Margaritas a los cerdos

Como dijo el sabio Peret (a quien Dios haya en su gloria): “Es preferible reír que llorar; y así la vida se debe tomar”. Por eso el otro día, cuando oí cierta noticia en la emisora de radio Kiss FM, me decanté por la primera opción. Contaban allí que el violinista Joshua Bell (capaz de hacer con un violín en las manos lo que Leo Messi con una pelota entre los pies, para entendernos) había estado tocando el susodicho instrumento en el metro de Nueva York, sin que apenas nadie le prestara la menor atención (tan solo cinco transeúntes, al parecer, se detuvieron a escucharle). Lo más pintoresco del asunto es que este  buen señor había actuado pocos días antes en el Teatro de la Ópera de Boston ante un auditorio de varios cientos de personas, que además pagaron un buen precio por la entrada. Habrá quien diga que hace falta tener mala baba para que a uno le hagan gracia estas cosas, pero lo cierto es que no pude evitar descojonarme de la risa. A poco que se piense sobre ello, llegaremos a la conclusión de que no es para menos.

El caso es que, una vez pasado el ataque de hilaridad inicial, es inevitable que aflore al rostro un cierto rictus de amargura, al reflexionar sobre la estupidez del género humano. Sobre lo mucho que dependemos de la opinión autorizada o del reconocimiento oficial a la hora de forjar nuestros propios juicios de valor sobre las cosas. Lo importante no es lo que se haga o se diga, sino quién lo haga o quién lo diga. Cuando alguien expone una teoría científica o una obra de arte, lo primero que hacemos no es ponderar ésta en sus justos términos, analizando la capacidad de dicha teoría o dicha obra para remover nuestras mentes o nuestras conciencias. En absoluto. Antes de pronunciarnos sobre el particular le pediremos al autor que muestre sus credenciales y nos enseñe su currículum, indicando el número de premios literarios conseguidos o el de congresos en los que haya intervenido, por temor a depositar nuestra confianza en un don nadie. Dicho de otro modo, nos desentendemos por completo del objeto que se supone debemos analizar y juzgar para desviar nuestra atención hacia el sujeto, en un alarde de gregarismo que pone de manifiesto nuestra incapacidad para formar opiniones propias o nuestra falta de valentía para defenderlas ante la oposición o la indiferencia de la mayoría. El individuo vestido de calle que tocaba en el metro era el mismo que poco antes había cosechado el enfervorizado aplauso de las multitudes en un esplendoroso escenario, pero lógicamente le faltaban el frac y el cartel que lo revistieran de la prestancia necesaria.

Lo más inaudito de todo es la desfachatez con que cambiamos de criterio tan pronto como aquel a quien despreciábamos consigue, para nuestro inenarrable asombro, obtener el reconocimiento a su labor por parte del público o de la crítica autorizada. Entonces surgen por doquier los amigos y admiradores, como setas bajo la lluvia. “Yo hace tiempo que le conocía”, “Siempre supe que tenía un gran talento”, etc. Son algunas de las frases estándar que saldrán de la boca de más de un caradura de oficio, que no se dignó a perder una hora de su valioso tiempo el día que ese presunto amigo suyo de toda la vida presentó su primer libro o inauguró su primera exposición de pintura. Y, cómo no, también se da con irritante frecuencia el caso contrario: el del caído en desgracia que otrora gozaba del parabién de las masas y, al cambiar las tornas, resulta que nadie lo conoce, ni había tenido ninguna relación con él. El típico que, al pedirle explicaciones, va y te suelta: “¿Cómo has dicho? ¿Francisco qué?”. Y todo ello después de que le hayan pillado in fraganti saliendo en el NODO unos cuantos años atrás, con el pelo engominado y el brazo extendido, coreando en la Plaza de Oriente el nombre de cierto señor gallego de memoria más bien deslustrada.

En fin; es bueno que, de vez en cuando, se hagan experimentos como éste, para poner al descubierto las miserias y el borreguismo inherentes a la condición humana. Se podría resumir acertadamente la historia del arte y de la cultura en general diciendo que ésta ha sido como un largo y tedioso empeño por que los cerdos (con o sin pedigrí) sean algún día capaces de apreciar por sí mismos el aroma de las margaritas, sin la intermediación forzosa de un experto perfumista.

Bien por la idea de Joshua Bell. Un cabronazo genial.

Jardiel Poncela

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4 pensamientos en “Margaritas a los cerdos

  1. Phil O'Hara dice:

    ¡Cuán cierto, Jardiel! Podría jurarle que no es espíritu de contradicción pero a mí me pasa justo al revés: suelo quedarme a escuchar con verdadera fruición a cualquier músico que me parezca que toca bien ya sea en el metro o en mitad de la calle, y sin embargo recuerdo haberme pasado durmiendo la mayor parte de “Kovanchina”, nada menos que en la prestigiosa Ópera de San Francisco (le confieso además que no fue ésa la única vez). Si me llego a dar de bruces con el tal Joshua Bell incluso le hubiese echado unas monedas, puede creerme.

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  2. Ramiro dice:

    En un museo de arte moderno nunca se supo si el extintor fue una obra de arte o no… Por si acaso se catalogó. En el MUSAC un repartidor dejó la mercancía para que la colocase, plantas en tiestos, el artista entre sábanas y éste las dejó tal cual. Dijo que en su obra intervino el azar… ¿¿??.

    http://ramiropinto.es/escritos-literarios/cuentos/mandarina-musac/

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  3. Thoreau dice:

    ¡Veo que la tiene usted tomada con los cerdos! Su artículo de la semana pasada, creo recordar, hablaba del cuento de los tres cerditos, comparándolos con sendos miembros del gobierno. Debería mostrar algo más de respeto por este nobilísimo animal.

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  4. Touché, amigo Thoreau. Le pido mil perdones. En verdad, son inmensamente más gratos al paladar los chorizos producidos por esta respetabilísima criatura que los engendrados por nuestra infame clase política.

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