Archivos Mensuales: enero 2015

Fast Food

Ayer acabé de leer el libro La vida mitigada, de mi amigo y colega Tomás Sánchez Santiago. Francamente extraordinario. Poco antes me había estado solazando con la lectura del poemario El silencio, de mi admirado Salvador Negro, al que dedicamos aquí unas líneas hace un par de semanas. Y podríamos seguir el catálogo de exaltaciones con El ladrón de sentimientos, de Felipe Piñero, Corner of the Silenced, de Juan Carlos Pajares o Roberto Alcázar, supongo, de Alberto Masa. Una colección de pequeñas obras maestras condenadas inexorablemente al ostracismo de las estanterías de las tiendas de libros.

Hemos de reconocerlo: el maestro Germán Coppini tenía (en parte) razón al afirmar que no corren buenos tiempos para la lírica. Yo creo que la razón fundamental hay que buscarla en la falta de tiempo. Como en tantos órdenes de la vida, en el mundo de la cultura, la prisa y el consumo rápido parecen haber sustituido a las charlas diletantes entre amigos que en otro tiempo eran el alma de los ambientes literarios. Sé que habrá quien discrepe y opine que ahora también hay eso que llaman “ambiente literario”, pero sin duda se da de una manera diferente. Lo que a día de hoy predomina es el “evento literario”, muy semejante en su concepción a las flash mobs tan de moda entre los jóvenes, fenómeno que define del siguiente modo la Wikipedia (cito textualmente): “Grupo de personas que se reúnen espontáneamente en un lugar público para ejecutar un acto inusual y aparentemente carente de sentido durante un breve período de tiempo, para luego dispersarse rápidamente”. A eso, mucho me temo, han quedado reducidas las presentaciones de libros, de las que se puede afirmar categóricamente que han desplazado a las tertulias literarias de antaño. En este sentido, el mercado editorial ha pasado a no diferenciarse mucho del mercado de preservativos o de hamburguesas. El libro se ha convertido en un artículo de consumo más, carente por completo de existencia propia fuera de los circuitos comerciales. Asistimos a la presentación, compramos un ejemplar, le pedimos al autor que nos lo firme y nos escriba la dedicatoria de rigor  y, con toda probabilidad, tan pronto como lleguemos a casa y nos dispongamos a sumergirnos en los misterios de su lectura, oiremos el bip-bip de nuestro teléfono móvil, avisándonos de la proximidad de un nuevo evento literario. Para evitar que se nos acumule el trabajo, hojearemos apresuradamente las páginas de ese opúsculo que ahora parece quemarnos las manos y luego lo relegaremos indefectiblemente a su nicho en el anaquel correspondiente, rodeado de otras víctimas anteriores del silente holocausto, como le ocurriera al desventurado José Luis López Vázquez en la impactante escena final de La cabina. Y el siniestro ciclo bibliófago volverá a empezar, desarrollándose todas y cada una de sus pautas con matemática exactitud.

Se echa en falta la lectura sesuda y reposada, así como el debate profundo y sosegado que son elementos necesarios para sacarle todo el jugo a una obra literaria. Un libro no es (o no debería ser) algo de usar y tirar. Paradójicamente, en la era de la revolución de las comunicaciones se ha perdido en gran parte la Comunicación, con mayúscula. Lo que se ha ganado en velocidad e inmediatez, se ha perdido por otro lado en profundidad y rigor a la hora de transmitir una determinada noticia. Y lo mismo pasa en los demás terrenos. Por ejemplo, ya no se habla, sino que se chatea. La liturgia de quedar con un amigo en un bar para cambiar impresiones al calor de una taza de café (o aunque sea de una cerveza fría, valga la paradoja) ha dado paso al burdo sentarnos delante de la pantalla de un ordenador a teclear sandeces (salpimentadas con un cúmulo de enojosas faltas de ortografía, cosa que no puedo evitar que me saque de quicio). Algo parecido ha sucedido con el cine: nos bajamos la película de internet, nos reclinamos en el respaldo de la silla y nos abandonamos a nuestra propia inmolación, dejando que los rayos catódicos procedentes de la pantalla del PC nos licúen poco a poco el cerebro. Cada vez somos menos los que apostamos por el ritual de acudir a una sala de proyección a disfrutar de la magia del cine en todo su esplendor, con la misma devoción con que acude al feligrés a orar al templo. No se trata de una mera cuestión de formato, o de pasarnos por el forro la voluntad de John Ford o Alfred Hitchcock, que concibieron sus películas para ser vistas en pantalla grande (aunque también esto sea importante). Lo peor de todo es que con ello estamos renunciando de forma preocupante al cálido sentimiento de comunidad (palabra que, por cierto, tiene el mismo origen etimológico que “comunión” o “comunicación”) en aras del inevitable aislamiento al que nos conduce la tosca sustitución de dicho sentimiento por el zafio sucedáneo del gregarismo.

Algo parecido viene a suceder en el ámbito de la literatura donde, insisto, el consumo reflexivo  ha ido cediendo terreno paulatinamente ante la voracidad troglodita del mercado editorial, cuya esencia (o falta de ella) aparece plasmada en el evento literario. Los editores, por supuesto, no son ajenos a esta transformación dramática del libro en simple mercancía de consumo rápido, como pueda serlo el perrito caliente. Cada vez escasea más la figura del editor clásico, que apuesta por lo que él considera un nuevo valor literario en alza. Toda su planificación estará hecha en función del evento, y su criterio a la hora de decidirse a publicar tal o cual libro no estará tanto en función de la calidad intrínseca que éste pueda ofrecer como de otra serie de parámetros: currículum del autor, su popularidad, el número de potenciales compradores… Y, por supuesto, es de vital importancia que acuda el mayor número de personas a la presentación del libro, para vender de un solo golpe el mayor número de ejemplares posible. Y una vez finalizado el evento, tenderá inconscientemente a desentenderse de su pupilo, concentrando sus energías mentales en la siguiente presentación. En este sentido, la mentalidad de un editor del siglo XXI no difiere gran cosa de la de un croupier. Apostará a tal o cual número en la ruleta y, si los resultados de la jugada no son los previstos, probará suerte con otro número distinto.

Volviendo al libro de Tomás (como cualquiera de los citados más arriba), es un libro cuya característica más distintiva es, a mi juicio, la premiosidad. Invita a ser degustado con la misma morosa delectación con que intuimos que el autor ha procedido a su factura. Nos hallamos inmersos en una realidad de transacciones aceleradas, en que el imperativo categórico de Kant ha sido desplazado por el imperativo calvinista del beneficio a corto plazo. Nada sirve hoy, si no proporciona dividendos de forma inmediata. Ello fomenta necesariamente la trivialización de todas las actividades humanas, sin que ni siquiera el amor sea ajeno. Por lo que respecta a la cultura gastronómica, nuestro paladar se ha ido adaptando al sabor de la hamburguesa de McDonald’s en perjuicio del jamón de Jabugo. O, peor aún, no nos sabe bien el Jabugo si no le echamos kétchup por encima. Y, por supuesto, nada de sentarse a una mesa con mantel, acompañando las lonchas de embutido con un buen vino y  una buena conversación entre amigos. Ni hablar. Tenemos que zamparnos la basura que nos den deprisa y corriendo, para volver enseguida a la tienda o la oficina y hacer lo que se espera de nosotros, comportándonos como perfectos hombres y mujeres de provecho. Que es ahí donde radica el quid de la cuestión.

Pero eso ya es materia para otro artículo.

Jardiel Poncela

Etiquetado , , , , , , , , , , , ,

Un hombre bueno

abuelito1

Adrián Montes Badiola fue un hombre bueno. Él no hubiera estado muy de acuerdo. Más a mi favor. A veces nos obcecamos en negar algo y lo único que conseguimos es afirmarlo con mayor rotundidad si cabe. Como cuando Pedro negó a Jesús. ¿Qué necesidad tendría? Sin embargo hasta tres veces lo negó ¿Cabe mayor testarudez? O como cuando negabas tú, aún con la cara toda pringada y los dedos sucios, tan sucios como los de Jack instantes después de haber destripado atrozmente otro cuerpo, haberte zampado la tableta de chocolate. Todo te delataba pero seguías en tus trece desmintiendo lo evidente, lo meridianamente claro, refutándolo. Acaso semejante terquedad en negar fuese la más manifiesta de las pruebas de la culpa; más todavía que los restos del chocolate que, ingenuo e inconsciente quizá, te dedicabas a relamer gozando de su sabor amargo, mientras insistías en no saber nada de todo aquello. La realidad suele ser más tozuda que cualquiera de nosotros; no siempre, pero sí a menudo, y por más que te empeñes en rebatir hasta lo irrebatible, acaba por  imponerse con dureza: Adrián Montes Badiola, hubiese estado de acuerdo o no, vive Dios que fue un buen hombre.

Mi abuelo murió ya hace unos años y mientras vivió tuve siempre la doliente sensación de  disfrutar poco de él. Esa sensación de hecho sigue persiguiéndome. No es tan extraño. Sucede a menudo que nos queda una impresión de escasez en lo que se refiere a disfrutar de los otros. Apurando, esa misma impresión, ese poso que es casi una premonición, la tenemos también respecto a nosotros, y no será que no pasemos tiempo juntos; pues ni por esas evitamos pensar que quizá ni de nosostros mismos seamos capaces de disfrutar lo suficiente. Y esa corazonada, preámbulo de una especie de angustia, acaba por  invadirnos ¡Cómo no experimentar algo similar si a mi abuelo lo veía de pascuas a ramos! Recto por planta y proceder y en cualquier otra acepción, Adrián Montes hacía gala empero de una vis cómica que recordaba a Gila o a Tip. Nos relataba chascarrillos sin hacerse de rogar que cosechaban en la limitada audiencia lágrimas de tanto reir. Al referir cualquier historia la narraba con suma gracia; el arte de contar no guardaba secretos para él; era la palabra, sí, pero no tan sólo: el movimiento preciso de los brazos, los ademanes, los aspavientos cuando la ocasión lo requería, a veces las pausas, el volver atrás para avanzar de golpe después; cada anécdota tan bien dicha devenía una función magistral y nos convertía en espectadores entusiasmados, entregados al oficio de mi abuelo. Y ello a pesar de ser interrumpido una y mil veces por mi abuela y su famoso “¡Pero Adrián, cuéntalo bien!”, aunque mejor no cupiera contarse. Jamás perdió los nervios, que debían ser acerados, y seguía relatando como si nada, cuando haberla asesinado allá mismo cualquiera de todas esas veces hubiese sido cuando menos comprensible; tremendo, sí, pero no desmedido. Mucho debían quererse, que de otro modo no se explica.

Mostraba mi abuelo además tanta paciencia como Job cuando al regresar a diario de la compra, a la que lo había mandado mi abuela, indefectiblemente era vuelto a mandar de vuelta por un par de naranjas más o por otro tarro de mermelada, que maldita falta hacían ni unas ni otro. Y no es que se le hubiese olvidado al pobre, sino al principio por algún cálculo se diría que esotérico que debía componer ella; quién sabe si por prudencia y precaución también después, por tocar las narices las más de las veces y quizá sólo por costumbre al transcurrir los años. Esa mueca característica suya, torciendo así la boca, gesto que en alguna ocasión adiviné también en Javier Krahe, era lo más que se permitía. Cualquier otro hubiera, perdida la razón, la inteligencia nublada, arremetido contra mi abuela mandándola ni por naranjas ni mermalada sino al otro barrio, despachando así el asunto de los mandados. En vez de eso, aquella leve gesticulación, apenas un esbozo difícilmente perceptible incluso para un observador avezado que se dibujaba en su cara denotando no tanto enfado como la afirmación de la propia personalidad, era todo cuanto se concedía. Así un día tras otro. Así durante años. De poder leerme seguro que me afearía lo escrito, porque él era un buen hombre. Entonces le harían falta muy pocas palabras; bastaría enfrentar su mirada glauca; ese semblante enjuto lo decía todo. Tú tratarías de explicarte mejor, intentarías justificarte, la voz entrecortada, las palabras tratando de fluir. Quizá fuese también suficiente con tu mirada de taciturno añil y tus palabras estuviesen de más. Quizá le bastaría con eso para comprender.

La estampa de mi abuelo Adrián –“aquel que viene del mar”– la llevamos algunos labrada en algún rincón del ser. Él ya no está; pero sigue siendo de alguna manera el norte -ese norte que tanto amaba- capaz aún hoy de orientarte esas mañanas de riguroso invierno, que pueden darse a veces incluso en agosto; ésas en las que escasea el ánimo y hasta vivir parece una labor colosal. Es quizá en momentos tales cuando el ejemplo de un hombre bueno más indispensable es. Y Adrían Montes Badiola lo fue; fue un hombre bueno.

Phil O’hara

Etiquetado , ,

Pluscuamperfectos literarios

Dentro de las diversas especies de gilipollas que pululan por la geografía española, hay una que me propongo analizar por lo menudo en las líneas que siguen, pues la considero de especial interés zoológico: la de los pluscuamperfectos literarios (o sea, aquellos que están por encima de la perfección literaria, atendiendo al significado etimológico de la palabra).

Comenzaremos, como es de rigor, por describir su hábitat. Su elemento natural es el evento poético, como lo es el agua para el pez. De la misma manera en que, según cuentan los cronistas antiguos, una ardilla podía recorrer la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, estos seres pueden hacer lo propio yendo de evento en evento, sin bajarse nunca de la nube en que flotan como polvo en suspensión. Todos ellos tienen un rictus característico, que los diferencia del resto de los mortales (o tal cosa creen ellos): su tema de conversación favorito (bueno, en realidad habría que decir su único tema) es el cotilleo en torno al libro que publicó, o está próximo a publicar, Fulano de Tal. Si el Tal Fulano se halla presente en el evento, todos se aprestarán a hacerle la pelota y a preguntarle impostando desmedido interés (única forma de lograr disimular la envidia que les carcome) por la fecha de presentación de esa joya incomparable del Parnaso, prometiendo acudir y deshaciéndose en toda clase de elogios sobre las excelencias de la misma (aun sin haberla leído). Poco importa si, llegado el momento, a tan vehemente porfiador le surge una cita ineludible (precisamente en ese día, de entre los 365 que tiene el año) o si su prima Mary Pili es víctima de un repentino ataque de apendicitis, lo cual lógicamente le incapacitará para acudir al acto, cosa que él, por supuesto, lamentará profundamente. Se da la circunstancia curiosa de que tales imponderables nunca se dan cuando es un escritor de cierto renombre el que protagoniza el evento, pero tal cosa no debe sorprendernos en quien ha sido tocado con la gracia de las musas.

Ello nos lleva inevitablemente a la tan controvertida cuestión de qué es un escritor de renombre ¿Quién decide quién tiene renombre y quién no? La respuesta fluye por sí sola: ellos, naturalmente. Comparten con el Papa el don de la infalibilidad, al igual que comparten con Santa Teresa el de la ubicuidad. Ellos son la voz autorizada que decide quién pasa a la posteridad y quién se queda para vestir santos, en términos de gloria poética. Cabe señalar en este sentido que el pluscuamperfecto literario es una criatura fuertemente territorial, que mira con recelo a todo aquel que osa profanar el santuario de su lírico edén. Gustan de darse coba y palmadas en el hombro unos a otros, y reaccionan con hosca frialdad ante el intruso, al que detectan rápidamente con un simple estrechar la mano, al igual que las hormigas cuando se tocan las antenas. En una reunión de pluscuamperfectos, vaya, es imposible que se cuele el Pequeño Nicolás.

Por lo que respecta a las pautas generales de su comportamiento, se da una estricta observancia de ciertos rituales mecánicos e insoslayables, que permiten reconstruir sin asomo de duda su mapa conductual. Durante las lecturas conjuntas de poemas permanecen todos muy serios, con la frente convenientemente arrugada en señal de atención, aunque en el fondo pasen olímpicamente de lo que estén oyendo y su pensamiento esté centrado exclusivamente en cuánto tiempo les queda para leer su poema. Se hallan altamente especializados en el arte de fingir escuchar a otros, aunque en realidad solo les interese escucharse a sí mismos. Todos exhiben el mismo gesto grave y circunspecto durante el recitado, todos prorrumpen con impecable precisión en la consabida salva de aplausos al final del mismo (aunque no se hayan enterado de nada) e, incluso, todos llevan el fular enroscado al cuello de idéntica manera.

Ser de izquierdas resulta de buen tono. Tampoco demasiado, no vaya a ser que les comprometa en exceso (lo suyo es un término medio razonable, pongamos por caso, el Partido Socialista). Les gusta poner a escurrir al gobierno, y despotricar contra la crisis, entre sorbo y sorbo de vino. Con toda seguridad, han leído El lobo estepario, de Herman Hesse (no se puede negar que son chicos cultos), y les complace emular al atormentado Harry Haller, desgarrado por la pugna interior entre sus instintos rebeldes y burgueses. Pero la orgía transgresora suele quedar invariablemente confinada entre las cuatro paredes del salón. Tan solo allí pueden lucir a sus anchas la etiqueta de malditos (que llamativamente se atribuyen a sí mismos) para, tan pronto como abandonen el recinto, empuñar el hisopo y ser ellos los que repartan maldiciones y bendiciones.

Por último, los especímenes de esta clase son tremendamente vanidosos, lo cual les lleva a autoexcluirse automáticamente tan pronto como entras en interlocución con uno de ellos y denuncias los vicios de su casta (o, más bien, cabría decir de su caspa). “No puede estar hablando de mí, con lo mucho que he hecho yo por el bienestar de la cultura, que no es lo mismo que la cultura del bienestar”. Y parpadean, escandalizados, mirando hacia uno y otro lado, cuando sacas el tema en una tertulia, igual que el alumno travieso al que llamas la atención en clase. Darse por aludido no encaja en los parámetros de quien se cree por encima del bien y del mal. El ajo ha quedado definitivamente desterrado de su dieta, dejando paso al caramelo mentolado, siguiendo aquel sabio consejo que Don Quijote dispensara a Sancho: “No permitas que por el aliento detecten tu villanía”.

Para concluir, una pregunta que formulara George Harrison en una de sus canciones, donde hablaba de las personas que ganan el mundo y pierden su alma (Mateo, 16:26): “¿Eres tú uno de ellos?”

Jardiel Poncela

Etiquetado , , ,

El primer beso

Quién no recuerda su primer beso. Yo vendería hasta el alma al diablo por recordarlo. Son legión los que se dejan embaucar por la poética de las primeras veces, por sus destellos fulgurantes, como si te estuviesen prometiendo la luna. Hay primeras veces para todo, pero solamente una vez. Aunque tampoco es extraño sentirse defraudado, al momento o medio día después, por algo tan fugaz, tan insubstancial como una primera vez, la que sea. No ha habido poeta que no haya cantado a lo efímera que la existencia es; ¡qué no habrán podido componer de la primera vez de cualquier cosa! Aquel primer beso, estrenar coche o zapatillas, la vez primera que te subiste a un avión para cruzar el Atlántico; primeras veces, todas, que parecen iluminar nuestro sombrío existir pero no son sino ilusas promesas, tan breves y huidizas que se extinguen en un santiamén, acaban sin tan siquiera haber empezado casi.

De cualquier modo, qué sería de todos nosotros sin esas primeras veces. Me acuerdo -de eso sí- de la primera vez que descubrí la importancia de las acepciones -quizás no fuese la primera, pero tampoco importa-. Haciendo cola para matricularme en la facultad de Letras una chica de pelo negro y ojos azules me pidió si podía guardarle la tanda. Más tarde volvimos a coincidir, casualidades de un destino no siempre cruel, al liquidar las tasas en la entidad bancaria ubicada en la otra punta del campus. “Si hay un tercer encuentro – pensé- le preguntaré su nombre”, como si ese par de coincidencias hubiesen tenido lugar en París o en Venecia y no en la universidad, donde a poco que uno tuviera intención de asistir a las clases, a algunas por lo menos o al bar si más no, volver a encontrarla no iba a ser tan difícil. En mi descargo enseguida me arrepentí de la bravuconada, pero ya era tarde, y a pesar de apocado sigo siendo persona de palabra, así que a lo hecho -o a lo pensado, pensé-, pecho. El caso es que semanas o meses después estábamos en una discoteca y al preguntarle si quería salir me encontré en la calle con ella. La cara de gilipollas que se me puso todavía hoy no sé muy bien si fue por advertir por primera vez la importancia de las distintas acepciones de algunas palabras, o por no haberme sabido explicar mejor. Donde yo pretendí que ella entendiese lo de “salir” en la segunda de sus acepciones, “ir juntas dos o más personas como preludio de un noviazgo” o “mantener una relación amorosa con alguien”, que cualquiera me valía, entendió ella “ir fuera de un sitio”, primera de las treinta y dos que el María Moliner recoge del infinitivo. Fuera hacía frío y así que al poco volvíamos a estar dentro.

Damos demasiada importancia a las primeras veces. Debe ser cultural, supongo; algo parecido sucede con el apego al sistema decimal, a determinadas tradiciones o a que pierda nuestro equipo. A fin de cuentas, las segundas veces, con que no tuviésemos en consideración las anteriores, seguirían siendo las primeras, y ello es extensible a las terceras, a las cuartas y a las quintas veces, a las sextas incluso. Haríamos bien en replantearnos la cuestión. De un tiempo a esta parte, por ejemplo, me ha dado por seguir los consejos de un hombre sabio que en la facultad enseñaba, además de muchas más cosas, metafísica precategorial; me esfuerzo en hallar gusto a escuchar tintineos de las pocas certezas que atesoro -nunca son muchas- en unas cuantas obras que, hace ya tiempo, una vez descubrí; tintineos que también suelen estar escondidos en un sencillo café, una caricia o en una mirada. Creo, como mi viejo profesor, que más que pasarnos la vida echando de menos nuevas primeras veces, siempre a la búsqueda, tratando de descubrir sin desfallecer sopas de ajo, debiéramos reconfortarnos con hacer tintinear -como él decía- nuestras pocas certidumbres en las cosas. Joaquim Maristany saciaba más sus ansias releyendo que en buscar nuevas lecturas, y eso le hacía razonablemente feliz. Bien pensado no parece una mala decisión. No digo que debamos limitarnos a unos cuantos libros y un puñado de compositores; tampoco es eso. Pero quizás no haga falta mucho más.

Phil O’Hara

Etiquetado , ,

Silencios y clamores

Descubrir a un escritor es lo más parecido a una experiencia mística. Ocurre como el enamoramiento, cuando menos te lo esperas. Un buen día, tras echar la consabida cabezada en el sofá después de comer, abres un ojo, agarras maquinalmente el libro que tienes a mano y comienzas a hojearlo distraídamente, entre bostezo y bostezo. Y entonces te restriegas los párpados con fuerza, una y otra vez, y comienzas a recorrer las páginas ansiosamente, casi diría frenéticamente, sin lograr salir de tu asombro. No sabes precisar qué es lo que ha ocurrido, ni qué es lo que hace que se obre el prodigio ante tu mirada incrédula. Simplemente ocurre, como cuando ves la catedral de León o escuchas por primera vez la quinta sinfonía de Beethoven. La belleza es y será siempre castillo interior, por mucho que nos esforcemos en vano por racionalizarla los críticos literarios. Es ciertamente un sentimiento que tiene mucho de sensación física, pues apela antes a nuestras vísceras que a nuestro intelecto. Francamente, a estas alturas de la vida todavía no sé qué es lo que distingue a un buen escritor de un gran escritor. Como dice mi amigo Eduardo Aguirre, citando a Truman Capote: “La diferencia esencial no es la que hay entre escribir bien o escribir mal, sino la que hay entre escribir bien y el verdadero arte”.

Tal cosa me ha sucedido tras la lectura-revelación del libro de poemas titulado El silencio, de Salvador Negro. Como queda patente en el título, es éste un libro que insinúa mucho más de lo que dice. O que resulta tanto más sorprendente por lo que calla que por lo que revela. Antes hablaba de Beethoven. Imagino que la comparación no es casual, puesto que Freud dejó bien claro hace tiempo que el subconsciente es sumamente cuidadoso en sus elecciones, aunque nosotros no lo seamos. Precisamente, el genio de Bonn es uno de los músicos que mejor sabe manejar los silencios en sus obras, probablemente debido a la maestría en tal campo que le proporcionara su trágica discapacidad (sabido es de todos que Beethoven era sordo). No me cabe la menor duda de que el músico más grande que ha existido, no hubiera pasado de ser un artista discreto, sin más, de no ser por la hondura de perspectiva que le brindaba su carencia. De hecho, sus obras de juventud (antes de que empezaran los problemas de pérdida de audición), aunque de una elegancia exquisita, no pasan de ser, tan solo, impecablemente correctas. El Beethoven verdaderamente grande y genial fue, en realidad, hijo del silencio.

Son numerosos, pero en modo alguno resultan reiterativos, los elogios que dedica Salvador Negro al silencio. Pero, a diferencia de Fray Luis de León, quien ve el silencio como una mera vía de ascesis moral que permite al hombre ahondar en su propio yo, aislándolo de las diligencias y apremios del mundo circundante a la manera en que se separa el trigo de la paja, Salvador nos habla del silencio como sustancia de la que está hecho el mundo. Partiendo del trágico accidente ferroviario en el que su padre perdió la vida (la presencia del padre constituye el otro leit-motiv predominante en la obra), Salvador eleva el silencio de los muertos a la categoría de absoluto: “No puedo asir, hacer mío tu cuerpo/ de un modo que yo no soy/ tú eres”. Y un poco más adelante este verso asombroso: “Lo opuesto de la voz no es el silencio, la voz se perfecciona y es silencio”. Este anhelo de perfección desemboca en una cascada de preguntas retóricas: “Por qué tengo que bañarme en el agua / no puedo ser el agua / Por qué tengo que brillar en la luz/ no puedo ser la luz / Por qué no puedo ser en el silencio/ no puedo ser tan puro”. Tal deseo infructuoso encuentra su corolario natural en el siguiente aserto: “Nos pasamos la vida intentando saber lo que dice el silencio”.

A la vista de estos y otros muchos pasajes, resulta inevitable la comparación con cierto poeta casi ignorado, de no haberlo rescatado del olvido la generosa pluma de su evangelista, Ramiro Pinto. Me estoy refiriendo a Antonio Cortijo, autor con el que Salvador Negro presenta una llamativa afinidad. Son muchos los pasajes recogidos por su exégeta (hablo ahora de Antonio Cortijo), relativos al silencio: “Estamos saliendo del abismo/a la cueva del silencio/ al rayo azul del viento (…) Como mortal quiero aferrarme / pues flota en el líquido/ que traspasa el tiempo”. Y precisamente tiene un poema titulado “Sonido del silencio”, cuyo primer verso reza: “Del silencio al sonido hay un paso”. Y en un hermoso poema dedicado a la catedral de León (a la que también mencionamos antes; supongo que de modo nada casual): “Solo el sonido del silencio llena mi alma / Traspasa el infinito el silencio de la luz”.

Llegados a este punto, creo que sería vano y superfluo concluir que Salvador Negro (o Antonio Cortijo) entiendan el silencio como una metáfora de la muerte. Muy al contrario, éste viene a ser como la materia ósea de la existencia, moldeándola desde el momento en que nos hace tomar conciencia de nuestra propia mismidad; es decir, de nuestra condición de seres humanos únicos e irrepetibles. Su opuesto, el ruido, tan solo contribuye a zambullirnos en el torbellino del ser a medias, que nos precipita eventualmente al no ser. De hecho, “El ruido” es el título asignado al primer texto (no poético) del libro, donde se nos refiere con catártica frialdad la noticia del fallecimiento del padre. Es la contemplación de su cuerpo inerte lo que suscita todo el cúmulo de reflexiones posterior, que parecen pivotar en torno a una revelación que, pese a su índole silenciosa, tiene mucho de clamor latente. Clamor que lleva implícito el siguiente mensaje, con hechuras de diálogo impostado bajo la forma de monólogo interior: “Te he dado la vida para que tuvieras la oportunidad de ser tú y existir realmente, no para que la vivieras a través de otros y, llegada tu hora, caigas en la cuenta de que estás vacío; por no haber sabido aislarte de tanto griterío banal y entregarte a escuchar tu propia voz. No hay peor muerte que el ser consciente de que, en realidad, no has vivido nunca”.

Si esto es así, creo que nuestro difunto puede descansar en paz. Porque su hijo el poeta Salvador, sin duda, ha pasado el examen. Con nota.

Jardiel Poncela

Etiquetado , , , , , ,

Enero de buenos propósitos

Principiar enero y malvivir es todo uno y la misma cosa. El día uno tienes bula, pero llega el dos y hay que sentarse y enfrentar la blanca hoja de papel con intención de elaborar, este año por fin, la lista de buenos propósitos, y otros no tanto, del año que acaba de nacer. Parece fácil; siempre lo parece al principio; pero a día cuatro la lista esbozada tiene más tachones que renglones bien puestos; lo que anteayer te parecía obvio hoy ya no lo es y mañana seguro que será un borrón más. Además, si confeccionar la dichosa lista es tarea penosa, cumplir con algo de lo que se salve del tachar será más trabajoso todavía; directamente imposible, vaya. La estrategia, ideada tiempo atrás, no mucho antes de las doce campanadas, de los cuartos incluso, parecía infalible -resulta curioso como la alegría de determinados momentos llega a fortalecer las teorías al punto que, bañadas en mares de espiritosos licores, vinos y ginebras, resisten cualquier falsación- parecía infalible, decía, pero hoy hace aguas y de nada sirve estructurar bien la lista y tratar de agrupar los propósitos previamente divididos en temas. Empiezas a escribir y en Salud y deporte insistes en poner, claro, lo de acudir al gimnasio o, por si eso falla (consciente de tus limitaciones, ya lo has tachado), pones lo de salir a correr (tachado también) o ni que sea a caminar (¡si tampoco irás!). Prosigues con lo de no abusar de los dulces, ni de las grasas, ni por supuesto del alcohol. También tachado. En Aprendizajes varios colocas lo del inglés y el francés, solfeo, cocinar y mantener la boca cerrada. Esto último quizá debería figurar en un apartado distinto y lo tachas, pero no olvidas que lo deberías incluir en la lista. Hay que decidirse entre la lengua de Shakespeare o la de Molière; no ha sido sino la vanidad lo que te ha llevado a incorporar las dos. Lo mejor será tacharlo todo y decidirte después. En Actividades culturales escribes ver solamente cine en versión original. Eso te ha quedado bien. Lo relees con satisfacción, orgulloso. Sabes perfectamente que con ver cine sería suficiente; más realista al menos. Haber añadido no ir a ver películas dobladas agrega una dificultad a lo ya laborioso de por sí; pero puedes permitirte alguna licencia. Sigues. Si viajas, ver museos. Habrá, pues, que destinar en la lista un capítulo a Viajar. Pero si debe figurar viajar en la lista de propósitos, habrá que decidir qué destinos, los pueblos, las ciudades, los países, hasta los continentes, y la manera de viajar, cuándo hacerlo, cómo sufragar los gastos de esos viajes, qué llevar en la maleta y qué maleta llevar; incluso saber si va a hacer falta pasaporte o no. A la que levantas la cabeza del papel y echas una mirada a la lista te das cuenta de que es un paisaje más poblado de tachaduras que de otra cosa. La perspectiva que ese vistazo te ofrece es descorazonadora. Acobardaría a cualquiera; también a ti. A ti especialmente. Entonces recuerdas haber leído a un ilustrado -y a no mucho correr los días apuesto a que también ilustre- gallego de nación, un brillante artículo que rezaba por título Haga una lista. Allí iban apareciendo uno detrás de otro ilustres -ellos ya sí- escritores como Scott Fitzgerald, Mark Twain, Roland Barthes, Borges o Georges Perec entre muchos más que habían elaborado en sus obras todo tipo de listas, con esa maestría reservada tan sólo a las más grandes plumas. Pero claro, hay que ser como Perec para ponerse a confeccionar una lista perfecta de buenos propósitos; de otro modo te queda incompleta. Y lo que es todavía peor, no sabes quién hay que ser para, una vez hecha, cumplirla. Cabe siempre, eso sí, emular en algo a Juan Rulfo y conformarte con una lista de solamente dos propósitos: el primero, como también dejase dicho Tallón, despedir a tu jefe; mandarlo a la mierda, con buenas maneras. Y el segundo, el segundo propósito mejor lo piensas más detenidamente, que no es cuestión de precipitarse. Una lista de tan sólo dos cosas tiene la ventaja de la brevedad pero por ello sería bueno no equivocarse. Si mediado el mes de enero sigues sin decidirte siempre podrás dejar la cosa en una escueta lista de un único propósito, reconfortándote, además, con la idea de haber emulado casi al gran escritor mejicano. Él escribió dos libros; pero, claro, él era Rulfo.

Phil O’Hara

Etiquetado , , , ,

Atrapados en el tiempo

(Nochevieja del 2015-2016. Jardiel Poncela y Phil O’Hara aparecen haciendo eses por un oscuro e inmundo callejón, cogiéndose el uno al otro por el hombro y vistiendo sendos smokings. Unos gorros de cotillón y unas narices de payaso completan el atuendo. Jardiel lleva una botella de cava medio vacía en la mano que le queda libre, mientras que Phil porta en la suya un par de copas. Tras torturar al público con una insoportable cacofonía que intenta parecerse a “El vino que tiene Asunción”, los dos se detienen. Jardiel llena las copas de Phil, quien le da una a Jardiel, una vez hecho lo cual, los dos se disponen a brindar por el nuevo año por tercera o cuarta vez).

JARDIEL.- Feliz 2016, señor O’Hara.

PHIL.- Feliz 2016, Jardiel. Me conformo con que este año sea la mitad de bueno que el anterior.

JARDIEL (suspirando aliviado).- El año de la tan anhelada recuperación económica, que parecía que nunca iba a llegar. Pero ya se sabe que lo bueno se hace esperar ¿Sabe una cosa, querido amigo? A veces me siento acosado por los remordimientos.

PHIL.- ¿Y cómo es eso, venerable y apreciado maestro?

JARDIEL.- Por favor, no diga esas cosas, que me hace sentir mayor. Pues verá: creo que he sido un tanto injusto al no confiar en nuestro gobierno. Muy especialmente con el ministro Montoro, con el que tanto me he metido desde las páginas de Dakota. Pero ya he decidido ponerle remedio a tanto desaguisado por mi parte.

PHIL.- ¿Y qué ha pensado, Jardiel?

JARDIEL.- Ayer mismo le he enviado una carta felicitándole por su reforma fiscal. Ya era hora de que las mejoras en el terreno macroeconómico se notaran en los bolsillos de los españolitos de a pie. Treinta euros más al mes en la cartera no son ninguna tontería. Con ellos me he podido permitir esta flamante nariz de payaso que puede ver usted luciendo en mi cara, estimado Phil.

PHIL.- Inversión sabia donde las hubiere, Jardiel, teniendo en cuenta que nuestro ínclito ministro aplicó una importante reducción del IVA a los artículos de broma. De hecho, yo también me precio de haber sabido emplear mi dinero.

(Phil O’Hara extrae con movimiento rápido un matasuegras del bolsillo del smoking y se lo sopla a Jardiel en la cara. Este da un respingo, pero inmediatamente a continuación estallan los dos en una estruendosa y etílica carcajada, tras la cual vuelven a llenar las copas y a brindar).

PHIL.- ¿Y qué me dice usted del amor, Jardiel? No me negará que este gobierno ha hecho gala de una exquisita sensibilidad al rebajar del 21% al 10% el IVA de las flores. De hecho, el pasado San Valentín, la venta de ramos se multiplicó. Es tan hermoso que la gente se quiera…

JARDIEL.- Y que se acuerde de sus difuntos. No vea usted la alegría que se respiraba en los cementerios en el pasado día de Todos los Santos. Se puede decir que éstos eran toda una fiesta de aroma y colorido, aunque resulte un tanto paradójico.

PHIL.- Y no olvidemos la vertiente más carnal del amor. En un golpe de ingenio insuperable, el señor Montoro tuvo el detallazo de aplicar el IVA super-reducido a los artículos relacionados con el erotismo. A eso sí que se le llama sentido de estado.

JARDIEL.- O sea, que usted puede regalarle a la parienta un ramo de rosas que lleve metido un vibrador dentro, y así aunar en un solo presente lo más puro y el lado más oscuro del sexo.

PHIL.- Jardiel, que la fuerza nos acompañe.

(Los dos vuelven a prorrumpir en la misma risa idiota y convulsiva de antes, para luego darle un nuevo tiento a la botella, que parece no acabarse nunca).

JARDIEL (chascando la lengua, complacido).- Excelente cava catalán. Y dígame, ¿cómo van las cosas por allí?

PHIL.- Va a pensar que soy un cursi sentimental, pero le aseguro que por poco no se me saltaron las lágrimas el pasado 23 de Abril, cuando Jordi Pujol, disfrazado de San Jorge, lanceaba al dragón con la bandera de España en su lomo.

JARDIEL.- ¿Pero no están los catalanes en contra del maltrato a los animales?

PHIL.- Hombre, no era un animal de verdad. De hecho, era Oriol Junqueras el que estaba dentro de la piel del dragón, protegido por una cota de malla.

JARDIEL.- Menos mal. Con eso ya me quedo mucho más tranquilo. Y dígame, ¿qué pasó con la piel del dragón tan pronto como ésta fue abandonada por Oriol Junqueras?

PHIL.- Jordi Pujol salió corriendo con ella, alegando que aquél era su merecido trofeo, y ahora mismo está en paradero desconocido.

JARDIEL.- ¿Sabe una cosa, mi queridísimo amigo? ¡Empiezo a ver la luz al final del túnel!

PHIL.- ¡Por el amor de Dios, Jardiel! Le creía a usted más original usando metáforas.

JARDIEL.- No, es que realmente la estoy viendo. Mire allí.

(Phil O’Hara mira en la dirección que señala el dedo de Jardiel y comprueba que, efectivamente, se vislumbra un intenso haz de luz al fondo de un lóbrego y angosto callejón).

PHIL– ¡Caramba, es cierto! Corramos hacia ella antes de que sea demasiado tarde.

(Los dos corren a toda velocidad hacia la luz, para luego encontrarse a sí mismos en la Puerta del Sol, celebrando las doce campanadas del fin de año 2014-2015).

JARDIEL (una vez recuperado del aturdimiento inicial).- Vaya, parece que nos hemos precipitado. Eso, al parecer, era el túnel del tiempo. Volvemos a estar a comienzos del 2015, en plena crisis.

PHIL (disimulando a duras penas su decepción).- Mucho me temo que es así. En cualquier caso, nos queda el consuelo a usted y a mí de saber que éste va a ser un gran año.

(Un transeúnte que ha oído el anterior diálogo, se detiene visiblemente contrariado y los mira a ambos, frunciendo el ceño).

TRANSEÚNTE.- ¿Cómo? ¿Es que no saben ustedes nada?

JARDIEL Y PHIL.- ¿Saber qué?

TRANSEÚNTE.- El gobierno ha ordenado retrasar los calendarios y que vuelva a comenzar el 2015, para así no demorar el cumplimiento de su promesa de la recuperación económica.

(Jardiel y Phil intercambian una mirada de desconcierto)

JARDIEL.- Conque era eso…

PHIL.- Quién nos lo iba a decir a nuestra edad, Jardiel, que es falso el tópico de que hay cosas que no cambian con el tiempo. Es el tiempo el que no cambia con las cosas.

JARDIEL (encogiéndose de hombros).- En fin, ¿sabe lo que le digo yo? Que al mal tiempo… ¡buena cara!

(Jardiel y Phil sacan sendos matasuegras de los bolsillos, con los que se soplan mutuamente. Acto seguido vuelven a llenar las copas, aprovechando que las botellas vuelven a estar llenas como consecuencia del misterioso bucle espacio-tamporal, y se unen al ambiente de regocijo y luminaria propio de las fiestas navideñas. Poco a poco, en el medio de una intensa lluvia de confeti y serpentinas, va cayendo el telón).

 

THE END

Jardiel Poncela

4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros