Archivos Mensuales: julio 2014

El agente Smith y el fenómeno de la clonación

Hace poco estuve viendo Matrix, por tercera o cuarta vez. Es una peli que a mí me mola mucho, pues la encuentro enormemente realista. Habrá quien piense que me he vuelto loco, pero debo confesar que me fascinan los numerosos paralelismos con la realidad social en que nos hallamos inmersos, hasta los detalles más nimios: la necia autocomplacencia de quienes dócilmente se aprestan a participar del inmenso fraude, sin atisbar en ningún momento su condición de esclavos o, peor aún, de meros generadores de energía cuya única finalidad es la de servir de alimento al monstruo; la incomprensión por parte de sus congéneres que debe afrontar el que se cuestiona el sistema (personaje encarnado por Keanu Reeves); los traidores de medio pelo como Cifra, dispuesto a vender su primogenitura por algo más que un plato de lentejas y, por último, los implacables guardianes cancerberos del tinglado, dirigidos por el ubicuo agente Smith.

Para quienes no hayan visto la película, el agente Smith es una especie de antivirus, cuya finalidad es neutralizar a los saboteadores infiltrados procedentes del mundo exterior, que consiguen introducirse en la realidad virtual de Matrix con el propósito de destruirla y así liberar a los seres humanos de su ignorada esclavitud. El agente Smith posee la capacidad de suplantar a cualquier software (es decir, puede ocupar el espacio virtual reservado a cualquiera de las mentes integradas en el monstruo informático, adoptando su forma) y desde allí destruir a los intrusos. Esta idea me trae a la mente a los innumerables sucedáneos del implacable cancerbero que transitan por la vida real, en los que yo a menudo no puedo por menos que ver la imagen metamorfoseada del agente Smith, con sus mil posibles caras. En esta reflexión no me propongo despotricar contra los que detentan el Poder, porque tanto montan (puede que incluso monten más) los millares de lameculos y mierdecillas de tres al cuarto que velan por la seguridad del sistema, desde cualquiera de sus múltiples atalayas. Están por todas partes estos clones, aunque no se los perciba a simple vista, y solo les faltan las gafas de espejo y que les doble la voz de Constantino Romero para que el parecido con el agente Smith sea perfecto: desde el mero funcionario de a pie que se regodea al comunicarte que te falta tal o cuál papel para tramitar la prestación por desempleo, hasta los catedráticos y decanos de facultad, que se permiten decidir quién vale y quién no, quién pertenece a la élite académica o cultural y quién es indigno de frecuentarla, en función de que se les haya adulado lo bastante o de que el aspirante en cuestión tenga unos padrinos adecuadamente solventes. Hace poco se me recriminó en mi lugar de trabajo por haber utilizado el servicio de correo interno para divulgar una información acerca de una charla-debate sobre un tema que, al parecer, no cuenta con la aquiescencia oficial. Cuando yo le pregunté al agente Smith de turno en qué ley se prohíbe expresamente dicho uso del correo electrónico, no supo que responderme. Es evidente que en ninguna, pero también es evidente que hay una ley no escrita, invisible e intangible, por la que se gobierna cada uno de nuestros actos, y que todos debemos acatar incondicionalmente, si no queremos que caiga sobre nosotros el estigma de la maldición del Poder. Lo de menos es que haya una ley de rango superior (e.g., la Constitución española, donde viene recogido, entre otros, el derecho a la libertad de expresión) que contravenga el dictado arbitrario y dogmático del mierdecilla en cuestión, siempre al servicio del poder invisible de Matrix. Como dijera Ionesco: “Preguntas sin respuesta, ¿quién las puede contestar?”

El lector sagaz que haya visto, además, la película, se estará preguntando por otro importante paralelismo: ¿Quién hace en el mundo real de Neo? Para los profanos, Neo es el protagonista de la película, al que todos consideran “el Elegido”, una especie de Mesías llamado a dinamitar la tiranía de Matrix. Puede que nosotros, con nuestro borreguismo insensible y aquiescente, no merezcamos que venga a sacarnos las castañas del fuego un liberador de estas características. No sé si no será mucho pedirle a Pablo Iglesias y a los chicos de Podemos. O tal vez lo sea Daniel Yun, ese llanero solitario del mundo de las finanzas, que es al parecer quien se oculta tras el testaferro de Gotham City, misteriosa entidad que ha puesto al descubierto el descomunal fraude urdido por el ciudadano Jenaro García, que era como Robin Hood pero en espabilado, robando a los ricos para quedárselo él. Pariente cercano, seguramente, de Luis Bárcenas, quien en un momento dado se cansó de hacer de cartero del PP y decidió quedarse con algo del contenido de los sobres que él repartía. Coño, a ver qué va a haber de malo en robar a ladrones, se dirían estos prójimos. Trincar o no trincar, he ahí el dilema. Hasta que aparece Batman y acaban trincándole a uno. Todo esto mientras la CNMV y el MAB se metían las manos en los bolsillos, miraban distraídamente para el techo y se entretenían silbando inocentes tonadillas.

Olvidábaseme decir que, en las secuelas de Matrix, el agente Smith, cansado de hacer de barrendero para otros, decide en un momento dado suplantar al Poder y convertirse él mismo en el amo del cotarro virtual. Por mucho que digan de la prostitución, no me cabe la menor duda de que el choriceo es el oficio más antiguo del mundo, y de que la zorra acaba por no conformarse con las gallinas y queriendo hacerse con todo el corral, y hasta con la granja completa. Ya sean vicio o profesión, las dos vocaciones mencionadas tienen un punto de convergencia bien claro, que podría resumirse en la siguiente disyuntiva: joder al prójimo o ser jodidos por éste.

Queda, pues, inaugurado este burdel.

Jardiel Poncela

 

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El ser del portero

Nadie que no haya vivido bajo palos puede hacerse una idea exacta de lo que es ser portero. Son gente rara los porteros. Su estirpe se remonta a la noche de los tiempos. Allá en la lejana Elea, en el siglo VI antes de Cristo, incluso antes de inventarse el juego, debieron surgir los primeros cancerberos, guardianes de las porterías. Por aquel entonces, como Parménides, te hacías portero porque te atraía el Uno; o como Pitágoras, para poder reflexionar ajeno a todo lo demás, incluso al partido, sobre ángulos y trayectorias imposibles que acababan irremediablemente por alojar el esférico en las mallas. Por eso ninguno de los milesios, ni Tales ni Anaximandro, ni el mismísimo Heráclito, más amantes del flujo universal, quisieron jugar jamás de portero. Aborrecían el Uno, su inmutabilidad, su soledad. Las grandes tragedias griegas y también los primeros poemas épicos contaban la vida de esos guardametas arcaicos, vetustos ascendientes de los Ricardo Zamora, Amadeo Carrizo o Arkonada de ayer.

El portero, como el anacoreta, ama la vida solitaria; indiferente a las vicisitudes de los otros diez compañeros suyos, cuyo ser transcurre por toda la cancha, hasta viste distinto; casi se diría que mantiene vínculos más estrechos con los habitantes del banquillo que con quienes corretean ante él por el rectángulo de juego. Él vive entre los tres palos. La portería es cuanto precisa para ser feliz y para ser desgraciado. Si pudiera la amueblaría; con sobriedad, eso sí, pero con gusto. No faltaría una buena hamaca para poder disfrutar del encuentro o para releer a Borges. Incluso colgaría, por qué no, un par de cuadros. No le hace falta ni el balón; en cuanto lo atrapa se deshace de él, regalándolo a algún compañero o mandándolo lejos de sus dominios. La mera idea de tener que recogerlo del fondo de su morada le apesadumbra más que nada; inclusive más que la soledad, porque su retiro al menos es voluntario; pero recibir un gol, él que ha leído a Heidegger y sabe qué es la angustia, ese mal originario en que se inscribe toda ontología, el verdadero ser del portero, recibir un gol es un pasaporte al fracaso, un salvoconducto a la nada.

El arquero, ser reflexivo y taciturno, un eremita casi, es también valiente, osado y temerario. Así puede hacer frente, sin arredrarse, a las acometidas de esos killers del área y a esa voracidad insaciable suya por profanar su portería, ese templo sagrado. Y como su primo el portero de balonmano, el guardameta porta en sus genes un ápice de locura y muchos arrestos. Se diría emparentado a los viejos samuráis y a los aizcolaris. De ahí esa otra estirpe de grandes cancerberos, la vasca; gente ruda, incapaz de defender si no es a base de hostias un buen razonamiento, un argumento sólido; con la misma profundidad que un filósofo alemán pero con algo más de contundencia. La razón impuesta a leches, vaya. Si eres vasco eres buen portero; como Iribar, Carmelo, Yarza o Agustín Eizaguirre. Grandes arqueros griegos, vascos y también rusos, como Dasaev o Yashin, la araña negra, que lo mismo estudiaba a sus rivales que leía a Dostoyevski apoyado en un palo y que era prácticamente imbatible; siempre de riguroso negro, austero como una monja de clausura, que paraba cada balón sin aspavientos acabando por desquiciar hasta al más avispado de los delanteros rivales.

La vida transcurre a un ritmo distinto si eres portero. A diferencia del resto de mortales la ves pasar ante ti como a cámara lenta, sin prisas; te suele pillar con la sonrisa pintada en los labios, porque como Moisés, tú también sabes que algún día verás a dios cara a cara y que será una tarde con el estadio lleno hasta la bandera, quién sabe si disputando una final de la Copa de Europa. Ese día el diez plantará con mimo el balón en el fatídico punto de penalti. Tomará carrerilla para ejecutar la pena máxima y lo chutará hacia la escuadra, donde nada ni nadie es capaz de alcanzarlo; nada ni nadie excepto tú, que volarás hacia el cuero y con la punta de la manopla lograrás desviarlo de su trayectoria impidiendo milagrosamente el gol. Todos se abalanzarán sobre ti para felicitarte. El estadio en pie coreará tu nombre. Dios cara a cara; la gloria del portero. Después, al apagarse los focos, la nostalgia de nuevo volverá a inundar tu vida. Así es el ser de los porteros; o el de casi todos, al menos. También los hay como Buyo o como Higuita que nacieron para rebelarse contra su destino; porteros incapaces de abrazar una regla, de seguir ningún canon; que transitan por la vida como si el temor por encajar gol no fuese con ellos; irreverentes e iconoclastas juegan al fútbol lo mismo que podrían realizar acrobacias para el Cirque du Soleil. Pero esos porteros no dejan de ser una rara avis, una especie en extinción. Si eres portero sabes que te va a tocar llevar la cruz a cuestas y que ningún Cirineo te ayudará a cargar con ella. Estás solo ante el peligro, como Cooper. Ahí enfrente están los Messi, los Robben, los Neymar y los Müller dispuestos a todo. Estáis tú y tu soledad. Además, cuanto más solo, huérfano de centrales, de laterales carrileros y de mediocentros, también como Cooper, más grande, más legendaria se vuelve la figura del portero, héroe de este maravilloso género llamado western o fútbol o existencia o véte tú a saber cómo.

Phil O’Hara

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La necesidad y la virtud

Recuerdo que hace años, en una velada poética con Juan Carlos Mestre, alguien de entre el público le preguntó: ¿Se puede vivir de la poesía? A lo cual respondió categóricamente el poeta berciano: “No es posible la vida sin poesía”. Existe una contradicción aparente entre esta afirmación y lo dicho en cierta ocasión por el escritor irlandés Oscar Wilde: “Todo arte es perfectamente inútil”. Una frase que puede resultar chocante en el sentido anglosajón del término, viniendo de alguien que precisamente cultivara el arte con tan aquilatada sensibilidad. Pero la contradicción es tan sólo aparente. Yo diría que es importante saber distinguir entre lo útil y lo necesario. El amor, por ejemplo, es algo totalmente inútil, pero a todas luces necesario, quizá muy a nuestro pesar. Lo mismo se puede decir de la poesía, o del arte en un sentido amplio. Incluso me atrevería a decir que todo el progreso de la humanidad se basa en el descubrimiento de cosas que en un principio parecían inútiles, pero que son las que paradójicamente nos han ido humanizando. Un tatarabuelo nuestro (o varios a la vez) tuvo la ocurrencia de pintarrajear las paredes de la cueva donde vivía, llenándolas de representaciones de escenas de caza. Ello no suponía ningún valor añadido a la utilidad del habitáculo, en sentido estricto. Aquellas pinturas no contribuían a aumentar la temperatura de la cueva, ni servían para iluminarla o defenderla de los enemigos, a diferencia de lo que supusiera, por ejemplo, el descubrimiento del fuego (he aquí el embrión de la distinción entre arte y ciencia). Sin embargo, no se puede negar la transcendencia del hecho, que representó un salto cualitativo en la historia de la humanidad. Con el nacimiento del arte, los seres humanos nos convertimos en las primeras criaturas capaces no sólo de disfrutar de la belleza, sino también de crearla. Parece ser que el nacimiento de la música tuvo lugar en una época no muy diferente. Una vez me encargaron traducir un texto sobre cierto hallazgo arqueológico que bien pudiera corresponder al instrumento musical más antiguo que se conoce: un hueso vaciado por dentro y al cual le habían practicado unos orificios. El texto venía acompañado de una serie de fotografías de esta primera rudimentaria flauta, a la vista de las cuales uno no podía evitar estremecerse. Resulta imposible determinar con precisión en qué momento vio la luz la poesía, ya que en un principio ésta se transmitía de forma oral y la invención de la escritura no se produciría hasta mucho más tarde, pero yo estoy convencido de que tuvo que ser también por aquel entonces.

Tal vez no sea fácil determinar la naturaleza del impulso que mueve al hombre a crear belleza. O tal vez sea escandalosamente sencillo, mucho más de lo que lo son todos esos ampulosos argumentos filosóficos acerca de la búsqueda de la transcendencia y demás. En esencia, yo creo que lo que actualmente nos incita a leer o escribir un poema, a ir a un concierto o a disfrutar de una obra de arte, no es algo muy distinto de lo que indujo al primer artista rupestre a embadurnar las paredes de su habitáculo con escenas de caza: el deseo por transformar aquella fría y lóbrega cueva en su hogar. Podría decirse que toda manifestación artística obedece a la necesidad de hacer en alguna medida más habitable un mundo que, salvo por estos esporádicos islotes de belleza, se nos muestra en todo momento despiadado y hostil. Algo así como encontrar un oasis en el medio del desierto. Si la ciencia y la tecnología nos proporcionan las herramientas para facilitarnos la existencia en el ámbito de las condiciones materiales (otra cosa es el mal uso que se haga de ellas), el arte y la literatura realizan la misma función en el plano afectivo y espiritual. No se debe confundir esto con la creación artificial de falsas necesidades, propiciada por el consumismo gregario y voraz. El arte o el progreso científico bien entendido, más bien, nos revelan un conjunto de realidades que estaban allí, aunque no fuéramos conscientes de ello, y que eran absolutamente necesarias para nuestro crecimiento como personas, aunque no lo supiéramos.

Me gustaría ilustrar todas estas disquisiciones con un ejemplo concreto. El sábado pasado asistí, en el monasterio mozárabe de San Miguel de Escalada, a lo que cabría considerar como una tormenta perfecta de todas las artes. El dúo “Doncel del agua” interpretó unas cuantas piezas de música antigua, a lo que siguió un recital poético a cargo de cuatro de las más destacadas voces del panorama literario leonés, unas más antiguas y otras más nuevas. Puede que la efeméride tuviera un eco más bien modesto en los medios de comunicación (sin duda más pendientes del Master Chef o de Operación Triunfo), pero tampoco hizo mucha falta. Las bóvedas y arquivoltas de esta joya incomparable del arte mozárabe hicieron de amplificador de aquellos sonidos del presente y del pasado, consiguiendo el milagro de lograr atrapar la eternidad en un instante. Luego regresaríamos todos al mundo real con sus prisas y apremios, difuminando los contornos de aquella fotografía perfecta, al igual que hace la luz al incidir sobre un carrete sin rebobinar. Pero ya nada podía evitar el que todos los que habíamos estado allí nos hubiéramos sentido durante las dos horas anteriores, como Hamlet, “reyes del universo en una cáscara de nuez”. El ser y el sentirse humanos consiste, precisamente, en nuestra capacidad innata para atesorar momentos como éste, en un mundo atolondrado y versátil. Como dijo el poeta Salvador Negro (gran poeta y mejor amigo): “La poesía nos salva de estar vivos”.

 

Jardiel Poncela

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