Nous n’avons pas flam normal!

París bien vale una misa. Y si la misa es en Notre Dame, desde un banco de la última fila y tu no pintas nada en ella, qué te voy a contar. Con un francés de andar por casa me fui a París dispuesto a conocer la ciudad. No toda, claro; un fin de semana da para lo que da. A París -a Londres, Berlín o incluso a Ponferrada- uno tiene que ir sin grandes pretensiones; uno no va a París como quien decide ir a invadir Polonia. Para invadir Polonia o para mudarse de piso sí importan los preparativos; hay que hacerse con tanques, con cañones o con cajas de cartón. Por otra parte, se trata de evitar a toda costa planificar el viaje; con esbozar unos trazos del mismo debiera bastar. Si en la vida los planes que haces acaban siempre por salir mal, no hay motivos para pensar que con una visita a París vaya a suceder de manera distinta.

Deshecho el sucinto equipaje lo primero era preguntar por algún sitio en el que comer; un restaurante no para turistas, sino frecuentado por parisinos. Al consultar sobre el particular a la recepcionista en un mal francés, me recomendó en un español de lo más decente -lo que no resultó una sorpresa, al ser la chica de Alcalá de Henares- que fuese a comer a Le Plomb du Cantal, en la Rue de Gaité, muy cerca del hotel. Las raciones, aseguró, eran abundantes, la cocina tradicional, y además no era demasiado caro. Todo virtudes, pensé. Se trataba sin duda de un buen comienzo; si comer bien resulta siempre trascendental, el entusiasmo mostrado por la recepcionista del hotel no hacía sino presagiar una jornada excelente, o eso creía yo.

El restaurante, en efecto, era francamente bueno; todas las virtudes alabadas por la recepcionista resultaron ser ciertas. Incluso fui capaz de advertir otras: una decoración agradable que convertía aquel lugar en acogedor, un ambiente tranquilo y un servicio esmerado. Que al llegar a los postres el camarero me preguntase si iba a tomar un <<flam de châtaignes, un flam de prune, un flam de vanille, un flam de amanses et pignons ou un flam spécialité de la maison>> y que yo le respondiese <<un flam normal, si’l vous plâit >> no podía empañar lo que hasta ese momento estaba siendo un magnífico ágape. Sí lo empañó, empero, en cierta medida, que monsieur el camarero se pusiese hecho un basilisco y vociferase, airado, <<nous n’avons pas flam normal!>>. Frente a semejante cenutrio cabían sólo dos opciones: mandarlo <<à prendre dans le cul>>, pero luego ya podía ir buscando otro lugar donde cenar y comer al día siguiente, o bien decidirme por el flam de châtaignes, que me pareció de la larga lista el más apetecible. No sin antes sopesarlo unos pocos segundos me decidí por lo segundo. Cuando al final aquel cabrón trajo la cuenta, con una sonrisa de oreja a oreja, tan falsa como un duro sevillano, la aboné y dejé además tres euros de propina. Si uno no ha nacido con don de lenguas, recurrir a una propina generosa es lo más parecido a seguir un curso acelerado de francés. <<Vous êtes très gentil. Merci monsieur>>, fueron las palabras del agradecido y muy extrañado camarero. Siempre me ha sorprendido de lo que es capaz una buena propina.

Tras un largo paseo y la obligada visita a la catedral gótica, decidí cenar en Le Plomb du Cantal antes de regresar al hotel. Lo mismo que la comida, la cena fue agradable; especialmente el postre. Los euros de más pagados al mediodía ejercieron un efecto milagroso. No hizo falta, como hubiese podido suceder de ser yo un nuevo rico, alguien verdaderamente acaudalado, con una fortuna al menos como la de Jay Gatsby -aunque sin sus modales-, mandar al “garçon” que fuese trayendo a la mesa uno tras otro todos y cada uno de los flanes de la carta e ir rechazándolos con un leve gesto de la mano, apenas perceptible, con esa altivez que se supone al que tiene pasta de verdad, hasta dar con el “normal”. Por desgracia si en algo podía asemejarme a Gatsby no era precisamente en los millones; pero por suerte tres euros habían sido suficientes para que, sin necesidad de mediar palabra en la lengua de Moliére, el camarero apareciese con un flan “normal”. <<Ah! le flam normal!>>. <<Mais no, monsieur, vôtre “flam caramel”. Nous n’avons pas flam normal!>>.

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “Nous n’avons pas flam normal!

  1. Es curiosa la simetría. A mí me pasó justo lo contrario en un pub de Cambridge. Me acerco a la barra y le digo al camarero, poniendo mi mejor cara de Clint Eastwood: “Half a pint of lager, please”. El tío se me queda mirando con cara de póquer. Tras repetirle la frase tres veces, me entero de que el pobre chaval es de Logroño, y no sabía nada acerca de los distintos tipos de cerveza que hay en Inglaterra. “Para mí la cerveza siempre ha sido cerveza”, protestaba el infeliz. Es cuestión de pagar la novatada, supongo. En eso, nadie estamos libres de pecado. Recuerdo que la primera vez que pedí una birra en un pub inglés, cometí la paletada de quejarme al camarero de que ésta estaba demasiado caliente. Allí siempre la toman del tiempo (room temperature), pero le dije al camarero que a mí no me viniera con monsergas y que le echara unos cubitos de hielo inmediatamente, o me iba a otro sitio. Vaya que si lo hizo. El cliente siempre manda, aunque sea completamente imbécil. Es un axioma que los camareros parisinos deberían aprender de sus colegas británicos.

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  2. Phil O'Hara dice:

    No me cabe la menor duda de que está usted en lo cierto, mi buen amigo. Donde se ponga un camarero inglés, escocés, galés o de Irlanda del Norte, incluso uno irlandés, que se quite uno francés. Aunque cualquiera de esos camareros llevaría las de perder si lo comparasen con Enrique el de Celso. Ya ve, Jardiel, que ni los camareros de las islas Británicas, con toda su flema, ni los franceses y su “grandeur” estarían a la altura del bueno de Enrique, un modesto leonés él.

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