El cuento de los tres cerditos y el mal de Alzheimer

Hoy es el día mundial del Alzheimer. Con motivo de ello, decían en la radio que es una enfermedad que gana peligrosamente terreno, hasta el punto de que es previsible que a corto plazo uno de cada dos habitantes en el planeta mayores de 65 años la padezcan. El dato da escalofríos (por eso de “¡menudo futuro que nos espera!”), aunque, si se para uno a pensarlo, el porvenir de este país, y de la humanidad en su conjunto, pinta tan mal que, bien mirado, cabe preguntarse si no será mejor no enterarse de nada de lo que ocurra.

Otra pregunta que me hago es si las estadísticas serán realmente correctas. Y no por exceso, sino por defecto. Dicho de otro modo, a veces me asalta la duda de si habrá alguien en nuestro suelo patrio que no haya contraído la terrible enfermedad. A renglón seguido en las noticias del telediario, por ejemplo, veíamos a un preocupado Luis de Guindos parapetándose tras la excusa de que España no es ajena a los vaivenes de la economía europea. Se conoce que le ha visto las orejas al lobo de la amenaza de nueva recesión y, como en el cuento de los tres cerditos (que bien podrían ser el propio de Guindos, Rajoy y Montoro), se está apresurando a construir una cabaña de paja para protegerse de él. Quizá se le haya olvidado, por efecto del Alzheimer, el detalle de que el lobo del cuento logró tumbar la casa al primer soplo, al tener ésta unos cimientos tan endebles. Como también les habrá hecho el Alzheimer olvidar a los tres susodichos su anuncio triunfalista de que ya empezaba a vislumbrarse la luz al final del túnel, y de que 2015 sería el año de la recuperación económica. Es evidente que la bola de cristal estaba averiada, pero tal vez sea más práctico dar largas, para que así el virus (o lo que coño sea que provoca el Alzheimer) gane terreno y termine por hacernos olvidar a la totalidad de ciudadanos de este país. Siempre quedará algún tocahuevos que, como servidor, se empeñe en recordar las cosas. Pero tales problemillas se solucionan muy fácilmente,  poniendo cara de escandalizado y exclamando: “¿Yo dije eso?” A ver a quién van a acabar creyendo, si a todo un Señor Ministro o a un mindundi como yo. Mi diagnóstico es el siguiente: si el 99% de la población padece Alzheimer y solo un 1% no lo padece, el 99%  acabará diciendo que son el infeliz 1% restante los que no recuerdan bien las cosas. Como en el chiste del loco de la autopista.

El segundo cerdito (que se da un aire a Porky, aunque también se le podría sacar cierto parecido con el vampiro Nosferatu; de hecho, a los dos les encanta chupar la sangre) sería Cristóbal Montoro, quien recientemente ha hecho público su anuncio de bajar los impuestos, tal y como prometiera su partido en el programa electoral. Se conoce que el pobrecito chochea y ya no se acuerda de que los subió al día siguiente mismo de ganar las elecciones. Y de que no fue una subidita de nada, sino que la cosa emuló al chupinazo de las fiestas de San Fermín. La bajada anunciada será bastante menos notoria que la subida de entonces (en algunos impuestos, como por ejemplo el IVA, no se prevé bajada alguna), con lo cual el resultado final será semejante al experimentado por Groucho Marx en Sopa de ganso, cuando Harpo arranca la moto y el sidecar en el que él va montado se queda clavado en el sitio. Groucho abandona el vehículo y exclama visiblemente contrariado: “¡Es el segundo viaje que hago hoy y todavía no he ido a ninguna parte!”

Y, cómo no, falta Mariano, el cerdito valiente, sacando pecho y afirmando con rotunda solemnidad que en Cataluña no va a haber consulta el próximo 9 de Noviembre. Todavía no ha explicado cuál va ser la naturaleza del castigo aplicado a Artur Mas por sacar las urnas a la calle, si ponerlo de cara a la pared o dispensarle un tirón de orejas. Yo diría que está esperando a que el Alzheimer haga su trabajo, a ver si Mas se olvida de su promesa electoral. Pero me da a mí que el Parlament de Cataluña está hecho a prueba de virus (o al menos de esta cepa del virus, ya que los pufos de la familia Pujol, al parecer, han caído en el olvido rápidamente). Volviendo a Rajoy, no deja de ser preocupante desde el punto de vista neurológico su anuncio triunfalista de que el paro está bajando, lo cual vendría a demostrar que él es mucho más eficaz gestionando el país que el irresponsable Zapatero. Se conoce que el desventurado también padece Alzheimer y ya no se acuerda de que ahora hay ochocientos mil parados más que cuando Zapatero dejó el gobierno. Y de que hay casi dos millones de parados que no perciben ninguna prestación. Por si acaso se extiende la epidemia, yo lo dejo escrito aquí (esperemos que no se vea la red atacada por algún oportuno virus informático): de aquí al final de la legislatura (si es que llegamos) se habrá superado el umbral de los seis millones de parados.

En fin; como decía al principio, hoy celebramos el día mundial del Alzheimer. No sé si el verbo “celebrar” será el más adecuado, dadas las circunstancias, pero lo que sí es cierto es que habrá todo tipo de eventos, con reparto de pegatinas incluido. Nunca me han gustado mucho este tipo de saraos, pero en este caso lo encuentro especialmente triste, cuando pienso que mañana los ciudadanos enfermaremos colectivamente de Alzheimer, olvidándonos, entre otras cosas, de que hoy fue el día internacional del Alzheimer. Nadie se acordará ya de los que lo han perdido todo, hasta los propios recuerdos, ni de los que realmente más sufren: sus familiares y cuidadores, que son los únicos que no pueden permitirse el lujo de olvidar. Nadie se acordará de la reducción de las ayudas a la dependencia experimentada por aquéllos, ni de las dificultades que tienen que enfrentar éstos para compatibilizar tan pesada carga con el desempeño de sus puestos de trabajo, recibiendo un nulo apoyo institucional.

A la vista de tales reflexiones, a uno hasta le entran ganas de contraer el Alzheimer y olvidarlo todo, que es la mejor manera de mandarlo todo al carajo. Como hiciera en la película Matrix el traidor Cifra, cuando le pone este insólito precio al agente Smith a cambio de su traición: “No quiero acordarme de nada; absolutamente de nada”.

No me cabe la menor duda de que este personaje, si no se lo hubieran cargado por exigencias del guión, habría llegado a la presidencia del gobierno.

Jardiel Poncela

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