Hans y la fiabilidad alemana

Casi todo el mundo adora los veranos. Yo no; yo los aborrezco. Hace un par de años, a finales de uno, se inundó mi piso. Si fue por ser verano o por el mal mantenimiento de las cañerías comunitarias sólo dios lo sabe; lo cierto es que al regresar a casa una noche, antes de franquear el umbral de la puerta ya presentí algo extraño. Presentí la tragedia, la llegaba a mascar. Como cuando se enciende una luz en tu interior e intuyes que algo va a ir mal, pero incluso esos datos son insuficientes y no tienes otro remedio que aguardar lo que sea. Abrí la puerta con la cautela del detective versado en los casos más enrevesados; o la del ladrón de guante blanco presto a desvalijar la caja de caudales oculta tras la impecable reproducción de Marc Chagall en mitad del salón y de la noche. No resultaba difícil advertir, incluso con poca luz, que la copia del lienzo de Chagall era excelente; sólo el original podía mejorarla. Nunca he dejado de admirar la extraordinaria pericia de ciertos copistas; es fascinante. En el recibidor no se apreciaba nada extraño, a no ser un olor chocante, a cerrado o directamente a sucio; nada extraño, pues. Pero al cruzarlo y llegar al salón la normalidad había abandonado el piso para que lo ocupasen los restos de un naufragio de papeles, celulosa y no sé qué diantres más que la inundación había esparcido por la estancia. Desde allí hasta el cuarto de baño el paisaje se repetía en una reproducción -como la de Chagall- casi perfecta. Pedazos de papel y celulosa y no sé de qué diantres más desparramados por doquier pero siempre de la misma forma. Si un observador avezado lo hubiese estudiado con suficiente detenimiento, apuesto a que hubiese logrado demostrar que la disposición de residuos sobre el pavimento era exactamente la misma en cada estancia: en el salón igual que en el estudio, la misma en el dormitorio y tal cual en el cuarto de baño. Aquella distribución de residuos que la inundación había traído consigo y que deberían haber seguido su curso a través de las cañerías de desagüe de no haber estado obturadas en vez de aparecer en mi piso, tenía un indefectible atractivo; un magnetismo arrebatador irradiado por la perfección con que toda aquella porquería se había esparcido por el suelo; ningún trozo parecía ocupar el espacio fruto del azar; todo parecía encajar según un plan preestablecido por una mente privilegiada; si no divina, demiúrgica al menos; aquello no podía atender al simple capricho de fuerzas gravitatorias y de fricción.

Cuando por fin me substraje de la ensoñación en la que me había sumido en contra de mi voluntad me di cuenta de la magnitud de la catástrofe: el esfuerzo por limpiar todo aquello lo presumía titánico, y luego estaba la cuestión de los desperfectos causados por el agua en los marcos de madera y en las puertas. La del cuarto de baño era un poema; una oda a la fatalidad, un verdadero drama. No había más remedio que reponerla. Hecha la composición mental de cuanto iba a ser necesario llevar a cabo decidí que lo más prudente iba a ser acostarme y aguardar a la mañana siguiente para poner manos a la obra. A fin de cuentas la perspectiva de dormir sin alterar la simetría axial de un paisaje de formas perfectas como aquel unida al cansancio y a las pocas ganas de liarme con la fregona a esas horas desaconsejaban otra cosa.

Con la luz del día y tras el sueño reparador las cosas se ven distintas. Si sumas un café recién hecho con leche en taza de desayuno no tan sólo las ves distintas, las ves mejor; mucho mejor. Para empezar la perfección había desaparecido por completo y dejaba paso a la realidad, que se imponía en toda su crudeza: el piso estaba hecho unos zorros; daba asco. Hablé con la compañía de seguros, tomé un par de fotografías, quedé con el perito para que juzgase aquello y empecé con la limpieza. Cuando terminé llamé a Hans, el carpintero que mi hermano me había aconsejado. <<Es un fenómeno, ya verás. Tiene todas las virtudes que puedes presuponer en un ciudadano alemán: es formal, eficiente, meticuloso y perfeccionista; y por si fuera poco cuesta como uno español. Un chollo, vaya>>. Quedamos al día siguiente en el piso para que viera el trabajo que iba a llevar a cabo. Pero no se presentó. Ni llamó. Tuve que llamarlo yo. Le surgió no sé qué compromiso de esos ineludibles y no pudo cumplir con la cita, así que volvimos a quedar. Esa vez sí apareció; puntual, además. Vio las puertas y los marcos y dijo que volvería al día siguiente a tomar medidas; hoy no llevaba las herramientas encima. <<¿Te refieres a una cinta métrica?… Bueno, tú sabrás>> Hans se despidió sin tomar medidas a la puerta. Fiel a su palabra apareció al día siguiente con una cinta métrica muy parecida a la que yo le hubiese dejado, una gubia, un formón y una maza con los que practicó una muesca de tamaño considerable en la madera para, dijo, confirmar de qué tipo era. Confieso que esa vez me pareció un profesional competente y pensé que quizá mi hermano estuviese en lo cierto y el carpintero aquel fuese en verdad un fenómeno. Me anticipó que substituir las dos puertas y los marcos no iba a resultar barato: no eran de tamaño estándar. <<Ah, vaya>>, fue todo cuanto se me ocurrió decir. Hans quedó en mandarme el presupuesto al cabo de una semana. Pasadas dos le llamé para ver si ya lo tenía. Un mes más tarde se lo reclamé por segunda vez. Y después de dos meses sin tener noticias de Hans intenté hablar con él sin conseguirlo. En setiembre se cumplieron dos años desde que Hans me advirtiese de que la medida de las puertas no era estándar. Por mi hermano sé que no le ha ocurrido nada malo al bueno de Hans; sigue con la carpintería. Las puertas están más o menos como él las dejó, con la mella que practicó en uno de los marcos. Ya me he acostumbrado a verlas así. Me recuerdan el episodio de la inundación y a Hans, el carpintero alemán. Seguramente lleva demasiado tiempo aquí, lejos de su Alemania natal y de la fiabilidad germana de la que mi hermano me habló.

Phil O’Hara

Anuncios
Etiquetado , ,

3 pensamientos en “Hans y la fiabilidad alemana

  1. Aficionado como soy a las metáforas, me permito identificar el estado lamentable de su piso con la crisis económica que afronta nuestro país, y a Hans con la luz al final del túnel (que no parece tener final). El hecho de que Hans sea un perfecto teutón (que rima ya sabe usted con qué) vendría a poner el broche de oro. Y usted sería Estragón y Vladimir en uno, pacientemente esperando a un Dios alemán que se hace el sueco.

    Me gusta

  2. Phil O'Hara dice:

    Yo lo que creo es que el tal Hans por mucho que mi hermano diga que es alemán es de Utrera.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros

A %d blogueros les gusta esto: