Good Morning, Vietnam

Hace pocos días murió el actor Robin Williams. Al oír la noticia en el telediario, experimenté un sentimiento de orfandad semejante al que produce la pérdida de un amigo entrañable de toda la vida. Porque en cierto modo así era. O al menos puedo decir que lo conocía desde hace media vida.  Circulaba el otoño del año 88 y yo por aquel entonces residía en Edimburgo, ciudad que habría de dejar un recuerdo imborrable en mi memoria a pesar de su desagradable climatología, caracterizada por un ventarrón constante y una lluvia pertinaz. A todo ello hay que añadir la circunstancia de que, al estar situada tan al norte, los días son sumamente cortos en dicha época del año, de tal manera que a las 5 de la tarde ya es noche cerrada. El cine solía ser el mejor fármaco para la depresión, y resultó que aquella tarde me dejé caer por el Filmhouse de Lothian Road para ver Good Morning, Vietnam, una personalísima visión de la terrible guerra protagonizada por un actor más bien achaparrado y feúcho que era, además, un absoluto desconocido para mí. El tal Robin Williams interpretaba a un locutor de radio del ejército norteamericano que tenía que hacer frente a la difícil doble tarea de inculcar ánimo a las tropas y lidiar con la incomprensión de sus superiores. Me sentí literalmente arrollado cuando aquel individuo que, desde luego, no resistía la comparación con Brad Pitt (sobre todo porque, de aquellas, a Brad Pitt no lo conocía nadie) comenzó a disparar la inagotable munición de su verborrea a través del micrófono de la emisora. No voy a presumir insinuando que fuera capaz de entender al cien por cien el torrente de palabras salido de la boca de aquel fenómeno (y eso que mi nivel de inglés, al estar metido en harina, era mucho mejor que el de ahora), pero no obstante quedé automáticamente prendado de su fuerza interpretativa, pródiga en matices que iban desde la más genuina comicidad (sin caer nunca en el histrionismo facilón de los Jim Carrey y compañía) hasta el más puro dramatismo, sin que el espectador percibiera el más mínimo desfase. En otras palabras, supe que tenía delante de mí al que estaba destinado a convertirse en uno de los grandes de la historia del cine. Y, efectivamente, así fue. Nunca me he sentido decepcionado yendo a ver una película de Robin Williams. Aunque reconozco que la presencia del genio actuara en todo momento como un poderoso antídoto frente a los desdoros de un guión poco creíble o de una dirección medrosa.

Como en tantas otras ocasiones, el destino nos ha abofeteado con una de sus macabras paradojas: a saber, la de que un actor especializado en papeles cómicos (aunque también estuviera magnífico en otros registros; ahí están testimonios tan sólidos como El club de los poetas muertos o Insomnio, cinta esta última en la que consigue de modo asombroso rizar el rizo al resultar creíble en un papel de malo), padeciera, sin embargo, fuertes depresiones que le condujeran eventualmente al suicidio. En este contexto, suena estremecedor el comentario que hiciera ante la prensa pocos meses antes de su muerte: “No hay nada peor que el sentirte solo estando acompañado”. Cabe preguntarse cuál de los dos Robin Williams sería el auténtico: si el que nos hizo reír en Mrs. Doubtfire o el pobre diablo, adicto a las drogas y al alcohol, que decidiera ponerle fin a su vida en su casa de California. Supongo que hay argumentos más que razonables para decantarse por cualquiera de las dos opciones. O que las dos sean verdaderas, pese a su aparente incompatibilidad. Tal vez a aquel talento que era pura vitalidad se le acabó quedando pequeña esta sociedad ramplona y vulgar, sin apenas resquicios para la imaginación o el humor. Personalmente, prefiero quedarme una vez más con el protagonista de Good Morning, Vietnam, que en un alarde de osada sinceridad le replica impertérrito a su jefe (un gilipollas redomado): “Señor, deberían chupársela bien chupada, a ver si le quitan la mala leche”. Ver una película de Robin Williams supone hacer válida, aunque no sea más que por un par de horas, aquella máxima de Oscar Wilde: “La vida es algo demasiado importante como para tomarse en serio”. Lástima que el propio Robin Williams no fuera capaz de hacer suya dicha sentencia hasta el final. En cualquier caso, en nuestra memoria pervivirá aquel rostro de la mirada siempre alegre, que nos demostró en Hook que nunca es demasiado tarde para hacer volar nuestros sueños, o que nos hizo discípulos suyos en El club de los poetas muertos y nos enseñó que todos llevamos un poeta dentro y que únicamente de nosotros depende el darle vida o hacerlo callar para siempre.

Nunca te olvidaremos, Robin.

Jardiel Poncela

Anuncios
Etiquetado , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros

A %d blogueros les gusta esto: