Dos dólares y cinco centavos

subasta-john-wayne

Pocas cosas en la vida como esas pequeñas tragedias cotidianas, tragedias de andar por casa que sirven para dar emoción, ni que sea de vez en cuando, al anodino discurrir de los días, a la mansa cotidianidad. En cualquier caso esas sencillas tragedias sirven al menos para poder contarlas. Una de ésas me sucedió hace unos días en la panadería que frecuento los fines de semana. Allí no me conocen; no es como en la que hay a la vuelta de la esquina, donde nada más entrar cada mañana la dependienta me saluda con una estupenda sonrisa que no parece falsa, y si lo es me da exactamente lo mismo. De esa panadería eres cliente. Cliente, aunque sea de la panadería. Ser cliente es ya ser alguien; te da importancia. “¿Sus dos barras de cuarto, míster O’Hara?”. Seguro que era así como se sentía John Davison Rockefeller al entrar fumándose un buen puro habano en el banco a recoger su nuevo talonario de cheques; como yo cada mañana que voy a por el pan.

Pero en la panadería de los fines de semana no me conocen. No soy cliente. El otro día fui a por dos barras de pan y pregunté retórica o directamente de manera estúpida, porque sabía perfectamente lo que valían las dos barras: dos euros y cinco céntimos, cuánto se debía y pagué con un billete de diez euros. Después de hurgar más de la cuenta en la caja registradora, la dependienta de pronto quedó petrificada. Todos los músculos de su cuerpo parecieron agarrotarse, se transformó el gesto de su faz y hasta asomó una sombra de desmayo en la pobre. La tragedia se mascaba en su cara. No acertaba a pronunciar palabra y durante unos segundos interminables el tiempo pareció haberse congelado. Acaso por contagio temí lo peor: que me mandase a por suelto, que tuviera que devolverle el pan o que me cobrase los diez euros porque no tenía cambio. Gracias a dios al fin logró reaccionar y acertó a decirme: “¿No llevarás cinco céntimos?”. Con una calma postiza me llevé las manos a los bolsillos y en un gesto fácilmente comprensible, como vaciándolos, contesté que no; que lo sentía mucho, pero que no llevaba nada suelto a no ser ese único billete de diez euros que ahora estaba en sus manos. ¡Cualquiera diría que el billete era de cien euros! O mejor, de cien dólares. De haberme pedido cinco centavos la cosa hubiese sido distinta. Imaginé a John Wayne entrando a comprar dos barras en una panadería de Wisconsin y al dependiente soltándole “Míster Wayne, son dos euros y cinco céntimos”. Sólo la magnanimidad de John Wayne hubiese evitado lo peor: “¿Cómo has dicho, muchacho?”“Dos dólares y cinco centavos, señor” hubiese respondido con voz trémula el asustado dependiente. “¡Eso está mejor chaval; mucho mejor!. Anótalo en mi cuenta” diría con voz profunda Wayne enfundando de nuevo el Colt 45 y saliendo del local con ese modo de andar tan suyo. No me negarán que un centavo suena cien veces mejor que un triste céntimo. No hay comparación. De haberme pedido cinco centavos en vez de cinco céntimos los hubiese buscado como si la vida me hubiese ido en ello; seguro que podía haberlos llevado encima, en algún lugar recóndito, ignoto del bolsillo. Pero no, la chica lo dijo claro: “¿No llevarás cinco céntimos?”. Dijo céntimos. Era ella o yo; éramos Will Kane frente a Franck Miller en Solo ante el peligro; habíamos entrado en un bucle y sólo el que más temple demostrase acabaría por llevarse el gato al agua; la tensión era insoportable y yo me mantenía allí enfrente, impasible y con cara de póquer al otro lado del mostrador, sin mover una ceja y esperando a que la dependienta sacase por fin el revólver para desenfundar yo. De haber querido el azar que al bueno de Sófocles le hubiera dado esa mañana por ir a por el pan allí, no le hubiera faltado tema para componer una de sus famosas tragedias; pero ya se sabe, las fechas, el tiempo, siempre limitándolo todo.

Aunque las pequeñas tragedias, esas tragedias de andar por casa, es lo que tienen: casi nunca son para tanto. Así que justo en el último momento y sin saber cómo ni por qué la chica debió ver la luz y quebró con inusual e inesperada destreza, como Messi, vaya, la catástrofe. “Bueno, me los debes. Ya me los darás”. ¡Uf! De la que me había librado. Dibujé mi mejor sonrisa y me despedí de ella con las dos barras y ocho euros de vuelta; ya de regreso a casa tenía la sensación de haber visto a la muerte cara a cara, o casi, y sólo respiré tranquilo tras franquear por fin el umbral de la puerta. “¿Qué tal Phil, quedaba aún pan?”. “No te lo vas a creer, me llevé las dos últimas barras; y el pobre Sófocles se quedó sin.”  

Phil O’Hara

Anuncios
Etiquetado , , ,

4 pensamientos en “Dos dólares y cinco centavos

  1. Bien por usted, señor O’Hara. Se podría decir que la suya fue una victoria pírrica, aunque victoria, al fin y al cabo. A mí me da pena la justa de la dependienta de marras. Porque a poco que uno se pare a pensar en ello: ¿Cómo es posible que le cobraran dos euros y cinco céntimos por dos barras de pan? ¿Cuánto vale entonces cada barra? ¿1’025 euros? Para mí que estaba intentando quedarse con los cinco céntimos de propina, la muy lista. Le está bien empleado, por estafar al por menor. Mejor le hubiera ido siendo Rockefeller (o Magdalena Álvarez) y apandado unos cuantos millones, a lo grande, que así se nota menos.

    Me gusta

    • Phil O'Hara dice:

      Se va usted a sorprender, pues resulta que las dos barras valen exactamente eso: dos euros y cinco céntimos -que no centavos-. Y le voy a explicar por qué: compro dos barras distintas: a una la denominan “pirenaica”, quizá porque lleva una pátina de harina que le confiere un tono blanquecino, como de nieve. Y a la otra “catalana”, aunque le confesaré que desconozco la razón; podrían denominarla perfectamente “burgalesa”, o “cacereña” o de cualquier otra manera, la verdad. El caso es que no valen lo mismo una que otra: la “catalana” cuesta un euro y la “pirenaica” uno con cinco. Y ya puestos a hacer confesiones, le diré también que el relato está basado en un hecho tan cierto como que hoy por fin es viernes: realmente fui a por las barras, la chica no tenía cambio y acabó por no cobrarme los cinco céntimos. No siendo yo Sófocles, me decanté al contarlo por un estilo más desenfadado. Y lo cierto es que me divertí al escribir. ¡Saludos, Jardiel!

      Me gusta

  2. Adrián Montes Pazos dice:

    Me he divertido mucho leyendo esta tragedia, tan cotidiana por otra parte. Delicioso. Enhorabuena

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros

A %d blogueros les gusta esto: