Distopías

Siempre me han fascinado las distopías. Mucho más que las utopías. Alguno ya estará lanzando bufidos y diciendo con resignación: “Ya salió el pesimista de turno, con su consabido gusto morboso por todo lo negativo y decadente”. Pero no creo estar solo en esto. Como prueba de ello, propongo al lector que coteje a ver cuál de los dos libros ocupa un puesto más alto en las listas de los más vendidos: si Los juegos del hambre o La república de Platón. El propio Platón resulta más convincente en La caverna que en La república. Eso del gobierno en manos de los más sabios no se lo cree ni él.

Por lo que a mí respecta, son dos mis novelas distópicas favoritas, por sendos autores ingleses: 1984, de George Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Como ya me he explayado largo y tendido en diversas ocasiones sobre la primera de ellas, hoy me voy a dedicar a comentar la otra, que como aquélla ha resultado ser premonitoria en más de un sentido, si bien no haya lugar a tomarla en su literalidad.

A diferencia de la novela de Orwell, que nos presenta una realidad sórdida y deprimente, la obra de Huxley, como su propio nombre indica, nos describe un mundo en el que todo parece color de rosa. Una sociedad tecnológicamente avanzada, en la que han sido erradicados males tales como la guerra, la pobreza o las tensiones sociales. Se ha instaurado el amor libre, generalizado el uso de los métodos anticonceptivos y la tarea de la reproducción ha sido encomendada a los laboratorios de ingeniería genética. Ello ha dado lugar a una estructuración de la sociedad en castas, sometidas a una escrupulosa segregación: los alfa, que son los mejor dotados intelectual y físicamente; los beta, que ocuparían el puesto siguiente en el escalafón; y así sucesivamente, hasta llegar a los delta y finalmente a los épsilon, clonados en serie, cercanos al mundo animal y a los que quedan encomendadas las labores de producción. Para conseguir este equilibrio tan precario, han quedado rigurosamente proscritas cosas tales como la literatura, el arte o la filosofía, pues es un mal necesario para garantizar que en el futuro la uniformidad de pensamiento no se vea amenazada y surjan potenciales conflictos ante la posibilidad de que las personas puedan llegar a tener ideas propias. El protagonista, Bernard Marx (la elección del apellido no es en modo alguno casual) pertenece a la casta privilegiada de los alfa, pero, debido a un defecto de “fabricación”, no alcanza los estándares de perfección física propios de su clase, si bien posee una inteligencia notable. Bernard se siente como un extraño en todas partes, pues se siente rechazado por los suyos pero tampoco consigue ser aceptado por los miembros de las castas inferiores, que sienten una desconfianza instintiva hacia él. Esta condición de inadaptado social le convierte a la larga en un elemento claramente disruptor y desestabilizador del sistema, al empezar a cuestionarse uno por uno los principios sobre los que se asienta aquella sociedad que tiene tanto de frívola como de artificial.

Sin duda que la novela de Huxley ofrece destellos a los que podríamos atribuir, como decíamos antes, una lucidez premonitoria. Como en la actualidad (o más bien como hace unos pocos años), los personajes no viven una felicidad real, sino que más bien están encerrados en una burbuja de conformismo estúpido e inane, limitándose a un goce puramente sensual y superficial de aquellos placeres que previamente el Poder se ha encargado de diseñar para ellos, manteniéndolos convenientemente anestesiados y sumisos. Con la excepción de Bernard, son todos los habitantes de este mundo criaturas robotizadas y frías, sin ninguna capacidad para experimentar el amor, o para emocionarse leyendo unos versos de Shakespeare. Como en el mito de La caverna de Platón, los esfuerzos de Bernard por hacer despertar a sus semejantes de esta especie de coma colectivo resultan completamente inútiles. En este sentido, impresiona la escena en que Bernard se dirige a una muchedumbre de obreros delta a la salida de la fábrica y arrojando al suelo unas pastillas que, como si fueran ganado, les dan para mantenerlos satisfechos (¿a alguien le suena esto?), trata sin éxito de arengarlos gritándoles una y otra vez: “¡No necesitáis esta porquería para ser felices! ¡Sois hombres! ¿Lo oís? ¡Hombres!”. Todos se quedan mirándole con cara de póquer, igual que si estuvieran viendo a un extraterrestre. Algunos hemos sentido a menudo una sensación parecida, tras llevar a cabo intentos igualmente vanos por despertar las conciencias de los numerosos deltas y épsilons que pululan a nuestro alrededor y que, a diferencia de los de la novela de Huxley, han elegido semejante condición voluntariamente, y no porque les haya sido impuesta de nacimiento mediante experimentos de ingeniería genética.

En mi opinión, sólo en un aspecto resulta fallida la profecía de Huxley. Y es en lo relativo a encomendar el proceso de producción a los individuos menos capacitados intelectualmente de la sociedad. No es necesario crear una casta ad hoc de individuos descerebrados, porque ese papel ya lo ha suplido, y con creces, la tecnología en nuestro engranaje productivo. Esta mañana decían por la radio que el año pasado las empresas del Ibex 35 obtuvieron unos beneficios cercanos a los dieciocho mil millones de euros mientras que, ¿paradójicamente?, esas mismas empresas han reducido los efectivos de sus plantillas en más de ciento veinte mil trabajadores. A lo que apuntaba ingeniosamente el periodista: “Da la impresión de que en estos estudios macroeconómicos basados en cifras, lo que sobran son las personas”.

La solución a este jeroglífico parece francamente inquietante. Es como si del mundo feliz de Huxley estuviéramos abocados a pasar al mundo empobrecido y permanentemente en guerra que nos describiera Orwell. Porque si es verdad que sobramos las personas… ¿qué otra solución hay aparte de una nueva guerra mundial?

Feliz centenario a todos.

Jardiel Poncela

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2 pensamientos en “Distopías

  1. Phil O'Hara dice:

    Sobrar quizá no sobren, pero no me negará que muchas sí están de más. Por otra parte, de haber nacido hoy Platón, tendría apenas un día de vida; lo cual además de ser una soberana memez, es una verdad de perogrullo. Me ha encantado el artículo.

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  2. Yo diría que lo que de verdad sobran son políticos oportunistas. Habrá quien diga que los políticos también son personas, aunque de eso no estoy tan seguro. Desde luego, distan mucho de ser los hombres superiores con los que soñaba Platón

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