El día en que derrotamos a Estados Unidos

En aquella mañana del 3 de Julio de 1898, el almirante Sampson escrutaba con insistencia la bocana del puerto de Santiago de Cuba, donde se hallaba fondeada la flota española desde hacía aproximadamente mes y medio, sometida a un riguroso bloqueo. Era evidente que el desastre sufrido poco tiempo atrás por sus compatriotas en la batalla de Cavite, frente a las costas de Filipinas, había hecho escarmentar en cabeza ajena a la escuadra española, comandada por el almirante Cervera. No era para menos, dada la aplastante superioridad de la flota norteamericana, formada por cuatro grandes acorazados, dos cruceros acorazados, un cañonero y tres cruceros auxiliares, más que suficiente para disuadir al más pintado. Pese a lo cual a los estadounidenses no se les había pasado por la cabeza enfilar la bocana del puerto, pues los buques se verían obligados a desfilar de uno en uno, en una versión marítima del paso de las Termópilas, y entonces de nada les serviría su mayor capacidad destructora. Su baza era mantener a los españoles sitiados hasta que la falta de suministros (las líneas de abastecimiento por tierra habían sido interceptadas mucho antes) obligara a éstos o bien a la rendición, o bien a abandonar la protección del puerto para salir a dar la batalla en mar abierto. Esta mañana del 3 de Julio, al parecer, se habían decantado por esta última opción, para sorpresa del almirante Sampson.

– Vaya, creo que la culebra al fin se ha decidido a abandonar la madriguera –comentó Sampson con mal disimulada arrogancia, teñida con un punto de incredulidad, mientras le pasaba los binoculares a su segundo, el comodoro Schley. Este se los devolvió tras echar una rápida ojeada, acompañando el gesto con un suspiro que delataba una sincera tribulación.

– Señor, estos españoles nunca aprenderán. Su trasnochado sentido del orgullo les impide dar la batalla por perdida de antemano, aunque no tengan ninguna posibilidad. Ha sido ingenuo por nuestra parte pensar que la derrota que les infringimos en Cavite les serviría de lección.

Por toda respuesta al comentario de su segundo, Sampson se limitó a encogerse de hombros, impostando indiferencia.

-En fin; no nos queda más remedio que responder a las hostilidades. Tan pronto como estén a tiro, abriremos fuego sobre ellos. Confiemos en que sean lo suficientemente sensatos como para rendirse cuanto antes.

Apenas había pronunciado el almirante Sampson estas palabras, cuando un fuerte y repentino temblor estremeció al buque insignia Massachusetts, sobre cuya cubierta estaban departiendo los dos militares. La sacudida les hizo trastabillar a ambos.

-¡Dios mío! ¿Qué ha sido eso? –preguntó Sampson visiblemente alterado, como cabe suponer en alguien que tan sólo unos segundos antes creía tener totalmente dominada la situación.

El comodoro Schley no tenía ni la menor idea al respecto, pero en cualquier caso tampoco tuvo demasiado tiempo para pensar una respuesta, pues una segunda e igualmente devastadora convulsión le acababa de privar por completo del uso de la palabra. Al almirante Sampson se le habían caído los prismáticos de las manos. Por absurdo que pareciera, el barco había sufrido un impacto… ¡por debajo de la línea de flotación! Sin embargo, por muy contrario a la lógica que aquello pudiera resultar, no cabía la menor duda de que la flota de los Estados Unidos estaba siendo atacada por un enemigo invisible que, además, disparaba sus proyectiles por debajo del agua. Pese a la confusión reinante, Sampson se percató, echando una rápida ojeada en derredor suyo, de que el resto de la escuadra se hallaba en la misma caótica situación.

-¡Maldita sea!-exclamó fuera de sí el otrora flemático almirante Sampson- ¿Se puede saber de dónde vienen esos torpedos?

-Creo que esa cosa nos está atacando por estribor, señor –respondió atropelladamente Schley, cuyo rostro era lo más parecido a una máscara de cera- No logro entenderlo, pero es evidente que  el ataque viene del lado de mar abierto.

A trompicones logró trasladarse Sampson a la banda de estribor (era difícil moverse por el barco, pues el misterioso ataque no remitía en su intensidad y los temblores se sucedían) para comprobar que, efectivamente, era allí donde se producían los impactos pero, para su inenarrable asombro, no lograba ver nada. Aquello parecía cosa de brujería. Con horror se percató de que el flamante buque insignia estaba empezando a hacer agua, pero dicho estado de consternación se vio superado por el que experimentara al darse cuenta de que la escuadra española, de la que casi se había olvidado, les estaba atacando por babor. O sea que, inexplicablemente, estaban atrapados entre dos fuegos.

-¡Abran fuego! –ordenó Sampson voz en grito a los artilleros, dispuesto a vender cara su piel. De todas formas, era consciente de que, debido a la intervención de aquel diabólico enemigo invisible, todo estaba perdido. Las tornas habían cambiado con respecto al desenlace de Filipinas.

Gracias a la acción combinada de los cruceros acorazados, comandada por el almirante Cervera, y de la flota de submarinos, dirigida por el general Isaac Peral, la flamante escuadra de los Estados Unidos no tuvo más remedio que rendirse en pocas horas. Los dos militares fueron ampliamente condecorados, si bien el almirante Pascual Cervera, en un alarde de caballerosidad, reconoció que el mérito correspondía por entero a su compañero, cuyo genial invento le había abonado a él el terreno para contrarrestar el tremendo potencial destructivo de la flota norteamericana. Gracias a ello, España mantuvo su hegemonía en el Mar Caribe y, si bien Cuba obtuvo su independencia por medios pacíficos pocos años más tarde, nuestro país logró unas sustanciosas ventajas comerciales en la zona que evitaron que ésta cayera definitivamente bajo el paraguas del imperialismo yanqui. Al desastre de la armada de los Estados Unidos siguió la devolución de Gibraltar por parte del gobierno británico, quien, temeroso de correr la misma suerte, decidió devolver la soberanía del peñón a España, tras casi doscientos años de vergonzosa ocupación. Desde entonces, nuestro país es una potencia económica, militar y política de primer orden, respetada en el ámbito internacional, cuya alienación con las democracias europeas sirvió para frenar las ansias expansionistas de Alemania, con el más que probable riesgo de que estallara un conflicto a escala mundial (o más de uno) con imprevisibles consecuencias. Hoy día, en el marco de la UE, España ejerce su liderazgo sobre los países del Sur y su gran autoridad moral actúa como contrapeso frente a las aspiraciones hegemónicas de una Alemania que, esta vez basándose en el poderío monetario, pretende de nuevo adueñarse de Europa.

Todo esto, naturalmente, me lo acabo de inventar. A Isaac Peral, cuando presentó su genial invento del submarino en 1890, pese al éxito obtenido en las pruebas, las autoridades incompetentes le invitaron a introducirse el mismo por el conducto rectal, quizás inspiradas por el gran parecido que ofrece dicho ingenio con un supositorio gigante. A ello siguió una campaña de vilipendios y difamaciones, orquestada por los altos mandos militares, que le indujo, un año más tarde, a licenciarse del ejército, presa de un profundo desencanto. Murió en Berlín en 1895, a causa de una complicación surgida tras una operación de cáncer, sumido en el olvido más absoluto, comportamiento con el que suele recompensar este país a sus hijos más ilustres. Ni que decir tiene que los americanos nos dieron de hostias hasta en el carnet en la guerra de Cuba. Y en cuanto a lo de Gibraltar y la consideración de que somos objeto en la UE… Bueno, de eso mejor ni hablamos. Son demasiado grandes el dolor y la vergüenza.

En fin; soñar no cuesta dinero, dicen. Lo malo es que después del sueño toca despertar, en lo que podríamos describir como una pesadilla al revés, para toparse con esta cruda realidad en la que nos hallamos tristemente inmersos.

Nunca mejor dicho. Lo de inmersos.

Jardiel Poncela

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