Preferiría no hacerlo

En este país de soplagaitas y cantamañanas, plagado de catetos que se creen doctores en progresismo por el mero hecho de enarbolar una pancarta o ir por ahí coreando eslóganes prefabricados, resulta estimulante encontrarse con ejemplos como el de Roberto Rivas, un bombero de La Coruña al que se incoó un expediente disciplinario y posteriormente ha sido llevado a juicio por negarse a intervenir en el desahucio de una anciana. Preguntado por el juez de turno acerca de los motivos que le indujeran a incumplir la orden que se le había dado, replicó sin asomo alguno de insolencia: “Nosotros, los bomberos, estamos para salvar vidas, no para hacer estas cosas”. Eso sí que es echarle huevos al asunto. Tal vez este hombre no tenga una trayectoria muy destacada como activista político, pero desde luego sí que ha sabido comprender la necesidad de enfrentarse al Poder, cuando éste se convierte en correa de transmisión del sinsentido y la barbarie.

La actitud de Roberto recuerda mucho a la de Bartleby, aquel personaje inolvidable creado por la pluma del genial novelista norteamericano Herman Melville, que se limitaba a responder con un lacónico “Preferiría no hacerlo” a las órdenes de su jefe. El tal Bartleby es un escribiente (profesión muy necesaria en aquellos tiempos en los que no había máquinas fotocopiadoras) que trabaja empleado por un abogado (el narrador en primera persona de la historia), cuyo bufete se halla ubicado en el distrito financiero de Wall Street. Su cometido consiste en hacer copias de documentos jurídicos que luego debe contrastar con los demás escribientes y el propio letrado, para cerciorarse de que no hay errores. En un principio se niega a participar en este tipo de sesiones contrastivas, pero luego rehúsa también hacer las copias. A todos los ataques de agresividad verbal de su jefe, responde implacablemente, sin levantar la voz ni mostrar el más mínimo resquicio de ira o descortesía, con la misma frase: “Preferiría no hacerlo”. Su jefe entonces decide cambiar de estrategia, recurriendo a la persuasión por las buenas, pero Bartleby sigue sin moverse un ápice de su postura, negándose incluso a abandonar las dependencias de la oficina, donde se instala a pernoctar. El abogado (presionado por agentes exteriores más que por propio convencimiento) se ve obligado a actuar y, finalmente, las fuerzas del orden desalojan a Bartleby, quien muere pocos meses después en una clínica de reposo que su antiguo patrón tiene a bien pagarle, demostrando con ello tener mucho mejor corazón que algunos de los empresarios de hoy en día, después de todo.

Cabe preguntarse qué es lo que incita a Bartleby, en última instancia, a su sorda rebelión. De antemano descartamos la vagancia o la incompetencia como posibles causas, pues el patrón-narrador declara explícitamente al comienzo de la historia: “Al principio, Bartleby hacía una extraordinaria cantidad de trabajo. Era como si ansiara algo que copiar, parecía embutirse él mismo con los documentos. No había pausa para la digestión. Trabajaba en sesión continua, copiando a la luz del sol y a la luz de la vela. Yo hubiera estado muy complacido con su dedicación si hubiera sido un trabajador alegre. En cambio escribía en silencio, lánguida y mecánicamente”. A mí me da por pensar que la clave está en la naturaleza de los documentos que Bartleby se ve obligado a transcribir. Teniendo en cuenta que la historia se desarrolla en el corazón financiero de Nueva York (“Una historia de Wall Street”, reza precisamente el subtítulo de la misma), no es muy difícil imaginarlo: diligencias de apremio, notificaciones de embargo, puede que hasta órdenes de desahucio. En definitiva, retazos del entramado burocrático que tanto ha contribuido a hacer de nuestro civilizado mundo lo más parecido a un infierno (precisamente, no hay mejor combustible que el papel para el fuego). En un momento dado, Bartleby decide comportarse como ser humano (capaz de elegir), en lugar de hacerlo como piñón del engranaje de la maquinaria destructora. Hay un relato muy parecido de Jack London titulado El apóstata, sobre un muchacho sometido desde niño a unas condiciones de trabajo inhumanas, que rompe finalmente con todo y se marcha de la ciudad, introduciéndose como polizón en un tren de mercancías. En la historia real de los Estados Unidos tenemos casos como el de John Woolman, escritor cuáquero del siglo XVIII, que abandonó su trabajo en una compañía naviera por comerciar con esclavos, actividad ésta perfectamente legal en aquella época. Y, cómo no, tenemos la figura del entrañable Thoreau, al que su delito de desobediencia civil (negándose a pagar impuestos a un gobierno que consentía la esclavitud, exterminaba a los indios e invadía sin escrúpulos el territorio del país vecino) le acarreó una breve pero productiva estancia en prisión (fruto de la cual sería su ensayo del mismo nombre, universalmente famoso).

Unos y otros, personajes reales y ficticios, son los que de verdad han ayudado al progreso de la humanidad, evitando la identificación de éste con la mera supeditación a los avances tecnológicos y a unas leyes arbitrarias e injustas. Ahora nos hallamos inmersos en un proceso claramente involutivo, en el que los poderes económicos están socavando paso a paso los derechos y libertades tan trabajosamente conquistados a lo largo de siglos de lucha en el terreno de lo político. No cabe duda de que el gesto de Roberto será como el grano de levadura que, al fermentar y hacerse mucho más grande, logrará derribar los muros de la sinrazón y la iniquidad. Como dijera Thoreau en la obra anteriormente mencionada: “No importa que el comienzo sea pequeño. Lo que queda una vez bien hecho, queda bien hecho para siempre”.

Estamos contigo, compañero Roberto.

Jardiel Poncela

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4 pensamientos en “Preferiría no hacerlo

  1. julian dice:

    Absolutamente de acuerdo, Sr. Poncela; pero sería bueno un resumen menos extenso para poder digerirlo mejor.

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  2. Tomo nota de su sugerencia. Quizás me haya extendido algo en la sinopsis, pero ha sido ante todo por precaución. Imagino que no muchos lectores de por aquí estén familiarizados con este extraordinario relato, ni con su genial autor (al que se conoce más bien por su novela “Moby-Dick”). Espero que sepa disculpar este exceso de afán didáctico, síntoma de una deformación profesional.

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  3. Phil O'Hara dice:

    Lacónico en exceso, el tal Roberto. Sea como fuere, su magnífico relato también deja claro que la administración de Justicia de este nuestro país también deja mucho que desear. Antes de emprenderla con este comentario le pregunté a un chaval de doce años si los bomberos estaban para deshauciar o para qué estaban. Me contestó que para deshauciar no; que estaban para apagar fuegos. No hará falta que le diga que ese chaval no es Juez. Pero al parecer tiene sentido común.

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  4. Yo a lo de ese niño lo llamaría sentido propio, pues carece aún del suficiente caudal de experiencia como para haber adquirido eso que tan vagamente llaman sentido común, y que es en realidad un mero eufemismo para disfrazar la actitud claudicante propia de la edad adulta. Puede que ese niño decida en un momento dado pasarse al lado del sentido común, si de mayor aspira a convertirse en un jurista competente, por ejemplo. O puede que conserve el sentido propio y, ante una situación similar, actúe del mismo modo que Roberto. Personalmente, prefiero creer lo segundo. El tiempo lo dirá.

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