Revolution

Todavía no era mayor de edad y ya había pasado a engrosar la nómina del infausto club de los descreídos del amor. Y además, podría jurarlo, sin llegar esa vez a merecerlo. A Afrodita, fatal contradicción, le dio por darme la espalda y mostrarme su cara más amarga. Aquel iba a ser el último verano antes de ir a la universidad. Sería que me estaba haciendo mayor, o a saber por qué, el caso es que decidí que ya iba siendo hora de contribuir de alguna manera a la maltrecha economía familiar, que aunque subsidiada por numerosa, pasaba por momentos de cierto apuro que la perspectiva del inminente acceso a los estudios superiores del mayor de los vástagos varones sólo podía acrecentar. Con la ocupación que hallé tendría, al menos, para sufragar de mi bolsillo las copas y el paquete de cigarrillos; incluso me daría para invitar a mi chica cuando por fin se dignase a aparecer, que eso es a lo que todo hombre que se precie aspira en realidad; o cuando menos es lo que uno ha aprendido de tantos galanes de la gran pantalla. Un mediodía de agosto, tirando mecánicamente cerveza en el chiringuito de playa donde me ganaba unas pesetas con el sudor de la frente, a lo que contribuían decisivamente tanto la asfixiante temperatura que la cercanía del mar no lograba suavizar como una agotadora jornada laboral inacabable, chapurreando en un inglés macarrónico si al distinguido cliente, que solía ser un hooligan cuando no de Manchester de Birmingham, le apetecía la caña tamaño king size o si el míster la preferiría sólo grande, al levantar la cabeza me topé con la chica más guapa que había visto, soñado o imaginado jamás. Aún en inglés me disculpé por aquellos inaceptables modales y con voz algo trémula acerté a balbucear qué le apetecería tomar: si un refresco, un zumo de naranja, piña o limón, quizá agua natural o con gas, o… “Dos cervezas, por favor“. Esas fueron las palabras que salieron de su boca; tal cual, en español. Casi no podía dar crédito: la mujer más maravillosa del mundo y además hablaba español; mejor aún, era española, de Manresa, y se llamaba Marta. Como el encargado no andaba por allí no le cobré las cervezas y tras una breve conversación quedamos en vernos en Revolution a eso de la medianoche.

Había ligado. No; había tropezado con el amor de mi vida; aquella muchacha era mi media naranja. A las ocho y media salí puntual del trabajo y me fui pitando al apartamento a acicalarme debidamente para la ocasión. Impaciente, a las diez ya estaba camino de la discoteca. Al llegar me encontré con las puertas aún cerradas y con el portero, un espécimen de metro noventa y tantos, todo amabilidad y músculos, que me advirtió que hasta las once y media no abriría el local. Ninguno de los dos tenía otra cosa mejor que hacer así que trabé conversación con Paco, que era como se llamaba el paisano. Poco antes de las doce decidí entrar. Me pareció más oportuno que esperar en la puerta la llegada de Marta. El establecimiento no estaba muy concurrido; Paco ya me había puesto sobre aviso de que hasta las dos no se ambientaría la cosa. A las doce y media mi chica aún no había aparecido y me acerqué a una de las barras a pedir la primera copa, persiguiendo conseguir con el combinado el temple que noté me faltaba. Entre la sed y los nervios, la apuré en un par de tragos, así que me pedí otra, con la sola intención de disfrutarla durante un rato más largo. Pero tampoco me duró mucho esa segunda copa. Ni la tercera. A las dos y media, tras apurar la cuarta y haber liquidado gran parte del presupuesto de aquella noche y la poca entereza que el alcohol no había logrado afianzar, cavilé que acaso Marta estaría en la puerta, esperándome allí mientras charlaba animada y despreocupadamente con Paco. Eso era lo que seguramente estaría sucediendo. Enfilé, pues, de vuelta hacia la salida y allí estaba él, pero de la muy zorra de Marta no había el menor rastro. Paco debió ver la compunción pintada en mi cara y adivinaría los sentimientos de tristeza, incomprensión y rabia que me embargaban a un tiempo. Sólo por tratar de evitar que me desmoronase allí mismo, me mintió con un “no te preocupes, chaval; ya verás como al final aparecerá; con las mujeres ya se sabe” que sonó a excusa piadosa. A las cinco o a las seis acababa turno y sería por haberse encariñado conmigo, por lástima o porque yo estaba borracho como una cuba, la cuestión es que el bueno de Paco se empeñó en acompañarme hasta el apartamento. Tuvo que abrir él la puerta y me dejó aparcado en el sofá para que pudiese dormir plácidamente la mona.

A la mañana siguiente llegué tarde al trabajo y tuve que inventar un pretexto que el encargado, un tipo avispado y muy cabrón, no se tragó; pero la bronca que me echó no fue de las más gordas que recuerdo. La resaca me duró el día entero. La pena y el resentimiento, en cambio, duraron mucho más. En setiembre empecé curso en la universidad y con el tiempo casi llegué a olvidar aquella noche aciaga en Lloret. Pero desde entonces me persigue la sensación de que en la partida la vida juega con cartas marcadas; no importa como se dé la mano: si yo llevo dos ases, ella pondrá sobre la mesa tres. Y sin revólver, sólo le queda a uno sostenerle la mirada y echar las cartas sobre el tapete con esa estúpida dignidad de quien desamparado sabe que otra vez, como ocurrió en Revolution, como siempre, le va a tocar perder.

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “Revolution

  1. Me ha conmovido su artículo, señor O’Hara. Pero no me malinterprete. Creo que el plantón de Marta le estuvo muy bien empleado, por pardillo. Sólo conozco a uno más tonto aún que usted en materia de amor, y es el que escribe estas líneas. Pero el gesto solidario de Paco, tan rebosante de humanidad, hace que se me abran las carnes. Podría decirse que este individuo rompe radicalmente con el prototipo del portero de discoteca matón y sin escrúpulos, que algunos tantas veces hemos tenido que sufrir.

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  2. Phil O'Hara dice:

    El nombre no le acompañaba; pero no era mala gente ese portero. La tal Marta, que lucía uno bien bonito, en cambio era una arpía.

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