ponerme en pie, rabioso, avergonzado y humillado, juré y perjuré para mis adentros que esa vez iba a ser la última de todas. No sabía aún cómo, pero Felipe Bustos el “Chota” era hombre muerto. El dolor por un crochet en el estómago digno del mismísimo Rocky Marciano podía soportarlo; incluso el escupitajo en la cara con el que el “Chota” demostraba al Mundo su desprecio por mí era algo que podía asumir; pero que todo hubiese tenido lugar a la vista de Mariló, eso era intolerable. El rifirrafe había adquirido tintes de cuestión de honor y ya más valía no andarse con chiquitas. Estaba decidido: había que poner coto a la era de tiranía y opresión que había impuesto el “Chota” y el destino había querido que fuese justamente yo quien cargase con tamaña responsabilidad.

De vuelta a casa ni durante la merienda fui capaz de dejar de dar vueltas al asunto. Tan ensimismado estaría que mi madre tuvo que llamarme al orden en un par de ocasiones para que me acabase el dichoso bocadillo de chorizo que con tanto amor, decía ella, me había preparado. Sólo abandoné el negocio que me traía entre manos el rato que anduve con los deberes. No era cosa, por mucho honor que estuviese en juego, de echar por la borda la reputación de alumno aplicado ganada a pulso y no sin esfuerzo a lo largo de tantos años de escolaridad. Además, si no era capaz de apechugar con ambas cosas -los deberes y el plan para mañana- no merecía llamarme “el elegido”. Así que me puse con las matemáticas, que repelente como ya era de niño, no se me daban mal del todo, para luego de acabar con el cálculo y analizadas unas oraciones, estar listo para lo verdaderamente importante: ver la televisión con la felicidad de quien se sabe con el deber -en este caso los deberes- cumplido. Ya habría tiempo después de la cena para urdir planes de venganza.

Cené frugalmente, que para eso en casa seguíamos a pies juntillas una dieta sana, equilibrada y menos variada de lo deseable: el mismo plato de sopa con fideos finos y la tortilla francesa de casi cada noche, que yo acompañaba, eso sí, con la mejor de las salsas, que no es otra que el hambre que había a esas horas. Después de cenar me acosté pronto y en la intimidad de la habitación y con la complicidad de la oscuridad y el silencio que reinaban en mi cuarto, acurrucado bajo la sábana y el par de gruesas mantas Paduana, me puse por fin a urdir el plan. Antes de que el sueño me venciese tuve tiempo de repasarlo varias veces, del derecho y del revés, pues no era cuestión de dejar ningún cabo suelto ni detalle al azar. El mínimo error podía dar al traste con el plan y era demasiado lo que estaba en juego. Andaba revisándolo una última vez cuando caí, más pronto de lo que hubiese sido menester, en brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente entró mi madre a despertarme y remoloneé durante unos minutos hasta que decidió, mi madre, que ya había holgazaneado bastante. Al ir a poner pie a tierra me detuve calculando con cual debía pisar primero. ¿Con el izquierdo?. ¿O sería con el derecho? Lo cierto es que no recordaba cual de los dos aseguraba iniciar bien el día, lo que me dejó algo preocupado; no tanto por acertar o no con la superstición como por el hecho de que si era incapaz de acordarme de algo tan fútil, no estaba seguro de no omitir algún detalle significativo del complejo plan que había tramado. Me decidí por el derecho y me dirigí a la cocina. A mitad de camino entre la adolescencia y la juventud, hecho ya casi un hombre, mi madre había acabado por aceptar que me desayunase todas las mañanas con Eko, ese brebaje inmundo a base de achicoria que era el peaje que uno estaba obligado a pagar si pretendía algún día ser digno de tomar café con leche y adquirir así el estatus de ser adulto. En el poso de la bebida soluble y asquerosa aquella creí ver un par de tes y hasta una zeta, amén de unas cuantas vocales, y aunque no era ningún experto en la Ekomancia, no me resultó difícil concluir que lo que en el fondo de la taza se manifestaba era la palabra “tortazos”. Lo que no quedaba claro era si los iba a dar o a recibir. En cualquier caso tales artes adivinatorias también me dejaron algo inquieto.

De camino al instituto traté de insuflar valor a mi persona concentrándome en mi amada Mariló a la manera como Alonso Quijano solía hacer lo propio pensando en la sin par Dulcinea. Pero de nuevo negros nubarrones empezaban a cernirse sobre mi cabeza: don Quijote blandía al menos una lanza y contaba con adarga; lo que era yo, sin más armas que una astucia aún por demostrar y con la sola compañía de Benito, que siendo lo más parecido a un fiel escudero era mucho más esmirriado que el bueno de Sancho y tan cobarde como él al menos, me temía lo peor y lo peor era la certeza de que en lo alto del camino no iba a encontrarme con molinos, sino con gigantes de carne y hueso; más concretamente con uno: con el “Chota”. Imaginar su colosal presencia y derrumbarse mis planes como un castillo de naipes fue todo a un tiempo. Iba a bastar con un “a que te doy dos hostias” de Bustos para poner las cosas -o sea, a mí- en su sitio.

En esos momentos de incertidumbre en los que te asaltan las dudas y hasta la zozobra, y vas a la deriva, por algún mecanismo de defensa heredado de mi padre, un tipo cultivado que coleccionaba vinilos de la Decca Classics y la Deutsche Grammophon, pacífico y reflexivo, que jamás se cansó de recomendarme cautela y buen juicio para que no tuviese que arrepentirme nunca de haber tomado una decisión equivocada, suele venirme a la cabeza la canción de John Lennon “Dear Prudence”. Así que por mi padre o gracias a Lennon, lo cierto es que llegué a la escuela si no habiendo abandonado por completo el plan urdido, con el firme propósito al menos de posponerlo; dejando para tiempos mejores, que ya los habría, mi gran venganza. A fin de cuentas, si se servía fría tampoco vendría la cosa de un par de semanas más. Distinto hubiese sido que ese plato se sirviera caliente, pero no siendo el caso…

En eso, o sea en nada, quedó la venganza. Tuve suerte, creo, de que me gustaran los Beatles y de que John Lennon compusiera aquella canción que por aquel entonces yo creía que tenía que ver con el comedimiento y la prudencia. El plan hubiese fallado irremediablemente y la combinación de uppercuts, ganchos y directos a la mandíbula de George Foreman que hicieron besar la lona a Joe Frazier iban a ser nada en comparación con la de hostias que hubiese recibido del bestia del “Chota” por un quítame allá esas pajas. Ahora pienso que Benito llevaba razón y que por una zagala, ni que fuese Mariló, no valía la pena recibir una sarta de guantazos, doble ración de sopapos y que por mucho menos ya se iba a encargar la vida de que los llevase todos. A fin de cuentas siempre sería plato de mejor gusto tragarse el orgullo, aunque a palo seco fuera, que encajar como el granítico Marvin “Marvelous” Hagler, que ni una sola vez se fue a la lona; algo de lo que ni el gran Rocky Marciano pudo presumir jamás.

Phil O’Hara

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4 pensamientos en “La venganza, ese plato que se sirve frío. A no ser que te gusten los Beatles.

  1. Fantástico, Mr. O’Hara. Es el mejor alegato que se ha escrito sobre la venganza desde los tiempos de “El conde de Montecristo”. También me ha llenado de emoción su referencia a la canción “Dear Prudence” de los Beatles, tema a decir verdad poco conocido que se halla incluido en su igualmente semidesconocido álbum blanco. Por otra parte, estoy por apostar que la vida se encargó de hacerle el trabajo a su alter ego en lo relativo a su venganza sobre el “Chota”. Este tipo de energúmenos suelen tener bastante desgracia para ellos con su vocación de acémilas.

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  2. Phil O'Hara dice:

    No estaría yo tan seguro. En los mentideros se comenta que el tal “Chota” llegó a ministro… Serán sólo habladurías sin fundamento.

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  3. Aun así, no le arriendo la ganancia. Antes me cambiaría por John Lennon, y eso que terminó abatido a tiros.

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  4. Phil O'Hara dice:

    Hombre, visto así no hay color. Lleva usted razón, Jardiel.

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