Hola, soy Pedro

Hay quien comparte con Santa Claus, además del nombre (que viene del alemán y significa San Nicolás en castellano), el don de la ubicuidad. Nunca entendí de niño eso de que el mentado santo o los Reyes Magos, sus adláteres en suelo patrio, pudieran estar simultáneamente en todos los hogares infantiles durante la víspera del día de Navidad o Epifanía, según las tradiciones locales. Hasta que el joven Francisco Nicolás ha venido a disipar mi escepticismo. Discípulo aventajado del mítico Frank Abagnale Jr. (a quien dedicara Steven Spielberg una magnífica e infravalorada película con un igualmente magnífico Leonardo Di Caprio), este muchacho les ha subido los colores a todos los servicios de inteligencia españoles, a los que bien cabría denominar servicios de estupidez tras haberse dejado robar la cartera tan ingenuamente (y algo más que la cartera, como es el caso de cierto empresario al que lograra estafar la bagatela de veinticinco mil euros, al mejor estilo de Paul Newman y Robert Redford en El golpe). Es duro tener que aceptar que un bisoño imberbe se haya quedado con toda la peña sin despeinarse lo más mínimo, por lo que ha surgido un sinfín de ridículas teorías conspiratorias con las que los presuntos agraviados pretenden enmascarar su propia incompetencia, evitando así reconocer que un niño ha sido más listo que ellos. El cabreo hay que entenderlo desde el punto de vista humano. Piénsese, por ejemplo, en el joven aviador Mathias Rust cuando aterrizó en medio de la Plaza Roja de Moscú, o el afamado hacker Jonathan James, enviado a prisión con tan solo 16 años de edad por penetrar en los archivos del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Dos ejemplos de sendas travesuras juveniles que, como en el caso de Nicolás, se les fueron a sus autores de las manos.

El caso es que a un servidor, lejos de preocuparle si es la CIA o el KGB quien anda detrás de tales manejos, le interesa mucho más el qué puede pasarles a estos individuos por la cabeza en el momento de urdir sus fechorías. En el caso de Francisco Nicolás, estoy convencido de que los veinticinco mil euros son tan solo un pretexto baladí, una mera excusa para justificar el juego, que es lo único realmente importante. Del mismo modo que para Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo, el hurto en casa de la prestamista judía no deja de ser un McGuffin al estilo hitchcokiano, un simple testaferro que sirve de cobertura para el verdadero móvil de su acción, que no es otro que el de demostrarse a sí mismo si es capaz de acometer el reto de matar. Francisco Nicolás, Raskolnikov o Mathias Rust constituyen sendos paradigmas de un trastorno al que podríamos llamar síndrome de hiperfetación del ego, en los que el desafío se convierte en un fin en sí mismo, desplazando inevitablemente todo el acervo heredado de principios éticos y morales que conforman eso que de modo tan vago e impreciso llamamos “sentido común”. Concretamente, el amigo Nicolás ha conseguido elevar la realidad cotidiana a la categoría artística de farsa, transmutando aquella en una especie de show de Truman a la inversa, en que él escribe el guión y todos los que están a su alrededor se comportan como perfectas marionetas, ignorantes en todo momento de su papel de muñecos de guiñol en manos de un demiurgo invisible.

Hace mucho tiempo me vi involucrado en una situación parecida a las múltiples con las que este personaje ha estado ocupando últimamente las portadas de los periódicos. Ocurrió que mi sobrina, unos pocos años más joven que yo, estaba pasando unos días en León y había quedado con unas amigas. Me sugirió que quedáramos para tomar unos vinos ella, yo, sus amigas y unos amigos míos. Así que nos citamos en el bar la Mazmorra, en pleno Barrio Húmedo legionense. Cuando llegamos allí mis amigos y yo, ellas ya nos estaban esperando, de modo que empezaron las presentaciones rituales, con el consabido carrusel de besos y salutaciones. Fue tal el atolondramiento suscitado por tanta presencia femenina que, en un momento dado, me vi estrechando la mano de un chico. “Hola, soy Pedro”, dijo sencillamente. Como es preceptivo, yo también le dije mi nombre y le transmití que estaba encantado de conocerle, dando por hecho que sería el amigo o novio de alguna de las amigas de mi sobrina. Luego nos fuimos todos juntos a hacer el periplo consuetudinario por los bares del Húmedo, sin mayores problemas. Pedro se tomó un par de rondas con nosotros (de las cuales no pagó ninguna), manteniéndose en todo momento en un discreto segundo plano. Finalmente anunció su retirada, pretextando que al día siguiente tenía que madrugar, y se despidió afectuosamente de todos los presentes, repartiendo una nueva andanada de besos y apretones de manos. Cuando se ausentó del bar, le dije a mi sobrina:

-Un buen tipo, este Pedro, aunque algo tímido. Por cierto, ¿de qué le conocéis?

Mi sobrina se me quedó mirando, como si acabara de ver a un fantasma.

-¡Pero cómo! ¿No es amigo vuestro?

Tardé unos segundos (que se me antojaron una eternidad) en reaccionar, mientras trataba a duras penas de asimilar lo sucedido. Mis temores no tardaron en verse confirmados. Nadie le conocía de nada ni le había visto nunca, pero había decidido arrimarse al grupo al ver tanta chica guapa, aprovechando el revuelo inicial. Luego nadie se había molestado en averiguar su procedencia ni su identidad, dando por hecho que sería amigo o conocido de alguno de los que estábamos allí. O sea, aquel tipo se había quedado con todos nosotros. Lejos de guardarle rencor, debo confesar que nunca he dejado de sentir un retorcido respeto por aquel caradura, que había demostrado tener tanto morro como aplomo.

Por cierto, no recuerdo sus facciones, pero sí me acuerdo de que era un tipo bastante alto. Quién sabe. A lo mejor era Pedro Sánchez, uno que se coló una vez de tapadillo en una fiesta del PSOE y llegó a ser Secretario General.

Jardiel Poncela

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