Descartes, Berkeley, Zelayeta, un distinguido señor cliente y mi abuelo

Hay pocas experiencias tan radicales e impactantes como la de toparse con la certeza de que nada es en realidad lo que parece. No es necesario acudir a cualquiera de tantos sabios que intuyeron esa tremenda verdad; te paras a pensarlo y tiene mucha lógica: ¿cómo iba a ser todo tal cual aparece? Bien porque los sentidos logren engañarnos, porque exista una realidad nouménica como decía Kant o porque los físicos cuánticos den en el clavo y vaya a resultar que todo son sencillamente funciones de onda de mayor o menor complejidad, el caso es que nada es lo que parece. ¿Aparentaba Jordi Pujol acaso ser en realidad el Jordi Pujol que en verdad era? ¿Era Humphrey Bogart de hecho el galán que aparentaba ser en la gran pantalla? ¿Alguno en su sano juicio puede dudar de que las apariencias engañan?

Mi abuelo paterno contaba una anécdota que bien hubiese podido llevar la rúbrica del mismísimo George Berkeley, obispo de Cloyne y a la sazón eminente pensador irlandés; uno de los principales exponentes del idealismo subjetivo. Claro que vista desde otra perspectiva, tal vez la historia bien hubiera podido firmarla también Renatus Cartesius, el filósofo, matemático y físico francés más conocido como René Descartes. ¡Ahí es nada! Relataba mi abuelo que Zelayeta, compañero de fatigas en la misma sucursal bancaria a la que acudían cada mañana a trabajar, era muy dado a llevar a cabo experimentos sociológicos de hondo calado durante y después de la jornada laboral; a veces incluso antes. Un lunes cualquiera recibió la visita de un distinguido cliente (pues distinguidos lo son todos) que sin conocerle más que de oídas preguntó por él. Zelayeta le señaló el final del largo mostrador, indicándole que allí le encontraría. Mientras el cliente recorría los metros que le separaban del punto indicado, Zelayeta a hurtadillas, agachado para no ser visto, se desplazó raudo tratando de llegar antes al lugar donde se suponía que debía hallarse. Al erguirse Zelayeta es fácil imaginar la cara de pasmo que debió quedársele al buen hombre. <<¡Vaya! Mi hermano gemelo le ha mandado hacia aquí, no me diga más. >> A lo que el asombrado parroquiano, aún presa de la estupefacción, parece ser que respondió: <<¡Por dios, pero si son ustedes casi iguales!>>. <<¡Casi iguales! ¡Dijo “casi”! ¡Cómo habrá que ser -se reía mi abuelo al contarlo- para que digan de uno que es igual a sí! >>

Y es que para el padre de la filosofía moderna, de la duda metódica y del racionalismo a ultranza, que Zelayeta fuese en realidad Zelayeta cabía ponerlo en tela de juicio muy seriamente; y aquel respetable caballero, sin necesidad de confesarse cartesiano empedernido, hizo suyas las mismas dudas más que razonables del filósofo francés y no debió fiarse para nada de que sus percepciones fueran fuente de verdadero conocimiento. Zelayeta, a su vez, siendo como era más del palo del obispo Berkeley y su empirismo drástico, debió quedar satisfecho con su experimentación y aunque sabía que él y aquel otro del principio del mostrador eran una y la misma persona, por nada del mundo hubiera querido cuestionar a una mente preclara como la del bueno de Descartes.

Nada es lo que parece, muy pocas cosas son como aparecen y la mayoría no son como son. Y conociendo a mi abuelo como tuve el placer de conocerlo y por lo que me contó de Zelayeta, no me cabe la menor duda, ni metódica ni de las otras, de que en vez de ponerse a discutir sobre epistemología, metafísica o hasta teodicea, hubiesen cogido los cinco -Descartes, Berkeley, Zelayeta, el distinguido cliente y cómo no, mi abuelo- y hubiesen ido a tomar unos vinos con tapa mientras recordaban historias de Tip y Coll, debatían sobre política, polemizaban sobre el clásico del pasado sábado o evocaban cualquiera de los goles de Zarra, que eso es lo que hacemos la gente sensata desde que el mundo es mundo y hay bares en él.

Phil O’Hara

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6 pensamientos en “Descartes, Berkeley, Zelayeta, un distinguido señor cliente y mi abuelo

  1. julian dice:

    Fantástico relato de esos empleados del Banco de Santander de León que tanto recuerdo. Hay otras anécdotas difíciles de contar, pero formaban un equipo muy divertido.

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  2. Ya que menciona usted a Tip y Coll, me permito recordarle un sketch de esta pareja de humoristas similar al que usted relata. Cuando le presentan a una pareja de hermanos gemelos, exclama Tip, señalando a uno de ellos: “Asombroso. Son exactamente iguales. Sobre todo, usted”.

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  3. Phil O'Hara dice:

    Tip y Coll no dejarán de ser fuente de inspiración y tema para un buen relato. Saludos Jardiel.

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  4. Amelia dice:

    Muy curioso e interesante este nuevo enfoque cuántico del bueno de Zelayeta. Y el recuerdo de mi padre contando la anécdota me ha levantado una sonrisa. Enhorabuena, Phil O’Hara por tan filosófico artículo.

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