Archivos Mensuales: abril 2014

Señora Enriqueta

Del bueno de René lo que más admiré no fueron sus meditaciones, por metafísicas que fuesen, sino su duda metódica. ¡Cuánto envidié el aplomo del francés! Por más empeño que pusiese en lo contrario, mis dudas siempre eran existenciales, consustanciales a mi diario devenir. Nunca supe, como René, utilizar la duda como método para logros ulteriores, mayores y mejores; a mí la duda siempre me pudo. Muy especialmente en las lides amorosas.

Ramiro aquella mañana llegó exultante; le sonreía la vida a lo que él correspondía con una actitud vital envidiable y contagiosa; pero dado que lo mío era dudar no resultaba nada fácil inocular en mí ese optimismo vigoroso de Ramiro. Cuando nos reencontramos en el bar de la facultad me dijo que esa noche iba a haber un concierto de La Salseta del Poble Sec y que se había enterado por Pilar de que Manuela tenía pensado dejarse caer por allí. <<Esta noche o nunca, chaval; el destino te lo pone a huevo>>. Quizá Ramiro estuviese en lo cierto; hacía semanas que le había echado el ojo a esa chica y tenía la certeza de que podía ser el amor de mi vida; estaba colado por esos huesitos largos, esa cara pecosa y ese pelo negro azabache, la verdad. No parecía, pues, mal plan asistir al concierto; ¿qué podía perder yendo? Con algo de suerte trabaría conversación con Manuela, y luego Afrodita se ocuparía del resto. Si la cosa se torciese siempre cabría disfrutar del Patacón Pisao, del Me lo dijo Adela y de la Señora Enriqueta y tomarme un par de copas. Se mirase por donde se mirase el programa pintaba bien y además no tenía nada mejor que hacer tampoco esa noche.

Al llegar al concierto fui de cabeza a la barra del bar. Amén del apoyo incondicional de Ramiro no me vendría mal algo de ayuda extra, así que me pedí la primera cerveza de la noche para ir entrando en materia. Cofrade fervoroso del amor cortés, en Manuela atisbaba el compendio de virtudes físicas y morales del ideal de mujer; mi nueva amada, inaccesible hasta entonces, debía merodear por aquel lugar, acaso esperándome. Apurada la cerveza y armado del valor necesario, me hallaba en disposición de darme un garbeo por allí en busca de mi Ginebra. Había entrenado mil y una maneras de entrarle y todas ellas infalibles. Con arrestos más que suficientes me puse en movimiento y tras un buen rato buscándola sin éxito, a quien encontré fue a Ramiro. El muy cabrón andaba con un pibón de esos que cortan el hipo, que de no ser yo fiel enamorado de mi dama ya hubiera entrado al trapo por si el canalla de mi amigo dejaba alguna migaja de semejante hembra. Lo saludé brevemente y proseguí mi camino. Desanimado por no dar con Manuela encaminé de nuevo mis pasos hacia el bar para reponer fuerzas y templar nervios con una segunda copa.

Al aproximarme a la barra por fin la vi; allí estaba ella, pero no esperándome, sino acompañada de un efebo de no menos de metro noventa y tantos con el que se estaba dando un morreo de padre y señor mío. ¡La muy hija de puta! ¿Es que no tenía ella la misma alta concepción del amor cortesano que yo?, ¿no sabía que la juzgaba en tan alta estima como a la más noble de las damas?, ¿con semejante menosprecio me lo pagaba?. No era sólo el ósculo, con lengua, con lengua hasta la tráquea, por cierto, sino que ese cabrón tuviese además agarrada a Manuela por donde la espalda pierde su casto nombre. ¡Acabáramos! Ni La Salseta ni Manuela podían importarme ya una mierda. Con la poca dignidad de que fui capaz me largué de allí y de vuelta a casa me detuve en el primer bar, si no a ahogar las penas, que las condenadas nadan bien, a remojarlas al menos; y a fe de Dios que debí lograrlo porque soy incapaz de recordar cómo ni cuándo salí del bar, pero llegué tan borracho que a la mañana siguiente la resaca era tal que desaconsejaba acudir a clase. Ni Husserl ni Sartre me lo iban a tener en cuenta, así que opté por pasarla en la biblioteca, donde el silencio monacal reinante ayudaría sin duda a aliviar el dolor de cabeza que no me dejaba vivir.

Mientras trataba en vano de centrar la atención en las Reglas para la Dirección de la Mente de Descartes apareció radiante Manuela, y se sentó a mi lado. <<Hola, soy Manuela. Ayer estuviste en el concierto, ¿verdad?. ¿Me invitas a un café?>>. ¡La muy zorra! Anoche dándose el pico con ese zagal y hoy como si nada; y encima pidiéndome que la invitase a un café. ¡Pero qué se había creído! Uno aún conservaba algo de amor propio, de orgullo, incluso una mínima autoestima, qué caray; por increíblemente bonita que fuese no podía pretender entrar así en mi vida y que yo borrase de un plumazo lo de la noche anterior; esa lengua, esos besos y a aquella acémila con la que se daba el lote, recuerdos todos que me dolían como navajas hundidas en carne. <<Sí, claro. Recojo mis cosas y nos vamos al bar. Pues no te vi en el concierto; la verdad es que marché temprano; no sé, no debía encontrarme demasiado bien…>>

Estuvimos saliendo un tiempo aunque dudo que ella fuese el amor de mi vida. La relación acabó como el rosario de la aurora; o sea, ni bien ni mal (¿sabe alguien cómo acabó el rosario aquel?) pero en cualquier caso acabó. Nos separamos, cada cual tomó su camino y años después perdí su pista. No hace mucho volví a encontrarme con Ramiro en un concierto de La Salseta del Poble Sec; tampoco él tenía noticias de Manuela, aunque no importaba. Ramiro había sentado la cabeza y tenía un hijo; de mí pude contarle que seguía más o menos en las mismas, con mis dudas de siempre pero tirando. Tomamos un par de cervezas, escuchamos Cumbia campesina y Patrañas bélicas y nos despedimos hasta la próxima.

Phil O’Hara

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Master Chef y el informe PISA

Últimamente han proliferado como setas (o más bien debiera decir como revueltos de setas) los programas de cocina de diseño, tipo Master Chef. De entrada, para evitar malos entendidos, quiero dejar claro que nada tengo en contra de los programas de cocina de toda la vida, como el de Karlos Arguiñano, quien, además de parecerme un magnífico comunicador, creo que hace una gran labor de divulgación al mostrarnos que la buena cocina es un arte que está al alcance de cualquiera. Pero no puedo evitar el que, cada vez que veo a estos tres payasos con ínfulas de Clint Eastwood, las paredes de mi estómago comiencen a centrifugar y me acometa un deseo incontenible de echar la pota sobre la pantalla del televisor.

Este tipo de programas resultan sumamente dañinos por los valores tan nefastos que propagan. A diferencia de los programas de cocina tradicionales, altamente pedagógicos y beneficiosos en la medida en que establecen una cordial relación de complicidad con el espectador (que se podría resumir más o menos así: “Tú también puedes hacer esto”), este engendro de Master Chef se basa en la nociva idea de que sólo las élites pueden llegar a triunfar. Cualidades tales como la sumisión, el lameculismo o el tan traído y llevado afán de competitividad están al orden del día, en lo que viene a ser un avance más en la consolidación de esta cultura bipolar de ganadores y perdedores, gregaria y conformista, donde en realidad tan sólo hay cabida para dos clases de frustrados: los que todavía no son conscientes de su fracaso (“yo de momento me he librado” es su lema, lo mismo que el personaje de la fábula de Bertolt Brecht) y los que sí lo son, pero confían en las previsiones de gobernantes y economistas y piensan que, con tumbarse los lunes al sol, las cosas terminarán resolviéndose por su propia inercia. Entretanto, gravitando impávidos por encima de unos y otros, y riéndose a mandíbula batiente de nuestra estupidez y borreguismo, siguen campando por sus respetos, cómo no, los sinvergüenzas de siempre.

En otro orden de cosas, la última evaluación del informe PISA sobre educación denuncia que, en nuestro país, los jóvenes son incapaces de hacer frente a los más elementales problemas domésticos, tales como freír un huevo o pasar la aspiradora. Le ha faltado el tiempo a la Secretaria de Educación (una cretina que, si viviéramos en la República de Platón, no habría llegado ni a bedela del ministerio) para afirmar que la metodología del profesorado está claramente anticuada ¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Ahora resulta que los educadores, en vez de enseñarles a nuestros alumnos quién era el susodicho Platón, o San Juan de la Cruz, o Beethoven, o Rembrandt, o Einstein, nos tenemos que ocupar de enseñarles a programar la lavadora o zurcir los calcetines? En cualquier caso, por qué será que las conclusiones de esta señora no me extrañan lo más mínimo. El viejo vicio de achacar al profesorado los males de la sociedad. Como si a alguien hubiera de sorprenderle el que una sociedad gobernada por cretinos inútiles produjese otra cosa que cretinos inútiles .

¿Cuál es la relación entre los dos temas? No lo sé muy bien, la verdad. Quizá el que las dos cuestiones constituyen sendos síntomas de que vivimos en una sociedad hueca y lobotomizada, incapaz de generar otros valores que no sean aquéllos fabricados en serie por la publicidad y los medios de comunicación. La imagen más aproximada para reflejar esto sería cierta escena de la película Hannibal, en la que Anthony Hopkins le abre la cabeza a Ray Liotta y, con morboso refinamiento, le hace comer a éste sus propios sesos tras rehogarlos en una fondue, mientras la víctima se ríe como lo que es: un imbécil descerebrado. A veces sueño que soy Ray Liotta y que son mis propios sesos los que se están pochando en los fogones de Master Chef. Luego me despierto pero, al mirar a mi alrededor, me cuesta trabajo distinguir la realidad del sueño. Quizás me pase como a Joyce, y la historia sea una pesadilla de la que no consigo despertarme.

Pesadilla en la cocina.

Jardiel Poncela

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Ser de pueblo

ser de pueblo

Ser de pueblo imprime carácter, o eso dicen. En los pueblos, en el mío al menos, si Mendel y sus leyes querían que fueras varón, tus cartas venían marcadas de un modo especial: antes de aprender a dar los primeros pasos ya sabías que un balón de cuero iba a ser el centro alrededor del que gravitaría lo demás. Para Bill Shankly, que perfectamente podía haber nacido en mi pueblo aunque vio la luz en Glenbuck, en la lejana Escocia, el fútbol no era una cuestión de vida o muerte; era mucho más importante que eso. Y en efecto, el partido lo era todo.

Desde que te desayunabas y marchabas a la escuela, hasta que por fin acababas las condenadas clases y te tomabas el bocadillo de salchichón, todo era hacer tiempo para ir al partido. En la escuela, además de aprender los ríos de España, cincelabas tu autoestima rememorando, de haber ganado la tarde anterior, alguna jugada de libro; si habías perdido, en un acto de contrición que labraba igual o mejor tu carácter que la gloria de la victoria, hacías propósito de enmienda conjurándote para reparar la derrota y darle la vuelta a la tortilla. Ganar o perder servía además para aderezar con más o menos asco la ardua tarea diaria de hacer los deberes antes de acostarte; que las penas con el pan del éxito lo son menos. El partido empezaba con puntualidad hispano-británica de cinco y cuarto a cinco y media; nunca antes y rara vez después. A esa hora nos juntábamos en la plaza del pueblo para dar comienzo al ritual de cada tarde y una vez que los dos capitanes habían elegido por turnos a sus once (o a sus  siete u ocho, dependiendo de los que fuésemos) nos distribuíamos por el rectángulo de juego, o por el cuadrado, que a esa figura se asemejaba la plaza más que a ninguna otra (aunque el encuentro podía ocasionalmente celebrarse en otros lugares y las figuras geométricas variar según fuesen, llegando a haber disputado partidos en un trapecio, un paralelogramo e incluso una vez en una semicircunferencia) Cuatro jerséis que hacían las veces de porterías y un balón era cuanto se precisaba para oficiar el encuentro y lo habitual era que lo disputásemos en la plaza. Allí cada uno se desenvolvía según sus virtudes y trataba de ocultar sus muchos defectos y el carácter de cada cual se iba forjando partido a partido. No resulta difícil hoy, con la perspectiva de los años, adivinar en aquellas sobrias maneras de arquero de Pere Güell al prudente profesor de lenguas clásicas que es hoy; o ver en aquel habilidoso chaval, Domingo Xavier Jou, capaz de regatear a los rivales sin que el balón saliese de los límites de una de las baldosas de piedra de la plaza, escondiéndolo como el más despabilado de los trileros, al ejecutivo de banca que hoy quiebra con igual pericia las voluntades más férreas (y sobre todo las menos) colocando a diestro y siniestro productos financieros de dudosa procedencia; o vislumbrar que Joaquim González el “Cordobés”, que atesoraba tanto arte para el fútbol como desgana para todo lo demás, hoy, treinta y tantos años después, iba a seguir mostrando esa misma desidia de entonces, sólo que ya sin esas jugadas inverosímiles que de Pascuas a Ramos nos regalaba en la plaza. O Julio, que por aquel entonces movía a todo su equipo y que hoy sigue organizando las cosas en una compañía de postín.

En esos partidos la naturaleza se labraba deprisa y a los doce años las cartas estaban ya todas boca arriba sobre el tapete. Los que saben de fútbol dicen que se juega como se entrena; yo digo que se vive como se jugaba. Si a los doce años eras el mejor en la plaza, la vida te reservaba grandes cosas; con suerte hasta podías llegar a conducir un camión repartiendo aperitivos de alguna marca de renombre. Pero si en la plaza no mostrabas actitud, no podías pretender que la vida luego fuese benigna contigo. Así se iban forjando los caracteres.

Y así se aprendían las reglas. Por ejemplo, que ser el dueño del balón te otorgaba un estatus especial. En la plaza, a Jay Gatsby su asquerosa montaña de dinero no le hubiese servido más que para una cosa: ser el propietario de la pelota; pero claro, eso era lo más a lo que se podía aspirar. El dueño de la pelota podía decidir largarse a casa y dar por acabada la función. Qué poder. Si sabías cómo ejercerlo podías librarte de que una mano clara fuese sancionada como penalti. La discusión duraba apenas lo justo para determinar que las manos habían sido involuntarias y que el juego podía continuar como si tal cosa. Otra regla que aprendías era que si los de octavo llegaban a la plaza, el partido se había acabado. Lo bueno de la norma era que aplicada a los de sexto, el partido se les terminaba a ellos. Y lo mismo que hoy, también entonces podías toparte con la Autoridad, que en la plaza era doña Carmeta Panosa, la frutera, que cuando algún chut desviado daba con sus naranjas desperdigadas por el suelo del soportal, confiscaba temporalmente el balón y te pusieras como te pusieras, como a la buena de doña Carmeta le diera por vociferar que el partido se había terminado, ya podías señalarle tú el cronómetro o irle con cualquier monserga, que no te iba a hacer ni puñetero caso. Os dabais por jodidos y para otra vez andabais con más cuidado procurando hacer de la necesidad virtud y como los Iniesta, Xavi y compañía de hoy, tratabais de entrar con el balón en la misma portería, dejando lo del chut desde fuera del área imaginaria para tiempos mejores (como para cuando doña Carmeta no estuviese en la frutería).

La secreta ilusión de todos nosotros era vernos en uno de esos cromos a todo color del tamaño de una galleta de los álbumes de la Liga que una temporada tras otra coleccionábamos, pero por desgracia a ninguno la vida nos llevó por esos derroteros. Aunque a aquella generación de chavales ser de pueblo no parece habernos sentado mal del todo. No sé yo si por no haber crecido en una gran urbe los temperamentos de cada cual habrán fraguado muy distintos; lo cierto es que cuando echo la vista atrás y recuerdo aquellas tardes de fútbol en la plaza del pueblo siento una extraña mezcla de nostalgia y orgullo bobo y me digo sin llegar a creérmelo que ser de pueblo sí debió imprimir algo especial en el carácter; ni que sea esa estúpida manera de contar las cosas y ver la vida, que no son sino la misma cosa.

Phil O’Hara

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Los ladrones somos gente honrada

He estado barajando varias opciones para el título de la presente reflexión. Alí Babá y los cuarenta ladrones fue la primera que se me pasó por la cabeza, pero la descarté al percatarme de que me quedaba corto. Luego pensé en La España de Ozores, pero entonces me di cuenta de que la cosa era mucho más grave que lo del inocente timo de la estampita. Finalmente me he decantado por el título de la obra de mi homónimo Enrique Jardiel Poncela (el auténticamente genial): Los ladrones somos gente honrada.

Me explicaré. Nada me enfada tanto como el latrocinio disfrazado de honradez. Antes estoy dispuesto a disculpar al sinvergüenza confeso, ajeno a todo barniz hipócrita de legalidad. Como Jesús Gil cuando dijo aquello de “Yo estoy en política para hacerme rico”. Sí, señor, con un par. Se podría tildar al antiguo presidente del Atleti de chorizo de los de marca, con denominación de origen de Guijuelo o Geras, frente a tanto embutido plastificado, que te deja el colesterol igual de mal o peor sin darte siquiera a cambio la contrapartida del sabor o el grato aroma de lo genuino. Mucho más despreciable es, sin duda, el saqueo metódico e institucionalizado al que día a día nos someten políticos, banqueros, sindicalistas y toda esta jauría de repugnantes pesebreros a los que parece que, encima, les tenemos que dar las gracias por no robarnos más. La única diferencia entre estos chorizos y los que te atracan por la calle a las claras, estriba en el hecho de que los primeros tienen patente de corso para desvalijar al personal, obviamente expedida por ellos mismos. No hay hurto más reprobable que el aderezado con ínfulas de legalidad.

Los señores que en la Junta de Andalucía han apandado los fondos destinados al paro tienen mucho en común con Jesús Gil y el chorizo de Guijuelo. Resulta tragicómico el espectáculo dado por todos estos periodistas y tertulianos de la radio llevándose las manos a la cabeza por lo que no viene a ser sino la punta del iceberg o el corolario lógico de un sistema esencialmente corrupto, que ha convertido la necesidad de tantos seres humanos en un negocio indecentemente lucrativo, al servicio de empresarios sin escrúpulos a los que se ha dado la oportunidad de sustituir a trabajadores con derechos laborales por pringados sacados de las listas del paro, y encima trincar una buena pasta (los sindicatos, por cierto, no son ajenos a esta práctica, pues ellos también han pellizcado jugosos subsidios destinados a cursos de formación). Los funcionarios encargados de administrar estos fondos, simplemente, se han planteado la siguiente pregunta: “¿Y por qué van a trincar ellos la viruta en vez de nosotros?” Y han actuado en consecuencia. A poco que reflexionemos sobre ello, nos daremos cuenta de que lo único que ha cambiado es el beneficiario último de la jugada, al que, parafraseando a Robert Shaw tras su fallida partida de póquer con Paul Newman en la película El golpe, de lo único que podemos acusar es de haber hecho trampas mejor que los otros.

A ver si nos enteramos de una vez: el actual sistema de protección al desempleo, basado en ayudas, subsidios y subvenciones condicionados a la realización de cursos de formación, prácticas en empresas, etc., no es que genere corrupción, sino que es en sí mismo corrupción. El dinero hay que dárselo a los ciudadanos directa e incondicionalmente, en forma de Renta Básica, ya que hay riqueza suficiente para ello, o de lo contrario, estaremos abocados a permanecer para siempre atrapados en un bucle diabólico al que siempre le saldrán, como a la Hidra, dos cabezas por cada una que cortemos. Es la raíz del mal la que hay que extirpar, y no su cabeza.

En fin; es lamentable que lo que debería ser un derecho constitucional (“todo ciudadano tiene derecho al trabajo, a una vivienda digna, etc.”) se haya convertido en un vulgar chantaje. Está visto que en este país hay dos clases de ladrones: los que ocupan las celdas de las cárceles (que han cometido la osadía de robar sin permiso) y los que ocupan las butacas de los despachos. Ahora parece ser que ha surgido una nueva subespecie dentro de estos últimos, que es la de los que se saltan las directrices del Boletín Oficial en lo relativo a en qué bolsillos se queda finalmente la pasta. Es la evolución natural del choriceo, sometida a los mismos principios que la evolución de las especies de Darwin. Los que estaban destinados a ser meros intermediarios en la pirámide evolutiva han ascendido un peldaño y han decidido erigirse ellos mismos en cúspide del proceso. Han sido los más listos y por eso me caen hasta simpáticos. Porque ya lo dice la sabiduría popular, que es muy sabia: “El que roba a ladrones, cien años de perdón”.

Y, si no, ya se encargará el gobierno de indultarles.

Jardiel Poncela

Kant y la taza de váter.

Perspicaces como seguramente son se habrán dado cuenta ya de que cada vez que alguien, con esa contundencia propia de quien huérfano de todo espíritu crítico afirma sin asomo de rubor que algo no puede pasar, no solamente sí puede, sino que además acaba pasando. No sucede de manera muy distinta cuando ese mismo muestra un atisbo, por mínimo que sea, del espíritu que mentábamos y dice sólo que eso no tendría que pasar. Esta vez está en lo cierto y quizá no tendría; pero igualmente pasa. Al menos a menudo. Por supuesto que si damos la vuelta al argumento y con quien nos topamos es con alguien tratando de vaticinar lo que va a sobrevenir (o lo que tendría que acontecer) estaremos en las mismas. Y es que la realidad es contumaz; tan terca como una mula, y para colmo burlona; empeñada siempre en no dejarse doblegar por las voluntades más o menos taciturnas, más o menos entusiastas de cualquiera de nosotros.

Xavier Bescós jugaba al balón de maravilla. En una ocasión, una de tantas, recuerdo que le cayó el cuero a los pies y sin tan siquiera pensarlo enfiló como alma que lleva el diablo hacia el arco contrario en lo que se presumía un contragolpe de esos que llaman los entendidos “de libro”. Fue una verdadera pena que Quintana, que así se apellidaba el trencilla de turno, se cruzase en su camino, y quiso la mala fortuna que así se dieran las cosas o fue porque Bescós no levantaba en su correr la cabeza del suelo, el caso es que se dio de bruces sin remedio contra el árbitro y la jugada, impregnada del perfume del gol, quedó una vez más en nada. Al bueno de Bescós lo sucedido debió sacarlo de sus casillas; de otro modo no se explica que reaccionara amenazando iracundo a Quintana con darle dos hostias y hasta con matarlo. En ese preciso instante se congelaron los pocos corazones que se habían dado cita en el municipal de Amer para ver el encuentro y el tiempo pareció detenerse: el chaval se había poco menos que inmolado; Quintana lo iba a echar. Eso era roja cantada, vamos. Momentos como ése son los que dan la verdadera medida de un hombre. La de Quintana, a quien no le quedaba otra que desenfundar la tarjeta y mandar a Bescós con su destino. La de Bescós, que sabía que con una amenaza, lo mismo que con la última bala, no se fanfarronea; y la de nosotros, que con razón o sin ella -y era sin ella- en las gradas íbamos a tener que acordarnos de la santa madre del pobre Quintana. Pues ya ven, nada de eso sucedió. Quintana no sólo no expulsó a la criatura sino que soltó una lúcida y sonora carcajada que aderezó con el consabido “sigan, sigan” acaso convencido o intuyendo que ya sería la propia existencia la que se encargaría de castigar a aquel zagal de doce años que apuntaba maneras. La clarividencia de Quintana resultó proverbial y Xavier Bescós, a quien muchos otros colegiados sí tuvieron que mandar a la ducha antes de tiempo, acabó por colgar las botas a los quince años recién cumplidos; no fue la suya una dilatada carrera de futbolista, pero nadie negará que resultó verdaderamente intensa. Luego la vida, estoy seguro, se habrá ocupado de templar aquel carácter y le habrá ofrecido oportunidades que quiera Dios haya sabido aprovechar. En el fondo, aunque aquellas maneras que apuntaba eran las de un delincuente, a los doce, ni siquiera a los quince años alguien difícilmente puede no ser buena persona. Y los que conocían a Xavier daban fe de que lo era.

Por eso hay ocasiones en la vida en las que mejor es no probar a predecir las cosas y tratar sencillamente de acompasar las zancadas al discurrir de la existencia. Cuando se tiene la convicción más o menos sincera de que siempre va a acabar por acaecer lo que a la vida le venga en gana, se trata de no obcecarse en hacerle frente. Dicho de otro modo, lo que me propongo no es otra cosa que animarles a que se armen de ese poco valor que se necesita para romper el carné del club de la resaca metafísica, término si no acuñado por Kingsley Amis que al menos a él le debo, y ya puestos, una vez se hayan deshecho de ese carné de paso rompan también todos los otros. Bastará además con que pasen de vez en cuando alguna que otra resaca de las físicas (nada hay que temple mejor los temperamentos), de las más leves aunque sea, para que se sientan aliviados. Creo poder estar en condiciones de garantizar que nada iguala más ni mejor a las personas que esa sensación de alivio. El alivio, en cualquiera de sus acepciones, es de esos regalos con que los dioses, de haberlos, tendrían a bien obsequiarnos. Noten cómo la sabiduría popular se refiere a ello. El íntimo acto de aliviarse, por ejemplo, nos empareja a reyes, emperadores, primeros ministros y a deportistas de postín; todos en la taza del váter obramos por igual. Ese poder de mierda (en algún sentido lo es) no será ni el imperativo categórico ni la justicia moral universal, ésa que Kant ya nos advertía que no esperásemos encontrar en este mundo; pero qué quieren que les diga, tener consciencia de ello y saber que incluso Kant se aliviaba más o menos como uno mismo es como para quedarse la mar de satisfecho.

Phil O’Hara

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Distopías

Siempre me han fascinado las distopías. Mucho más que las utopías. Alguno ya estará lanzando bufidos y diciendo con resignación: “Ya salió el pesimista de turno, con su consabido gusto morboso por todo lo negativo y decadente”. Pero no creo estar solo en esto. Como prueba de ello, propongo al lector que coteje a ver cuál de los dos libros ocupa un puesto más alto en las listas de los más vendidos: si Los juegos del hambre o La república de Platón. El propio Platón resulta más convincente en La caverna que en La república. Eso del gobierno en manos de los más sabios no se lo cree ni él.

Por lo que a mí respecta, son dos mis novelas distópicas favoritas, por sendos autores ingleses: 1984, de George Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Como ya me he explayado largo y tendido en diversas ocasiones sobre la primera de ellas, hoy me voy a dedicar a comentar la otra, que como aquélla ha resultado ser premonitoria en más de un sentido, si bien no haya lugar a tomarla en su literalidad.

A diferencia de la novela de Orwell, que nos presenta una realidad sórdida y deprimente, la obra de Huxley, como su propio nombre indica, nos describe un mundo en el que todo parece color de rosa. Una sociedad tecnológicamente avanzada, en la que han sido erradicados males tales como la guerra, la pobreza o las tensiones sociales. Se ha instaurado el amor libre, generalizado el uso de los métodos anticonceptivos y la tarea de la reproducción ha sido encomendada a los laboratorios de ingeniería genética. Ello ha dado lugar a una estructuración de la sociedad en castas, sometidas a una escrupulosa segregación: los alfa, que son los mejor dotados intelectual y físicamente; los beta, que ocuparían el puesto siguiente en el escalafón; y así sucesivamente, hasta llegar a los delta y finalmente a los épsilon, clonados en serie, cercanos al mundo animal y a los que quedan encomendadas las labores de producción. Para conseguir este equilibrio tan precario, han quedado rigurosamente proscritas cosas tales como la literatura, el arte o la filosofía, pues es un mal necesario para garantizar que en el futuro la uniformidad de pensamiento no se vea amenazada y surjan potenciales conflictos ante la posibilidad de que las personas puedan llegar a tener ideas propias. El protagonista, Bernard Marx (la elección del apellido no es en modo alguno casual) pertenece a la casta privilegiada de los alfa, pero, debido a un defecto de “fabricación”, no alcanza los estándares de perfección física propios de su clase, si bien posee una inteligencia notable. Bernard se siente como un extraño en todas partes, pues se siente rechazado por los suyos pero tampoco consigue ser aceptado por los miembros de las castas inferiores, que sienten una desconfianza instintiva hacia él. Esta condición de inadaptado social le convierte a la larga en un elemento claramente disruptor y desestabilizador del sistema, al empezar a cuestionarse uno por uno los principios sobre los que se asienta aquella sociedad que tiene tanto de frívola como de artificial.

Sin duda que la novela de Huxley ofrece destellos a los que podríamos atribuir, como decíamos antes, una lucidez premonitoria. Como en la actualidad (o más bien como hace unos pocos años), los personajes no viven una felicidad real, sino que más bien están encerrados en una burbuja de conformismo estúpido e inane, limitándose a un goce puramente sensual y superficial de aquellos placeres que previamente el Poder se ha encargado de diseñar para ellos, manteniéndolos convenientemente anestesiados y sumisos. Con la excepción de Bernard, son todos los habitantes de este mundo criaturas robotizadas y frías, sin ninguna capacidad para experimentar el amor, o para emocionarse leyendo unos versos de Shakespeare. Como en el mito de La caverna de Platón, los esfuerzos de Bernard por hacer despertar a sus semejantes de esta especie de coma colectivo resultan completamente inútiles. En este sentido, impresiona la escena en que Bernard se dirige a una muchedumbre de obreros delta a la salida de la fábrica y arrojando al suelo unas pastillas que, como si fueran ganado, les dan para mantenerlos satisfechos (¿a alguien le suena esto?), trata sin éxito de arengarlos gritándoles una y otra vez: “¡No necesitáis esta porquería para ser felices! ¡Sois hombres! ¿Lo oís? ¡Hombres!”. Todos se quedan mirándole con cara de póquer, igual que si estuvieran viendo a un extraterrestre. Algunos hemos sentido a menudo una sensación parecida, tras llevar a cabo intentos igualmente vanos por despertar las conciencias de los numerosos deltas y épsilons que pululan a nuestro alrededor y que, a diferencia de los de la novela de Huxley, han elegido semejante condición voluntariamente, y no porque les haya sido impuesta de nacimiento mediante experimentos de ingeniería genética.

En mi opinión, sólo en un aspecto resulta fallida la profecía de Huxley. Y es en lo relativo a encomendar el proceso de producción a los individuos menos capacitados intelectualmente de la sociedad. No es necesario crear una casta ad hoc de individuos descerebrados, porque ese papel ya lo ha suplido, y con creces, la tecnología en nuestro engranaje productivo. Esta mañana decían por la radio que el año pasado las empresas del Ibex 35 obtuvieron unos beneficios cercanos a los dieciocho mil millones de euros mientras que, ¿paradójicamente?, esas mismas empresas han reducido los efectivos de sus plantillas en más de ciento veinte mil trabajadores. A lo que apuntaba ingeniosamente el periodista: “Da la impresión de que en estos estudios macroeconómicos basados en cifras, lo que sobran son las personas”.

La solución a este jeroglífico parece francamente inquietante. Es como si del mundo feliz de Huxley estuviéramos abocados a pasar al mundo empobrecido y permanentemente en guerra que nos describiera Orwell. Porque si es verdad que sobramos las personas… ¿qué otra solución hay aparte de una nueva guerra mundial?

Feliz centenario a todos.

Jardiel Poncela

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Ramiro

Hay momentos en que sientes que el pesimismo te oprime como una tenaza y en que deseas, como mínimo, que te arrastren consigo las aguas fecales en su camino hacia las alcantarillas al tirar de la cadena del wáter. Y entonces, de pronto, ocurre algo que te reconcilia con la vida, obligando al aluvión de mierda a franquearte el paso, como hicieran las aguas del Mar Rojo ante el cayado de Moisés, y mostrándote una chispa de luz, si no al final del túnel (no sea que el ministro Montoro insista en cobrarme royalties por tomarle prestada la ocurrencia), sí al menos en el fondo de la taza del inodoro, donde llevas ya tanto tiempo con la cabeza sumergida que casi ni te acuerdas de cómo era la sensación de respirar aire limpio.

Tal ha sido la impresión por mí experimentada al conocer a Ramiro Pinto, a quien mi buen amigo Jesús Epalza define como espíritu libre. En efecto, se podría decir que la suya es un alma completamente inasequible a las claudicaciones y renuncias tan consuetudinarias en estos tiempos de mediocridad moral y sorda resignación, que en el fondo tiene más de muda desesperación. Por el contrario Ramiro siempre ha dejado oír el potente timbre de su voz en cuantas causas nobles haya sido preciso (de esas que los cobardes suelen dar por perdidas de antemano). Cierto que no siempre le ha acompañado el éxito, como ocurrió con la construcción de la presa de Riaño o con la privatización del agua en la ciudad de León (“El agua es de todos”, fue la frase dicha a voz en grito con la que se ganó la detención tras su intento infructuoso por reventar el pleno del ayuntamiento donde se aprobó tan vergonzante mercadeo; curiosamente, dicha frase es una ligera variante de otra muy similar que se halla inscrita en la vidriera de Vela Zanetti que adorna las dependencias municipales). Pero no debemos olvidar que él fue el artífice de que se paralizaran proyectos tan aberrantes como la construcción de la presa de Omaña (hazaña lograda in extremis, cuando ya estaba a punto de comenzar la ejecución de la obra) o, más recientemente, la controvertida reforma de nuestra Plaza del Grano. Podemos afirmar con justicia que, de no ser por Ramiro, nos veríamos privados por igual de uno de los paisajes más bellos de la geografía leonesa, así como de uno de los rincones más emblemáticos y entrañables (¡además de únicos!) de nuestro paisaje urbano.

Yo diría que Ramiro tiene mucho de Don Quijote del siglo XXI. Y esto no es una mera figura retórica. Los paralelismos con el ilustre hidalgo se podrían multiplicar: su denuncia del abuso de las nuevas tecnologías en el artículo de su blog “La tecnificación de la conciencia” tiene mucho en común con la lucha que mantuviera el último (¿?) caballero andante contra los molinos de viento. Al igual que hiciera el noble manchego en el capítulo de la liberación de los galeotes, él también supo restaurar una parte de su dignidad a los reclusos de la cárcel de León, donde estuvo durante un tiempo impartiendo clases de teatro (actividad de la que fue inexplicablemente apartado, pese a los magníficos resultados obtenidos; su peripecia recuerda mucho en este sentido a la de Randle P. McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco). Y para completar el paralelismo, me arriesgaré a decir que su denodada lucha por liberar la frase “Si todos los hombres son para la tierra, por qué no es la tierra para todos los hombres” (objeto de un vergonzoso encierro entre las rejas que impiden el acceso al que antes fuera el callejón de Gaudí, situado junto al edificio de Botines) tiene mucho de intento heroico por liberar a una dama menesterosa en apuros custodiada por dragones, que bien podrían ser las dos entidades financieras a las que pertenecen los edificios que flanquean dicho callejón. A la vista de esto, uno se pregunta si será pura casualidad el que uno de los libros favoritos de Ramiro sea, según me ha contado él mismo, el injustamente denostado y casi olvidado Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo. Su última cruzada ha sido en defensa de los derechos de los ciudadanos en la pasada Marcha por la Dignidad del 22 de Marzo, en que tuvo que hacer frente no sólo a la intolerancia de los poderes fácticos, sino también de los impresentables que intentaron capitalizar el acto y convertirlo en una mera orgía de violencia y confusión, proporcionando con ello una coartada inmejorable al Poder para autolegitimarse.

Es obligada la referencia a su monumental tratado Fundamentos de la Renta Básica y la “perestroika” del capitalismo, propuesta auténticamente revolucionaria que implicaría la extrapolación de la idea de democracia del terreno político al económico (proceso inverso al que se está consolidando actualmente, que es la creciente supeditación del poder político al financiero, con el consiguiente deterioro de las libertades y derechos conseguidos tras largos siglos de lucha), y que ha sido objeto del más ominoso de los silencios por parte de las “autoridades” académicas y administrativas. Y es que no puede faltar el consabido ejército de curas, barberos y bachilleres Sansón Carrasco (la coincidencia en el apellido es puramente casual) quienes, tal vez celosos de todo conato de empresa noble que no cuente con su beneplácito, han decidido de antemano condenar ésta a las modernas hogueras del ninguneo y el fracaso. Pero a Ramiro nunca le han importado tales insidias, ni el que estos miserables se dediquen a segarle bajo los pies la hierba que brota de las semillas que él ha sembrado. Porque él levita por las alturas, muy por encima de las pequeñas miserias y de la encharcada ciénaga donde habitan estos parientes cercanos de las sanguijuelas y los gusarapos.

La nota amarga la da el hecho de que Ramiro lleve años en el paro, sin recibir ninguna prestación. No sabría decir qué es más lamentable: si el que un hombre así se encuentre en semejante situación, o el que la sociedad no sepa emplear a alguien que sería tan sumamente beneficioso y necesario, mientras que sí haya puestos disponibles para tanto político aprovechado y sindicalista de medio pelo. Pero me he propuesto que hoy no hay lugar para el pesimismo. Es el momento de sacar la cabeza del wáter y mirar al frente con orgullo. Creo que el mejor homenaje que podemos dedicarle a Ramiro es el de salir del hoyo y hacer gala de esa dignidad que nos corresponde a todos en cuanto a seres humanos, y que él se ha esforzado tanto por ayudarnos a recobrar.

Jardiel Poncela

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Revolution

Todavía no era mayor de edad y ya había pasado a engrosar la nómina del infausto club de los descreídos del amor. Y además, podría jurarlo, sin llegar esa vez a merecerlo. A Afrodita, fatal contradicción, le dio por darme la espalda y mostrarme su cara más amarga. Aquel iba a ser el último verano antes de ir a la universidad. Sería que me estaba haciendo mayor, o a saber por qué, el caso es que decidí que ya iba siendo hora de contribuir de alguna manera a la maltrecha economía familiar, que aunque subsidiada por numerosa, pasaba por momentos de cierto apuro que la perspectiva del inminente acceso a los estudios superiores del mayor de los vástagos varones sólo podía acrecentar. Con la ocupación que hallé tendría, al menos, para sufragar de mi bolsillo las copas y el paquete de cigarrillos; incluso me daría para invitar a mi chica cuando por fin se dignase a aparecer, que eso es a lo que todo hombre que se precie aspira en realidad; o cuando menos es lo que uno ha aprendido de tantos galanes de la gran pantalla. Un mediodía de agosto, tirando mecánicamente cerveza en el chiringuito de playa donde me ganaba unas pesetas con el sudor de la frente, a lo que contribuían decisivamente tanto la asfixiante temperatura que la cercanía del mar no lograba suavizar como una agotadora jornada laboral inacabable, chapurreando en un inglés macarrónico si al distinguido cliente, que solía ser un hooligan cuando no de Manchester de Birmingham, le apetecía la caña tamaño king size o si el míster la preferiría sólo grande, al levantar la cabeza me topé con la chica más guapa que había visto, soñado o imaginado jamás. Aún en inglés me disculpé por aquellos inaceptables modales y con voz algo trémula acerté a balbucear qué le apetecería tomar: si un refresco, un zumo de naranja, piña o limón, quizá agua natural o con gas, o… “Dos cervezas, por favor“. Esas fueron las palabras que salieron de su boca; tal cual, en español. Casi no podía dar crédito: la mujer más maravillosa del mundo y además hablaba español; mejor aún, era española, de Manresa, y se llamaba Marta. Como el encargado no andaba por allí no le cobré las cervezas y tras una breve conversación quedamos en vernos en Revolution a eso de la medianoche.

Había ligado. No; había tropezado con el amor de mi vida; aquella muchacha era mi media naranja. A las ocho y media salí puntual del trabajo y me fui pitando al apartamento a acicalarme debidamente para la ocasión. Impaciente, a las diez ya estaba camino de la discoteca. Al llegar me encontré con las puertas aún cerradas y con el portero, un espécimen de metro noventa y tantos, todo amabilidad y músculos, que me advirtió que hasta las once y media no abriría el local. Ninguno de los dos tenía otra cosa mejor que hacer así que trabé conversación con Paco, que era como se llamaba el paisano. Poco antes de las doce decidí entrar. Me pareció más oportuno que esperar en la puerta la llegada de Marta. El establecimiento no estaba muy concurrido; Paco ya me había puesto sobre aviso de que hasta las dos no se ambientaría la cosa. A las doce y media mi chica aún no había aparecido y me acerqué a una de las barras a pedir la primera copa, persiguiendo conseguir con el combinado el temple que noté me faltaba. Entre la sed y los nervios, la apuré en un par de tragos, así que me pedí otra, con la sola intención de disfrutarla durante un rato más largo. Pero tampoco me duró mucho esa segunda copa. Ni la tercera. A las dos y media, tras apurar la cuarta y haber liquidado gran parte del presupuesto de aquella noche y la poca entereza que el alcohol no había logrado afianzar, cavilé que acaso Marta estaría en la puerta, esperándome allí mientras charlaba animada y despreocupadamente con Paco. Eso era lo que seguramente estaría sucediendo. Enfilé, pues, de vuelta hacia la salida y allí estaba él, pero de la muy zorra de Marta no había el menor rastro. Paco debió ver la compunción pintada en mi cara y adivinaría los sentimientos de tristeza, incomprensión y rabia que me embargaban a un tiempo. Sólo por tratar de evitar que me desmoronase allí mismo, me mintió con un “no te preocupes, chaval; ya verás como al final aparecerá; con las mujeres ya se sabe” que sonó a excusa piadosa. A las cinco o a las seis acababa turno y sería por haberse encariñado conmigo, por lástima o porque yo estaba borracho como una cuba, la cuestión es que el bueno de Paco se empeñó en acompañarme hasta el apartamento. Tuvo que abrir él la puerta y me dejó aparcado en el sofá para que pudiese dormir plácidamente la mona.

A la mañana siguiente llegué tarde al trabajo y tuve que inventar un pretexto que el encargado, un tipo avispado y muy cabrón, no se tragó; pero la bronca que me echó no fue de las más gordas que recuerdo. La resaca me duró el día entero. La pena y el resentimiento, en cambio, duraron mucho más. En setiembre empecé curso en la universidad y con el tiempo casi llegué a olvidar aquella noche aciaga en Lloret. Pero desde entonces me persigue la sensación de que en la partida la vida juega con cartas marcadas; no importa como se dé la mano: si yo llevo dos ases, ella pondrá sobre la mesa tres. Y sin revólver, sólo le queda a uno sostenerle la mirada y echar las cartas sobre el tapete con esa estúpida dignidad de quien desamparado sabe que otra vez, como ocurrió en Revolution, como siempre, le va a tocar perder.

Phil O’Hara

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