Ramiro

Hay momentos en que sientes que el pesimismo te oprime como una tenaza y en que deseas, como mínimo, que te arrastren consigo las aguas fecales en su camino hacia las alcantarillas al tirar de la cadena del wáter. Y entonces, de pronto, ocurre algo que te reconcilia con la vida, obligando al aluvión de mierda a franquearte el paso, como hicieran las aguas del Mar Rojo ante el cayado de Moisés, y mostrándote una chispa de luz, si no al final del túnel (no sea que el ministro Montoro insista en cobrarme royalties por tomarle prestada la ocurrencia), sí al menos en el fondo de la taza del inodoro, donde llevas ya tanto tiempo con la cabeza sumergida que casi ni te acuerdas de cómo era la sensación de respirar aire limpio.

Tal ha sido la impresión por mí experimentada al conocer a Ramiro Pinto, a quien mi buen amigo Jesús Epalza define como espíritu libre. En efecto, se podría decir que la suya es un alma completamente inasequible a las claudicaciones y renuncias tan consuetudinarias en estos tiempos de mediocridad moral y sorda resignación, que en el fondo tiene más de muda desesperación. Por el contrario Ramiro siempre ha dejado oír el potente timbre de su voz en cuantas causas nobles haya sido preciso (de esas que los cobardes suelen dar por perdidas de antemano). Cierto que no siempre le ha acompañado el éxito, como ocurrió con la construcción de la presa de Riaño o con la privatización del agua en la ciudad de León (“El agua es de todos”, fue la frase dicha a voz en grito con la que se ganó la detención tras su intento infructuoso por reventar el pleno del ayuntamiento donde se aprobó tan vergonzante mercadeo; curiosamente, dicha frase es una ligera variante de otra muy similar que se halla inscrita en la vidriera de Vela Zanetti que adorna las dependencias municipales). Pero no debemos olvidar que él fue el artífice de que se paralizaran proyectos tan aberrantes como la construcción de la presa de Omaña (hazaña lograda in extremis, cuando ya estaba a punto de comenzar la ejecución de la obra) o, más recientemente, la controvertida reforma de nuestra Plaza del Grano. Podemos afirmar con justicia que, de no ser por Ramiro, nos veríamos privados por igual de uno de los paisajes más bellos de la geografía leonesa, así como de uno de los rincones más emblemáticos y entrañables (¡además de únicos!) de nuestro paisaje urbano.

Yo diría que Ramiro tiene mucho de Don Quijote del siglo XXI. Y esto no es una mera figura retórica. Los paralelismos con el ilustre hidalgo se podrían multiplicar: su denuncia del abuso de las nuevas tecnologías en el artículo de su blog “La tecnificación de la conciencia” tiene mucho en común con la lucha que mantuviera el último (¿?) caballero andante contra los molinos de viento. Al igual que hiciera el noble manchego en el capítulo de la liberación de los galeotes, él también supo restaurar una parte de su dignidad a los reclusos de la cárcel de León, donde estuvo durante un tiempo impartiendo clases de teatro (actividad de la que fue inexplicablemente apartado, pese a los magníficos resultados obtenidos; su peripecia recuerda mucho en este sentido a la de Randle P. McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco). Y para completar el paralelismo, me arriesgaré a decir que su denodada lucha por liberar la frase “Si todos los hombres son para la tierra, por qué no es la tierra para todos los hombres” (objeto de un vergonzoso encierro entre las rejas que impiden el acceso al que antes fuera el callejón de Gaudí, situado junto al edificio de Botines) tiene mucho de intento heroico por liberar a una dama menesterosa en apuros custodiada por dragones, que bien podrían ser las dos entidades financieras a las que pertenecen los edificios que flanquean dicho callejón. A la vista de esto, uno se pregunta si será pura casualidad el que uno de los libros favoritos de Ramiro sea, según me ha contado él mismo, el injustamente denostado y casi olvidado Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo. Su última cruzada ha sido en defensa de los derechos de los ciudadanos en la pasada Marcha por la Dignidad del 22 de Marzo, en que tuvo que hacer frente no sólo a la intolerancia de los poderes fácticos, sino también de los impresentables que intentaron capitalizar el acto y convertirlo en una mera orgía de violencia y confusión, proporcionando con ello una coartada inmejorable al Poder para autolegitimarse.

Es obligada la referencia a su monumental tratado Fundamentos de la Renta Básica y la “perestroika” del capitalismo, propuesta auténticamente revolucionaria que implicaría la extrapolación de la idea de democracia del terreno político al económico (proceso inverso al que se está consolidando actualmente, que es la creciente supeditación del poder político al financiero, con el consiguiente deterioro de las libertades y derechos conseguidos tras largos siglos de lucha), y que ha sido objeto del más ominoso de los silencios por parte de las “autoridades” académicas y administrativas. Y es que no puede faltar el consabido ejército de curas, barberos y bachilleres Sansón Carrasco (la coincidencia en el apellido es puramente casual) quienes, tal vez celosos de todo conato de empresa noble que no cuente con su beneplácito, han decidido de antemano condenar ésta a las modernas hogueras del ninguneo y el fracaso. Pero a Ramiro nunca le han importado tales insidias, ni el que estos miserables se dediquen a segarle bajo los pies la hierba que brota de las semillas que él ha sembrado. Porque él levita por las alturas, muy por encima de las pequeñas miserias y de la encharcada ciénaga donde habitan estos parientes cercanos de las sanguijuelas y los gusarapos.

La nota amarga la da el hecho de que Ramiro lleve años en el paro, sin recibir ninguna prestación. No sabría decir qué es más lamentable: si el que un hombre así se encuentre en semejante situación, o el que la sociedad no sepa emplear a alguien que sería tan sumamente beneficioso y necesario, mientras que sí haya puestos disponibles para tanto político aprovechado y sindicalista de medio pelo. Pero me he propuesto que hoy no hay lugar para el pesimismo. Es el momento de sacar la cabeza del wáter y mirar al frente con orgullo. Creo que el mejor homenaje que podemos dedicarle a Ramiro es el de salir del hoyo y hacer gala de esa dignidad que nos corresponde a todos en cuanto a seres humanos, y que él se ha esforzado tanto por ayudarnos a recobrar.

Jardiel Poncela

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6 pensamientos en “Ramiro

  1. Phil O'Hara dice:

    Su escrito le deja a uno sin aliento. Es trepidante y magnífico. En cuanto a Ramiro, seguro que su elogio es más que merecido. Debe ser, sin duda, un gran tipo.

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  2. Cierto que lo es, señor O’Hara. Para mí es un gran honor hallarme incluido en la nómina de sus amigos (me refiero en este caso a Ramiro, aunque también me siento honrado por lo que a usted respecta, faltaría más). Espero tener ocasión de presentárselo. No me cabe la menor duda de que compartirá usted mi criterio.

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  3. Cierto, cierto. Y de ello doy fe, sin duda ni sombra de dudas… Saludos cordiales

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  4. Mario Cordero dice:

    Jardiel, yo aplaudo tu laudo a Ramiro, pues los que le hemos conocido sabemos que no claudicará bajo ninguna presión.

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  5. Completamente de acuerdo, Mario. Hay quien dice que todos tenemos un precio. Yo le corrijo: casi todos. Ramiro es la refutación viviente del tópico.

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