Archivos Mensuales: agosto 2014

Peter Pan en el país de Nunca Hamás

Me ha dicho un pajarito que el próximo día 12 de Septiembre Izquierda Unida piensa convocar una manifestación a favor del pueblo palestino. Naturalmente que no soy quién para prohibirlo y aunque lo fuera no lo haría, solo faltaba, en un país donde está reconocido el derecho a la libertad de expresión. Lo malo es que, con demasiada frecuencia, cierto sector de la izquierda de este país se olvida de que tal derecho no puede ser en modo alguno unilateral, y que ellos deben ser igualmente respetuosos con quienes no compartan sus dogmas y adopten una actitud crítica frente a algunos de sus postulados. De lo contrario, estarán incurriendo en el mismo pecado de intolerancia del que ellos mismos fueron víctimas durante el régimen anterior. No se puede meter en el mismo saco a todo el mundo, pero a veces da la impresión de que el revanchismo con tintes estalinistas prevalece en las filas de cierta izquierda no solo por encima de todo auténtico sentimiento de justicia, sino hasta del propio sentido común.

Sirva esto de preámbulo para aclarar de antemano, frente a tanto paletismo fanático, que a mí me preocupa la situación del pueblo palestino tanto como al que más. Pero que no pienso ni acercarme por la susodicha manifestación, pues mucho me temo que lo que inicialmente está previsto como un acto de rechazo a la brutalidad de la guerra en su conjunto (cosa con la que estaría completamente de acuerdo), acabe convirtiéndose en un ritual de adhesión a las tesis fundamentalistas de Hamás. Y, como diría John Lennon en su canción Revolution, para eso conmigo que no cuenten. La violencia asesina de esta organización (marca palestina del Estado Islámico, que tan siniestras atrocidades ha venido perpetrando a lo largo de los últimos meses tanto en Siria como en el norte de Irak) admitiría parangón con el holocausto nazi o con el Gulag soviético. Ellos fueron los que empezaron este sarao, asesinando a tres jóvenes completamente inocentes (diecinueve años tenía el mayor de ellos), y recientemente han sido los causantes de la muerte de un niño de cuatro años, sin que se oiga la más leve palabra de condena por parte de los convocantes de la manifestación del día 12. La permanente política de hostigamiento de Hamás hacia Israel, con lanzamientos ininterrumpidos de cohetes desde la franja de Gaza sin garantizar la seguridad de la propia población palestina, es un acto de fanatismo ciego y criminal, propio de mentes retorcidas como la de Hitler, quien no vaciló en sacrificar a millones de sus compatriotas para ver realizado el sueño imposible de un III Reich que durara mil años (por cierto, ¿sabía alguien que los países árabes apoyaron a los nazis durante la 2ª Guerra Mundial?). Por no hablar de las ejecuciones sumarias de gente de su propio pueblo, acusados de un cargo tan impreciso como el de “colaborar con Israel” (y culpables en realidad, como imagino, de mostrarse críticos con la violencia insensata de Hamás).

Dicen que va a haber una mesa redonda en la Plaza de San Marcelo el día de la manifestación para debatir el tema. Me da la risa. Para que haya debate, el primer requisito que debe darse es que haya confrontación de diversas posturas ideológicas, y desde hace tiempo la izquierda en este país ha renunciado a todo atisbo medianamente racional de establecer un debate sosegado y serio, en el que sean los argumentos y no las consignas los que lleven la voz cantante. En este y en otros temas, como pueden ser el aborto o la custodia compartida. Rápidamente recurrirán a la agresividad verbal para disimular su falta de un discurso coherente, en lo tocante a un sinfín de cuestiones. A cualquier amago de crítica responderán colgándote el sambenito de “fascista”, para espetarte a continuación su reproche estrella: “Cómo se nota que eres del PP” (haber votado o no al PP es lo que constituye para ellos la línea divisoria entre el bien y el mal, siendo ellos los que se arrogan gratuitamente el derecho de situarte a uno u otro lado de la raya; os aseguro que sé de lo que hablo). De poco servirán tus protestas, alegando que pueden leer, si lo desean, cualquiera de los muchos artículos en los que demuestras el mucho “cariño” que sientes por Rajoy o por Montoro. Doy las gracias a Dios (lo cual es en sí el mayor de los pecados; por supuesto, hay que hacer profesión inequívoca de ateísmo si aspiras a tenerles contentos, y proclamar a los cuatro vientos que todos los curas son un hatajo de pederastas) de que no tengan a mano un fusil Kalashnikov, pues muchas veces pienso que ciertas personas no dudarían en apretar el gatillo si tuvieran ocasión de ello, como hacen los sicarios de Hamás con los disidentes palestinos.

Dice Schopenhauer en uno de sus Aforismos sobre el arte del buen vivir que es una pérdida de tiempo intentar aconsejar a los necios, pero ya que estoy de vacaciones y lo que me sobra es tiempo, allá va mi consejo para quien esté dudando acerca de si ir o no ir a la manifestación: las cosas serias hay que tomárselas en serio y, quien opine como Oscar Wilde o yo mismo que la vida es algo demasiado importante como para tomarse en serio, mejor que se quede en casa viendo Sopa de ganso, de los Hermanos Marx, donde al menos no se verá en el engorroso trámite de tener que contener la risa.

Me encanta esa escena en la que Chico Marx, espía contratado por Louis Calhern para espiar a Groucho, le da a su jefe el informe detallado de su gestión: “El primer día logró engañarnos, él fue a ver el partido y nosotros no; el segundo día, le engañamos nosotros a él, nosotros fuimos y él no; el tercer día nos engañamos todos y no fuimos ninguno…

El cuarto día llovió y nos quedamos oyendo el partido por la radio”.

Jardiel Poncela

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Pólvora de rey

Hoy comienza en el diario El Mundo la publicación de una serie de artículos que llevan como título genérico “La España del despilfarro”. Bajo dicho rótulo se van a agrupar un conjunto de reportajes de denuncia sobre diversas inversiones millonarias en proyectos de obra pública (auspiciadas por gobiernos de uno y otro color político) que han sido infrautilizadas o ni siquiera se han llegado a utilizar en absoluto. Yo, que nunca he sido  aficionado a los culebrones, a fe mía que éste no me lo pierdo por nada. Y es que debo confesar que siento una atracción morbosa por el estudio de los testimonios de la estupidez humana (en los que nuestro solar patrio es especialmente pródigo), dentro de los cuales ocupan un lugar destacado estos monumentos a la insensatez, que hacen que la torre de Babel parezca, en comparación, una inocente travesura infantil. Comienza la serie con una flamante pista de esquí construida en la localidad vallisoletana de Villavieja del Cerro (un completo secarral, al igual que el resto de la provincia de Valladolid), que lleva la friolera de ocho años sin utilizarse (o sea, desde la fecha misma de su construcción). Echo de menos un avance sobre el resto de obras faraónicas que van a jalonar este periplo por la geografía del disparate, pues me gustaría saber si van a incluir las obras de ampliación del aeropuerto de León. Más les vale, porque si no al día siguiente veremos a los de la UPL enarbolando pancartas frente a la redacción de El Mundo, quejándose de trato discriminatorio con Pucela. El caso es ser los primeros en algo, aunque sea en hacer el ridículo.

En lo que sí soy escéptico es en cuanto a la declaración de intenciones formulada en el editorial del periódico, por muy loables que sean éstas. Allí se dice textualmente: “El viaje que proponemos por la España del despilfarro debería servir para no volver a caer más en los mismos errores”. ¿Acaso los seres humanos mostramos la más mínima predisposición a aprender de nuestros errores? Sirva como muestra un botón. Hace poco denunciábamos en un editorial de la revista “Palavras contra el balium” el enorme dislate de la llegada del AVE hasta León, que amén de las consecuencias nefastas para el medio ambiente, supone una fuente de endeudamiento y corrupción inasumibles en un país que por entonces superaba los cinco millones de parados (y que los volverá a superar en breve, apenas toque a su fin la temporada turística, por muy esmerada que sea la labor cosmética del gobierno a la hora de maquillar las cifras). De hecho, las obras de los túneles de Pajares, aparte de desecar los acuíferos de la zona, ha supuesto para las arcas públicas un desembolso de más de tres mil millones de euros; esto es, el triple de lo presupuestado inicialmente. Pocos días antes tuvo lugar una concentración en León, en la que patronal y sindicatos, junto a representantes de todas las siglas del arco político, clamaban por la tramitación de este proyecto, que contaba al principio con un presupuesto de once millones de euros y que ya va, de momento, por los diecinueve. Pues bien; a los que manifestamos nuestra oposición al proyecto y denunciamos el gregarismo borreguil inherente a aquella manifestación, nos llamaron de todo menos bonitos. A los pocos días salió a la luz pública el escándalo de las comisiones ilegales del AVE en el tramo Madrid-Barcelona, asunto feo donde los haya y donde, al parecer, anda metida hasta el cuello la ex ministra de Fomento del gobierno socialista, Magdalena Álvarez (realmente encomiable el currículum de esta señora, quien por lo visto también tuvo mano en el tema de los EREs durante su época de consejera de economía en la Junta de Andalucía; debe de ser por eso que la nombraron vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones). Todavía estamos algunos esperando palabras de rectificación por parte de los que en aquella ocasión nos dedicaron toda clase de piropos, aunque, eso sí, los ataques hayan cesado como por arte de magia. Pero eso es lo de menos. No quisiera desviarme del tema ni dejar sin plantear la pregunta que tengo en mente desde que empecé a teclear estas líneas: ¿Es siquiera medianamente razonable que el país de la UE con más aeropuertos, más kilómetros de autovía y más kilómetros de AVE, sea también el que tenga mayor número de parados sin percibir ninguna prestación?

La respuesta se la dejo a Einstein: “Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”.

Queda todo dicho.

Jardiel Poncela

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Good Morning, Vietnam

Hace pocos días murió el actor Robin Williams. Al oír la noticia en el telediario, experimenté un sentimiento de orfandad semejante al que produce la pérdida de un amigo entrañable de toda la vida. Porque en cierto modo así era. O al menos puedo decir que lo conocía desde hace media vida.  Circulaba el otoño del año 88 y yo por aquel entonces residía en Edimburgo, ciudad que habría de dejar un recuerdo imborrable en mi memoria a pesar de su desagradable climatología, caracterizada por un ventarrón constante y una lluvia pertinaz. A todo ello hay que añadir la circunstancia de que, al estar situada tan al norte, los días son sumamente cortos en dicha época del año, de tal manera que a las 5 de la tarde ya es noche cerrada. El cine solía ser el mejor fármaco para la depresión, y resultó que aquella tarde me dejé caer por el Filmhouse de Lothian Road para ver Good Morning, Vietnam, una personalísima visión de la terrible guerra protagonizada por un actor más bien achaparrado y feúcho que era, además, un absoluto desconocido para mí. El tal Robin Williams interpretaba a un locutor de radio del ejército norteamericano que tenía que hacer frente a la difícil doble tarea de inculcar ánimo a las tropas y lidiar con la incomprensión de sus superiores. Me sentí literalmente arrollado cuando aquel individuo que, desde luego, no resistía la comparación con Brad Pitt (sobre todo porque, de aquellas, a Brad Pitt no lo conocía nadie) comenzó a disparar la inagotable munición de su verborrea a través del micrófono de la emisora. No voy a presumir insinuando que fuera capaz de entender al cien por cien el torrente de palabras salido de la boca de aquel fenómeno (y eso que mi nivel de inglés, al estar metido en harina, era mucho mejor que el de ahora), pero no obstante quedé automáticamente prendado de su fuerza interpretativa, pródiga en matices que iban desde la más genuina comicidad (sin caer nunca en el histrionismo facilón de los Jim Carrey y compañía) hasta el más puro dramatismo, sin que el espectador percibiera el más mínimo desfase. En otras palabras, supe que tenía delante de mí al que estaba destinado a convertirse en uno de los grandes de la historia del cine. Y, efectivamente, así fue. Nunca me he sentido decepcionado yendo a ver una película de Robin Williams. Aunque reconozco que la presencia del genio actuara en todo momento como un poderoso antídoto frente a los desdoros de un guión poco creíble o de una dirección medrosa.

Como en tantas otras ocasiones, el destino nos ha abofeteado con una de sus macabras paradojas: a saber, la de que un actor especializado en papeles cómicos (aunque también estuviera magnífico en otros registros; ahí están testimonios tan sólidos como El club de los poetas muertos o Insomnio, cinta esta última en la que consigue de modo asombroso rizar el rizo al resultar creíble en un papel de malo), padeciera, sin embargo, fuertes depresiones que le condujeran eventualmente al suicidio. En este contexto, suena estremecedor el comentario que hiciera ante la prensa pocos meses antes de su muerte: “No hay nada peor que el sentirte solo estando acompañado”. Cabe preguntarse cuál de los dos Robin Williams sería el auténtico: si el que nos hizo reír en Mrs. Doubtfire o el pobre diablo, adicto a las drogas y al alcohol, que decidiera ponerle fin a su vida en su casa de California. Supongo que hay argumentos más que razonables para decantarse por cualquiera de las dos opciones. O que las dos sean verdaderas, pese a su aparente incompatibilidad. Tal vez a aquel talento que era pura vitalidad se le acabó quedando pequeña esta sociedad ramplona y vulgar, sin apenas resquicios para la imaginación o el humor. Personalmente, prefiero quedarme una vez más con el protagonista de Good Morning, Vietnam, que en un alarde de osada sinceridad le replica impertérrito a su jefe (un gilipollas redomado): “Señor, deberían chupársela bien chupada, a ver si le quitan la mala leche”. Ver una película de Robin Williams supone hacer válida, aunque no sea más que por un par de horas, aquella máxima de Oscar Wilde: “La vida es algo demasiado importante como para tomarse en serio”. Lástima que el propio Robin Williams no fuera capaz de hacer suya dicha sentencia hasta el final. En cualquier caso, en nuestra memoria pervivirá aquel rostro de la mirada siempre alegre, que nos demostró en Hook que nunca es demasiado tarde para hacer volar nuestros sueños, o que nos hizo discípulos suyos en El club de los poetas muertos y nos enseñó que todos llevamos un poeta dentro y que únicamente de nosotros depende el darle vida o hacerlo callar para siempre.

Nunca te olvidaremos, Robin.

Jardiel Poncela

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Tomates verdes fritos

Dentro de los distintos productos hortícolas, siempre me ha llamado la atención el tomate por su épica y versatilidad semántica. Hace tiempo que Arturo Pérez-Reverte cosechó un gran éxito con un memorable artículo (que luego resultó ser un plagio) acerca de la multiplicidad connotativa de la palabra “cojones”. Aquí me propongo llevar a cabo algo semejante con la susodicha hortaliza de origen americano, en la esperanza de poder alcanzar una merecida jubilación. Creo que el asunto da de sí para ello, y al menos estoy en posición de decir que la idea ha sido enteramente mía.

Es obligada la referencia al film de principios de los 90, Tomates verdes fritos. Ambientado en el Sur de la América profunda, nos cuenta la historia de dos encantadoras jóvenes que, tras matar y descuartizar al marido de una de ellas, trituran el cadáver y lo envasan en latas de tomate. Así contado, puede parecer un tanto fuerte, pero rápidamente sabremos excusar a las homicidas si tenemos en cuenta que la víctima era un individuo alcohólico y brutal, que odiaba a los negros y pegaba a su mujer. Hay que reconocer que el susodicho crimen, amén de truculento y sanguinario, tiene su puntito de gracia e incluso de ternura, recordándonos el humor negro de Frank Capra en Arsénico por compasión, o de Roald Dahl en aquel magnífico relato en que una señora de apariencia inofensiva invita a cenar a los inspectores de policía encargados de investigar la desaparición de su marido, haciéndoles creer que lo que están degustando es una pata de cordero cuando, en realidad, se están metiendo para el coleto los restos del difunto. Muy recomendables cualquiera de las historias, sobre todo para aquellas feministas recalcitrantes que gustan asimismo de estrujar a sus ex –parejas, antes de enlatarlos y hacer con ellos filetes rusos.

Lo de los filetes rusos me recuerda a la reciente negativa del Presidente Putin a importar toda clase de productos agroalimentarios procedentes de Estados Unidos o de la Unión Europea, sanción que al parecer afecta de manera muy directa a los tomates españoles. A veces, el hacer de tontos útiles tiene estos efectos colaterales, que se traducirán en unos seiscientos millones de euros en pérdidas en el sector agrario. Rusia es el destinatario del 10%  de las exportaciones de la UE, mientras que para Estados Unidos la caída de las exportaciones en el sector agroalimentario supone tan solo el 1%. Me pregunto si esta guerra comercial (provocada por el asunto de Ucrania) no será el preludio de otra más gorda, tal y como ocurrió hace cien años. Lo cual no nos vendría del todo mal, para maquillar las estadísticas del paro. Se me ocurre que podíamos liarnos a tomatazos con los rusos para contrarrestar sus misiles, como hacen por estas fechas en la fiesta de la tomatina de Buñol, y así matábamos dos pájaros de un tiro, eliminando los excedentes de producción. Lo mismo a Pedro Morenés le da por comprarme la idea y entre Montoro y él me ponen la medalla al mérito civil, por ayudarles a recortar gastos en Defensa.

En este contexto me viene a la mente cierto viaje que hice a Santander en uno de esos míticos autobuses de Fernández, que incluía con el pasaje una película de vídeo lo más casposa y cutrescente posible, ideal para no dejarte dormir la siesta. Bueno, el caso es que en aquella ocasión nos obsequiaron con una especie de parodia de Los pájaros de Hitchcock que llevaba por título La invasión de los tomates asesinos. El argumento se puede resumir más o menos así: los tomates, deseosos de venganza tras servir de pitanza a los humanos durante siglos, se vuelven carnívoros y se confabulan para aniquilar a la raza humana. También se pueden encontrar paralelismos con La rebelión de los simios. La cuestión es que si cambiamos tomates por chinos, bien podríamos transformar este disparatado guión en una sesuda alegoría sobre la condición humana. Si a ello sumamos el hecho de que un político corrupto colabora con los tomates para perpetrar el holocausto de nuestra especie, deberemos elevar la cinta al rango de obra maestra.

Por último, quisiera mencionar la otra acepción de la palabra “tomate”, que no es otra que la de agujero en una prenda de punto. Solemos identificar esta segunda connotación con los tomates de los calcetines, pero igualmente podríamos usarla con los agujeros en los bolsillos del abrigo por donde a veces se nos escapan los dineros, como ese agujero negro que le ha salido esta semana a la zona euro, con continuas bajadas de la bolsa y la entrada otra vez de Italia en recesión. Mucho zumo de tomate es lo que van a necesitar Rajoy y los próceres de la UE, para curarse la resaca provocada por la borrachera de la recuperación, que solo veían ellos. Y es que, coño, no hay que ser tan acelerados a la hora de descorchar el champán, que todos sabemos que es muy cabezón y se sube con facilidad. Lo mejor será volver a ponerlo a enfriar, suponiendo que a Iberdrola no le dé otra vez por subir el recibo de la luz y nos corte el suministro eléctrico de la nevera.

En fin; querido Jorge Javier Vázquez, que dices sentir un viscoso y repulsivo asco por Pujol y sus polluelos (no sé si os habréis percatado del ingenioso juego de palabras): deberías plantearte seriamente el volver al mundo de la telebasura, del cual nunca debiste salir. Haz caso de la opinión de un experto: aquí sigue habiendo tomate.

Jardiel Poncela

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Ubi sunt?

El pasado miércoles, día 30 de Julio, a las 12:30, Ramiro Pinto Cañón puso fin al ayuno que había venido manteniendo durante los últimos quince días, reivindicando el que todos los desempleados tuvieran derecho a percibir prestaciones. Dijo una vez Henry David Thoreau, en un contexto quizá no tan distinto del de hoy: “Resulta extraño que tengamos que formular verdades tan simples”. Y verdaderamente lo es. Creo que las cosas no han cambiado tanto desde entonces, dado que en ambos casos de lo que se trata es de defender la dignidad de los seres humanos, por encima de la ley. No me propongo desde estas líneas elogiar una vez más el gesto de Ramiro, cosa que ya hice en su momento en un artículo publicado en la prensa local. Lo que sí quisiera es reflexionar y hacer balance del cúmulo de sensaciones, tan contrapuestas entre sí, vividas a lo largo de los últimos quince días, que debo confesar que han dejado en mí un sabor agridulce. Podrá parecer que me contradigo, al adoptar un tono ciertamente mucho más agresivo y pesimista que el de aquella nota de prensa, en una línea más comedida y esperanzadora. Pero la contradicción es tan solo aparente. Y es que creo que no debemos confundir esperanza con ingenuidad, ni que esté reñido para nada el deseo de construir un porvenir mejor con el indispensable realismo que debe presidir todas y cada una de nuestras acciones, ante el panorama eternamente turbio de esta España nuestra, víctima propiciatoria del odio cainita más recalcitrante. Parafraseando al dramaturgo inglés Edward Bond, soy un optimista por naturaleza y un pesimista por experiencia. Por otra parte, uno es consciente de que en un medio de comunicación público no son convenientes según qué expresiones, so pena de que el escrito no sea publicado. Pero aquí solo tengo que rendir cuentas a mi compañero de andanzas blogueras, Phil O’Hara, y por lo tanto, no albergo la menor intención de sujetar la lengua, la pluma o el teclado. En otras palabras, pienso despacharme a gusto y decir exactamente lo que pienso sobre ciertas actitudes y personas, al no tener que someterme a las cortapisas del mundo editorial.

Desde aquí quisiera “saludar” al ejército de soplapollas, subnormales y tarados que, desde los más diversos ángulos, han hecho todo lo posible y lo imposible por bombardear la protesta de Ramiro Pinto, en un alarde de desfachatez y falta de humanidad que me pone los pelos como escarpias, a mí que creía que este país de indecentes no podía caer más bajo. Ya lo creo que puede. Comediante, vago y sinvergüenza son algunos de los epítetos menos desabridos con los que estos miserables han obsequiado a Ramiro durante los últimos días. Él, que ante todo es un perfecto caballero (andante), se ha limitado a responder a tales ataques con imperturbables estoicismo y resignación, que contribuyen a hacer aún más despreciable el ensañamiento de estos buitres. Yo, que no me precio en absoluto de ser tan caballero como él, quiero dejarles bien claro a estos cobardes que bien podían haber dedicado una décima parte del celo empleado en denostar a Ramiro en plantarle cara a la pléyade de granujas, trapisondistas y chorizos que dirigen este país. La injusticia hace tiempo que hubiera quedado totalmente erradicada. Pero no. Han preferido darles un balón de oxígeno a los Bárcenas, Urdangarín y Jordi Pujol que pululan por las esquinas, arremetiendo precisamente contra el hombre que ha osado desafiar en solitario a los molinos de viento. Luego, paradójicamente, estos mismos son los que se quejan durante la partida de cartas, o viendo la televisión en su casa, de lo mal que está todo, sin darse cuenta de que son ellos, con su actitud rastrera o silencio cómplice, los mejores colaboradores con que cuenta el Poder para extender, perpetuar y consolidar la injusticia. Todavía puedo entender esto en quienes ponen el cazo o desean ocupar el pesebre, pero me resulta incomprensible que haya alguien lo suficientemente imbécil como para seguirle el juego al Poder motu proprio, sin ningún tipo de contrapartida. Tan solo quiero decirles a estos esbirros de la peor calaña que, en temas como éste, no vale ponerle una vela a Dios y otra al diablo. No son aceptables las equidistancias ni las medias tintas, porque lo que le hicisteis al más insignificante de sus súbditos se lo hicisteis también a Aquél.

Es inevitable hacer mención de esa izquierda casposa y troglodita, digna de una película de Alfredo Landa pero sin gracia, que no ha movido un solo dedo por apoyar la causa de Ramiro Pinto, entretenida como anda en protestar contra la ley del aborto o contra la LOMCE. El señor Cayo Lara (lo oí yo en el Canal Cuatro, no es que me lo hayan contado) se comprometió personalmente a interesarse por el asunto. Al ver que pasaban los días y que el deterioro de la salud de Ramiro se hacía palpable, le pregunté al representante de Izquierda Unida en León cuándo se dejaría caer por aquí Cayo Lara, a lo cual se me respondió escuetamente: “Tan pronto como se lo permita su agenda”. Realmente fantástico ¿Puede haber algo más urgente que atender la demanda de un ciudadano en huelga de hambre? Algo parecido podríamos decir del representante de Podemos, Pablo Iglesias, quien se limitó a mandar un twit de apoyo solidario. Es evidente que no se le descompondría la coleta ante tan gran esfuerzo. Y ni que decir tiene que uno no puede por menos que preguntarse dónde se han metido los casi doce mil parados de la provincia de León, a quienes no cabe exigir que se declaren también en huelga de hambre, pero sí al menos que hubieran asistido masivamente a las manifestaciones convocadas al efecto. No me extrañaría que más de uno le hubiese llamado a Ramiro Pinto de todo menos guapo, tras cantar veinte en bastos en la partida de tute en el bar.

En fin; sigo siendo escéptico en cuanto a los resultados, pero ello no le quita ni un ápice de mérito a la gesta de Ramiro, quien nunca ha precisado de reconocimientos ni alabanzas para continuar perseverante en su camino. No son conscientes estos infames de hasta qué punto se han infamado, en realidad, a sí mismos. También ha habido personas y personalidades que han dado el callo día a día, lo cual sirve al menos de acicate para encontrarle algún sentido a tanto sinsentido. Personas tales como Eduardo Aguirre, que día a día ha estado elogiando la labor de Ramiro desde su columna del Diario de León. O el médico de la Hermandad de Donantes de Sangre, que accedió voluntariamente a realizar los controles preceptivos de su estado de salud, ante la negativa (mezquina hasta más no poder) por parte de la Seguridad Social a enviar a un facultativo de oficio. O el deán de la catedral, don Antonio Trobajo, con quien Ramiro se fundió en un emotivo abrazo cuando acudió a visitarlo (gesto, por cierto, muy criticado por los consabidos alérgicos a las sotanas), y que luego le dedicó un artículo no menos emotivo en  la Crónica de León. Todos estos apoyos son bienvenidos, faltaría más, pero no tengo la menor duda de que Ramiro hubiese salido adelante igualmente sin ellos, erigiéndose en ejemplo viviente de aquella frase que pusiera en boca del protagonista de la obra Un enemigo del pueblo el dramaturgo Henrik Ibsen: “El hombre más poderoso del mundo es el que está más solo”.

Jardiel Poncela

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