Kant y la taza de váter.

Perspicaces como seguramente son se habrán dado cuenta ya de que cada vez que alguien, con esa contundencia propia de quien huérfano de todo espíritu crítico afirma sin asomo de rubor que algo no puede pasar, no solamente sí puede, sino que además acaba pasando. No sucede de manera muy distinta cuando ese mismo muestra un atisbo, por mínimo que sea, del espíritu que mentábamos y dice sólo que eso no tendría que pasar. Esta vez está en lo cierto y quizá no tendría; pero igualmente pasa. Al menos a menudo. Por supuesto que si damos la vuelta al argumento y con quien nos topamos es con alguien tratando de vaticinar lo que va a sobrevenir (o lo que tendría que acontecer) estaremos en las mismas. Y es que la realidad es contumaz; tan terca como una mula, y para colmo burlona; empeñada siempre en no dejarse doblegar por las voluntades más o menos taciturnas, más o menos entusiastas de cualquiera de nosotros.

Xavier Bescós jugaba al balón de maravilla. En una ocasión, una de tantas, recuerdo que le cayó el cuero a los pies y sin tan siquiera pensarlo enfiló como alma que lleva el diablo hacia el arco contrario en lo que se presumía un contragolpe de esos que llaman los entendidos “de libro”. Fue una verdadera pena que Quintana, que así se apellidaba el trencilla de turno, se cruzase en su camino, y quiso la mala fortuna que así se dieran las cosas o fue porque Bescós no levantaba en su correr la cabeza del suelo, el caso es que se dio de bruces sin remedio contra el árbitro y la jugada, impregnada del perfume del gol, quedó una vez más en nada. Al bueno de Bescós lo sucedido debió sacarlo de sus casillas; de otro modo no se explica que reaccionara amenazando iracundo a Quintana con darle dos hostias y hasta con matarlo. En ese preciso instante se congelaron los pocos corazones que se habían dado cita en el municipal de Amer para ver el encuentro y el tiempo pareció detenerse: el chaval se había poco menos que inmolado; Quintana lo iba a echar. Eso era roja cantada, vamos. Momentos como ése son los que dan la verdadera medida de un hombre. La de Quintana, a quien no le quedaba otra que desenfundar la tarjeta y mandar a Bescós con su destino. La de Bescós, que sabía que con una amenaza, lo mismo que con la última bala, no se fanfarronea; y la de nosotros, que con razón o sin ella -y era sin ella- en las gradas íbamos a tener que acordarnos de la santa madre del pobre Quintana. Pues ya ven, nada de eso sucedió. Quintana no sólo no expulsó a la criatura sino que soltó una lúcida y sonora carcajada que aderezó con el consabido “sigan, sigan” acaso convencido o intuyendo que ya sería la propia existencia la que se encargaría de castigar a aquel zagal de doce años que apuntaba maneras. La clarividencia de Quintana resultó proverbial y Xavier Bescós, a quien muchos otros colegiados sí tuvieron que mandar a la ducha antes de tiempo, acabó por colgar las botas a los quince años recién cumplidos; no fue la suya una dilatada carrera de futbolista, pero nadie negará que resultó verdaderamente intensa. Luego la vida, estoy seguro, se habrá ocupado de templar aquel carácter y le habrá ofrecido oportunidades que quiera Dios haya sabido aprovechar. En el fondo, aunque aquellas maneras que apuntaba eran las de un delincuente, a los doce, ni siquiera a los quince años alguien difícilmente puede no ser buena persona. Y los que conocían a Xavier daban fe de que lo era.

Por eso hay ocasiones en la vida en las que mejor es no probar a predecir las cosas y tratar sencillamente de acompasar las zancadas al discurrir de la existencia. Cuando se tiene la convicción más o menos sincera de que siempre va a acabar por acaecer lo que a la vida le venga en gana, se trata de no obcecarse en hacerle frente. Dicho de otro modo, lo que me propongo no es otra cosa que animarles a que se armen de ese poco valor que se necesita para romper el carné del club de la resaca metafísica, término si no acuñado por Kingsley Amis que al menos a él le debo, y ya puestos, una vez se hayan deshecho de ese carné de paso rompan también todos los otros. Bastará además con que pasen de vez en cuando alguna que otra resaca de las físicas (nada hay que temple mejor los temperamentos), de las más leves aunque sea, para que se sientan aliviados. Creo poder estar en condiciones de garantizar que nada iguala más ni mejor a las personas que esa sensación de alivio. El alivio, en cualquiera de sus acepciones, es de esos regalos con que los dioses, de haberlos, tendrían a bien obsequiarnos. Noten cómo la sabiduría popular se refiere a ello. El íntimo acto de aliviarse, por ejemplo, nos empareja a reyes, emperadores, primeros ministros y a deportistas de postín; todos en la taza del váter obramos por igual. Ese poder de mierda (en algún sentido lo es) no será ni el imperativo categórico ni la justicia moral universal, ésa que Kant ya nos advertía que no esperásemos encontrar en este mundo; pero qué quieren que les diga, tener consciencia de ello y saber que incluso Kant se aliviaba más o menos como uno mismo es como para quedarse la mar de satisfecho.

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “Kant y la taza de váter.

  1. Permítame un apunte erudito, señor O’Hara, a propósito del adjetivo “leve” y el verbo “aliviar”, cuyo origen etimológico es común y que, casualmente, aparecen muy próximas en cierto pasaje de su artículo. Efectivamente, cuando nos “aliviamos” en el sentido escatológico que usted propone, lo que hacemos es soltar ese engorroso lastre que perturba nuestras entrañas y, como consecuencia de ello, nos sentimos más “ligeros”, en la acepción literal del término. Es decisión sabia y harto recomendable librarse de los deshechos que lastran nuestro cuerpo y nuestra mente. Pero cuidado: no nos vayamos a desprender de golpe de demasiadas cosas y caigamos en el peligro contrario, que es la diarrea mental.

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  2. Phil O'Hara dice:

    Si no yerro, comparte la palabra “aliviar” la misma raíz que la inglesa “light”. O sea, lo que es cualquier blog -excepto el de Tallón, que hasta ahí podríamos llegar- Y siendo así, me pareció oportuno tratar la cuestión. Si además la cosa da para citar a Kant, aunque sea en un contexto tan poco reconfortante, la dicha es doble.

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