Archivos Mensuales: junio 2014

Un dulce puede amargar

Cuán propensos somos los seres humanos a sobrevalorarnos. Uno se cree curtido en mil batallas, incluso va por ahí exhibiendo sus cicatrices de soldado veterano, inasequible al espanto o el asombro, cuando, de repente, oyes por la televisión o por la radio esa noticia increíble, que desbarata tu cara de póquer y hace que la mandíbula se te quede literalmente colgando, en un gesto estólido que ciertamente no emula para nada al impasible Humphrey Bogart.

El caso es que el otro día estaba haciéndome yo la cena, mientras escuchaba las noticias de la radio. Hablaban del uso fraudulento de los fondos para los parados por parte del sindicato UGT en Andalucía (perfecta la mirada metálica, al estilo de Clint Eastwood, mientras daba la vuelta a la hamburguesa), cuando, de repente, oigo que dicha organización sindical ha destinado partidas teóricamente destinadas a la prevención de riesgos laborales a la compra de caramelos para la cabalgata de los Reyes Magos, que organiza el Ateneo de Sevilla por Navidad. Por poco no se me cae la hamburguesa encima del zapato. Creía no haber oído bien, o que estábamos a 28 de Diciembre. O que estaba soñando. Tras consultar el almanaque de la cocina (lo cual me sirve para cerciorarme de que no estamos en Diciembre, sino metidos de lleno en el mes de Junio) y pellizcarme la oreja reiteradamente, lo cual me confirma que estoy despierto, corro presto hacia el estudio y conecto con ansia el ordenador, ávido por enterarme de los detalles.

Veo que, en efecto, el sainete no termina ahí. Tras teclear minuciosamente en Google “UGT + caramelos cabalgata” (a duras penas logro creer que esto esté pasando de verdad), la primera entrada que aparece es la noticia sobre el mencionado timo (que en números redondos asciende a unos ocho mil euros, que es a lo que asciende el coste de los mil kilos de caramelos subvencionados), a lo que hay que añadir otras cuantiosas partidas sin especificar, empleadas en la adquisición de miles de pelotas de goma anti-estrés y de manoplas para cocinar al horno. Para colmo, el responsable del desaguisado, el ugetista José Manuel Guerrero, justifica la acción alegando que “el estrés es un riesgo laboral como otro cualquiera”. Supongo que cabrá decir lo mismo de las manoplas, para evitar que sufran quemaduras aquellos trabajadores que desempeñen su actividad laboral en los fogones. Ello, unido al tufo procedente de la cocina, me recuerda que me he descuidado y dejado las hamburguesas torrándose en la plancha.

Por lo que respecta a los caramelos (muy profesionalmente envueltos en papel de celofán con el logotipo de la UGT), el tal Guerrero argumentaba que dicha acción propagandística cabía enmarcarla dentro del programa “Evita percances”, destinado fundamentalmente al público infantil. No sabría decir qué me repugna más: si el uso fraudulento de fondos públicos, o el mezclar a los niños en algo tan siniestro. Quienes habrán hecho sin duda el agosto, aunque estuviéramos en Diciembre, habrán sido las clínicas dentales sevillanas, que quedarían, imagino, completamente colapsadas por la proliferación de enfermos de caries entre la gente menuda de la ciudad (mil kilos de caramelos dan para mucho en este sentido, sin contar los empachos). Entretanto, en el medio de tanto dislate, el principal responsable económico de la Junta de Andalucía, el consejero don Antonio Ávila, opta por meterse las manos en los bolsillos y ponerse a silbar, mirando para el techo. “No tengo la menor duda de que se va a aclarar lo sucedido”, declara este señor ante la prensa. Menos mal. Con eso ya me quedo mucho más tranquilo. Tal vez nos vuelvan a bajar el sueldo y aumente el número de parados, pero al menos nos queda el consuelo de que, tras sablearnos por una ortodoncia, no nos va a faltar el caramelito dejado por el ratoncito Pérez bajo la almohada. Para este viaje no necesitábamos alforjas. Decididamente, yo de mayor quiero ser consejero de economía.

¿Hasta dónde llegará la capacidad de este país para hacer el ridículo? Sinceramente, creo que el sketch que publicaba la semana pasada en estas páginas se queda más corto que el rabo de una boina. Absolutamente nadie, ni Gabi, Fofó y Miliki, ni los Hermanos Marx, ni los Monty Python, serían capaces de urdir un vodevil tan disparatado y cutrescente como éste. Ya sólo falta, para que la mojiganga sea completa, que Cayo Lara y los suyos intenten sabotear la próxima cabalgata de los Reyes en Sevilla, haciendo ondear banderas republicanas.

En fin; mejor me callo y no doy ideas.

Jardiel Poncela

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Ver el Mundial

No hay que descuidar determinadas tradiciones. Como la de ver el Mundial. Hay que ver el Mundial; pero un Mundial no es algo que pueda verse de cualquier manera, no señor. Un Mundial hay que verlo como dios manda. No se trata sólo de sentarse frente al televisor y ver ganar a España. O verla perder. Ni de esperar a que lleguen las semifinales para ponerse a ver un Holanda-Brasil; eso sería como de nuevo rico. Ver un Mundial conlleva su liturgia; se deben atender ciertos preceptos, hacer caso de algunas normas, como la de tragarse todos los partidos, sin rechistar, poniendo todo el empeño del que uno es capaz; con fe, aunque no la tengamos, como si nos fuese la vida en ello. Para empezar es obligado vestir para la ocasión, con ropa cómoda; chándal y zapatillas sería lo más conveniente. A eso de las seis uno tiene que estar a punto para el Corea del Sur-Argelia. Otra regla poco menos que ineludible es la de ver el partido con tu hijo de doce años. Únicamente así aseguras que la tradición va a seguir perpetuándose durante al menos un par de generaciones más. La soledad puede casar muy bien con la Champions, pero está reñida con un Mundial. Tras chuparte la victoria de los africanos habrá que anular cualquier compromiso que nos impida ver el Bosnia Herzegovina-Irán. Si por lo que sea se nos pasó programar esa hora y media delante de la televisión y concertamos una cita, no queda otra que cancelarla. Incluso en el poco probable caso de que hayamos quedado con Scarlett Johansson. Nadie dijo que iba a ser fácil; pero no hay que desfallecer a las primeras de cambio; la suerte es que siempre cabe regodearse con aquel Italia-Inglaterra; hasta con el Brasil-Italia del 70; no todo iba a ser sufrir.

Las normas no acaban ahí; hay algunas reglas más. Si eres de los que vas a ver un Mundial sabes que una bandera nunca es suficiente. Deberás estar dispuesto a izar por lo menos dos, aunque tres o cuatro sería lo más sensato. Que a la roja la mandan para casa, pues habrá que apostar por otra. Por Alemania, aunque esta vez tampoco hayan convocado a Karl-Heinz, al viejo Rummenigge. Incluso la Hungría de Kocsis puede servir; quizá no para esta edición, pero Hungría siempre es un valor seguro. También se admiten filias bastante más exóticas; menos clásicas; de manera que quizá puedas echar el resto por Costa Rica o incluso por Grecia, que por algo los griegos acunaron la civilización e inventaron los Juegos Olímpicos; a nadie debiera extrañarle, pues, que Heráclito y Parménides fuesen en realidad dos grandes entusiastas de la Copa del Mundo, aunque el fútbol lo inventaran algunos siglos después en la culta Britania; pero ya se sabe, las fechas, el tiempo, siempre limitándolo todo.

Para cuando al fin el Mundial acabe, que acabará, costará retomar las rutinas diarias y volver a recuperar el ánimo; pero ya llevamos suficientes fases finales como para saber que tras cuatro años tocará vivir otro más, el siguiente. Será en las blancas estepas de la gran Rusia, la de Yashin y Mostovoi. Entretanto no quedará otra que transitar el severo periplo al amparo de la competición doméstica; ese sucedáneo que a pesar de todo mantiene cierto encanto. Y siempre quedará al menos la Champions, que es como la Copa del Mundo pero sin Brasil, ni Argentina, ni Uruguay. Por eso hay que ver el Mundial, y verlo como dios manda. Para poder bajar al bar de la esquina y comentarle al barman que si Sabella arma su once para que luzca Lionel los argentinos tienen mucha chance de alzarse con la copa; y para que él replique que quizá sí; pero porque ya no está Rummenigge, que si no a esta Alemania no la paraba nadie. Y que ojito con Brasil. ¡Qué me vas a contar! Y entre cerveza y cerveza desfilarán el gol de Cardeñosa, la naranja mecánica, aquel gol de Pelé que no fue, la mano de Dios y hasta el genio de Fuentealbilla. No hace falta que el mundo se pare; con que durante cuatro semanas ande algo más despacio y nos alcance para ver el Mundial nos basta. Porque hay que ver el Mundial; claro que hay que verlo.

Phil O’Hara

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Había una vez un país

(Una vez que el público se ha acomodado en la sala, comienza a oírse la sintonía de Había una vez un circo. Se abre el telón y aparecen Durao Barroso, Luis de Guindos, Luis Mª Linde y Miguel Ángel Fernández Ordónez, este último atado con una correa y caminando a cuatro patas. Durao Barroso se sitúa en el centro del escenario y se dirige al público, en el que no hay ni un solo niño).

DURAO BARROSO.- ¿Cómo están ustedeees?

(El público responde con una especie de mugido. Luis de Guindos se encamina al centro del escenario.)

LUIS DE GUINDOS.- ¡Pero hombre! ¿Qué manera de recibirnos es esa? Vamos a probar otra vez. ¿Cómo están ustedeees?

(La reacción del público es más o menos la misma. Visiblemente contrariado, esta vez es Luis Mª Linde quien toma posesión del centro del escenario).

LUIS Mª LINDE.- ¡Es que no sabemos preguntar las cosas! A ver, dejadme a mí ¿Cómo están ustedeees?

(Al no mejorar gran cosa la respuesta del público, Durao Barroso se vuelve airado hacia Luis de Guindos).

DURAO BARROSO.- ¿Y ésta es la alegría en las calles de que hablaba tu amiguita Soraya Sáenz de Santamaría? ¡Tú tienes la culpa de todo!

LUIS DE GUINDOS (señalando a Luis Mª Linde).- ¡Mentira! ¡La culpa es toda de él!

LUIS Mª LINDE (señalando a Miguel Ángel Fernández Ordóñez).- ¡No es verdad! ¡La culpa la tiene él!

(Los tres se precipitan sobre el cuadrúpedo Miguel Ángel Fernández Ordóñez y la emprenden a puntapiés con él. Una vez que han descargado su ira, el cuerpo inerte de Ordóñez es retirado del escenario por una pareja de musculosos ujieres. Luis de Guindos recompone la sonrisa y regresa al centro del escenario, acordeón en mano.)

LUIS DE GUINDOS.- ¡Y ahora que empiece de verdad la fiesta! ¡Música, maestro!

(Comienzan a sonar los acordes de “La gallina Turuleta”, magistralmente interpretada por Luis de Guindos. Este mueve las piernas al estilo de lo que lo hiciera antaño el entrañable payaso Fofó. Al llegar al famoso estribillo “La gallina Turuleta ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres…”, hace su aparición una gallina gigante, que empieza a sembrar huevos de oro por todo el escenario. Le va siguiendo los pasos Miguel Blesa, quien se encarga de recoger todos los huevos y meterlos en un saco. Cuando deja de poner, Miguel Blesa agarra a la gallina por el pescuezo e intenta meterla asimismo en el saco. La gallina se revuelve y rompe a cacarear violentamente. Es el momento en el que hace su aparición el juez Elpidio Silva, vestido de Supermán.)

ELPIDIO SILVA.- ¡Un momento! ¿Qué se ha creído usted que está haciendo? ¡Suelte ahora mismo a ese animal! (Se dispone a abalanzarse sobre Miguel Blesa)

DURAO BARROSO.- ¡No tolero desórdenes en mi circo!

(Los dos ujieres de antes consiguen frenar a tiempo el ataque de Elpidio Silva, al que propinan una soberbia paliza. Luego se lo llevan a rastras. Mientras tanto Miguel Blesa, que ha conseguido meter a la gallina en el saco, hace mutis por el foro. Durao Barroso se dirige colérico hacia un atemorizado Luis de Guindos.)

DURAO BARROSO (echando a patadas a Luis de Guindos).- ¡Mira lo que has hecho! ¡Tu espectáculo no ha tenido ni pizca de gracia! Creo que ha llegado la hora de obsequiar a nuestro público con un numerito de magia…

(Sale a escena Mario Draghi, vestido con chaqué y chistera, quien, tras dedicar al público toda clase de reverencias, comienza a sacar billetes de 500 euros inopinadamente del fondo de su sombrero y a esparcirlos sobre el suelo del escenario. Esto logra que por primera vez se les iluminen algo los ojillos al público, pero enseguida salen también de la chistera Urdangarín, Bárcenas, Magdalena Álvarez, Jordi Pujol y un largo etcétera de banqueros y políticos con sendos sacos, que abandonan apresuradamente el escenario tan pronto como han llenado éstos de billetes. Ante la mirada fulminante de Durao Barroso, Mario Draghi sale también corriendo, por lo que pueda ocurrir. En el medio de tanto atolondramiento, se deja olvidada la chistera.)

DURAO BARROSO (dirigiéndose al público, claramente apesadumbrado).- Lo siento mucho, queridos niños. Creedme cuando os digo que he hecho todo lo posible…

(Justo en ese momento inundan la sala los acordes del himno de Riego e irrumpen en el escenario Pablo Iglesias y Cayo Lara, portando una gran bandera tricolor. Tras ellos un séquito de guapas majorettes, haciendo juegos malabares con sus bastones. Tan grandioso espectáculo hace prorrumpir al público en una jubilosa ovación, que se ve bruscamente interrumpida al emerger la figura de Cristóbal Montoro de la olvidada chistera de Draghi.)

CRISTÓBAL MONTORO.- Conque tratando de engañarme, ¿eh? Esta bandera, al ser tricolor, tendrá que tributar un 33% más. Eso sin contar la correspondiente sanción por fraude fiscal. Si son tan amables de facilitarme su número de cuenta ¿O van a pagar en metálico?

(Cayo Lara y Pablo Iglesias, cabizbajos y apocados, se llevan las manos a sus respectivos bolsillos, pero por detrás aparece José Antonio Moral Santín, disfrazado de Harpo Marx, y les roba la cartera a ambos sin que se enteren. Los dos comienzan a balbucear excusas ininteligibles, en cuanto se dan cuenta de que están sin blanca.)

CRISTÓBAL MONTORO (dibujando una gran sonrisa lobuna).- ¡Vaya, vaya! Y estos eran los que se metían tanto con mi amnistía fiscal. Menudo par de “espabilaos”. No, no, si ya lo dice el refrán: arrieros somos. Hagan el favor de llevarse esta escoria de aquí.

(Los dos ujieres se llevan a Cayo Lara y Pablo Iglesias, entre los abucheos y protestas del público. Cristóbal Montoro lanza miradas fulminantes a diestro y siniestro, en busca de nuevas víctimas propiciatorias, cuando de repente estallan con fuerza atronadora los acordes de la Marcha Real. Todos enmudecen al ver aparecer a Su Majestad el Rey, don Felipe VI de Borbón, vestido de jugador de la selección española de fútbol y portando un balón de reglamento bajo el brazo y una gran corona sobre su cabeza. Con gran pompa y circunstancia le entrega la corona a uno de los ujieres, para ponerse inmediatamente a hacer malabarismos con el balón, haciendo alarde de una gran destreza. El público le dispensa una calurosa ovación y comienza a corear, enfervorecido, su nombre. Pero justo en lo mejor de la actuación otro balón, que lleva la velocidad de un obús y cuya procedencia se ignora, golpea con violencia la cara del Rey y éste cae desmayado sobre el suelo del escenario. Cesa el Himno de repente y cae el telón, en el que se puede ver pintada la bandera de Chile. El público abandona la sala indignado, profiriendo ruidosos silbidos y abucheos.)  

THE END

Jardiel Poncela

El único fruto del amor

Joder, cuando la semana pasada, desde estas líneas, alertaba al personal sobre los peligros inherentes al debate monarquía-república, no fuera a ser que nos acabáramos convirtiendo en una república bananera, lo último que pensaba yo es que esto se fuera a cumplir al pie de la letra. Y menos a nivel europeo. Me explico: Me imagino que ya estaréis todos al tanto de la última ocurrencia de los señores de negro de la troika, consistente en incluir dentro del cálculo del PIB la riqueza sumergida generada por la prostitución y el tráfico de drogas. A ello se une la reivindicación de un grupo de inspectores de hacienda de nuestro suelo patrio, quienes señalan la conveniencia de que dichas actividades, hasta ahora ilícitas, afloren y tributen al fisco, como todo quisqui. Esto ha conseguido desbordar las previsiones del mismísimo George Harrison, quien, en su célebre canción Taxman, amenaza irónicamente con gravar el aire que respiramos o los pasos que demos. Ahora resulta que vamos a tener que rendir cuentas a Montoro por cada casquete que echemos, fuera de la sacrosanta institución del matrimonio. Y pobre del que se le pase por la mente defraudar. Lo que antes era sencillamente pecado, ahora pasa a ser delito fiscal. Con Hacienda hemos topado. La analogía es perfecta si tenemos en cuenta que estos fenómenos, al igual que hiciera en su día el Papa Benedicto XVI, pretenden negar la existencia del limbo para los que no hayan recibido el sacramento del bautismo, aunque no digan nada de los paraísos fiscales, donde son pocos los llamados y aún menos los elegidos.

A mí lo que más me intriga es cómo se las va a ingeniar San Cristobalón Montoro para seguirle la pista a los dineros de-generados (nótese el ingeniosísimo juego de palabras) por la profesión más antigua del mundo, al decir de todos. Si acaso, como hiciera en su anterior etapa de ministro en el gabinete de Aznar, promoverá a través de los medios de comunicación una campaña de concienciación ciudadana, para convencer a los súbditos más rijosos de la conveniencia de pedir factura por los servicios prestados, con vistas a poder reclamar en caso de que se produjeran desperfectos. La idea no está nada mal. Te presentas en el lugar de los hechos blandiendo la minuta y le espetas en la jeta al proxeneta de turno: “Te voy a meter un paquete que te vas a enterar por falta de higiene, cabrón. Tienes tres opciones: o me espulgas una a una las ladillas que pillé aquí el otro día, o me devuelves la viruta, o me voy derechito a Sanidad”. Y el chulo todo acojonado (sin que le sirva de mucho la apariencia temible que le da el tener tatuajes hasta en la minga), dispuesto a devolverte hasta el último céntimo, balbuceando torpes disculpas y esforzándose por llegar a un arreglo amistoso, ofreciéndote una jugosa indemnización y, además, un cupón canjeable por servicios gratuitos a cambio de que no salga perjudicado el buen nombre del local. Lo malo es que seguro que a más de un espabilado se le ocurría llevar las chinches en un frasco para, aprovechando un descuido en que la maroma estuviera, por ejemplo, lavándose las partes en el bidet, espolvorearse las criadillas con los susodichos parásitos y montar el gran escándalo. Un truco similar al de la mosca en el plato de sopa, si bien no me parece recomendable prodigarlo en exceso, o la peña acabaría dándose cuenta.

Lo que veo más complicado es decidir sobre el tipo de fiscalidad aplicable a cada servicio. En mi humilde opinión, un trabajo manual o el sexo practicado a la manera tradicional (léase “postura del misionero”), no deberían tributar lo mismo que otras modalidades más sofisticadas, como la felación o el coito anal. Lo más lógico sería aplicar el IVA reducido a las primeras y exigir inapelablemente el 21% para las segundas. Y no digamos nada de las parafilias (cosas tales como la lluvia dorada, el sado o la coprofagia), que requerirían un impuestazo de lujo. En este contexto se haría necesario ser sumamente rigurosos con el desglose de los distintos conceptos en la minuta. Tal vez sería planteable conceder a las citadas parafilias el estatus de enfermedades mentales, por lo que sería justo que desgravaran en la declaración de la renta presentando las facturas correspondientes. No me cabe la menor duda de que los señores inspectores, promotores de esta iniciativa, encontrarán este consejo sumamente edificante.

Lo malo es que siempre tiene que haber un pero. Hace escasamente un año, desde las páginas de mi otro blog Jugadas clave, llevaba a cabo un sentido elogio de los estudios del profesor Dukakis, un reputado economista griego que ha logrado establecer una interesante correlación entre el nivel económico y el nivel de rijosidad de los individuos. Si bien es más que cuestionable que haya una relación causa-efecto clara, el profesor Dukakis aporta datos empíricos irrefutables que corroboran que son, en un alto porcentaje, las personas con un mayor nivel económico las que practican el sexo con más asiduidad. Se me ocurre a mí pensar que el tener que rendir cuentas al fisco por los polvos echados actúe como mecanismo disuasor a la hora de entregarse alegremente a la crápula y el libertinaje. O cabe también la posibilidad de que si las tarifas van con IVA incluido, sean las propias meretrices las que se lo piensen dos veces antes de practicar un oficio que, si tiene alguna ventaja, es la de poder amasar una jugosa fortuna en poco tiempo, teniendo en cuenta que la suya es una vida profesional más bien breve, al igual que la de los futbolistas. Sería una pena que desapareciera la profesión más antigua del mundo debido a estas consideraciones pecuniarias, pero hay que comprender que la pela es la pela.

En fin; habrá que conformarse con ponerle coto a la fogosidad y olvidarse poco a poco de ir a buscar fuera lo que la parienta (o el pariente, que también existe la prostitución masculina, ojo) no te ofrece. Si algo bueno tiene el sexo doméstico, es que todavía no se ha hablado en los distinguidos círculos financieros de ponerle ningún gravamen.

Quién nos lo iba a decir, que una medida que aparentemente induce al libertinaje y el lenocinio más desaforados, puede acabar convirtiéndose indirectamente en el mejor mecanismo para salvaguardar las buenas costumbres. Imagino el titular cuando se apruebe la norma: “Ministerio de Hacienda: el mejor antídoto contra la lujuria”.

Creo que voy a desechar mi iniciativa empresarial de la semana pasada y proponer un nuevo proyecto: la bragueta con candado de seguridad, que vendría a ser algo así como un cinturón de castidad para los machos más bravíos.

Para evitar caer en la tentación.

Jardiel Poncela

 

 

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¡Campeones, campeones, oé, oé, oé!

Ese domingo íbamos a disputar una final de la Copa del Mundo, o de la Champions; aquello iba a ser por lo menos como un Manchester-Bayern. En el último entrenamiento antes del partido, el “negro” Arauz no se entretuvo demasiado en cuestiones tácticas: <<Quiero que corráis como perras>> fue cuanto dijo; de líneas de tres atrás, dobles pivotes, carrileros largos, cuatro-cuatro-dos o cuatro-tres-tres, ni media palabra. La sesión concluyó con una arenga de ésas que lo mismo valen para invadir Polonia que para afrontar el partido del domingo: el “negro” nos amenazó con rebanarnos la minga si se nos ocurría salir de juerga el sábado: <<Os quiero a las diez en casita a todos, cabrones; que no me entere yo de que alguno salió el sábado.>>

Así que el sábado, después de cenar, bajé al bar a tomar un cortado con la intención, lo juro, de volver pronto a casa, ver un rato en el televisor el “Un, dos, tres, responda otra vez” y acostarme a una hora prudencial; no por temor a la nada velada amenaza del “negro” sino por cierta ansia de gloria. Imaginaba que de lograr el soñado ascenso, los once pasaríamos a ocupar ya para siempre un lugar en la memoria colectiva del pueblo. Subir de categoría tenía que ser lo más parecido a ganar la Copa de Europa y eso era más que suficiente para sacrificar un fin de semana de farra; ya habría ocasión de salir a celebrar la victoria o de ahogar en vino las penas caso de no lograrla; ese sábado tocaba quedarse en casa.

A medio cortado apareció Joan Matas, titular en la medular, capaz de correr como un condenado los noventa minutos, que lo más seguro es que hubiese nacido con tres o cuatro pulmones el hombre, y vino a sentarse a mi lado en la barra del bar. Se pidió él también un cortado, con leche natural, y tras engullirlo de una vez, me dijo que por qué no nos acercábamos al pueblo de al lado a tomar una cerveza. Estaban en fiestas, habría buen ambiente y por tomarse una cerveza y regresar no tenía que ocurrir nada malo. <<Ya, pero y el “negro”…>>, dije yo. Media hora más tarde estábamos en el pueblo vecino, entablando conversación con un par de buenas mozas oriundas de allí. Cuando vi que Matas regresaba de la barra con cuatro gin-tonics supe que aquello iba a acabar mal. El plan primigenio era tomarse un par de cervezas, una cada uno, disfrutar un rato del ambiente y volver a casa. Que recordara, los combinados no formaban en absoluto parte de dicho plan. Y si las primeras copas no estaban en el programa, cuánto menos las segundas ni las terceras. Al cuarto gin-tonic no quedaba ni rastro del plan inicial. Eran las tres de la madrugada, entre copa y copa nos morreábamos con las dos mozas y entonábamos lo mismo el “Asturias patria querida” que el “¡Campeones, campeones, oé, oé, oé!”. Ganar, lo único que habíamos ganado era una tajada, ésa sí, de campeonato. La melopea que llevábamos encima era de época y todas las veces que tuve que ir a mear, que no fueron pocas, me despedí de mi dominga, a la que imaginaba rebanada de cuajo por el cuchillo blandido por las manos expertas del “negro” Arauz.

No podría decir con exactitud a que hora volví a casa, aunque recuerdo que había amanecido ya. Estábamos convocados a las cuatro de la tarde y a menos veinte mi padre logró la hazaña de sacarme de la cama. Con el tiempo justo para meter la cabeza bajo el grifo de la bañera y recoger las botas y las medias, salí de casa a toda leche y llegué al campo sólo con diez minutos de retraso, una cara que era un poema y una resaca a cuestas de padre y muy señor mío. Cuando por fin hubimos acabado con el ritual de cada fin de semana de vestirse de corto con las botas calzadas y bien atadas nos sentamos en los bancos del vestuario, con el “negro” Arauz en el centro dispuesto a dar la alineación. Matas iba a ocupar su lugar en el once como habitualmente; tras él debía nombrarme a mi, pero no lo hizo. Para sorpresa de todos el míster me relegaba a la suplencia justo el día más importante de la temporada. He de confesar que lo primero que se me pasó por la cabeza fue si iba a ser capaz de la hombrada de no dormirme en el banquillo. Sospechaba que la decisión del “negro” tenía que ver más con la escapada de la noche anterior que con cuestiones meramente futbolísticas, aunque no tenía, aún, pruebas de ello. El partido se fue desarrollando por los cauces previstos: los nervios por conseguir nosotros el ascenso y nuestro rival el jamón -que era lo típico en aquellas categorías, demasiado humildes para tratar con maletines- atenazaban a todos y el juego era más embarullado que de costumbre. Se llegó al descanso con el resultado inicial pero al poco de reanudarse el encuentro el Besalú marcó el cero a uno en una jugada desgraciada: un balón mal despejado por nuestro portero rebotó en la espalda de un defensa y se coló en la portería. Disponíamos de media hora para dar la vuelta al marcador y lograr el ascenso a primera regional. Con cara de pocos amigos el “negro” me mandó a calentar a la banda. Cinco minutos después, antes de dejarme saltar al campo, me agarró del brazo y me dijo al oído: << Eres un pedazo de cabrón y por tu culpa no vamos a subir. Como no metas dos goles te juro por mis muertos que te corto los cojones. Esta me la pagas.>>

El partido acabó tres a uno y logramos subir de categoría. No metí dos goles, aunque sí el del empate, de churro, pues el chut me salió mordido. Con el pitido final vi al míster saltar al terreno de juego y hasta que no se fundió en un abrazo con nosotros no tuve claro si venía a cumplir su amenaza o a felicitarnos por la gesta. La angustia que pasé durante unos minutos debió ser por lo menos tan grande como la decepción del Besalú por quedarse sin jamón. Desde aquel fin de semana si en alguna ocasión el “negro” volvió a aconsejarnos no salir de casa, crean que no bajé ni a tomar el cortado, sólo por no encontrarme con Matas; aunque dudo mucho, la verdad, que tal cosa volviese a suceder jamás.

Phil O’Hara

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Monarquía vs. república

No sé si os habréis enterado de que ha abdicado el Rey Juan Carlos. Tengo pocas dudas al respecto, pues yo tardé aproximadamente una hora en hacerlo, desde que dio la noticia el Presidente del Gobierno, con lo que debí de ser de las últimas personas en saberlo en todo el país. En esto soy como los maridos cornudos. Así que vamos a intentar recuperar el tiempo perdido.

En primer lugar, creo que es prioritario felicitar a toda la progresía del país, que han encontrado un filón inmejorable para salir a la calle, ya que los viejos tópicos de la LOMCE, la ley del aborto y la violencia machista empezaban a sonar un poco rancios. Qué duda cabe de que esto de la abdicación supone una inyección de sangre fresca y para hoy mismo los de Izquierda Unida han convocado una manifestación, que andaban ya con un mono de pancarta que no se tenían. El caso es que uno debe de tener vocación de aguafiestas, o algo peor, y me van a disculpar el que no me una a la fiesta (si no me disculpan, me importa un carajo), pero quisiera llamar la atención sobre un par de cosas. No voy a apelar a la fibra sensible de la gente, recordándoles lo mucho que le tenemos que agradecer a este señor (me estoy refiriendo al Rey Juan Carlos) porque ello sería poco menos que pedirle peras al olmo, tratándose de este país rastrero y miserable hasta más no poder. Tampoco voy a invocar el topicazo del orden constitucional ni otras bobadas por el estilo, pues cabe recordar a este respecto que la reforma del artículo 135 de la Constitución se tramitó en tan sólo 48 horas. Por eso, tranquilos. Ahora bien, me gustaría saber si los que salen hoy a la calle o los que anduvieron quemando banderas españolas (¡en Granada!) el lunes, han tomado en consideración los siguientes aspectos:

1. El Rey es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Tocarle los huevos a la Corona, equivale a tocarle los huevos al ejército, y lo último que necesita este país es otro golpe de estado u otra guerra civil (aunque a lo mejor nos venía bien, para reducir el número de parados). Estos guerrilleros urbanos deberían tener en cuenta que, si es por la fuerza bruta, las de ganar las van a tener siempre ellos, que quedarían además perfectamente legitimados para usarla. Y en una guerra las cosas van mucho más allá de entretenerse quemando banderas o contenedores: allí se mata y se mutila de verdad.

 2. El argumento del caso Urdangarín es hipócrita e inaceptable. Es lo más parecido a lo de dijo la sartén al cazo. Es a la justicia, y sólo a ella, a quien le corresponde depurar responsabilidades en este asunto. Quienes silbaron a la infanta Cristina, o al propio Urdangarín, camino del juzgado, carecen de legitimidad para hacerlo, máxime cuando estos mismos “indignados” (o unos primos suyos) utilizan la doble moral, y en el escándalo de los falsos ERE de Andalucía lanzan sus silbidos e insultos contra la juez que lleva el caso. Produce urticaria sólo el pensarlo. Por otra parte, aun demostrándose la culpabilidad de Urdangarín, no sería de recibo que el estigma cayera sobre todos los miembros de la familia, como en la película Ben-Hur. Nadie es responsable de lo que haga su cuñado. El todavía Príncipe de Asturias ha dado hasta ahora muestras de una trayectoria irreprochable, tanto en lo personal como en lo público. Algo de lo que no pueden alardear el 80% de los posibles candidatos a ostentar el puesto de una presunta presidencia de la república. Si nos ponemos tan escrupulosos en materia de limpieza, debemos empezar por llevar a cabo un concienzudo ejercicio de regeneración de nuestra infame clase política.

3. Da la impresión de que los Cayo Lara, Pablo Iglesias y compañía (siguiendo probablemente el ejemplo de Cuba o Corea del Norte) dan por hecho que, si mañana se instaurara la república, les pertenecería en exclusiva a ellos y, por lo tanto, la presidencia de la misma habría de corresponderles por una especie de mutación del designio divino. A este respecto, es curioso que en una encuesta realizada hace poco por cierto medio de comunicación, al preguntarle a la gente si preferían monarquía o república, la mayoría de los encuestados se decantaban por esta segunda opción. Ahora bien, cuando les preguntaban si seguirían pensando lo mismo en el supuesto de que nombraran presidente de la república, pongamos por caso, a Jose Mª Aznar, la mayoría se echaban para atrás y cambiaban de opinión. A esto le llamo yo coherencia.

Con todo ello no estoy queriendo decir que me oponga a la celebración de un referéndum para que el pueblo se pronuncie libremente sobre el particular. Siempre y cuando se haga desde el respeto más estricto a la pluralidad y sin voluntad de aniquilar al contrario, afán este último que constituye desde siempre el gran vicio nacional. Y sin contaminar el debate con falsos tópicos, que corrompen y distorsionan la realidad. Cayo Lara, por ejemplo, ejerce la demagogia de manera desvergonzada y miserable cuando exige al gobierno que “permita escoger al pueblo entre monarquía o democracia”. Se trata de una perversión infame, puesto que ha sido precisamente la monarquía la que ha dado a este país un período más largo de libertad y prosperidad. Se le ve claramente el plumero a este señor, cuyo lema bien podría ser: “Democracia sí, siempre y cuando se haga lo que yo diga”.

En fin; ya dijo don Benito Pérez Galdós, hace muchos años, que en este país podría implantarse la república, pero nunca el republicanismo. Fue algo que supo ver muy bien el novelista canario, a pesar de su ceguera, tras sus disensiones con Pablo Iglesias (el de la boina, no el de la coleta), que habrían de apartarle definitivamente de la política, al no querer someterse a ningún dogmatismo ideológico. El siguiente pasaje de los Episodios nacionales, escrito prácticamente al final de su vida, resulta terriblemente esclarecedor:

“Los dos partidos que se han concordado para turnar pacíficamente en el poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar del presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte”.

Don Benito, cómo odiamos el que los genios como usted siempre tengan razón.

Jardiel Poncela

 

 

 

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…y una caja de condones.

¡Cuánto daño ha hecho Hollywood a quienes sin llegar a pusilánimes no pasamos de apocados! Sí, a ésos a quienes la gabardina no nos sienta nada bien y que somos incapaces de sostener el pitillo con la gracia de James Cagney o el porte de Gable. Había conocido a Paquita y empezamos a salir al cabo de poco. A los pocos días del noviazgo, un viernes por la tarde, armado de valor y un par de billetes de los grandes, decidí acercarme a la farmacia a por una caja de condones. Apostado en la esquina, a escasos metros del establecimiento, esperé el momento más oportuno para cuando ya pareciera no quedar ningún cliente dentro entrar yo. La dependienta, una mujer de mediana edad, creo que se dio cuenta de lo transcendental del momento, porque esbozó una sonrisa ni demasiado marcada ni tampoco escueta, como tratando de hacer fácil lo imposible, y tras darme las buenas tardes dijo de manera muy amable: “Pues bien, tú dirás”. Me pareció que soltarle a bocajarro, como quien remata a gol con la puntera de la bota, que lo que quería era una caja de condones, no eran maneras. A pesar de que desde chaval sentía profunda admiración por el fútbol recio y directo que se practicaba en las Islas Británicas, siempre me fascinó más que cualquier otro aquel tan minucioso y afinado, de salón casi, de los brasileños. Las maneras, a mí, lo mismo que a Jairzinho, a Tostao o a O Rei, me importaban y mucho. Claro que también barrunté atacar la cuestión como hubiese hecho Humphrey Bogart, y largarle con soltura: “Una caja de condones, muñeca”, arqueando una ceja, con el pitillo pendiendo de la comisura de los labios y enfundado en una gabardina, ésa que jamás me sentó bien, aunque en esa ocasión fuese tan sólo porque en pleno agosto y a treinta y tantos grados todo desaconsejaba la prenda. Pero sin arrojos suficientes, opté por interpretar un papel más a mi medida, así que empecé por encargar una caja de aspirinas, de las efervescentes, ibuprofeno, pastillas con licodaína para chupar Strepsils, un botecito de mercromina, agua oxigenada y hasta un cepillo de dientes de repuesto. Cuando por fin di por terminada la lista de cosas que podían hacerme falta estuve por empezar con la de los reyes Godos, que me sabía a pies juntillas, pero eso solamente iba a retardar lo inevitable, por lo que sólo al final musité con un hilo de voz que una caja de preservativos. “Los condones en caja de cuántos”, soltó a quemarropa la dependienta emulando al mismísimo Clint Eastwood, sin darme tiempo más que para recibir el balazo. ¡Cómo iba a saberlo! ¿Acaso tenía pinta de ganarme la vida  manufacturando condones en la industria del profiláctico de látex? ¿Cómo demonios iba a imaginar que existían distintas presentaciones del producto? Suponía que no los venderían a granel, aunque ni de eso estaba seguro; mucho más allá no tenía ni la más remota idea de cómo empaquetarían los dichosos condones. Hasta estuve tentado de pedirle solamente un par de ellos. Recuerdo cómo mi padre nos había contado en más de una ocasión que de mozo así compraba él los cigarrillos a la estanquera: de dos en dos; sueltos; pero de nuevo, ya se sabe, una vez más las fechas, el tiempo, siempre limitándolo todo. Hoy a mi padre, de seguir fumando, no le hubiera quedado más remedio que hacerse con el paquete entero. Inconvenientes de la globalización. De haberme creído capaz de dibujar una sonrisa como la de George Clooney hubiese podido salir al paso con una frase mordaz del estilo de “póngame dos docenas”; pero la verdad es que sin su planta hubiese parecido un auténtico cretino. De nuevo me incliné por seguir siendo prudente y pregunté a mi vez por las distintas opciones. “Tres, seis o doce.” Tres me parecieron ya muchos y doce directamente ciencia ficción. Aunque inexperto en las lides del uso y disfrute del condón, ya había leído a Aristóteles, por lo que no me resultó difícil decidirme por el término medio, donde esperaba hallar como el Estagirita la virtud, y pedí la de seis. “Natural, ultra sensitivo, retardante, extra seguro, confort o sensación intensa.” ¡No podía ser cierto, me estaba tomando el pelo! Ya no sabía si aquello era un chiste o una pesadilla. Sólo quería comprar un condón, estaba a punto de llevarme media farmacia y para colmo lo único que anhelaba no había manera de poder conseguirlo. Empezaba a sospechar que la farmacéutica pertenecía a alguna facción activista del Opus Dei o que hacía falta un máster en condonología para lograr hacerse con una cajita de preservativos; el caso es que la dependienta consiguió la nada fácil proeza de acabar con mi paciencia. “Mire, váyanse usted, los condones y hasta Paquita a la mierda”, le dije, y me largué de allí dando un portazo. Ese fin de semana lo pasé entero en la biblioteca aprendiendo cuanto hay que saber del fabuloso mundo del condón y su circunstancia. Ni Aristóteles ni Ortega y Gasset pudieron ayudarme gran cosa, pero no fue difícil dar con suficientes publicaciones a propósito del asunto como para acabar convirtiéndome en poco menos que un experto. Al cabo de un par de días pude volver a la farmacia y hacerme con una caja de la nueva presentación de veinticuatro condones máximo placer de la marca Durex, ahorrándome la lista de cosas que maldita falta me hacían y tener que recitar la de los reyes Godos. Sobrarían algunos, bastantes en realidad, prácticamente todos, vaya, pero creo que ésa fue la única vez que de verdad me sentí casi como Cary Grant cuando en Historias de Filadelfia, encarnando al ex marido de Tracy Lord, a quien daba vida una magnífica Katharine Hepburn, lograba en cada escena sacarle de sus casillas sin perder jamás un ápice de ese temple que nadie mejor que él supo llevar a la gran pantalla. Pues así servidor en mi segunda visita a la farmacia. Exactamente así.

Phil O’Hara

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