Tomates verdes fritos

Dentro de los distintos productos hortícolas, siempre me ha llamado la atención el tomate por su épica y versatilidad semántica. Hace tiempo que Arturo Pérez-Reverte cosechó un gran éxito con un memorable artículo (que luego resultó ser un plagio) acerca de la multiplicidad connotativa de la palabra “cojones”. Aquí me propongo llevar a cabo algo semejante con la susodicha hortaliza de origen americano, en la esperanza de poder alcanzar una merecida jubilación. Creo que el asunto da de sí para ello, y al menos estoy en posición de decir que la idea ha sido enteramente mía.

Es obligada la referencia al film de principios de los 90, Tomates verdes fritos. Ambientado en el Sur de la América profunda, nos cuenta la historia de dos encantadoras jóvenes que, tras matar y descuartizar al marido de una de ellas, trituran el cadáver y lo envasan en latas de tomate. Así contado, puede parecer un tanto fuerte, pero rápidamente sabremos excusar a las homicidas si tenemos en cuenta que la víctima era un individuo alcohólico y brutal, que odiaba a los negros y pegaba a su mujer. Hay que reconocer que el susodicho crimen, amén de truculento y sanguinario, tiene su puntito de gracia e incluso de ternura, recordándonos el humor negro de Frank Capra en Arsénico por compasión, o de Roald Dahl en aquel magnífico relato en que una señora de apariencia inofensiva invita a cenar a los inspectores de policía encargados de investigar la desaparición de su marido, haciéndoles creer que lo que están degustando es una pata de cordero cuando, en realidad, se están metiendo para el coleto los restos del difunto. Muy recomendables cualquiera de las historias, sobre todo para aquellas feministas recalcitrantes que gustan asimismo de estrujar a sus ex –parejas, antes de enlatarlos y hacer con ellos filetes rusos.

Lo de los filetes rusos me recuerda a la reciente negativa del Presidente Putin a importar toda clase de productos agroalimentarios procedentes de Estados Unidos o de la Unión Europea, sanción que al parecer afecta de manera muy directa a los tomates españoles. A veces, el hacer de tontos útiles tiene estos efectos colaterales, que se traducirán en unos seiscientos millones de euros en pérdidas en el sector agrario. Rusia es el destinatario del 10%  de las exportaciones de la UE, mientras que para Estados Unidos la caída de las exportaciones en el sector agroalimentario supone tan solo el 1%. Me pregunto si esta guerra comercial (provocada por el asunto de Ucrania) no será el preludio de otra más gorda, tal y como ocurrió hace cien años. Lo cual no nos vendría del todo mal, para maquillar las estadísticas del paro. Se me ocurre que podíamos liarnos a tomatazos con los rusos para contrarrestar sus misiles, como hacen por estas fechas en la fiesta de la tomatina de Buñol, y así matábamos dos pájaros de un tiro, eliminando los excedentes de producción. Lo mismo a Pedro Morenés le da por comprarme la idea y entre Montoro y él me ponen la medalla al mérito civil, por ayudarles a recortar gastos en Defensa.

En este contexto me viene a la mente cierto viaje que hice a Santander en uno de esos míticos autobuses de Fernández, que incluía con el pasaje una película de vídeo lo más casposa y cutrescente posible, ideal para no dejarte dormir la siesta. Bueno, el caso es que en aquella ocasión nos obsequiaron con una especie de parodia de Los pájaros de Hitchcock que llevaba por título La invasión de los tomates asesinos. El argumento se puede resumir más o menos así: los tomates, deseosos de venganza tras servir de pitanza a los humanos durante siglos, se vuelven carnívoros y se confabulan para aniquilar a la raza humana. También se pueden encontrar paralelismos con La rebelión de los simios. La cuestión es que si cambiamos tomates por chinos, bien podríamos transformar este disparatado guión en una sesuda alegoría sobre la condición humana. Si a ello sumamos el hecho de que un político corrupto colabora con los tomates para perpetrar el holocausto de nuestra especie, deberemos elevar la cinta al rango de obra maestra.

Por último, quisiera mencionar la otra acepción de la palabra “tomate”, que no es otra que la de agujero en una prenda de punto. Solemos identificar esta segunda connotación con los tomates de los calcetines, pero igualmente podríamos usarla con los agujeros en los bolsillos del abrigo por donde a veces se nos escapan los dineros, como ese agujero negro que le ha salido esta semana a la zona euro, con continuas bajadas de la bolsa y la entrada otra vez de Italia en recesión. Mucho zumo de tomate es lo que van a necesitar Rajoy y los próceres de la UE, para curarse la resaca provocada por la borrachera de la recuperación, que solo veían ellos. Y es que, coño, no hay que ser tan acelerados a la hora de descorchar el champán, que todos sabemos que es muy cabezón y se sube con facilidad. Lo mejor será volver a ponerlo a enfriar, suponiendo que a Iberdrola no le dé otra vez por subir el recibo de la luz y nos corte el suministro eléctrico de la nevera.

En fin; querido Jorge Javier Vázquez, que dices sentir un viscoso y repulsivo asco por Pujol y sus polluelos (no sé si os habréis percatado del ingenioso juego de palabras): deberías plantearte seriamente el volver al mundo de la telebasura, del cual nunca debiste salir. Haz caso de la opinión de un experto: aquí sigue habiendo tomate.

Jardiel Poncela

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