El mago de Oz y el sistema educativo finlandés

Hay ciertas palabras que hacen que me entren sudores fríos, o ganas de persignarme, como antaño cuando nombraban al maligno, en cuanto las oigo pronunciar. Una de ellas es la palabra “experto”. Si resucitara el irreverente Ambrose Bierce, bien podría incluir la siguiente definición en su Diccionario del diablo: “Persona que cobra un pastón por emitir juicios sobre cosas de las que no tiene ni puta idea”.

Por todas partes vivimos rodeados de la plaga de los “expertos”, que cruelmente nos hacen padecer sus tropelías: expertos en economía, especializados en explicarnos por qué fallan las teorías económicas que ellos mismos propusieron; expertos juristas que excarcelan asesinos sanguinarios en base a complicados trucos de ingeniería legal; expertos en salud que nos recomiendan todos los días que hagamos más ejercicio y comamos más sano, pero que no dicen ni una sola palabra acerca de reducir el estrés laboral, principal causa de enfermedades como la depresión o el infarto de miocardio… En fin, cada vez que oigo hablar a uno de estos expertos (y sube el pan), me acuerdo de aquella frase que dijera Woody Allen en Manhattan: “Deberías escuchar a algún estúpido de vez en cuando. Tal vez podrías aprender algo”.

Ahora bien; hay una subespecie dentro de la grey de los expertos que me inspira singular pavor, pues me afecta de modo muy directo: los expertos en educación. Algunos de ellos han tenido, allá por el norte de Europa, la brillante idea de dejar de enseñarles a los niños la escritura manual. Estoy hablando, como es sabido y notorio (en el sentido anglosajón del término) de la última ocurrencia promulgada por los tecnócratas responsables de haber diseñado el modelo educativo finlandés, foco de la admiración de todo el mundo occidental. Naturalmente, yo carezco de la solvencia de estos lumbreras (después de todo, no dispongo de más avales que un doctorado y veinticinco años de desempeño de la profesión docente), pero no me resisto a la tentación de despacharme a gusto desde estas líneas, dejando claras un par de cosas.

Para empezar, estos expertos no tienen, según parece, ni la menor idea acerca del origen etimológico de la palabra “educación”, que procede de la preposición latina “e” o “ex” (hacia fuera) y del verbo “duco” (dirigir). O sea que, etimológicamente, “educar” quiere decir “dirigir hacia fuera” lo que el alumno lleva dentro o, dicho de otro modo, ayudarle a desarrollar sus propias potencialidades. Esto abarcaría todo el abanico de aptitudes que conforman las distintas áreas del conocimiento humano. Pero, a diferencia de un ordenador, un alumno no es una máquina a la que únicamente se deba programar metiéndole un montón de datos, sino que este caudal de conocimientos debe ser aprovechado por el educando de tal manera que aquél se convierta en la plataforma que le permita a éste crecer como individuo y expresar su personalidad. La educación debe ser un vehículo que nos permita ser más nosotros mismos, y adoptar una mirada crítica frente a la realidad que nos rodea, en vez de una especie de rodillo que actúe en todo momento como apisonadora, aplastando las diferencias y eliminando desde su raíz todo vestigio de individualidad. A semejante modus operandi no debería aplicársele el término “educación”, sino más bien el de “intrusión”, del verbo “trudo” (empujar) y la preposición “in” (hacia dentro). O sea, inculcarle al alumno una serie de valores y conceptos ajenos a él, con objeto de moldear un determinado tipo de persona (o quizá habría que decir más bien de máquina). Es lo que se está tratando de hacer al suprimir justamente uno de los cauces a través de los cuales mejor se consolida y se expresa la forma de ser de cada individuo, hasta el punto de que hay una ciencia que permite deducir los principales rasgos del carácter de una persona a través del análisis de su grafía. Todo ello con independencia de que, por razones de comodidad u otra índole, usemos el teclado del ordenador siempre que nos venga en gana, pero no como producto de una necesidad. Si eliminamos la escritura manual del sistema educativo, estaremos con ello contribuyendo al adocenamiento y al moldeamiento del alumno conforme a un patrón establecido, poniendo cortapisas al libre desarrollo de su personalidad.

Cabe preguntarse, sin embargo, y ello me produce una gran inquietud, si precisamente no es esto lo que se pretende: formar no ciudadanos, sino autómatas convenientemente dóciles al servicio del Poder, que no sepan hacer la “o” con un canuto (literalmente), pero se hallen investidos de una facilidad prodigiosa para teclear el mayor número de órdenes de desahucio o informes periciales en el menor tiempo posible, en base a estrictos criterios de rentabilidad, pura y dura. Individuos totalmente desprovistos de cerebro o iniciativa, pero adecuadamente adiestrados para funcionar como herramientas eficaces en manos de un sistema al que le importan un bledo las personas, preocupado tan solo por las estadísticas y cifras del mercado. En este contexto, desde luego, ya no sería necesario en absoluto “educar”; basta con programar. Pero de algún modo hay que continuar la pantomima, hacer que ésta sea creíble. Uno no puede por menos que acordarse de la película El mago de Oz, cuando el susodicho le hace entrega de un diploma al espantapájaros y le dice con tono sumamente persuasivo: “Esto es cuanto necesitas para convertirte en un hombre sabio”. Me preocupa, sin embargo, pensar cuánto tardaremos en construir una sociedad que dé al traste con todos los valores humanos y en el que la robótica se convierta en el sustituto natural de la teología. Y me pregunto cuánto tardará nuestro actual modelo educativo (tan refractario a las influencias exteriores en otra serie de campos donde sí serían más recomendables) en convertirse en un pastiche del modelo finlandés, juntando en sí lo peor de cada casa.

Una última reflexión, dicho sea con todo el respeto, a los expertos finlandeses responsables de tan brillante idea: que se metan su flamante sistema educativo por el culo.

Jardiel Poncela

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