Master Chef y el informe PISA

Últimamente han proliferado como setas (o más bien debiera decir como revueltos de setas) los programas de cocina de diseño, tipo Master Chef. De entrada, para evitar malos entendidos, quiero dejar claro que nada tengo en contra de los programas de cocina de toda la vida, como el de Karlos Arguiñano, quien, además de parecerme un magnífico comunicador, creo que hace una gran labor de divulgación al mostrarnos que la buena cocina es un arte que está al alcance de cualquiera. Pero no puedo evitar el que, cada vez que veo a estos tres payasos con ínfulas de Clint Eastwood, las paredes de mi estómago comiencen a centrifugar y me acometa un deseo incontenible de echar la pota sobre la pantalla del televisor.

Este tipo de programas resultan sumamente dañinos por los valores tan nefastos que propagan. A diferencia de los programas de cocina tradicionales, altamente pedagógicos y beneficiosos en la medida en que establecen una cordial relación de complicidad con el espectador (que se podría resumir más o menos así: “Tú también puedes hacer esto”), este engendro de Master Chef se basa en la nociva idea de que sólo las élites pueden llegar a triunfar. Cualidades tales como la sumisión, el lameculismo o el tan traído y llevado afán de competitividad están al orden del día, en lo que viene a ser un avance más en la consolidación de esta cultura bipolar de ganadores y perdedores, gregaria y conformista, donde en realidad tan sólo hay cabida para dos clases de frustrados: los que todavía no son conscientes de su fracaso (“yo de momento me he librado” es su lema, lo mismo que el personaje de la fábula de Bertolt Brecht) y los que sí lo son, pero confían en las previsiones de gobernantes y economistas y piensan que, con tumbarse los lunes al sol, las cosas terminarán resolviéndose por su propia inercia. Entretanto, gravitando impávidos por encima de unos y otros, y riéndose a mandíbula batiente de nuestra estupidez y borreguismo, siguen campando por sus respetos, cómo no, los sinvergüenzas de siempre.

En otro orden de cosas, la última evaluación del informe PISA sobre educación denuncia que, en nuestro país, los jóvenes son incapaces de hacer frente a los más elementales problemas domésticos, tales como freír un huevo o pasar la aspiradora. Le ha faltado el tiempo a la Secretaria de Educación (una cretina que, si viviéramos en la República de Platón, no habría llegado ni a bedela del ministerio) para afirmar que la metodología del profesorado está claramente anticuada ¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Ahora resulta que los educadores, en vez de enseñarles a nuestros alumnos quién era el susodicho Platón, o San Juan de la Cruz, o Beethoven, o Rembrandt, o Einstein, nos tenemos que ocupar de enseñarles a programar la lavadora o zurcir los calcetines? En cualquier caso, por qué será que las conclusiones de esta señora no me extrañan lo más mínimo. El viejo vicio de achacar al profesorado los males de la sociedad. Como si a alguien hubiera de sorprenderle el que una sociedad gobernada por cretinos inútiles produjese otra cosa que cretinos inútiles .

¿Cuál es la relación entre los dos temas? No lo sé muy bien, la verdad. Quizá el que las dos cuestiones constituyen sendos síntomas de que vivimos en una sociedad hueca y lobotomizada, incapaz de generar otros valores que no sean aquéllos fabricados en serie por la publicidad y los medios de comunicación. La imagen más aproximada para reflejar esto sería cierta escena de la película Hannibal, en la que Anthony Hopkins le abre la cabeza a Ray Liotta y, con morboso refinamiento, le hace comer a éste sus propios sesos tras rehogarlos en una fondue, mientras la víctima se ríe como lo que es: un imbécil descerebrado. A veces sueño que soy Ray Liotta y que son mis propios sesos los que se están pochando en los fogones de Master Chef. Luego me despierto pero, al mirar a mi alrededor, me cuesta trabajo distinguir la realidad del sueño. Quizás me pase como a Joyce, y la historia sea una pesadilla de la que no consigo despertarme.

Pesadilla en la cocina.

Jardiel Poncela

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3 pensamientos en “Master Chef y el informe PISA

  1. Adrián Montes Pazos dice:

    Es un artículo bien escrito en el que se trascendentaliza un simple concurso de entretenimiento para poder criticar la sociedad adocenada en la que nos toca vivir. Pero después del yate que yo he visto hoy en Vilanova i Geltrú (el conocido Azor, a su lado es una simple piragua) es imposible negar que el mundo se divide, al menos, en ganadores y no ganadores (por no hablar necesariamente de perdedores)

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  2. Phil O'Hara dice:

    Esa división me parece algo simplificadora. Es tanto como dividir al mundo entre los que tiene yate y los que no. Ganadores sin yate, incluso sin tantas otras cosas (como más dinero del que hace falta para subsistir dignamente), hay unos cuantos; y a esos es a quien más debiéramos envidiar. Por lo que a mí respecta y dicho sea con todos los respetos, el propietario del yate puede metérselo por el culo. Aunque si es tan grande como dices acaso le resulte complicado. Más envidio (por decirlo de alguna manera) a los que sin yate, tienen la fortuna de poder admirarlo y meterse luego entre pecho y espalda una paella como Dios manda. Sobre todo porque son felices. ¡Los envidio y brindo por ello y por ellos!

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  3. Personalmente, me apunto antes a la paella, que está más en la onda de Arguiñano y compañía, que a las pijadas de diseño de Master Chef. Estoy seguro que los del yate, que incluso son más listos que yo, también.

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