El huerto de Pitu.

Nada mejor que los malos momentos y las grandes decisiones para forjar el carácter de uno. Doce largos meses, un año entero tardé en decidir mi futuro cuando COU, dudando entre hacer caso de los doctos consejos de un buen amigo, un anciano hecho a sí mismo que poseía la sapiencia que únicamente se labra en una vida larga, o en seguir los de mi padre, no menos sabios, aunque en experiencia el bueno de Pitu le sacase a mi progenitor un par de lustros si no tres, y acaso cuatro. Tanta dilación en resolver el futuro hubo de influir en cómo fraguó mi temperamento más que todos los westerns de John Ford y tanto al menos como las derrotas, por aquel entonces, una temporada tras otra de mi equipo del alma. Dudas, indecisiones pendiendo de hilos, derrotas y películas de vaqueros, hete aquí toda mi hacienda.

Cada vez que me dejaba caer por Can Paco, uno de los cafés del pueblo y el segundo hogar de Pitu, después de discutir un rato de fútbol o disertar, él, sobre Pla, solía urgirme a que dedicase mi futuro, lo mismo que hiciese él con el suyo tanto tiempo atrás, a cuidar de un huerto. Nada iba a hallar más reconfortante, afirmaba él, ni que además permitiese ganarme de manera tan honrada el pan de cada día. Un huerto, por si eso fuera poco, añadía Pitu, iba a posibilitarme llevar todos los días a la mesa alimentos con los que subsistir, e incluso almacenar algunos para preparar luego tarros de confitura. Quién sabe si hasta llegar luego a venderlos, aunque esto Pitu acababa por desaconsejármelo. Cuidar del huerto tenía otras virtudes, como la de reconciliarte con la tierra, aferrarte a ella; y estar anclado a algo, aunque fuese a un huerto, le parecía a mi amigo bueno de suyo, pues uno no debiera desdeñar asir su ser, ni su ir siendo, ni que fuera a un terruño plantado de hortalizas, verduras y legumbres. Y todas las veces que yo decía no estar muy seguro de lo que haría con mi futuro me animaba Pitu con lo del huerto. <<No vayas a cometer la estupidez de seguir estudiando tonterías que no van a servirte para nada, a no ser para engrosar las listas de paro de este país de risa>>.

Los consejos de mi progenitor se hallaban en las antípodas de los de Pitu. A mi padre lo del huerto le parecía poca cosa, acaso porque los padres siempre ambicionan, lo mismo que Dickens para Phillip Pirrip, grandes esperanzas para sus hijos. <<El conocimiento es el mayor capital>>, solía decirme, animándome a seguir con los estudios sin, he de admitirlo, pretender jamás influenciar lo más mínimo en mi decisión de qué carrera cursar. <<La que sea, pero tú sigue estudiando, hijo>>.

Aquejado de una sinusitis crónica, mi nariz no acababa de aclarar cual de los dos consejos, si el paterno o el de Pitu, era más acertado. No diré, so pena de faltar a la verdad, que me olía que era Pitu quien llevaba razón; mas no sé si por parecerme persona sensata o por valorar justamente su dilatada experiencia, o porque la verdad sea dicha su huerto era un vergel de tal exuberancia que uno podía perderse allí entre tomateras, judías verdes, ringleras de patatas, pimientos, lechugas y toda suerte imaginable de frutos, que al despedirme de él y ya de vuelta en casa dudaba más si cabe de si no estaría en lo cierto mi buen amigo Pitu. El cariño que me tenía, me parece a mí que se debía más que a nada a que, aficionado al fútbol como era el hombre, le agradaba verme jugar en el equipo del pueblo; eso y su arte al cultivar que yo envidiaba, contribuían en alguna medida a acrecentar aquellas dudas mías. Si por él fuera, servidor habría fichado ya por uno de los grandes. <<¿Y entonces el huerto qué, Pitu?, ¿cómo diantres iba a jugar en el Barcelona y cuidar a la vez el huerto?. Además, antes de pensar en cimas tan altas habrá que empezar por ganarse primero un puesto en el once del pueblo, ¿no crees?>>

Al final acabé haciendo caso a mi padre y seguí con los estudios, olvidándome del huerto. Con el transcurrir de los años hoy puedo decir que igual me equivoqué; que con más de un cincuenta por ciento de paro juvenil de quizá la generación mejor preparada de toda la historia del país, se me hace muy cuesta arriba no dudar muy seriamente de que el conocimiento, como decía mi padre, sea el mayor capital. Cada vez que veo a cualquiera de esos empresarios de postín que sin haber acabado la EGB han logrado amasar verdaderas fortunas y están hoy todo el santo día tocándose los huevos, estoy casi por darle la razón a Pitu. Y cuando observo a sus Señorías yendo cada mañana a cuidar su huerto, que no es otro que el escaño en el que siguen apoltronados mandato tras mandato, tocándose ellos también los huevos -o el coño, si su Señoría es diputada- entonces por fin lo veo claro. Debí haber seguido los consejos de Pitu y dedicarme a cuidar un huerto; pero no uno cualquiera, sino uno de esos como los que cuidan, con tanto amor, esmero y dedicación nuestros representantes, que hay que ver lo bonito que tienen el Congreso, que les luce como dios; y sin ni tan siquiera tener que agacharse, como sí tenía que agacharse Pitu. Ni el botijo con agua fresca tienen que procurarse; para qué, si en el bar del Congreso pueden arrearse un lingotazo de gin-tonic por tres con cuarenta y cinco míseros euros; como para andarse con semejante trajín, botijo arriba, botijo abajo. De haber hecho caso a mi amigo vete a saber si hoy hasta mi padre hubiera empezado a creer que sus grandes esperanzas, aquellas que un día depositó en mí, quizá no hubiesen sido en vano.

Phil O’Hara

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3 pensamientos en “El huerto de Pitu.

  1. Juliánsolius dice:

    Querido hijo: Puedes creer que estoy satisfecho de tu camino recorrido; no creo que más que si hoy fueses “Señoría”. A esas personas, aunque mis creencias me lo impidan, desearía verlas el día de mañana tostándose con Pedro Botero recibiendo el premio a sus esfuerzos para vivir como dios mientras el pueblo se va hundiendo.
    Sigue tu camino sin dejar esa pluma. Me acabo de enterar que tu tío Fernando acaba de publicar un libro y que es el segundo. A ver si resulta que tú también puedes divertirte con las letras aprovechando las raíces de tu madre.

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  2. Phil O'Hara dice:

    No deja de ser un ejercicio ficticio y poco más. Ya recibí el libro de Fernan. Cuando acabe de leerlo os lo iré pasando, como me dijo que hiciese. Un abrazo.

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  3. Disculpe la impertinencia, señor O’Hara, pero opino que ese tío suyo debe tener más de primo que otra cosa, pues hace falta estar loco para aventurarse en este mundo del mercado editorial, habiendo competidores tan insignes como Belén Esteban o Julián Muñoz, o más de un político ilustre, que acaban de publicar sus memorias respectivas. En cuanto al bueno de Pitu, mejor le hubiera ido siendo un gran terrateniente y trincando una buena subvención de las PAC, a cambio de seguir los dictados de la UE y dejar de cultivar las tierras. En fin, si este sapientísimo señor leyera este comentario, seguro que diría lo siguiente: “Que les den a todos, Sus Señorías en el Congreso, los hombres de negro de la troika, Belén Esteban, Julián Muñoz, los lectores de estos últimos y los terratenientes de las PAC por el ojete; yo, a seguir con lo mío”.

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