Aquellas cestas de Navidad

Hace poco Pablo Iglesias manifestaba en un twitter sentirse emocionado, pese a su condición de no creyente, cada vez que escuchaba el villancico favorito de su abuelo. Como cabía esperar, tan inesperado comentario, viniendo de un ateo recalcitrante, ha inspirado todo tipo de suspicacias. La teoría más consolidada es que se trata, seguramente, de una estudiada operación de marketing para atraer el voto del sector más piadoso de la ciudadanía. Tal vez haya algo de cierto en esto, pero no me pasa por la imaginación que el gesto sea totalmente insincero. Como dijo el poeta Rainer María Rilke, “la infancia es la verdadera patria del hombre”, condición de la que, al fin y al cabo, también participa el líder de Podemos. Acostumbrados como estamos a ver al político-guerrillero (al que su coleta inviste de un innegable hálito de rebeldía), nos cuesta trabajo imaginarnos al niño que fue hace tiempo y que, como cualquier otro niño, esperaba con ilusión la llegada de los Reyes Magos y cantaba villancicos sentado sobre las rodillas de su abuelo. No veo por qué Pablo Iglesias tendría que ser más duro que el implacable Charles Foster Kane, cuando se emocionaba viendo caer la nieve en su bola de cristal, lo cual le hacía evocar su trineo “Rosebud”.

Nos equivocamos al avergonzarnos del recuerdo de nuestra propia mirada limpia sobre el mundo, cuando éramos ajenos (o casi) al sufrimiento y la maldad. Ese estado característico de la infancia al que comúnmente llamamos ingenuidad, y que se hace acreedor de toda nuestra simpatía al observarlo en un niño y, sin embargo, suscita tan grandes suspicacias (cuando no desprecio) si es un adulto quien hace gala de él. No se nos ocurre plantearnos que tal vez, solo tal vez, aquella era la manera correcta de mirar las cosas y que lo que ha sucedido con el tiempo, es que nos hemos vuelto impermeables a la pureza y, por el contrario, cada vez más sensibles a la inmundicia y la perversidad. Los medios de comunicación no son ajenos a este deterioro progresivo de la lente con que observamos el mundo. Se le dedican horas enteras en los informativos o en las tertulias de la radio a los casos de corrupción, o a los de pederastia en el seno de la iglesia, pero muchas menos a los ejemplos de entrega y abnegación, como pueden ser el de Kailash Satyarthi (del que yo creo que nadie había oído hablar antes de que compartiera el Premio Nobel de la Paz con Malala Yousazfai), o el del bombero Roberto Rivas, quien se vio sometido a un expediente disciplinario por negarse a tomar parte en el desahucio de una anciana. O el de los religiosos que han perdido la vida en su empeño por ayudar a los que sufren, como es el caso de Miguel Pajares o Manuel García Viejo, o de los muchos que siguen al pie del cañón en África, expuestos al contagio del virus del ébola. Hay quien tiene la mirada tan turbia, que incluso ha llegado a responsabilizar a los dos misioneros fallecidos del contagio de la enfermera Teresa Romero, por no haberse negado a que los repatriaran.  Como se puede ver, cualquiera posee el don de Midas y su opuesto. Todos tenemos la capacidad de convertir lo que tocamos en oro o en mierda, según sea el color de la lente con que miremos la realidad.

Yo asocio la Navidad con la emoción que sentía cada vez que sonaba el timbre en mi casa, abría la puerta y era un señor que traía una cesta de regalo. Las enviaban clientes agradecidos por algún favor que mi padre (que trabajaba en un banco) les había hecho, pues hubo una época en la que los bancos se dedicaban a ayudar a la gente, prestándoles dinero para montar o ampliar un negocio, dándoles facilidades, en vez de entregarse a prácticas de vampirismo tales como los desahucios o la compra de deuda soberana, cuya devolución hace cada vez en mayor medida inviable el mantenimiento de nuestra (así llamada) sociedad del bienestar. Solíamos dejar las cestas junto al árbol de Navidad, formando parte de la decoración, y Dios nos librara de contravenir la voluntad de mi padre deshaciéndolas (aunque a ninguno se nos pasara por la cabeza) antes del día de Nochebuena. Los suspicaces de turno verían aquello como una mera exhibición de orgullo, y puede que en ello hubiera algo de razón, pero yo creo que se trataba de hacer ostentación no tanto de las botellas de champán y los turrones, como del número y el alcance de las voluntades que le estaban agradecidas. La generosidad no tiene por qué ser incompatible con un pequeño toque de vanidad. Hasta el mismo Jesucristo preguntó, decepcionado cuando solo uno de los diez leprosos por él sanados volvió a darle las gracias: “¿Dónde están los otro nueve?” (Lucas, 17:11-19).

Ya habrá tiempo, con la llegada de 2015, de despotricar contra los chorizos e indeseables responsables de las tarjetas negras o el timo de las preferentes, pero hoy quiero dedicar este artículo a los profesionales honrados y ejemplares como mi padre, o como Antonio Gómez, un directivo de Caja Madrid que fue despedido por no dar pábulo a las preferentes. Huelga decir que Antonio Gómez es un perfecto desconocido para los telediarios. Pone los pelos de punta pensar que este hombre íntegro llegó a enviarle un email a un ser tan despreciable como Miguel Blesa, suplicando que no lo despidieran. A uno y a otro me limitaré a dedicarles la siguiente cita evangélica: “No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; mas acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo, 6: 19-21).

Feliz Navidad a todos. Desde el corazón.

Jardiel Poncela

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5 pensamientos en “Aquellas cestas de Navidad

  1. Phil O'Hara dice:

    Feliz Navidad, Jardiel.

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  2. Y próspero Año Nuevo, Sr. O’Hara. Y que los Reyes le traigan a este país un poquito de decencia y de sentido común, que ya está bien.

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  3. Adrián Montes dice:

    No sabes hasta qué punto me identifico con ese artículo y con las emociones que yo también sentía. ¡Cómo recuerdo los gritos de nuestra hermana mayor (eso tú no lo conociste aunque sí te lo hemos contado), cada vez que llegaba una de esas cestas. A veces el tiempo pasado sí fue mejor….

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  4. Amelia dice:

    Lo de que los bancos se dedicaban a ayudar a la gente me parece algo ingenuo. Pero sí es verdad que eran muy profesionales y se dedicaban a dar créditos, cosa que hace tiempo que olvidaron frente a otras formas de sacar dinero a la gente mucho más rentables.
    En cuanto a las cestas de Navidad, yo también las esperaba emocionada. Sin embargo no recuerdo aquello de que no las deshacíamos hasta el día de Nochebuena, la memoria es traicionera.

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  5. Mucho más traicionera sin duda es la mía, puesto que era más pequeño y tengo el recuerdo más borroso. Quizás me haya sacado ese detalle de la manga, o haya oído campanas (nunca mejor dicho) sin saber muy bien dónde, aunque sí sé cuándo. En cuanto a lo de los bancos, es evidente que se dedicaban a hacer solo su trabajo, aunque no es menos evidente que mucha gente le estaba agradecida a nuestro padre (por algo sería). Ahora también hacen su trabajo, solo que se trata de un trabajo más sucio. Pero eso es materia para otro artículo. Ahora se trataba de dar pábulo a los buenos recuerdos. Hay que guardar algo de mala baba para el año que viene.

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