Artes escénicas

Las artes escénicas eran mi mayor afán. Desde una edad aún tierna ya tuve claro que de mayor iba a dedicarme a ese mundo; lo que no sabía era de qué modo se concretaría ese anhelo tan vehemente, ese ímpetu mío: si acabaría siendo director de escena, sólo guionista, actor o incluso actriz (no sé si por la ambigüedad o la indefinición de una sexualidad aún incipiente o porque adoraba ya por aquel entonces a Lauren Bacall, a Ava Gardner, a Elizabeth Taylor y sobre todo y más que a ninguna otra a Vivien Leigh). Lo único cierto era que quería dedicarme en cuerpo y alma a ello; mi vida tenía que discurrir de algún modo u otro en los escenarios. Por lo demás en casa pese a que nadie en la familia había tenido jamás nada que ver con el mundillo del espectáculo -mi padre era perito de minas y mi abuelo materno empleado de Botín-, siendo el talante familiar de natural tolerante y sabedores que la vida da más vueltas que un tiovivo y que hasta el rabo todo es toro, jamás se opusieron a mis ansias por ir labrando un camino dirigido hacia las artes escénicas. A mis amigos del pueblo les costaba más entender esa querencia mía. La mayoría de ellos tenían otros sueños que acostumbraban a tener que ver con un balón. Cuando alguno me hablaba del Liverpool, sólo acertaba a decir, siempre de manera entusiasta, que Los Beatles eran de allí. Si yo les hablaba de las divas de la gran pantalla, de los directores de cine de Hollywood, del musical Cats de Andrew Lloyd Webber o de los teatros de Broadway, replicaban ellos que ni el más pintado de todos ésos era capaz de rematar como Kenny Dalglish ni moverse en el área como Rummenigge; que eso sí era arte y no las pamplinas que me gustaban a mí. El séptimo arte frente al balompié. Aquella era una lucha desigual en la que yo llevaba siempre las de perder.

Todos los años los alumnos de tercero de BUP tenían que organizar el festival de fin de ciclo el día antes de las vacaciones de Navidad. Al festival asistían solamente los alumnos del instituto y los profesores. La organización del evento, que para todos suponía una tortura, para mí, por el contrario, desde que entré al instituto se convirtió en mi primer gran proyecto. Soñaba cada día con esa función; con ocuparme de la gala, proponer todos y cada uno de los números, asignar su orden de aparición sobre el escenario; soñaba con los ensayos. Dado el repelús que la fiesta producía en mis compañeros de curso no fue difícil que aceptaran de buena gana que yo asumiese el papel de maestro de ceremonias. Y así, con gran dedicación y no menos esmero, lo fui preparando todo. Un mes antes ya tenía la gala en la cabeza y poco después la había transcrito al papel. Conociendo al dedillo las virtudes potenciales de cada cual, fui disponiendo las cosas. Intercalaba números de aire circense, con equilibrios y malabares, con otros que requerían la participación de animales; preparé también a conciencia una actuación que no iba a dejar indiferente a nadie: un dueto de las hermanas Clarà, las mellizas cuya voz de ángel iba a asegurarme un triunfo arrollador, que acompañaría de un escueto coro que interpretaría el estribillo y daría color al asunto; y así número tras número hasta el apoteósico final: la parodia de un famoso anuncio de televisión con el que había previsto dar por concluida la función.

Los ensayos resultaron un éxito y todo parecía a punto para la ocasión. Al mediodía subió el telón y tras un par de actuaciones sin pena ni gloria ni demasiado interés que lo único que perseguían era calentar motores e ir creando la atmósfera adecuada, llegó el turno del primero de los grandes números: Puig iba a deleitar al auditorio con malabarismos dignos del mejor teatro de Londres. Nada más empezar, acaso por los nervios propios de quien actuaba por primera vez ante una platea atiborrada, tres de las cuatro bolas fueron a parar al suelo. Demostrando sangre fría y temple torero Puig las recogió como si nada e inició de nuevo el número, pero por desgracia volvieron a caérsele. Tras dos nuevos intentos con igual resultado (hubiera querido añadir “final”, pero lo cierto es que “inicial” se ajustaría más a lo que sucedió) y cuando se empezaron a escuchar los primeros silbidos y alguna que otra risa en la sala, a la cuarta vez no fue la vencida. Las bolas se le volvieron a caer y Puig ni tan siquiera se dignó a recogerlas, largándose del escenario con un sonoro “¡a tomar por el culo!” que se pudo escuchar desde las últimas filas del teatro. Las risotadas no se hicieron esperar y al bueno de Puig sólo se le ocurrió mandar de nuevo a tomar por idéntico lugar a tan selecto auditorio mientras el telón caía.

Nada estaba perdido; quedaban por delante los mejores números y cabía la posibilidad de que la gala aún fuese un éxito. Con el telón bajado mandé a Quim Puigdemon y a su fiel Tupinet que se preparasen, que iban a ser los próximos en actuar. Un número de bandera era lo que hacía falta para recuperar el ánimo de la tropa y devolver la función a la senda del triunfo. Se alzó el telón y Quim y Tupinet, su Fox terrier, aparecieron en el escenario. Asiendo un aro de fuego no demasiado logrado, Puigdemon tenía que conseguir que Tupinet, disfrazado de león con una peluca a modo de melena menos lograda aún que el aro de fuego, saltase una y otra vez cruzando las llamas pintadas, demostrando él su pericia de domador experto y su perro la suya de gran saltador, amén del valor que se le supone a un feroz Fox terrier-león. Reconozco que la escena, lejos de parecer memorable, resultaba ridícula; las carcajadas de todo el teatro estaban más que justificadas desde que Tupinet salió a escena con esas pintas, que hasta al pobre can debieron avergonzar. Para más inri, Tupinet no solamente hizo caso omiso de las indicaciones del domador, sino que avanzó hasta el límite del escenario, levantó una pata y se alivió, mojando a los profesores que ocupaban la primera fila de butacas. Tras mear desapareció entre bambalinas con Quim Puigdemon detrás. El alborozo en el teatro fue de época.“¡Telón, telón!” grité. Todavía me quedaban un par de ases en la manga y decidí jugármelos: era el turno de las hermanas Clarà.

La canción que habían preparado las mellizas era el himno gospel “When the Saints Go Marching In” y el coro, formado por Joan Gorgoll, Miquel Tràfach, Ramon Domènech y Josep Triadó, magníficamente caracterizados para la ocasión con la cara toda pintada de negro, debía interpretar el famoso estribillo:

“Oh, when the saints go marching in

Oh, when the saints go marching in

Lord, how I want to be in that number

When the saints go marching in”

La voz de las hermanas era celestial y el coro no desentonaba del todo; esta vez la platea parecía disfrutar por fin de una gran actuación. Y ciertamente lo estaba siendo, al menos hasta la tercera estrofa, cuando a Triadó los nervios le jugaron una mala pasada y justo antes de atacar el estribillo soltó un eructo descomunal que volvió a formar un jolgorio tan formidable que era imposible escuchar la voz de las Clarà ni al coro de marras. A Mireia le dio por romper a llorar; a Olga en cambio, que de las dos era la de más carácter, por abalanzarse sobre Triadó y tirarle de los pelos y arañarle que si no llegan a separarlos tengo para mí que la cosa hubiese terminado peor, que mal ya estaba. De nuevo el telón pudo contener la hilaridad y devolver la calma a la sala. Quedaba la última actuación y nos conjuramos para poder acabarla al menos; haber pretendido algo más se nos antojaba imposible. Cinco minutos después de la interpretación de las hermanas se alzaba por última vez el telón para que el público pudiese disfrutar de la parodia del anuncio de pañales más famoso de la televisión. La actuación no conllevaba gran dificultad; se trataba de ir dando vueltas al escenario entonando la cantinela “Dodot, Dodot” y tratando de andar como andan los bebés. Fue alzarse el telón y vernos la concurrencia ataviados de esa guisa, tan sólo con un pañal, y arrancar a aplaudir a rabiar y soltar vítores sin parar. ¡Por fin! La aclamación unánime salvaba la gala y los diez buenos mozos seguíamos dando vueltas al escenario entonando las notas del “Dodot, Dodot”. Y puedo jurar que si no llega a ser porque al dar la última vuelta a Àngel Matas se le cayó el pañal y quedó en cueros, como vino al mundo, mostrando al enfervorizado público, especialmente al femenino, esa verga extraordinaria con la que dios lo había dotado, el número hubiese sido todo un éxito. Las mozas querían saltar al escenario y a Àngel, que estaba encantado con todo aquello, no bastábamos nueve para llevárnoslo de allí. La jarana que se montó fue de órdago y todavía hoy cuando voy al pueblo hay quien me recuerda aquella función. Después de aquello nunca más quise volver a oír hablar de artes escénicas. Definitivamente parecía que dios no me había llamado por esos derroteros.

Phil O’Hara.

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4 pensamientos en “Artes escénicas

  1. julian dice:

    Esta vez, conociendo a los protagonistas, no he podido contener las lágrimas llorando de risa especialmente en la última actuación. No conocía esta faceta y su modo de finalizar, pero me agrada compartir tus recuerdos.

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  2. Realmente extraordinario. Magnífica sátira. Me recuerda a cierto pariente suyo, también maestro de ceremonias en cierto evento de la noche leonesa, aunque él, que yo sepa, no ha tenido que enfrentarse aún al bochorno de ver expuestas sus vergüenzas ante el respetable. Pero todo llegará.

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  3. Phil O'Hara dice:

    Pues parece que al tal Àngel, lejos de avergonzarle, le satisfacía enormemente el fervor que sus partes más nobles causaban especialmente entre la parroquia femenina del auditorio. Supongo que hay gente para todo. Se le saluda, Jardiel.

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