Mi vida como un perro

Resulta de lo más entretenido ser español. Podremos morirnos de infarto, de cáncer, de accidente de tráfico o incluso de hambre, si sigue aumentando el paro y disminuyendo las prestaciones, pero está claro que no nos va a matar el aburrimiento. Para eso ya están los suecos, que con el mucho frío y las pocas horas de sol en invierno, no encuentran mejor cosa con que pasar el tiempo que suicidándose, con lo cual quedó liquidado para siempre el insufrible tedio de las tardes de domingo. Aquí, insisto, no tenemos ese problema. Eso nunca nos va a pasar.

De un tiempo a esta parte, el ébola ha pasado a engrosar la lista de posibles causas de defunción en nuestro país. Se da la paradoja de que el pánico ha cundido justamente ahora, cuando el tal virus ya llevaba más de cuarenta años suelto por las planicies de África, haciendo de las suyas. Pero claro, mientras los afectados fueran cuatro negros, la cosa como que nos traía al pairo. Ahora que el bicho se ha transmutado en pulga y cruzado de un salto el Estrecho, es como si se hubieran abierto las esclusas del pantano y quedara abierta la veda para el zafarrancho mediático. El fenómeno ha adquirido tales proporciones que, de no haber pasado Gabi, Fofó y Miliki a mejor vida, no me cabe la menor duda de que hubieran tenido que cerrar el circo por falta de aforo ante tan dura competencia. Aquí ha brillado la España cañí en todo su esplendor. No ha faltado de nada: tertulianos televisivos al borde del paroxismo; el Consejero de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, emulando a Chiquito de la Calzada con sus chistes de pésimo gusto; el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid abroncando a la contagiada por no haber elegido otra manera más discreta de morirse… Por su parte el Presidente del Gobierno, con sus poco creíbles llamamientos a la tranquilidad, me ha recordado cierta escena memorable de la película Aterriza como puedas, cuando sale la azafata y les dice a los pasajeros: “Señores, guarden la calma. Por cierto, ¿alguien entre ustedes sabe pilotar un avión?” Con el subsiguiente y lógico desmadre.

Pero lo más hilarante de todo ha sido la movida del perro Excalibur. Con todo ese corifeo de defensores de los derechos de los animales tildando de asesinos a los encargados de oficiar el sacrificio del desdichado can. Hombre, que yo en parte coincido con ellos cuando dicen que es a los políticos a los que habría que enviar al matadero, pero tampoco hay que ponerse tan jacobinos, digo yo. Máxime cuando, al fin y al cabo, el Partido Animalista también concurre a las elecciones. Estoy pensando que menudo lío si las ganan y no tienen gente suficiente para llenar todos los escaños. Pero bueno; siempre les quedará el recurso de imitar al emperador romano Calígula, que nombró senador a un caballo y casi nadie notó la diferencia. Por lo que respecta a la infeliz y difunta criatura, me la imagino en el cielo de los perros, con el hocico dilatado por el espanto y las orejas en punta, preguntándose cómo podremos ser los humanos de la piel de toro así de gilipollas. Y, con ese nombre tan legendario (Excalibur era el nombre de la espada que, según el mito, se hallaba clavada en una piedra hasta que la arrancó el Rey Arturo), cuánto tardará algún político en intentar sacarle provecho a la situación, enarbolando el hecho luctuoso de su martirio como reclamo electoral para captar votos. A la vista de tanto dislate, el desventurado animalillo pensará: “Nada de esto hubiera pasado si mi ama me hubiera puesto un nombre más convencionalmente perruno, como por ejemplo Tobby o Pipo, sin tanto pedigrí mediático”. Y seguramente tendrá razón.

Os voy a hablar yo de una manifestación a la que no fue nadie, entre otras cosas porque no se convocó (se supone que la izquierda y los sindicatos están demasiados ocupados con sus mariscadas coreanas, que dicen que salen en torno a los dos mil euros, quiero creer que no por cabeza). Un ciudadano gallego tenía, al parecer, cuentas pendientes con Hacienda, que en los tiempos actuales es lo más parecido al antiguo Tribunal del Santo Oficio. Resulta que esta persona había perdido el año pasado a un familiar en el descarrilamiento del TAV cerca de Santiago de Compostela, de infausto recuerdo, por lo que tenía derecho a una indemnización por daños y perjuicios. Pues bien: Hacienda ha optado por embargársela. Ya vemos que no hay que ir tan lejos como África para encontrar calamidades con tintes apocalípticos, comparables al ébola. Estoy seguro de que la estupidez y la miseria moral que asola este país acabará matándonos mucho más rápido de lo que el susodicho bacilo sea capaz.

En fin; he oído decir que el Presidente de Gobierno va a nombrar un gabinete de crisis para gestionar el tema, bajo la dirección de la Vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Personalmente, yo antes recomendaría para el puesto a Jorge Javier Vázquez.

Jardiel Poncela

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2 pensamientos en “Mi vida como un perro

  1. Phil O'Hara dice:

    De no tratarse de un asunto tan serio, vendría al caso la siguiente reflexión de alguien que atina en lo esencial: “En un país en el que todos los años hay que explicar el protocolo de las campanadas de fin de año, lo del ébola era sólo cuestión de tiempo.” O más corto, como diría el genial Forges: “¡País!”.

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  2. Muy atinado, en efecto, Señor O’Hara. Tampoco vendría mal la reflexión de cierto miembro entrañable de nuestro elenco humorístico, que pronunciara la siguiente frase en aquel sketch inolvidable en el que se impartía una clase magistral sobre cómo llenar un vaso de agua: “Mesdames et Messieurs, regardez la gilipolluá”.

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