Archivos Mensuales: octubre 2014

Descartes, Berkeley, Zelayeta, un distinguido señor cliente y mi abuelo

Hay pocas experiencias tan radicales e impactantes como la de toparse con la certeza de que nada es en realidad lo que parece. No es necesario acudir a cualquiera de tantos sabios que intuyeron esa tremenda verdad; te paras a pensarlo y tiene mucha lógica: ¿cómo iba a ser todo tal cual aparece? Bien porque los sentidos logren engañarnos, porque exista una realidad nouménica como decía Kant o porque los físicos cuánticos den en el clavo y vaya a resultar que todo son sencillamente funciones de onda de mayor o menor complejidad, el caso es que nada es lo que parece. ¿Aparentaba Jordi Pujol acaso ser en realidad el Jordi Pujol que en verdad era? ¿Era Humphrey Bogart de hecho el galán que aparentaba ser en la gran pantalla? ¿Alguno en su sano juicio puede dudar de que las apariencias engañan?

Mi abuelo paterno contaba una anécdota que bien hubiese podido llevar la rúbrica del mismísimo George Berkeley, obispo de Cloyne y a la sazón eminente pensador irlandés; uno de los principales exponentes del idealismo subjetivo. Claro que vista desde otra perspectiva, tal vez la historia bien hubiera podido firmarla también Renatus Cartesius, el filósofo, matemático y físico francés más conocido como René Descartes. ¡Ahí es nada! Relataba mi abuelo que Zelayeta, compañero de fatigas en la misma sucursal bancaria a la que acudían cada mañana a trabajar, era muy dado a llevar a cabo experimentos sociológicos de hondo calado durante y después de la jornada laboral; a veces incluso antes. Un lunes cualquiera recibió la visita de un distinguido cliente (pues distinguidos lo son todos) que sin conocerle más que de oídas preguntó por él. Zelayeta le señaló el final del largo mostrador, indicándole que allí le encontraría. Mientras el cliente recorría los metros que le separaban del punto indicado, Zelayeta a hurtadillas, agachado para no ser visto, se desplazó raudo tratando de llegar antes al lugar donde se suponía que debía hallarse. Al erguirse Zelayeta es fácil imaginar la cara de pasmo que debió quedársele al buen hombre. <<¡Vaya! Mi hermano gemelo le ha mandado hacia aquí, no me diga más. >> A lo que el asombrado parroquiano, aún presa de la estupefacción, parece ser que respondió: <<¡Por dios, pero si son ustedes casi iguales!>>. <<¡Casi iguales! ¡Dijo “casi”! ¡Cómo habrá que ser -se reía mi abuelo al contarlo- para que digan de uno que es igual a sí! >>

Y es que para el padre de la filosofía moderna, de la duda metódica y del racionalismo a ultranza, que Zelayeta fuese en realidad Zelayeta cabía ponerlo en tela de juicio muy seriamente; y aquel respetable caballero, sin necesidad de confesarse cartesiano empedernido, hizo suyas las mismas dudas más que razonables del filósofo francés y no debió fiarse para nada de que sus percepciones fueran fuente de verdadero conocimiento. Zelayeta, a su vez, siendo como era más del palo del obispo Berkeley y su empirismo drástico, debió quedar satisfecho con su experimentación y aunque sabía que él y aquel otro del principio del mostrador eran una y la misma persona, por nada del mundo hubiera querido cuestionar a una mente preclara como la del bueno de Descartes.

Nada es lo que parece, muy pocas cosas son como aparecen y la mayoría no son como son. Y conociendo a mi abuelo como tuve el placer de conocerlo y por lo que me contó de Zelayeta, no me cabe la menor duda, ni metódica ni de las otras, de que en vez de ponerse a discutir sobre epistemología, metafísica o hasta teodicea, hubiesen cogido los cinco -Descartes, Berkeley, Zelayeta, el distinguido cliente y cómo no, mi abuelo- y hubiesen ido a tomar unos vinos con tapa mientras recordaban historias de Tip y Coll, debatían sobre política, polemizaban sobre el clásico del pasado sábado o evocaban cualquiera de los goles de Zarra, que eso es lo que hacemos la gente sensata desde que el mundo es mundo y hay bares en él.

Phil O’Hara

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Hola, soy Pedro

Hay quien comparte con Santa Claus, además del nombre (que viene del alemán y significa San Nicolás en castellano), el don de la ubicuidad. Nunca entendí de niño eso de que el mentado santo o los Reyes Magos, sus adláteres en suelo patrio, pudieran estar simultáneamente en todos los hogares infantiles durante la víspera del día de Navidad o Epifanía, según las tradiciones locales. Hasta que el joven Francisco Nicolás ha venido a disipar mi escepticismo. Discípulo aventajado del mítico Frank Abagnale Jr. (a quien dedicara Steven Spielberg una magnífica e infravalorada película con un igualmente magnífico Leonardo Di Caprio), este muchacho les ha subido los colores a todos los servicios de inteligencia españoles, a los que bien cabría denominar servicios de estupidez tras haberse dejado robar la cartera tan ingenuamente (y algo más que la cartera, como es el caso de cierto empresario al que lograra estafar la bagatela de veinticinco mil euros, al mejor estilo de Paul Newman y Robert Redford en El golpe). Es duro tener que aceptar que un bisoño imberbe se haya quedado con toda la peña sin despeinarse lo más mínimo, por lo que ha surgido un sinfín de ridículas teorías conspiratorias con las que los presuntos agraviados pretenden enmascarar su propia incompetencia, evitando así reconocer que un niño ha sido más listo que ellos. El cabreo hay que entenderlo desde el punto de vista humano. Piénsese, por ejemplo, en el joven aviador Mathias Rust cuando aterrizó en medio de la Plaza Roja de Moscú, o el afamado hacker Jonathan James, enviado a prisión con tan solo 16 años de edad por penetrar en los archivos del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Dos ejemplos de sendas travesuras juveniles que, como en el caso de Nicolás, se les fueron a sus autores de las manos.

El caso es que a un servidor, lejos de preocuparle si es la CIA o el KGB quien anda detrás de tales manejos, le interesa mucho más el qué puede pasarles a estos individuos por la cabeza en el momento de urdir sus fechorías. En el caso de Francisco Nicolás, estoy convencido de que los veinticinco mil euros son tan solo un pretexto baladí, una mera excusa para justificar el juego, que es lo único realmente importante. Del mismo modo que para Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo, el hurto en casa de la prestamista judía no deja de ser un McGuffin al estilo hitchcokiano, un simple testaferro que sirve de cobertura para el verdadero móvil de su acción, que no es otro que el de demostrarse a sí mismo si es capaz de acometer el reto de matar. Francisco Nicolás, Raskolnikov o Mathias Rust constituyen sendos paradigmas de un trastorno al que podríamos llamar síndrome de hiperfetación del ego, en los que el desafío se convierte en un fin en sí mismo, desplazando inevitablemente todo el acervo heredado de principios éticos y morales que conforman eso que de modo tan vago e impreciso llamamos “sentido común”. Concretamente, el amigo Nicolás ha conseguido elevar la realidad cotidiana a la categoría artística de farsa, transmutando aquella en una especie de show de Truman a la inversa, en que él escribe el guión y todos los que están a su alrededor se comportan como perfectas marionetas, ignorantes en todo momento de su papel de muñecos de guiñol en manos de un demiurgo invisible.

Hace mucho tiempo me vi involucrado en una situación parecida a las múltiples con las que este personaje ha estado ocupando últimamente las portadas de los periódicos. Ocurrió que mi sobrina, unos pocos años más joven que yo, estaba pasando unos días en León y había quedado con unas amigas. Me sugirió que quedáramos para tomar unos vinos ella, yo, sus amigas y unos amigos míos. Así que nos citamos en el bar la Mazmorra, en pleno Barrio Húmedo legionense. Cuando llegamos allí mis amigos y yo, ellas ya nos estaban esperando, de modo que empezaron las presentaciones rituales, con el consabido carrusel de besos y salutaciones. Fue tal el atolondramiento suscitado por tanta presencia femenina que, en un momento dado, me vi estrechando la mano de un chico. “Hola, soy Pedro”, dijo sencillamente. Como es preceptivo, yo también le dije mi nombre y le transmití que estaba encantado de conocerle, dando por hecho que sería el amigo o novio de alguna de las amigas de mi sobrina. Luego nos fuimos todos juntos a hacer el periplo consuetudinario por los bares del Húmedo, sin mayores problemas. Pedro se tomó un par de rondas con nosotros (de las cuales no pagó ninguna), manteniéndose en todo momento en un discreto segundo plano. Finalmente anunció su retirada, pretextando que al día siguiente tenía que madrugar, y se despidió afectuosamente de todos los presentes, repartiendo una nueva andanada de besos y apretones de manos. Cuando se ausentó del bar, le dije a mi sobrina:

-Un buen tipo, este Pedro, aunque algo tímido. Por cierto, ¿de qué le conocéis?

Mi sobrina se me quedó mirando, como si acabara de ver a un fantasma.

-¡Pero cómo! ¿No es amigo vuestro?

Tardé unos segundos (que se me antojaron una eternidad) en reaccionar, mientras trataba a duras penas de asimilar lo sucedido. Mis temores no tardaron en verse confirmados. Nadie le conocía de nada ni le había visto nunca, pero había decidido arrimarse al grupo al ver tanta chica guapa, aprovechando el revuelo inicial. Luego nadie se había molestado en averiguar su procedencia ni su identidad, dando por hecho que sería amigo o conocido de alguno de los que estábamos allí. O sea, aquel tipo se había quedado con todos nosotros. Lejos de guardarle rencor, debo confesar que nunca he dejado de sentir un retorcido respeto por aquel caradura, que había demostrado tener tanto morro como aplomo.

Por cierto, no recuerdo sus facciones, pero sí me acuerdo de que era un tipo bastante alto. Quién sabe. A lo mejor era Pedro Sánchez, uno que se coló una vez de tapadillo en una fiesta del PSOE y llegó a ser Secretario General.

Jardiel Poncela

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Su billete, gracias

Ya nadie habla de la magia de viajar en tren. Hasta eso se ha perdido. Antaño no había novela en la que al personaje no le sobreviniese la aventura más insospechada mientras iba montado en un tren de esos que unían dos insignificantes capitales de provincia en un trayecto tan emocionante al menos como la vida misma y mucho más largo. Como en las Estaciones Provinciales de Luis Mateo Díez, que relata vidas atadas a una estación, lugar mítico, cubierto en las obras del entonces genial narrador leonés de un permanente halo de misterio donde siempre, ya fuese de madrugada o en noche cerrada, la espesa niebla que jamás se disipaba del todo acompañaba la escena. Cualquier personaje mataría por aparecer en una de aquellas novelas de Luis Mateo; tomándose una última copa de mistela acodado en la barra mugrienta del bar de la estación, porfiando por huir de un pasado turbio sin lograrlo, a la espera de la llegada del siguiente tren, del que tampoco verá bajar a la mujer a la que continúa en vano esperando. Incluso Homero, de haber podido, ¿alguien duda de que hubiese subido a Ulises a un tren, haciéndole atravesar toda Grecia, la Itálica, las tierras francas y quién sabe si hasta llegar a la mismísima Santiago de Compostela de haber existido por aquel entonces? Ulises evitando el descarrilamiento del tren, empecinado en impedir que choque contra el muro de piedras que al desprenderse invadió la vía; Ulises y el cíclope, en la cubierta del vagón de cola, a mamporro limpio; Ulises tratando de hacer entrar en razón, él, el héroe, al severo revisor que no atiende a ellas y le exige impertérrito su billete, o tomando una última copa en esa estación provincial. Pero ya se sabe, el tiempo, las fechas, siempre limitándolo todo. La buena de Penélope hubiese podido andar tejiéndole algo más ligero que las inclemencias de los mares poco o nada tienen que ver con la relativa calma y comodidad que ofrece un viaje en tren, ni que sea desde Itaca hasta Galicia.

Si echo la vista atrás no me resulta difícil recordar alguna escena de mi vida ligada a un tren o a una estación. Cuántas vivencias no nos retrotraen a ello. Es posible que muchos no olviden Extraños en un tren, la genial cinta de Hitchcock. Yo no he sido capaz aún de borrar de mis recuerdos una infame película de serie B que llevaba por título Pánico en el Transiberiano, protagonizada por Christopher Lee, Peter Cushing y Telly Savalas. A ese film debo cierto resquemor a viajar en tren. A un viaje de juventud desde León hasta Gerona en el Estrella Galicia que no haya vuelto a poner los pies en uno. Y aún así añoro a veces su magia y me gusta, como a mi sobrino, sentarme a verlo pasar mientras reflexiono sobre el tránsito del tiempo o sencillamente pienso que acaso cualquiera de esos trenes sean metáfora de las vidas de algunos: un sinsentido; una huída desbocada y absurda siempre adelante; sin lugar a detenerse a recapacitar hacia dónde nos lleva ese viaje, con la chocante sensación de haber sacado un billete de tercera y sin arrestos suficientes para apearse en la parada siguiente. <<En la próxima me bajo>>; es posible que las palabras resuenen en la cabeza, pero sigues sin atreverte a bajar. La seguridad o la rutina reconfortan y te conformas con ver pasar a través de la ventana verdaderas oportunidades que dejarás escapar sin remedio. Por más que a veces el destino parezca echarte un cuarto a espadas, te has quedado sin altura de miras.

En el pueblo de pequeño solía acercarme al apeadero a ver pasar el tren y envidiaba a los afortunados viajeros que proseguían su peregrinaje; anhelaba en secreto ser algún día yo quien viajase lejos de allí en ese tren, hacia una vida distinta, plena, que mereciera la pena ser vivida. Y hoy, montado por fin en él, no sé muy bien hacia dónde me lleva este estúpido viaje al tuntún. A Ulises le esperaba al menos Penélope. Aunque lo cierto es que de haberse siquiera llegado a imaginar el bueno de Ulises leyendo cualquiera de las últimas novelas de Luís Mateo Díez de vuelta a Itaca vía Madrid, yendo de Vigo hasta la capital en un trayecto de más de diez horas y cuarenta y tres paradas, la última cosa que se le hubiese ocurrido es hacerlo en tren; en uno de Renfe, al menos. O sea, que de hacer caso del héroe de la Odisea, lo mejor será irse olvidando de trenes, estaciones y metáforas y de leer a Luis Mateo Díez; de viajar, tratar de hacerlo como el griego en barco; en uno de esos magníficos cruceros a ser posible, o si no en calesa, que también debe tener su aquel, y en todo caso contentarnos con releer las grandes novelas del autor leonés, perdida toda esperanza de que vuelva a escribir nada igual.

Phil O’Hara

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Mickey Mouse en la lista de morosos

Como dicen que mal de muchos, consuelo de tontos, me he llevado un cierto alegrón esta semana al comprobar que nuestro país, España, no tiene el monopolio del disparate. Resulta que el gobierno de Francia va a inyectarle mil millones de euros de dinero público al parque temático Eurodisney, con objeto de evitar la quiebra de la franquicia europea de la fábrica de sueños. Ahí es nada. Para que luego digan que el soñar no cuesta dinero.

En un principio, los argumentos esgrimidos para justificar este rescate de la banca de la imaginación suenan convincentes. Hay quince mil puestos de trabajo en juego y, la verdad, a uno se le encoge el corazón cuando se pone a pensar que aquellos iconos de nuestra infancia que fueron Mickey Mouse, el Pato Donald o Pluto, se vean abocados a engrosar las listas del paro. Pero, a poco que se rasque en la superficie, uno se pregunta si más bien no se tratará de mantener los beneficios empresariales de unos señores que se ven obligados a pagar a la productora Disney unos royalties más que sustanciosos por pasear el nombre de los susodichos por las calles de París. Ello encarece enormemente no solo el precio de las entradas a las atracciones, sino también de todo lo demás. Servidor nunca ha estado allí, pero sabe de buena tinta que comer, beber o encontrar alojamiento en el lugar salen por un huevo y la yema del otro, lo cual no es precisamente un reclamo para el visitante, menos en los actuales tiempos de crisis. Si bien es cierto que el tinglado lleva la friolera de veinte años acumulando pérdidas, suficiente para darle un pasmo y largar de vuelta al otro barrio a Walt Disney (cuyo cuerpo dicen que fue criopreservado, igual que el de John Fitzgerald Kennedy, aunque por lo visto se trate de una leyenda urbana), en el supuesto de que alguien se decidiera a descongelarlo.

En vista de tanto desatino, yo recomendaría a los presuntos implicados (líbreme Dios de no guardar las formas en el lenguaje jurídico; no me vaya a pasar como al juez Elpidio Silva) que viesen la excelente película de animación Fantasía, de la factoría Disney. Tal vez les resultara instructiva la gesta del desventurado Mickey Mouse, cuando está a punto de perecer ahogado a manos de las maléficas e incontroladas escobas, que no cesan de multiplicarse. Exactamente igual que la deuda, si trasladamos la moraleja del film a los mercados financieros. Di que por estos pagos es más fácil jugar a ser aprendiz de brujo, sabiendo que hay una ciudadanía sufriente que actúa en todo momento como escudo, poniendo dócilmente el culo para recibir los escobazos. Tal es la fórmula mágica para financiar el proyecto del AVE, versión mastodóntica del tren de la bruja de Eurodisney: capitalismo para los beneficios; socialismo para las pérdidas. Poco a poco van aprendiendo nuestros vecinos de allende los Pirineos de las marrullerías y desafueros que nos gastamos los de este lado, que todo lo malo se acaba pegando, como el virus del ébola. Y, además, para algo tienen un Primer Ministro de origen español.

En fin; quién lo iba a decir. Que hasta el mismísimo tío Gilito acabaría trincando subvenciones.

Jardiel Poncela

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Mi vida como un perro

Resulta de lo más entretenido ser español. Podremos morirnos de infarto, de cáncer, de accidente de tráfico o incluso de hambre, si sigue aumentando el paro y disminuyendo las prestaciones, pero está claro que no nos va a matar el aburrimiento. Para eso ya están los suecos, que con el mucho frío y las pocas horas de sol en invierno, no encuentran mejor cosa con que pasar el tiempo que suicidándose, con lo cual quedó liquidado para siempre el insufrible tedio de las tardes de domingo. Aquí, insisto, no tenemos ese problema. Eso nunca nos va a pasar.

De un tiempo a esta parte, el ébola ha pasado a engrosar la lista de posibles causas de defunción en nuestro país. Se da la paradoja de que el pánico ha cundido justamente ahora, cuando el tal virus ya llevaba más de cuarenta años suelto por las planicies de África, haciendo de las suyas. Pero claro, mientras los afectados fueran cuatro negros, la cosa como que nos traía al pairo. Ahora que el bicho se ha transmutado en pulga y cruzado de un salto el Estrecho, es como si se hubieran abierto las esclusas del pantano y quedara abierta la veda para el zafarrancho mediático. El fenómeno ha adquirido tales proporciones que, de no haber pasado Gabi, Fofó y Miliki a mejor vida, no me cabe la menor duda de que hubieran tenido que cerrar el circo por falta de aforo ante tan dura competencia. Aquí ha brillado la España cañí en todo su esplendor. No ha faltado de nada: tertulianos televisivos al borde del paroxismo; el Consejero de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, emulando a Chiquito de la Calzada con sus chistes de pésimo gusto; el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid abroncando a la contagiada por no haber elegido otra manera más discreta de morirse… Por su parte el Presidente del Gobierno, con sus poco creíbles llamamientos a la tranquilidad, me ha recordado cierta escena memorable de la película Aterriza como puedas, cuando sale la azafata y les dice a los pasajeros: “Señores, guarden la calma. Por cierto, ¿alguien entre ustedes sabe pilotar un avión?” Con el subsiguiente y lógico desmadre.

Pero lo más hilarante de todo ha sido la movida del perro Excalibur. Con todo ese corifeo de defensores de los derechos de los animales tildando de asesinos a los encargados de oficiar el sacrificio del desdichado can. Hombre, que yo en parte coincido con ellos cuando dicen que es a los políticos a los que habría que enviar al matadero, pero tampoco hay que ponerse tan jacobinos, digo yo. Máxime cuando, al fin y al cabo, el Partido Animalista también concurre a las elecciones. Estoy pensando que menudo lío si las ganan y no tienen gente suficiente para llenar todos los escaños. Pero bueno; siempre les quedará el recurso de imitar al emperador romano Calígula, que nombró senador a un caballo y casi nadie notó la diferencia. Por lo que respecta a la infeliz y difunta criatura, me la imagino en el cielo de los perros, con el hocico dilatado por el espanto y las orejas en punta, preguntándose cómo podremos ser los humanos de la piel de toro así de gilipollas. Y, con ese nombre tan legendario (Excalibur era el nombre de la espada que, según el mito, se hallaba clavada en una piedra hasta que la arrancó el Rey Arturo), cuánto tardará algún político en intentar sacarle provecho a la situación, enarbolando el hecho luctuoso de su martirio como reclamo electoral para captar votos. A la vista de tanto dislate, el desventurado animalillo pensará: “Nada de esto hubiera pasado si mi ama me hubiera puesto un nombre más convencionalmente perruno, como por ejemplo Tobby o Pipo, sin tanto pedigrí mediático”. Y seguramente tendrá razón.

Os voy a hablar yo de una manifestación a la que no fue nadie, entre otras cosas porque no se convocó (se supone que la izquierda y los sindicatos están demasiados ocupados con sus mariscadas coreanas, que dicen que salen en torno a los dos mil euros, quiero creer que no por cabeza). Un ciudadano gallego tenía, al parecer, cuentas pendientes con Hacienda, que en los tiempos actuales es lo más parecido al antiguo Tribunal del Santo Oficio. Resulta que esta persona había perdido el año pasado a un familiar en el descarrilamiento del TAV cerca de Santiago de Compostela, de infausto recuerdo, por lo que tenía derecho a una indemnización por daños y perjuicios. Pues bien: Hacienda ha optado por embargársela. Ya vemos que no hay que ir tan lejos como África para encontrar calamidades con tintes apocalípticos, comparables al ébola. Estoy seguro de que la estupidez y la miseria moral que asola este país acabará matándonos mucho más rápido de lo que el susodicho bacilo sea capaz.

En fin; he oído decir que el Presidente de Gobierno va a nombrar un gabinete de crisis para gestionar el tema, bajo la dirección de la Vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Personalmente, yo antes recomendaría para el puesto a Jorge Javier Vázquez.

Jardiel Poncela

Visca Catalunya lliure!

Todo aquel sarao fue el fruto de una llamada. Ángela, insospechadamente persuasiva, dirigía el cotarro con mano firme de hierro. A Mariano no le quedó otra que ceder una vez más, e iban tantas, a los deseos de aquella femme fatale. No le había dejado otra salida: Cristóbal, por el bien común de la hija de Agénor y de Telefasa y en aras de la sacrosanta austeridad dictada desde el lejano enclave rodeado por Brandeburgo, debería sacrificar este año el desfile y organizar a su vez una modesta velada en el Teatro Real.

Fiándolo si no todo, casi, a la buena fortuna y a sabiendas de que una velada jamás luciría con la vistosidad de un desfile, Mariano y Cristóbal se pusieron manos a la obra. El glorioso alzamiento del telón abrió una función a la altura de la concurrencia y empezaron a enfilar por el proscenio, uno tras de otro, la flor y nata del Reino; un glosario de lo más granado que pudiere imaginarse: prohombres de postín, algunas de las mujeres más influyentes de nuestra historia y hasta la cabra de la Legión.

¡Cuán difícil es estar en misa y repicando! pese a lo cual Mariano y Cristóbal, vanitas vanitatis, no supieron resistir la tentación de subir al escenario; tan sobresalientes pueden llegar a ser las ansias de gloria. A dúo, a capella y en porretas interpretaron de manera magistral una selección de artículos de la Constitución de mil novecientos setenta y ocho que el respetable premió con cerrada y muy merecida ovación. Sin solución de continuidad hizo acto de presencia Jaume Sisa, seguido de Blancanieves, Pulgarcito, los tres cerditos, el perro Snoopy y su secretario Emilio, y Simbad, Ali-baba y Gullivert. Al aparecer también Jaimito, doña Urraca, Carpanta y Barba-azul y cuando toda la sala cantaba a coro el célebre estribillo (“Oh, benvinguts, passeu passeu, de les tristors en farem fum, a casa meva és casa vostra si és que hi ha cases d’algú”) una pareja de la Benemérita llegó para prender a Albert Pla, que se había colado en el espectáculo, por haber proferido graves insultos contra el cantautor catalán Ricardo Solfa y contra Pablo Iglesias. Roberto Alcázar y Pedrín dando un paso al frente y dirigiéndose enérgico mas con educación a la pareja de guardias civiles, les espetó: “Ep! A mi em parlin en català!”. Quim Cabré, que había saltado al tablado y amenazaba ahora a los dos guardias civiles hierro en ristre, blandiéndolo con violentos aspavientos que acompañaba con ininteligibles expresiones en lengua vernácula que rezaban tal que “i que gatzim i que gatzam, que ja us he fet la marca del zorro!”, sembró por momentos el desconcierto en la sala. A poner algo de orden en la misma acudió presto su Excelencia el ex Jefe del Estado, acompañado de su santa, doña Carmen Polo. El general, con los calzones a medio bajar, empezó a masturbarse sin rubor ni sombra de sonrojo mientras doña Carmen procedía a saludar a un entregado auditorio, hasta que el Caudillo dio por inaugurado aquel pantano, mandó al selecto auditorio a tomar por el culo, a que hicieran todos como él y no se metiesen en política y se despidió entre vítores con un sonoro “Visca Catalunya lliure!” mientras Carmen le susurraba al oído “anem Siset, anem”. Mortadelo, sobre un atril, juraba el cargo de ministro de Sanidad, recibiendo de su antecesora una cartera de la Señorita Pepis; Filemón oficiaba de maestro de ceremonia. Surgió entonces, para clausurar aquello, la cabra de la Legión balando por soleares y tirando de un legionario ataviado para la ocasión con la elástica del Real Madrid que portaba una ikurriña. Cayó por fin el telón, conformado por todas las banderas a modo de teselas de un enorme mosaico de las diecisiete comunidades y de las dos ciudades autónomas, más las de los cincuenta y cuatro países del continente negro. Palmas, vivas y más palmas. Mariano y Cristóbal parecían encantados. La enardecida muchedumbre se había divertido de lo lindo. La velada había resultado todo un éxito. Artur también disfrutaba y lo único que consultaba era la hora (la función se estaba alargando más de lo previsto, se le hacía tarde y por nada del mundo quería perder el último tren de vuelta a casa).

Puesta en pie en su palco Ángela aplaudía a rabiar dándose por satisfecha y volviendo a alabar el buen quehacer de Mariano. Junto a ella, Zp, aunque no desfiló ninguna bandera americana, persistió en sus trece y siguió sin levantarse; a su vera, Jose María, con ese tono nasal suyo, no cesaba de salmodiar mecánicamente “¡España va bien!, España va bien!”. No muy lejos de allí Vicente del Bosque y un servidor no dábamos crédito a tamaño sainete y permanecíamos sin mediar palabra aunque fuese sólo por no dar pábulo y que aquello acabase convirtiéndose en un reality show. En el guardarropía el expresident Pujol saqueaba bolsillos, trataba de vender décimos de la lotería de Navidad y refunfuñaba “això avui no toca!, això no toca!” mientras la Caballé entonaba las notas de “España Cañí”.

Afuera el cielo se teñía de un azul perezoso, presagio de un nuevo día que iba a ser extrañamente caluroso mediado casi ya octubre. Las calles a poco iban retomando un pulso todavía anodino. Amanecía, que no es poco.

Phil O’Hara

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Amicus Plato sed magis amica veritas

Cansado de desayunarme una mañana más con la misma monserga, hoy me he decidido por fin a salir a la calle para tratar de hallar la voluntad del pueblo. No iba a ser difícil; si a todo el mundo se le llenaba la boca con la idea, seguro que yo me daría de bruces contra ella más pronto que tarde al girar cualquier esquina. Salir a encontrar la voluntad del pueblo no debería llevarme, pues, más allá de un par de horas; tres a lo sumo, pensé, ingenuo de mí. Aunque ahora que recapacito y lo reflexiono detenidamente, si Diógenes a plena luz del día, lámpara en mano, no fue capaz de dar con un solo hombre paseando por las calles de la populosa Atenas, topar con la maldita voluntad del pueblo podría tratarse de una tarea mucho más ardua de lo que imaginé en un principio.

Lo cierto es que tras mucho andar por el pueblo di, sí, con un campanario, con varias plazas y calles, con la casa consistorial incluso, con una biblioteca, dos panaderías, un supermercado y hasta con unos cuantos bares, claro. De la voluntad del pueblo, empero, ni rastro. Yo sí tuve la fortuna de encontrarme también con hombres, aunque dudo mucho que fuesen del tipo que buscaba Diógenes. ¿No será que los pueblos no tienen voluntad? Seguramente sea eso; será que esa facultad es propia de hombres -y no de todos-. Será, además, que en cada uno la facultad se manifiesta de tantos modos a lo largo no ya del día, sino de una triste hora, de dos sencillos instantes casi, que pretender que exista algo como la voluntad del pueblo es como pretender desleír un perdigón en un vaso de agua; un imposible.

¿Por qué, pues, se insiste una vez y otra en hablar de la voluntad del pueblo? Más que eufemismo o metáfora, me parece a mí que es simple y llanamente por el mezquino propósito de llevar siempre el agua al molino propio. En cuitas parecidas andaría, me figuro, el bueno de Diógenes de Sinope. De haber vivido en esta época y por estos lares, hubiese profesado por esa casta inmunda de políticos nuestros el mismo desprecio que parecía profesar en aquel entonces por la humanidad. Le hubiese resultado un trabajo hercúleo dar con un solo político honesto sobre la faz de esta España nuestra; una España donde un delincuente confeso como el expresidente Jordi Pujol se permite la desfachatez de abroncar en sede parlamentaria a quienes sin estar allí para juzgarle le estaban juzgando: creería el ladrón -y acertaría, vive Dios- que todos eran de su condición. Una España donde la corrupción en la esfera de lo público -que demos por sentado que en la de lo privado sea moneda de curso legal dice mucho de la catadura moral, ésa sí, del pueblo- hiede hasta anegarlo todo; aunque, animales de costumbres, nos hayamos avezado vergonzosamente a ese hedor y lo soportemos sin más; sin que ni tan siquiera nos haga falta llevar una pinza en la nariz, a la manera de nuestros vecinos galos. A nadie parece importarle que nuestros políticos se perpetúen en los cargos; como si la limitación de mandatos no pudiese existir; como si los mandatos no fuesen sino por encargo nuestro, simple representación conferida por ciudadanos con derecho al voto. A nadie le importa que esos mismos políticos hayan metamorfoseado la democracia en una asquerosa y ridícula partitocracia; a pesar de lo cual se siguen llenando la boca, unos y otros, de la palabra Democracia, así, en mayúscula. “Es que yo soy demócrata”, afirman grandilocuentemente, como si se tratara del no va más, de algún sanctasanctórum; pese a que Winston Churchill ya dejase dicho algo así como que la democracia no era sino el menos malo de los sistemas políticos. ¿Cuál será entonces el mejor sistema de gobierno? La aristocracia, claro; en el sentido que le daba al término Platón: el gobierno de los mejores; y «los mejores» eran los filósofos, buscadores de la verdad y de un claro sistema ético. Aunque hoy, desde luego, ninguno asumiríamos un gobierno así, porque no íbamos a acordar quiénes eran los mejores y porque en este país de pícaros, golfos y tunantes casi iba a ser mejor quedarnos como estamos, que al menos hoy a quien gobierna lo hemos votado nosotros; no es cualquier hideputa; es nuestro hijo de puta, que diría aquel.

Así que no tuve más remedio que volver a casa. No encontré la famosa voluntad del pueblo por ningún lado. Quizá me crucé con algún hombre honesto, aunque no podría asegurarlo. De lo que sí estoy seguro es de que pasarán cuarenta años más y este país seguirá sin entender que la virtud es el soberano bien. Para entonces muchos luciremos calva y hasta es posible que no nos quede otra que vivir como Diógenes el Cínico en una tinaja, que la esperanza es lo último que se pierde, pero sólo cuando se tiene.

Phil O’Hara

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Un independentista en el planeta de los simios

(Comienza la proyección y aparece reunido el Consejo Simio, presidido por Mariano Rajoy, caracterizado como  Doctor Zadius. Le acompañan Cristóbal Montoro, en el papel del siniestro General Thade, y Pedro Sánchez, como el bondadoso Aurelio. Es entonces conducido a su presencia Artur Mas, ataviado con una barretina y un exiguo taparrabos, escoltado por una pareja de gorilas que lo empujan a los pies de Zadius-Rajoy. Este apenas le dedica una mirada cargada de desdén).

RAJOY.- ¿Qué me traéis aquí?

MONTORO (incorporándose).- Doctor Zadius, éste es el humano al que ordené que detuvieran. Al parecer, ha cometido la osadía de tener ideas propias. Reclama para sí nada menos que su propio espacio en el planeta, sin someterse a la autoridad de los simios, y, por si fuera poco, reclama incluso su propia agencia tributaria.

RAJOY (riendo simiescamente).- ¡Eso es ridículo! Ningún humano tiene ideas propias. Ni siquiera saben hablar.

MONTORO.- Se equivoca en eso, Zadius. Le puedo asegurar que éste de aquí habla muy raro, eso sí, pero habla.

(Artur Mas levanta la vista y lanza en catalán unos cuantos improperios dirigidos contra los miembros del Consejo Simio. Estos se quedan mirándose unos a otros con cara de circunstancias. Rajoy-Zadius se encoge de hombros).

RAJOY.- ¿Hay alguien aquí que entienda el lenguaje de los humanos?

MAS.- No hace falta. Sé hablar también tu idioma, mono asqueroso.

(Los dos gorilas se disponen a golpear a Artur Mas, pero Zadius-Rajoy los detiene con un gesto. Su cara de orangután comienza a traslucir cierta curiosidad por el humano).

RAJOY.- Dinos, ¿por qué quieres dejar de acatar la autoridad de los simios?

MAS (escupiendo al suelo).- ¿Y todavía me lo preguntas? Aparte de ser peludos y feos, la vuestra no es más que una despreciable república bananera ¡Me dais asco!

RAJOY (levantándose, sumamente enfadado).- ¡Maldita sabandija depilada! ¿Cómo te atreves?…

(Zadius-Rajoy se dispone a golpear a Artur Mas con su enorme manaza de orangután, pero logra detenerle a tiempo Aurelio-Pedro Sánchez, que hasta entonces ha permanecido silencioso).

SÁNCHEZ.- ¡Un momento, Zadius! Creo que es posible un futuro de paz y prosperidad para todos, en el que simios y humanos convivan pacíficamente.

RAJOY (volviéndose a sentar, más calmado).- Los chimpancés siempre habéis sido unos ingenuos.

SÁNCHEZ.- Así todo, debemos esforzarnos por retomar el diálogo, siempre dentro del marco legal vigente.

(Mientras dicen esto, los tres simios toman sendos plátanos de una opulenta bandeja situada a su lado, que comienzan a pelar despreocupadamente. Artur Mas revienta de risa, para asombro de todos, que se le quedan mirando).

MAS.- Cuánto me hacéis reír con vuestras memeces del marco legal vigente, mientras os zampáis tranquilamente delante de nuestras narices los plátanos que cultivamos con tanto esfuerzo. Debéis saber que los humanos estamos más que hartos de trabajar en vuestras plantaciones como meros esclavos.

MONTORO.- Tampoco hay que ponerse así, hombre (nunca mejor dicho, je, je). Tú mismo acabas de decir hace un momento que somos una despreciable república bananera.

(Todos los simios presentes rompen a chillar con estrépito, riendo la gracia de Montoro-Thade. Artur Mas y Pedro Sánchez-Aurelio permanecen impertérritos. Rajoy-Zadius logra aplacar las risas con gran esfuerzo).

RAJOY.- Disculpa el sarcasmo del general, pero tienes que comprender que no hay plátanos suficientes para todos. En épocas de escasez, es lógico que los simios tengan preferencia. En cualquier caso, no debes obsesionarte con el tema. El general lo tiene todo absolutamente controlado, ¿no es así, camarada Thade?

MONTORO.- Efectivamente, Zadius. No hay ningún motivo de preocupación. Se prevé la recuperación económica para el próximo año 4015, al decir de los expertos. No obstante, tardará un tiempo hasta que los humanos comencéis a notar los efectos. Entretanto, habrá que seguir racionando los plátanos.

SÁNCHEZ (suspirando, escéptico).- ¿Dónde he oído eso antes?

(Mientras están distraídos hablando, un gropúsculo de sigilosos monos verdes vienen por detrás y se llevan todos los plátanos de la bandeja. Artur Mas lo ha visto todo, pero no dice nada, limitándose a sonreír con sorna. Montoro-Thade se da la vuelta y da un respingo, al ver la bandeja vacía. Los restantes simios se vuelven asimismo al advertir el gesto de Montoro, quedando en el semblante de todos ellos retratada la consternación).

MONTORO.- ¡Anda la hostia! ¿Qué ha pasado aquí?

RAJOY (suspicaz).- Esto tiene toda la pinta de ser cosa de Rodrigo y los suyos. Nunca me fié de él. Siempre quiso levantarme la presidencia del Consejo Simio…

SÁNCHEZ (aparte, sarcástico).- Creo que esto va a suponer un buen varapalo a vuestra cacareada recuperación económica.

(Durante este tiempo, Artur Mas ha logrado soltarse las ligaduras sin que nadie le vea. Con gran rapidez y habilidad, le arrebata la escopeta a uno de los gorilas, procediendo a encañonar con ella a todos los presentes).

MAS.- ¡Quietos todos! Al primero que haga una monería, le vuelo la maldita cabeza. Ahora mismo me cojo un caballo y a mi novia, y nos vamos a la zona prohibida. Sólo lo diré una vez: que nadie intente detenernos.

(Las reacciones de los simios son muy diversas ante la inesperada reacción de Artur Mas. Sánchez-Aurelio sonríe complacido, Montoro-Thade crispa furiosamente los puños. Rajoy-Zadius, por su parte, deja escapar un atribulado suspiro).

RAJOY.- Está bien. Creo que es inútil todo lo que podamos decir para convencerte. Si tanto interés tienes en irte, vete. Ya descubrirás la verdad por ti mismo.

MAS (visiblemente sorprendido).- ¿Vais a dejarme marchar? ¿Así, sin más?

RAJOY (guiñando un ojo a los presentes).- Hombre, así sin Más… no creo.

(Los simios prorrumpen en un ensordecedor coro de chillidos, riendo el ingenioso juego de palabras de Rajoy-Zadius. Artur Mas comienza a andar hacia atrás, muy serio y sin dejar de encañonar a los simios, que no paran de reír. Hay un fundido en negro. En el siguiente fotograma aparece Artur Mas, cabalgando por la playa en compañía de Carmen Forcadell, que lleva por toda vestimenta un bikini estampado con los colores de la “estelada”. La conversación entre ellos se desarrolla en catalán, con subtítulos para que el público la pueda entender).

FORCADELL (mimosa).- Y dime, Arturet mío, en esa tierra prometida a donde vamos… ¿podremos de verdad comernos todos los plátanos que cosechemos, sin tener que dárselos a los malvados simios?

MAS.- Para empezar, querida mía, te diré que estoy harto de comer plátanos. Se acabaron los plátanos para siempre. La tierra prometida a la que vamos es un lugar maravilloso, donde podremos hartarnos de butifarra y pan tumaca a todas horas. Todo ello, cómo no, regado con buen cava y vinos del Penedés. Verás cómo te va a encantar.

FORCADELL (agarrándose aún más fuerte al torso de Artur Mas).- ¡Oh Arturet! ¡Qué ganas tengo de llegar! Estoy segura de que vamos a ser muy felices allí.

(Pero Artur Mas no le presta ya ninguna atención a los arrumacos de Carmen Forcadell. Su expresión ha quedado totalmente desencajada ante la vista de un objeto situado fuera del campo visual de la cámara. Con movimientos pausados, se apea del caballo y camina unos pasos hacia delante, para luego dejarse caer de rodillas y ocultar su rostro en la arena, al tiempo que comienza a golpear ésta furiosamente con los puños. Carmen Forcadell permanece en la montura, mirándole con cara de póquer).

MAS.- ¡No puede ser! Todo este tiempo he estado en mi casa y no me había dado cuenta. Han acabado con todo, malditos… ¡Os maldigo a todos!

(Las palabras se hacen ininteligibles, quedando ahogadas por un llanto convulsivo. La cámara gira lentamente y entonces el público puede ver el objeto que ha provocado la desesperación de Mas. Sobre la arena de la playa, desalojada de su pedestal, podemos ver la estatua de Jordi Pujol, tumbada boca abajo con las manos grotescamente cruzadas a la espalda. La cámara se va alejando poco a poco, ofreciendo un plano general de la dantesca escena).

THE END

Jardiel Poncela

 

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