Amicus Plato sed magis amica veritas

Cansado de desayunarme una mañana más con la misma monserga, hoy me he decidido por fin a salir a la calle para tratar de hallar la voluntad del pueblo. No iba a ser difícil; si a todo el mundo se le llenaba la boca con la idea, seguro que yo me daría de bruces contra ella más pronto que tarde al girar cualquier esquina. Salir a encontrar la voluntad del pueblo no debería llevarme, pues, más allá de un par de horas; tres a lo sumo, pensé, ingenuo de mí. Aunque ahora que recapacito y lo reflexiono detenidamente, si Diógenes a plena luz del día, lámpara en mano, no fue capaz de dar con un solo hombre paseando por las calles de la populosa Atenas, topar con la maldita voluntad del pueblo podría tratarse de una tarea mucho más ardua de lo que imaginé en un principio.

Lo cierto es que tras mucho andar por el pueblo di, sí, con un campanario, con varias plazas y calles, con la casa consistorial incluso, con una biblioteca, dos panaderías, un supermercado y hasta con unos cuantos bares, claro. De la voluntad del pueblo, empero, ni rastro. Yo sí tuve la fortuna de encontrarme también con hombres, aunque dudo mucho que fuesen del tipo que buscaba Diógenes. ¿No será que los pueblos no tienen voluntad? Seguramente sea eso; será que esa facultad es propia de hombres -y no de todos-. Será, además, que en cada uno la facultad se manifiesta de tantos modos a lo largo no ya del día, sino de una triste hora, de dos sencillos instantes casi, que pretender que exista algo como la voluntad del pueblo es como pretender desleír un perdigón en un vaso de agua; un imposible.

¿Por qué, pues, se insiste una vez y otra en hablar de la voluntad del pueblo? Más que eufemismo o metáfora, me parece a mí que es simple y llanamente por el mezquino propósito de llevar siempre el agua al molino propio. En cuitas parecidas andaría, me figuro, el bueno de Diógenes de Sinope. De haber vivido en esta época y por estos lares, hubiese profesado por esa casta inmunda de políticos nuestros el mismo desprecio que parecía profesar en aquel entonces por la humanidad. Le hubiese resultado un trabajo hercúleo dar con un solo político honesto sobre la faz de esta España nuestra; una España donde un delincuente confeso como el expresidente Jordi Pujol se permite la desfachatez de abroncar en sede parlamentaria a quienes sin estar allí para juzgarle le estaban juzgando: creería el ladrón -y acertaría, vive Dios- que todos eran de su condición. Una España donde la corrupción en la esfera de lo público -que demos por sentado que en la de lo privado sea moneda de curso legal dice mucho de la catadura moral, ésa sí, del pueblo- hiede hasta anegarlo todo; aunque, animales de costumbres, nos hayamos avezado vergonzosamente a ese hedor y lo soportemos sin más; sin que ni tan siquiera nos haga falta llevar una pinza en la nariz, a la manera de nuestros vecinos galos. A nadie parece importarle que nuestros políticos se perpetúen en los cargos; como si la limitación de mandatos no pudiese existir; como si los mandatos no fuesen sino por encargo nuestro, simple representación conferida por ciudadanos con derecho al voto. A nadie le importa que esos mismos políticos hayan metamorfoseado la democracia en una asquerosa y ridícula partitocracia; a pesar de lo cual se siguen llenando la boca, unos y otros, de la palabra Democracia, así, en mayúscula. “Es que yo soy demócrata”, afirman grandilocuentemente, como si se tratara del no va más, de algún sanctasanctórum; pese a que Winston Churchill ya dejase dicho algo así como que la democracia no era sino el menos malo de los sistemas políticos. ¿Cuál será entonces el mejor sistema de gobierno? La aristocracia, claro; en el sentido que le daba al término Platón: el gobierno de los mejores; y «los mejores» eran los filósofos, buscadores de la verdad y de un claro sistema ético. Aunque hoy, desde luego, ninguno asumiríamos un gobierno así, porque no íbamos a acordar quiénes eran los mejores y porque en este país de pícaros, golfos y tunantes casi iba a ser mejor quedarnos como estamos, que al menos hoy a quien gobierna lo hemos votado nosotros; no es cualquier hideputa; es nuestro hijo de puta, que diría aquel.

Así que no tuve más remedio que volver a casa. No encontré la famosa voluntad del pueblo por ningún lado. Quizá me crucé con algún hombre honesto, aunque no podría asegurarlo. De lo que sí estoy seguro es de que pasarán cuarenta años más y este país seguirá sin entender que la virtud es el soberano bien. Para entonces muchos luciremos calva y hasta es posible que no nos quede otra que vivir como Diógenes el Cínico en una tinaja, que la esperanza es lo último que se pierde, pero sólo cuando se tiene.

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “Amicus Plato sed magis amica veritas

  1. Nada más peligroso que esos demagogos de tres al cuarto, que se arrogan la condición de depositarios de la voluntad del pueblo, creyéndose que el pueblo son ellos. Al igual que Platón y al revés que Paco Martínez Soria, yo me declaro animal urbano, inclinándome sin dudarlo por la polis (ciudad, en griego). Lúcida reflexión, amigo O’Hara.

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    • Phil O'Hara dice:

      Sinceramente pienso que no hay, sensu stricto, una voluntad del pueblo. Se confunde tal con el resultado del voto emitido por aquellos que, con derecho a ejercerlo como ciudadanos que forman parte del censo electoral, deciden ir a votar. Sobre el papel que juegue ahí la voluntad me temo que habría mucho que discutir. Quizá algún día hallaremos el tiempo necesario para hacerlo disfrutando de un buen banquete. Nada me resultaría más placentero. Por cierto, ¿no tendrá usted intención de viajar a Madrid cualquier día de estos? A mediados de noviembre pienso dejarme caer por allí un par de días para visitar el Prado y alguna que otra cosa más y sería curioso que fortuna nos deparase un encuentro en la Villa y Corte.

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