Archivos Mensuales: diciembre 2014

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog. Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.200 veces en 2014. Si el blog fuese un teleférico, se necesitarían alrededor de 37 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

El espíritu de la Navidad.

Todavía hay quien no cree en el espíritu de la Navidad. Incluso hay quien directamente no cree que existan los espíritus o por lo menos cree que no debieran existir. Yo en cambio soy de los que sí creo en él; en ellos. ¿Cuándo di con esa certeza? Fue unas Navidades, no hará más de cien años. Sorprendentemente las recuerdo con claridad, quizá porque fueron horribles: mayor cúmulo de despropósitos y de infortunios muy difícilmente pueden volverse a repetir. Todo pareció conjurarse esa Navidad contra el normal devenir de las cosas; contra el mismísimo espíritu benéfico que quienes creemos en él presuponemos debiera cubrir, como un manto sin límites, todo cuanto acontece desde mediado diciembre hasta el día después de Reyes. El problema de muchos es que no han leído a Dickens. Aunque a quienes sí hemos leído al autor de Cuentos de Navidad no se nos escapa, a pesar del espíritu navideño, que una cosa son la paz y la fraternal felicidad que destilan estas fechas y otra muy distinta que deba caernos bien todo el mundo, hasta nuestro jefe. Adversidades como ésa no empañan el común sentir de los mortales de esta parte del globo que creemos en el espíritu navideño: la Navidad es entrañable aunque año tras año, incluso cuando juegas, siga sin tocarte ni la pedrea.

Aquella Navidad, por un azar inexplicable o quién sabe si por un terrible error, sucedió que el dependiente del FNAC envolvió lo que se suponía debía ser una cinta del cine negro de los años cincuenta y que resultó ser “Menudo polvorón tiene la vecina”, que ni era de los años cincuenta ni tampoco ningún clásico -ni tan siquiera del cine para adultos-, y que era el regalo para mi querida cuñada. ¿Podían ir las cosas a peor? Por supuesto que sí; todavía podían empeorar. Y empeoraron con la cena de Nochebuena: el atracón, ese empacho imperdonable, injustificable, a todas luces injustificable que únicamente yo sufrí porque yo fui el único descerebrado que no supe ni quise poner coto a semejante despropósito (¿no tuvo acaso que ver con el episodio del regalo a mi cuñada, una especie de castigo o penitencia?) sino que deglutí como un vulgar poseso aquella sarta de entrantes, de primeros luego y segundos y terceros platos después, postres y dulces ya casi al final, justo antes de los turrones y de las peladillas y de los polvorones y de los roscos de vino y los alfajores; tan sólo yo empecé no repentinamente, sino de forma gradual, aunque el proceso se desarrolló a una velocidad diría que cercana a la de la luz, a sentirme algo mal primero, peor después y muy pero que muy mal más tarde, fatal casi, hasta el punto preciso que tuve que soportar a la familia maltratando uno tras otro todos los villancicos, los que conocía y los que no había escuchado hasta entonces jamás, desde el cuarto de baño, sentado en la taza del váter, muriéndome literalmente por los retorcijones del empacho, del atracón.

Pero como no suelen haber dos sin tres aún tuvimos -digo bien: si lo de mis tripas fue algo que afectó poco al resto, solo colateralmente, y eso es mucho conceder, lo del belén causó mayor efecto en buena parte de la familia- un episodio más digno de mención. Recuerdo la furia exacerbada que mostró mi suegra, por ejemplo. El odio que fue acumulando ese ser desde el mismo momento que cruzó el umbral de la puerta y se acercó al nacimiento puesto junto al árbol en el salón podía fácilmente adivinarse tras aquella falsa cara vagamente angelical que no era más que una pose. El culpable y a la vez destinatario de tanta bilis no era otro que su yerno; o sea yo, por haberles permitido a sus nietos llevar a cabo una interpretación acaso demasiado libre de la tradicional representación del belén. Que yo no hubiera dado a la ocurrencia de los chicos la importancia que según mi suegra merecía y me conformase por pusilánime a decir de ella creyendo que se trataba de cosas de niños, que no era para tanto, no le pareció nada bien. Que Juan, el menor, se hubiese emperrado en que su colección de dinosaurios debía formar parte de la representación no era a todas luces, empero, una tragedia. Quizá sí fue excesivo que le permitiésemos substituir al buey por Rex, el tiranosaurus de Toy Story. Que Spiderman usurpase el papel reservado a la figura de San José también puedo hoy, con el tiempo, admitir que se trató de un error. Lo que de verdad fastidió a mi suegra, creo, fue que al mayor se le hubiese ido la mano. Si uno era de natural detallista -y mi suegra lo era- y le daba por lo tanto por fijarse en los detalles, podía observar más de una y más de dos escenas de sodomía cuya evidencia, por lo demás no tan sólo implícita, resultaba sospechosamente incuestionable. Sea como fuere comprendo que no le pareciera del todo bien y que si podía disculpar a las pobres criaturas que al fin y al cabo eran sus nietos -recriminarle a la mujer que no hubiese sido capaz de alabar su creatividad no fue por mi parte realista- no estaba en absoluto dispuesta a ser tan indulgente conmigo. Tampoco la culpo por ello. Si incluso el pobre Scrooge acabó imbuido por el espíritu de la Navidad, no veía por qué a mi suegra algún día no iba a sucederle parecido. Debía seguir confiando en su indulgencia, en su perdón.

Una Navidad digna casi de Tim Burton no logró deslustrar el poder que sigue ejerciendo en quienes creemos que existe un espíritu que baña estas fechas; espíritu que llega a manifestarse incluso si ya no se ponen el belén ni el árbol; con poner algo de sentido común a la cena de Nochebuena y descartar hacerse con un regalo en el FNAC da para que a uno no tengan que afearle gran cosa. Si además encuentras algo de tiempo para releer a Dickens puedes perdonar hasta que te siga sin tocar el Gordo, a cambio de hacer para el año próximo, eso sí, propósito de comprar un décimo; que algo de tu parte tendrás que poner, aunque sea Navidad.

Phil O’Hara

Etiquetado , , , , , , ,

El día en que derrotamos a Estados Unidos

En aquella mañana del 3 de Julio de 1898, el almirante Sampson escrutaba con insistencia la bocana del puerto de Santiago de Cuba, donde se hallaba fondeada la flota española desde hacía aproximadamente mes y medio, sometida a un riguroso bloqueo. Era evidente que el desastre sufrido poco tiempo atrás por sus compatriotas en la batalla de Cavite, frente a las costas de Filipinas, había hecho escarmentar en cabeza ajena a la escuadra española, comandada por el almirante Cervera. No era para menos, dada la aplastante superioridad de la flota norteamericana, formada por cuatro grandes acorazados, dos cruceros acorazados, un cañonero y tres cruceros auxiliares, más que suficiente para disuadir al más pintado. Pese a lo cual a los estadounidenses no se les había pasado por la cabeza enfilar la bocana del puerto, pues los buques se verían obligados a desfilar de uno en uno, en una versión marítima del paso de las Termópilas, y entonces de nada les serviría su mayor capacidad destructora. Su baza era mantener a los españoles sitiados hasta que la falta de suministros (las líneas de abastecimiento por tierra habían sido interceptadas mucho antes) obligara a éstos o bien a la rendición, o bien a abandonar la protección del puerto para salir a dar la batalla en mar abierto. Esta mañana del 3 de Julio, al parecer, se habían decantado por esta última opción, para sorpresa del almirante Sampson.

– Vaya, creo que la culebra al fin se ha decidido a abandonar la madriguera –comentó Sampson con mal disimulada arrogancia, teñida con un punto de incredulidad, mientras le pasaba los binoculares a su segundo, el comodoro Schley. Este se los devolvió tras echar una rápida ojeada, acompañando el gesto con un suspiro que delataba una sincera tribulación.

– Señor, estos españoles nunca aprenderán. Su trasnochado sentido del orgullo les impide dar la batalla por perdida de antemano, aunque no tengan ninguna posibilidad. Ha sido ingenuo por nuestra parte pensar que la derrota que les infringimos en Cavite les serviría de lección.

Por toda respuesta al comentario de su segundo, Sampson se limitó a encogerse de hombros, impostando indiferencia.

-En fin; no nos queda más remedio que responder a las hostilidades. Tan pronto como estén a tiro, abriremos fuego sobre ellos. Confiemos en que sean lo suficientemente sensatos como para rendirse cuanto antes.

Apenas había pronunciado el almirante Sampson estas palabras, cuando un fuerte y repentino temblor estremeció al buque insignia Massachusetts, sobre cuya cubierta estaban departiendo los dos militares. La sacudida les hizo trastabillar a ambos.

-¡Dios mío! ¿Qué ha sido eso? –preguntó Sampson visiblemente alterado, como cabe suponer en alguien que tan sólo unos segundos antes creía tener totalmente dominada la situación.

El comodoro Schley no tenía ni la menor idea al respecto, pero en cualquier caso tampoco tuvo demasiado tiempo para pensar una respuesta, pues una segunda e igualmente devastadora convulsión le acababa de privar por completo del uso de la palabra. Al almirante Sampson se le habían caído los prismáticos de las manos. Por absurdo que pareciera, el barco había sufrido un impacto… ¡por debajo de la línea de flotación! Sin embargo, por muy contrario a la lógica que aquello pudiera resultar, no cabía la menor duda de que la flota de los Estados Unidos estaba siendo atacada por un enemigo invisible que, además, disparaba sus proyectiles por debajo del agua. Pese a la confusión reinante, Sampson se percató, echando una rápida ojeada en derredor suyo, de que el resto de la escuadra se hallaba en la misma caótica situación.

-¡Maldita sea!-exclamó fuera de sí el otrora flemático almirante Sampson- ¿Se puede saber de dónde vienen esos torpedos?

-Creo que esa cosa nos está atacando por estribor, señor –respondió atropelladamente Schley, cuyo rostro era lo más parecido a una máscara de cera- No logro entenderlo, pero es evidente que  el ataque viene del lado de mar abierto.

A trompicones logró trasladarse Sampson a la banda de estribor (era difícil moverse por el barco, pues el misterioso ataque no remitía en su intensidad y los temblores se sucedían) para comprobar que, efectivamente, era allí donde se producían los impactos pero, para su inenarrable asombro, no lograba ver nada. Aquello parecía cosa de brujería. Con horror se percató de que el flamante buque insignia estaba empezando a hacer agua, pero dicho estado de consternación se vio superado por el que experimentara al darse cuenta de que la escuadra española, de la que casi se había olvidado, les estaba atacando por babor. O sea que, inexplicablemente, estaban atrapados entre dos fuegos.

-¡Abran fuego! –ordenó Sampson voz en grito a los artilleros, dispuesto a vender cara su piel. De todas formas, era consciente de que, debido a la intervención de aquel diabólico enemigo invisible, todo estaba perdido. Las tornas habían cambiado con respecto al desenlace de Filipinas.

Gracias a la acción combinada de los cruceros acorazados, comandada por el almirante Cervera, y de la flota de submarinos, dirigida por el general Isaac Peral, la flamante escuadra de los Estados Unidos no tuvo más remedio que rendirse en pocas horas. Los dos militares fueron ampliamente condecorados, si bien el almirante Pascual Cervera, en un alarde de caballerosidad, reconoció que el mérito correspondía por entero a su compañero, cuyo genial invento le había abonado a él el terreno para contrarrestar el tremendo potencial destructivo de la flota norteamericana. Gracias a ello, España mantuvo su hegemonía en el Mar Caribe y, si bien Cuba obtuvo su independencia por medios pacíficos pocos años más tarde, nuestro país logró unas sustanciosas ventajas comerciales en la zona que evitaron que ésta cayera definitivamente bajo el paraguas del imperialismo yanqui. Al desastre de la armada de los Estados Unidos siguió la devolución de Gibraltar por parte del gobierno británico, quien, temeroso de correr la misma suerte, decidió devolver la soberanía del peñón a España, tras casi doscientos años de vergonzosa ocupación. Desde entonces, nuestro país es una potencia económica, militar y política de primer orden, respetada en el ámbito internacional, cuya alienación con las democracias europeas sirvió para frenar las ansias expansionistas de Alemania, con el más que probable riesgo de que estallara un conflicto a escala mundial (o más de uno) con imprevisibles consecuencias. Hoy día, en el marco de la UE, España ejerce su liderazgo sobre los países del Sur y su gran autoridad moral actúa como contrapeso frente a las aspiraciones hegemónicas de una Alemania que, esta vez basándose en el poderío monetario, pretende de nuevo adueñarse de Europa.

Todo esto, naturalmente, me lo acabo de inventar. A Isaac Peral, cuando presentó su genial invento del submarino en 1890, pese al éxito obtenido en las pruebas, las autoridades incompetentes le invitaron a introducirse el mismo por el conducto rectal, quizás inspiradas por el gran parecido que ofrece dicho ingenio con un supositorio gigante. A ello siguió una campaña de vilipendios y difamaciones, orquestada por los altos mandos militares, que le indujo, un año más tarde, a licenciarse del ejército, presa de un profundo desencanto. Murió en Berlín en 1895, a causa de una complicación surgida tras una operación de cáncer, sumido en el olvido más absoluto, comportamiento con el que suele recompensar este país a sus hijos más ilustres. Ni que decir tiene que los americanos nos dieron de hostias hasta en el carnet en la guerra de Cuba. Y en cuanto a lo de Gibraltar y la consideración de que somos objeto en la UE… Bueno, de eso mejor ni hablamos. Son demasiado grandes el dolor y la vergüenza.

En fin; soñar no cuesta dinero, dicen. Lo malo es que después del sueño toca despertar, en lo que podríamos describir como una pesadilla al revés, para toparse con esta cruda realidad en la que nos hallamos tristemente inmersos.

Nunca mejor dicho. Lo de inmersos.

Jardiel Poncela

Etiquetado , ,

Aquellas cestas de Navidad

Hace poco Pablo Iglesias manifestaba en un twitter sentirse emocionado, pese a su condición de no creyente, cada vez que escuchaba el villancico favorito de su abuelo. Como cabía esperar, tan inesperado comentario, viniendo de un ateo recalcitrante, ha inspirado todo tipo de suspicacias. La teoría más consolidada es que se trata, seguramente, de una estudiada operación de marketing para atraer el voto del sector más piadoso de la ciudadanía. Tal vez haya algo de cierto en esto, pero no me pasa por la imaginación que el gesto sea totalmente insincero. Como dijo el poeta Rainer María Rilke, “la infancia es la verdadera patria del hombre”, condición de la que, al fin y al cabo, también participa el líder de Podemos. Acostumbrados como estamos a ver al político-guerrillero (al que su coleta inviste de un innegable hálito de rebeldía), nos cuesta trabajo imaginarnos al niño que fue hace tiempo y que, como cualquier otro niño, esperaba con ilusión la llegada de los Reyes Magos y cantaba villancicos sentado sobre las rodillas de su abuelo. No veo por qué Pablo Iglesias tendría que ser más duro que el implacable Charles Foster Kane, cuando se emocionaba viendo caer la nieve en su bola de cristal, lo cual le hacía evocar su trineo “Rosebud”.

Nos equivocamos al avergonzarnos del recuerdo de nuestra propia mirada limpia sobre el mundo, cuando éramos ajenos (o casi) al sufrimiento y la maldad. Ese estado característico de la infancia al que comúnmente llamamos ingenuidad, y que se hace acreedor de toda nuestra simpatía al observarlo en un niño y, sin embargo, suscita tan grandes suspicacias (cuando no desprecio) si es un adulto quien hace gala de él. No se nos ocurre plantearnos que tal vez, solo tal vez, aquella era la manera correcta de mirar las cosas y que lo que ha sucedido con el tiempo, es que nos hemos vuelto impermeables a la pureza y, por el contrario, cada vez más sensibles a la inmundicia y la perversidad. Los medios de comunicación no son ajenos a este deterioro progresivo de la lente con que observamos el mundo. Se le dedican horas enteras en los informativos o en las tertulias de la radio a los casos de corrupción, o a los de pederastia en el seno de la iglesia, pero muchas menos a los ejemplos de entrega y abnegación, como pueden ser el de Kailash Satyarthi (del que yo creo que nadie había oído hablar antes de que compartiera el Premio Nobel de la Paz con Malala Yousazfai), o el del bombero Roberto Rivas, quien se vio sometido a un expediente disciplinario por negarse a tomar parte en el desahucio de una anciana. O el de los religiosos que han perdido la vida en su empeño por ayudar a los que sufren, como es el caso de Miguel Pajares o Manuel García Viejo, o de los muchos que siguen al pie del cañón en África, expuestos al contagio del virus del ébola. Hay quien tiene la mirada tan turbia, que incluso ha llegado a responsabilizar a los dos misioneros fallecidos del contagio de la enfermera Teresa Romero, por no haberse negado a que los repatriaran.  Como se puede ver, cualquiera posee el don de Midas y su opuesto. Todos tenemos la capacidad de convertir lo que tocamos en oro o en mierda, según sea el color de la lente con que miremos la realidad.

Yo asocio la Navidad con la emoción que sentía cada vez que sonaba el timbre en mi casa, abría la puerta y era un señor que traía una cesta de regalo. Las enviaban clientes agradecidos por algún favor que mi padre (que trabajaba en un banco) les había hecho, pues hubo una época en la que los bancos se dedicaban a ayudar a la gente, prestándoles dinero para montar o ampliar un negocio, dándoles facilidades, en vez de entregarse a prácticas de vampirismo tales como los desahucios o la compra de deuda soberana, cuya devolución hace cada vez en mayor medida inviable el mantenimiento de nuestra (así llamada) sociedad del bienestar. Solíamos dejar las cestas junto al árbol de Navidad, formando parte de la decoración, y Dios nos librara de contravenir la voluntad de mi padre deshaciéndolas (aunque a ninguno se nos pasara por la cabeza) antes del día de Nochebuena. Los suspicaces de turno verían aquello como una mera exhibición de orgullo, y puede que en ello hubiera algo de razón, pero yo creo que se trataba de hacer ostentación no tanto de las botellas de champán y los turrones, como del número y el alcance de las voluntades que le estaban agradecidas. La generosidad no tiene por qué ser incompatible con un pequeño toque de vanidad. Hasta el mismo Jesucristo preguntó, decepcionado cuando solo uno de los diez leprosos por él sanados volvió a darle las gracias: “¿Dónde están los otro nueve?” (Lucas, 17:11-19).

Ya habrá tiempo, con la llegada de 2015, de despotricar contra los chorizos e indeseables responsables de las tarjetas negras o el timo de las preferentes, pero hoy quiero dedicar este artículo a los profesionales honrados y ejemplares como mi padre, o como Antonio Gómez, un directivo de Caja Madrid que fue despedido por no dar pábulo a las preferentes. Huelga decir que Antonio Gómez es un perfecto desconocido para los telediarios. Pone los pelos de punta pensar que este hombre íntegro llegó a enviarle un email a un ser tan despreciable como Miguel Blesa, suplicando que no lo despidieran. A uno y a otro me limitaré a dedicarles la siguiente cita evangélica: “No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; mas acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo, 6: 19-21).

Feliz Navidad a todos. Desde el corazón.

Jardiel Poncela

Etiquetado , , , , , , , , , , ,

El mago de Oz y el sistema educativo finlandés

Hay ciertas palabras que hacen que me entren sudores fríos, o ganas de persignarme, como antaño cuando nombraban al maligno, en cuanto las oigo pronunciar. Una de ellas es la palabra “experto”. Si resucitara el irreverente Ambrose Bierce, bien podría incluir la siguiente definición en su Diccionario del diablo: “Persona que cobra un pastón por emitir juicios sobre cosas de las que no tiene ni puta idea”.

Por todas partes vivimos rodeados de la plaga de los “expertos”, que cruelmente nos hacen padecer sus tropelías: expertos en economía, especializados en explicarnos por qué fallan las teorías económicas que ellos mismos propusieron; expertos juristas que excarcelan asesinos sanguinarios en base a complicados trucos de ingeniería legal; expertos en salud que nos recomiendan todos los días que hagamos más ejercicio y comamos más sano, pero que no dicen ni una sola palabra acerca de reducir el estrés laboral, principal causa de enfermedades como la depresión o el infarto de miocardio… En fin, cada vez que oigo hablar a uno de estos expertos (y sube el pan), me acuerdo de aquella frase que dijera Woody Allen en Manhattan: “Deberías escuchar a algún estúpido de vez en cuando. Tal vez podrías aprender algo”.

Ahora bien; hay una subespecie dentro de la grey de los expertos que me inspira singular pavor, pues me afecta de modo muy directo: los expertos en educación. Algunos de ellos han tenido, allá por el norte de Europa, la brillante idea de dejar de enseñarles a los niños la escritura manual. Estoy hablando, como es sabido y notorio (en el sentido anglosajón del término) de la última ocurrencia promulgada por los tecnócratas responsables de haber diseñado el modelo educativo finlandés, foco de la admiración de todo el mundo occidental. Naturalmente, yo carezco de la solvencia de estos lumbreras (después de todo, no dispongo de más avales que un doctorado y veinticinco años de desempeño de la profesión docente), pero no me resisto a la tentación de despacharme a gusto desde estas líneas, dejando claras un par de cosas.

Para empezar, estos expertos no tienen, según parece, ni la menor idea acerca del origen etimológico de la palabra “educación”, que procede de la preposición latina “e” o “ex” (hacia fuera) y del verbo “duco” (dirigir). O sea que, etimológicamente, “educar” quiere decir “dirigir hacia fuera” lo que el alumno lleva dentro o, dicho de otro modo, ayudarle a desarrollar sus propias potencialidades. Esto abarcaría todo el abanico de aptitudes que conforman las distintas áreas del conocimiento humano. Pero, a diferencia de un ordenador, un alumno no es una máquina a la que únicamente se deba programar metiéndole un montón de datos, sino que este caudal de conocimientos debe ser aprovechado por el educando de tal manera que aquél se convierta en la plataforma que le permita a éste crecer como individuo y expresar su personalidad. La educación debe ser un vehículo que nos permita ser más nosotros mismos, y adoptar una mirada crítica frente a la realidad que nos rodea, en vez de una especie de rodillo que actúe en todo momento como apisonadora, aplastando las diferencias y eliminando desde su raíz todo vestigio de individualidad. A semejante modus operandi no debería aplicársele el término “educación”, sino más bien el de “intrusión”, del verbo “trudo” (empujar) y la preposición “in” (hacia dentro). O sea, inculcarle al alumno una serie de valores y conceptos ajenos a él, con objeto de moldear un determinado tipo de persona (o quizá habría que decir más bien de máquina). Es lo que se está tratando de hacer al suprimir justamente uno de los cauces a través de los cuales mejor se consolida y se expresa la forma de ser de cada individuo, hasta el punto de que hay una ciencia que permite deducir los principales rasgos del carácter de una persona a través del análisis de su grafía. Todo ello con independencia de que, por razones de comodidad u otra índole, usemos el teclado del ordenador siempre que nos venga en gana, pero no como producto de una necesidad. Si eliminamos la escritura manual del sistema educativo, estaremos con ello contribuyendo al adocenamiento y al moldeamiento del alumno conforme a un patrón establecido, poniendo cortapisas al libre desarrollo de su personalidad.

Cabe preguntarse, sin embargo, y ello me produce una gran inquietud, si precisamente no es esto lo que se pretende: formar no ciudadanos, sino autómatas convenientemente dóciles al servicio del Poder, que no sepan hacer la “o” con un canuto (literalmente), pero se hallen investidos de una facilidad prodigiosa para teclear el mayor número de órdenes de desahucio o informes periciales en el menor tiempo posible, en base a estrictos criterios de rentabilidad, pura y dura. Individuos totalmente desprovistos de cerebro o iniciativa, pero adecuadamente adiestrados para funcionar como herramientas eficaces en manos de un sistema al que le importan un bledo las personas, preocupado tan solo por las estadísticas y cifras del mercado. En este contexto, desde luego, ya no sería necesario en absoluto “educar”; basta con programar. Pero de algún modo hay que continuar la pantomima, hacer que ésta sea creíble. Uno no puede por menos que acordarse de la película El mago de Oz, cuando el susodicho le hace entrega de un diploma al espantapájaros y le dice con tono sumamente persuasivo: “Esto es cuanto necesitas para convertirte en un hombre sabio”. Me preocupa, sin embargo, pensar cuánto tardaremos en construir una sociedad que dé al traste con todos los valores humanos y en el que la robótica se convierta en el sustituto natural de la teología. Y me pregunto cuánto tardará nuestro actual modelo educativo (tan refractario a las influencias exteriores en otra serie de campos donde sí serían más recomendables) en convertirse en un pastiche del modelo finlandés, juntando en sí lo peor de cada casa.

Una última reflexión, dicho sea con todo el respeto, a los expertos finlandeses responsables de tan brillante idea: que se metan su flamante sistema educativo por el culo.

Jardiel Poncela

Etiquetado , , , ,

Ser hincha

El ser del hincha es rugir, alentar, vocear, chillar. Y también, claro, sufrir, llorar, resignarse y soportarlo todo. Pero la hinchada, de vez en vez también ríe, se regocija, toca el cielo, mora en él, aunque nunca, es cierto, lo suficiente; ser hincha es saborear la gloria; la de alzar una Champions o una Liga cualquiera, o aquella otra menor pero no tanto de ver vencer al equipo rival, al del pueblo vecino. La hinchada es amor a unos colores que son los del padre de uno, que ya fueron los del abuelo e incluso del bisabuelo, y así hasta el homo antecesor o casi. Aunque por amor, por amor a un holandés flacucho con el “14” a la espalda o a Butragueño la cadena puede, por qué no, llegar a romperse. Sólo así y sólo entonces el fútbol admite la traición, el abrazar otros colores, izar una nueva bandera. Como siga la historia luego es lo de menos (artículo completo en Football Citizens).

Phil O’Hara

Etiquetado , , ,

Cinco rostros en un lienzo con freno y marcha atrás

El periodista radiofónico Carlos Alsina, en su programa La brújula de Onda Cero, hizo gala de su finísimo sentido de la ironía, profundamente británico, cuando comparó el magnífico retrato de la familia real, pintado por el célebre artista Antonio López García a lo largo de los últimos veinte años, con un reverso del retrato de Dorian Gray, puesto que en este caso es la propia familia real la que ha sufrido el deterioro inevitable del tiempo, mientras que el cuadro ha permanecido siempre joven (y así habrá de permanecer). Puede que alguien diga que para hacer este razonamiento no es preciso quedarse calvos de tanto pensar, pues tal cosa es lo que más o menos nos sucede al común de los mortales. Quién no ha sentido una punzada de nostalgia, mezclada con asombro, al contemplarse a sí mismo veinte años más joven en tal foto o en tal película de vídeo “¿Pero de verdad estaba yo tan delgado y tenía tanto pelo?”, hemos exclamado más de uno estúpidamente. Pero creo que la ironía de Alsina va mucho más allá de lo obvio.

Porque, de algún modo, toda España podría verse retratada en el lienzo de Antonio López. Bien podría considerarse al mismo como metáfora de una España segura de sí misma y de sus valores, que ahora comienza a agrietarse y a desmoronarse por doquier al fallarle los pies de barro. El desprestigio de la familia real no solo afecta a los cinco rostros del cuadro, con el que suponemos que a duras penas lograrán identificarse, sino que en él podemos también vernos reflejados aquella España que un día se creyó ingenuamente dueña de su propio destino y protegida por un aura de invulnerabilidad. Esa España idiota y autocomplaciente de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, que bien podría haber elegido por lema la frase con que se autodefinió Lope de Vega: “Yo me sucedo a mí mismo”. Personalmente, soy más bien de la escuela de Quevedo o Cervantes, quien glosó de este modo en un magnífico soneto poco conocido las palabras jactanciosas y huecas pronunciadas por el Miles Gloriosus: “Fuese y no hubo nada”. Un poco como los hijos de aquella España que iba tan bien y de la cultura del pelotazo, Cervantes fue una mente lúcida a quien le tocó vivir los últimos años de grandeza de un imperio que brillaba, eso sí, aunque con los destellos del oropel y el papel de celofán. La diferencia es que él lo supo ver, anticipándose al desastre inminente.

Llegados a este punto, uno se pregunta si el poeta tendría razón al decir: “Cuán presto se va el placer/cómo, después de acordado/da dolor/Cómo a nuestro parecer/cualquiera tiempo pasado/fue mejor”. Antes de precipitarnos en la respuesta, conviene que nos fijemos en que Jorge Manrique dice “a nuestro parecer”. Porque, efectivamente, la ensoñación nostálgica tiene mucho de espejismo. La memoria es el gran impostor que nos hace anhelar no solo un futuro, sino también un pasado mejor, que nos dé margen para creer que no toda nuestra existencia ha sido perfectamente miserable. Los años del AVE y la Expo lo fueron también de una corrupción sin precedentes (recuérdense los casos de Luis Roldán, Mariano Rubio, Filesa, el GAL y un larguísimo etcétera), en que el felipismo amenazaba con convertirse en un régimen personalista, con claras connotaciones caudillistas, donde el despotismo ilustrado se había visto desplazado por el despotismo analfabeto de aquel presidente de infausto recuerdo y su igualmente infausta camarilla de pesebreros. Si acaso, existía la esperanza de poder recomponer el modelo utilizando sus propios mecanismos internos, ilusión que parece habernos abandonado a día de hoy. Dada la relevancia de la fecha, creo que estas son algunas de las reflexiones que deberíamos plantearnos.

Por cierto, un último aviso para navegantes que no hayan leído la magnífica novela de Oscar Wilde. Al final, Dorian Gray, lleno de odio hacia el cuadro, decide apuñalarlo, sin darse cuenta de que se está matando a sí mismo. El resultado es el restablecimiento de la normalidad: el cuadro vuelve a ser un simple cuadro, mientras Dorian Gray yace en el suelo, amojamado y avejentado, para sorpresa y horror de los demás personajes. Sírvanos de lección: los espejismos pueden disfrazar la verdad durante algún tiempo, pero al final ésta siempre termina abriéndose paso con tremenda brutalidad. Y los espejismos tornándose en espejos. No precisamente mágicos.

Jardiel Poncela

Etiquetado , , , , , , , , , ,
4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros