Señora Enriqueta

Del bueno de René lo que más admiré no fueron sus meditaciones, por metafísicas que fuesen, sino su duda metódica. ¡Cuánto envidié el aplomo del francés! Por más empeño que pusiese en lo contrario, mis dudas siempre eran existenciales, consustanciales a mi diario devenir. Nunca supe, como René, utilizar la duda como método para logros ulteriores, mayores y mejores; a mí la duda siempre me pudo. Muy especialmente en las lides amorosas.

Ramiro aquella mañana llegó exultante; le sonreía la vida a lo que él correspondía con una actitud vital envidiable y contagiosa; pero dado que lo mío era dudar no resultaba nada fácil inocular en mí ese optimismo vigoroso de Ramiro. Cuando nos reencontramos en el bar de la facultad me dijo que esa noche iba a haber un concierto de La Salseta del Poble Sec y que se había enterado por Pilar de que Manuela tenía pensado dejarse caer por allí. <<Esta noche o nunca, chaval; el destino te lo pone a huevo>>. Quizá Ramiro estuviese en lo cierto; hacía semanas que le había echado el ojo a esa chica y tenía la certeza de que podía ser el amor de mi vida; estaba colado por esos huesitos largos, esa cara pecosa y ese pelo negro azabache, la verdad. No parecía, pues, mal plan asistir al concierto; ¿qué podía perder yendo? Con algo de suerte trabaría conversación con Manuela, y luego Afrodita se ocuparía del resto. Si la cosa se torciese siempre cabría disfrutar del Patacón Pisao, del Me lo dijo Adela y de la Señora Enriqueta y tomarme un par de copas. Se mirase por donde se mirase el programa pintaba bien y además no tenía nada mejor que hacer tampoco esa noche.

Al llegar al concierto fui de cabeza a la barra del bar. Amén del apoyo incondicional de Ramiro no me vendría mal algo de ayuda extra, así que me pedí la primera cerveza de la noche para ir entrando en materia. Cofrade fervoroso del amor cortés, en Manuela atisbaba el compendio de virtudes físicas y morales del ideal de mujer; mi nueva amada, inaccesible hasta entonces, debía merodear por aquel lugar, acaso esperándome. Apurada la cerveza y armado del valor necesario, me hallaba en disposición de darme un garbeo por allí en busca de mi Ginebra. Había entrenado mil y una maneras de entrarle y todas ellas infalibles. Con arrestos más que suficientes me puse en movimiento y tras un buen rato buscándola sin éxito, a quien encontré fue a Ramiro. El muy cabrón andaba con un pibón de esos que cortan el hipo, que de no ser yo fiel enamorado de mi dama ya hubiera entrado al trapo por si el canalla de mi amigo dejaba alguna migaja de semejante hembra. Lo saludé brevemente y proseguí mi camino. Desanimado por no dar con Manuela encaminé de nuevo mis pasos hacia el bar para reponer fuerzas y templar nervios con una segunda copa.

Al aproximarme a la barra por fin la vi; allí estaba ella, pero no esperándome, sino acompañada de un efebo de no menos de metro noventa y tantos con el que se estaba dando un morreo de padre y señor mío. ¡La muy hija de puta! ¿Es que no tenía ella la misma alta concepción del amor cortesano que yo?, ¿no sabía que la juzgaba en tan alta estima como a la más noble de las damas?, ¿con semejante menosprecio me lo pagaba?. No era sólo el ósculo, con lengua, con lengua hasta la tráquea, por cierto, sino que ese cabrón tuviese además agarrada a Manuela por donde la espalda pierde su casto nombre. ¡Acabáramos! Ni La Salseta ni Manuela podían importarme ya una mierda. Con la poca dignidad de que fui capaz me largué de allí y de vuelta a casa me detuve en el primer bar, si no a ahogar las penas, que las condenadas nadan bien, a remojarlas al menos; y a fe de Dios que debí lograrlo porque soy incapaz de recordar cómo ni cuándo salí del bar, pero llegué tan borracho que a la mañana siguiente la resaca era tal que desaconsejaba acudir a clase. Ni Husserl ni Sartre me lo iban a tener en cuenta, así que opté por pasarla en la biblioteca, donde el silencio monacal reinante ayudaría sin duda a aliviar el dolor de cabeza que no me dejaba vivir.

Mientras trataba en vano de centrar la atención en las Reglas para la Dirección de la Mente de Descartes apareció radiante Manuela, y se sentó a mi lado. <<Hola, soy Manuela. Ayer estuviste en el concierto, ¿verdad?. ¿Me invitas a un café?>>. ¡La muy zorra! Anoche dándose el pico con ese zagal y hoy como si nada; y encima pidiéndome que la invitase a un café. ¡Pero qué se había creído! Uno aún conservaba algo de amor propio, de orgullo, incluso una mínima autoestima, qué caray; por increíblemente bonita que fuese no podía pretender entrar así en mi vida y que yo borrase de un plumazo lo de la noche anterior; esa lengua, esos besos y a aquella acémila con la que se daba el lote, recuerdos todos que me dolían como navajas hundidas en carne. <<Sí, claro. Recojo mis cosas y nos vamos al bar. Pues no te vi en el concierto; la verdad es que marché temprano; no sé, no debía encontrarme demasiado bien…>>

Estuvimos saliendo un tiempo aunque dudo que ella fuese el amor de mi vida. La relación acabó como el rosario de la aurora; o sea, ni bien ni mal (¿sabe alguien cómo acabó el rosario aquel?) pero en cualquier caso acabó. Nos separamos, cada cual tomó su camino y años después perdí su pista. No hace mucho volví a encontrarme con Ramiro en un concierto de La Salseta del Poble Sec; tampoco él tenía noticias de Manuela, aunque no importaba. Ramiro había sentado la cabeza y tenía un hijo; de mí pude contarle que seguía más o menos en las mismas, con mis dudas de siempre pero tirando. Tomamos un par de cervezas, escuchamos Cumbia campesina y Patrañas bélicas y nos despedimos hasta la próxima.

Phil O’Hara

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4 pensamientos en “Señora Enriqueta

  1. Sublime. Sobre todo me ha impresionado el pasaje en que usted accede a invitar a su Dulcinea a un café. Podrán decirse muchas cosas de usted, pero desde luego nadie osará tildarle de pagafantas.

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  2. Phil O'Hara dice:

    “Pagafantas”. ¿Y qué diantres es un tal? Ya vi que se dio cuenta de que ni todo mi orgullo, mi autoestima y amor propio fueron suficientes para no claudicar al fin (¿o fue al principio?). La debilidad de la carne y la del espíritu a una, supongo.

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    • “Pagafantas” es el término despectivo por el que se designa a quien invita a las chicas a todo sin jalarse una rosca. Puede que usted no catara una rosquilla tan apetitosa como la que sirven con el café, por ejemplo, en la cafetería Pasaje, de Alfonso V, pero al menos sí que se echó para el coleto un buen café, pues no se limitaría a mirar cómo degustaba Manuela el suyo, supongo.

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  3. Phil O'Hara dice:

    Un caballero jamás haría comentario alguno sobre una dama, como ya sabe usted. No siéndolo, le diré que habré dilapidado una fortuna y hasta dos pagando fantas de ésas. En cuanto a la tal Manuela, mi mala memoria me impide recordar con claridad cómo se dieron las cosas. Va a ser cosa de la edad, ya ve usted.

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