Los ladrones somos gente honrada

He estado barajando varias opciones para el título de la presente reflexión. Alí Babá y los cuarenta ladrones fue la primera que se me pasó por la cabeza, pero la descarté al percatarme de que me quedaba corto. Luego pensé en La España de Ozores, pero entonces me di cuenta de que la cosa era mucho más grave que lo del inocente timo de la estampita. Finalmente me he decantado por el título de la obra de mi homónimo Enrique Jardiel Poncela (el auténticamente genial): Los ladrones somos gente honrada.

Me explicaré. Nada me enfada tanto como el latrocinio disfrazado de honradez. Antes estoy dispuesto a disculpar al sinvergüenza confeso, ajeno a todo barniz hipócrita de legalidad. Como Jesús Gil cuando dijo aquello de “Yo estoy en política para hacerme rico”. Sí, señor, con un par. Se podría tildar al antiguo presidente del Atleti de chorizo de los de marca, con denominación de origen de Guijuelo o Geras, frente a tanto embutido plastificado, que te deja el colesterol igual de mal o peor sin darte siquiera a cambio la contrapartida del sabor o el grato aroma de lo genuino. Mucho más despreciable es, sin duda, el saqueo metódico e institucionalizado al que día a día nos someten políticos, banqueros, sindicalistas y toda esta jauría de repugnantes pesebreros a los que parece que, encima, les tenemos que dar las gracias por no robarnos más. La única diferencia entre estos chorizos y los que te atracan por la calle a las claras, estriba en el hecho de que los primeros tienen patente de corso para desvalijar al personal, obviamente expedida por ellos mismos. No hay hurto más reprobable que el aderezado con ínfulas de legalidad.

Los señores que en la Junta de Andalucía han apandado los fondos destinados al paro tienen mucho en común con Jesús Gil y el chorizo de Guijuelo. Resulta tragicómico el espectáculo dado por todos estos periodistas y tertulianos de la radio llevándose las manos a la cabeza por lo que no viene a ser sino la punta del iceberg o el corolario lógico de un sistema esencialmente corrupto, que ha convertido la necesidad de tantos seres humanos en un negocio indecentemente lucrativo, al servicio de empresarios sin escrúpulos a los que se ha dado la oportunidad de sustituir a trabajadores con derechos laborales por pringados sacados de las listas del paro, y encima trincar una buena pasta (los sindicatos, por cierto, no son ajenos a esta práctica, pues ellos también han pellizcado jugosos subsidios destinados a cursos de formación). Los funcionarios encargados de administrar estos fondos, simplemente, se han planteado la siguiente pregunta: “¿Y por qué van a trincar ellos la viruta en vez de nosotros?” Y han actuado en consecuencia. A poco que reflexionemos sobre ello, nos daremos cuenta de que lo único que ha cambiado es el beneficiario último de la jugada, al que, parafraseando a Robert Shaw tras su fallida partida de póquer con Paul Newman en la película El golpe, de lo único que podemos acusar es de haber hecho trampas mejor que los otros.

A ver si nos enteramos de una vez: el actual sistema de protección al desempleo, basado en ayudas, subsidios y subvenciones condicionados a la realización de cursos de formación, prácticas en empresas, etc., no es que genere corrupción, sino que es en sí mismo corrupción. El dinero hay que dárselo a los ciudadanos directa e incondicionalmente, en forma de Renta Básica, ya que hay riqueza suficiente para ello, o de lo contrario, estaremos abocados a permanecer para siempre atrapados en un bucle diabólico al que siempre le saldrán, como a la Hidra, dos cabezas por cada una que cortemos. Es la raíz del mal la que hay que extirpar, y no su cabeza.

En fin; es lamentable que lo que debería ser un derecho constitucional (“todo ciudadano tiene derecho al trabajo, a una vivienda digna, etc.”) se haya convertido en un vulgar chantaje. Está visto que en este país hay dos clases de ladrones: los que ocupan las celdas de las cárceles (que han cometido la osadía de robar sin permiso) y los que ocupan las butacas de los despachos. Ahora parece ser que ha surgido una nueva subespecie dentro de estos últimos, que es la de los que se saltan las directrices del Boletín Oficial en lo relativo a en qué bolsillos se queda finalmente la pasta. Es la evolución natural del choriceo, sometida a los mismos principios que la evolución de las especies de Darwin. Los que estaban destinados a ser meros intermediarios en la pirámide evolutiva han ascendido un peldaño y han decidido erigirse ellos mismos en cúspide del proceso. Han sido los más listos y por eso me caen hasta simpáticos. Porque ya lo dice la sabiduría popular, que es muy sabia: “El que roba a ladrones, cien años de perdón”.

Y, si no, ya se encargará el gobierno de indultarles.

Jardiel Poncela

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