Silencios y clamores

Descubrir a un escritor es lo más parecido a una experiencia mística. Ocurre como el enamoramiento, cuando menos te lo esperas. Un buen día, tras echar la consabida cabezada en el sofá después de comer, abres un ojo, agarras maquinalmente el libro que tienes a mano y comienzas a hojearlo distraídamente, entre bostezo y bostezo. Y entonces te restriegas los párpados con fuerza, una y otra vez, y comienzas a recorrer las páginas ansiosamente, casi diría frenéticamente, sin lograr salir de tu asombro. No sabes precisar qué es lo que ha ocurrido, ni qué es lo que hace que se obre el prodigio ante tu mirada incrédula. Simplemente ocurre, como cuando ves la catedral de León o escuchas por primera vez la quinta sinfonía de Beethoven. La belleza es y será siempre castillo interior, por mucho que nos esforcemos en vano por racionalizarla los críticos literarios. Es ciertamente un sentimiento que tiene mucho de sensación física, pues apela antes a nuestras vísceras que a nuestro intelecto. Francamente, a estas alturas de la vida todavía no sé qué es lo que distingue a un buen escritor de un gran escritor. Como dice mi amigo Eduardo Aguirre, citando a Truman Capote: “La diferencia esencial no es la que hay entre escribir bien o escribir mal, sino la que hay entre escribir bien y el verdadero arte”.

Tal cosa me ha sucedido tras la lectura-revelación del libro de poemas titulado El silencio, de Salvador Negro. Como queda patente en el título, es éste un libro que insinúa mucho más de lo que dice. O que resulta tanto más sorprendente por lo que calla que por lo que revela. Antes hablaba de Beethoven. Imagino que la comparación no es casual, puesto que Freud dejó bien claro hace tiempo que el subconsciente es sumamente cuidadoso en sus elecciones, aunque nosotros no lo seamos. Precisamente, el genio de Bonn es uno de los músicos que mejor sabe manejar los silencios en sus obras, probablemente debido a la maestría en tal campo que le proporcionara su trágica discapacidad (sabido es de todos que Beethoven era sordo). No me cabe la menor duda de que el músico más grande que ha existido, no hubiera pasado de ser un artista discreto, sin más, de no ser por la hondura de perspectiva que le brindaba su carencia. De hecho, sus obras de juventud (antes de que empezaran los problemas de pérdida de audición), aunque de una elegancia exquisita, no pasan de ser, tan solo, impecablemente correctas. El Beethoven verdaderamente grande y genial fue, en realidad, hijo del silencio.

Son numerosos, pero en modo alguno resultan reiterativos, los elogios que dedica Salvador Negro al silencio. Pero, a diferencia de Fray Luis de León, quien ve el silencio como una mera vía de ascesis moral que permite al hombre ahondar en su propio yo, aislándolo de las diligencias y apremios del mundo circundante a la manera en que se separa el trigo de la paja, Salvador nos habla del silencio como sustancia de la que está hecho el mundo. Partiendo del trágico accidente ferroviario en el que su padre perdió la vida (la presencia del padre constituye el otro leit-motiv predominante en la obra), Salvador eleva el silencio de los muertos a la categoría de absoluto: “No puedo asir, hacer mío tu cuerpo/ de un modo que yo no soy/ tú eres”. Y un poco más adelante este verso asombroso: “Lo opuesto de la voz no es el silencio, la voz se perfecciona y es silencio”. Este anhelo de perfección desemboca en una cascada de preguntas retóricas: “Por qué tengo que bañarme en el agua / no puedo ser el agua / Por qué tengo que brillar en la luz/ no puedo ser la luz / Por qué no puedo ser en el silencio/ no puedo ser tan puro”. Tal deseo infructuoso encuentra su corolario natural en el siguiente aserto: “Nos pasamos la vida intentando saber lo que dice el silencio”.

A la vista de estos y otros muchos pasajes, resulta inevitable la comparación con cierto poeta casi ignorado, de no haberlo rescatado del olvido la generosa pluma de su evangelista, Ramiro Pinto. Me estoy refiriendo a Antonio Cortijo, autor con el que Salvador Negro presenta una llamativa afinidad. Son muchos los pasajes recogidos por su exégeta (hablo ahora de Antonio Cortijo), relativos al silencio: “Estamos saliendo del abismo/a la cueva del silencio/ al rayo azul del viento (…) Como mortal quiero aferrarme / pues flota en el líquido/ que traspasa el tiempo”. Y precisamente tiene un poema titulado “Sonido del silencio”, cuyo primer verso reza: “Del silencio al sonido hay un paso”. Y en un hermoso poema dedicado a la catedral de León (a la que también mencionamos antes; supongo que de modo nada casual): “Solo el sonido del silencio llena mi alma / Traspasa el infinito el silencio de la luz”.

Llegados a este punto, creo que sería vano y superfluo concluir que Salvador Negro (o Antonio Cortijo) entiendan el silencio como una metáfora de la muerte. Muy al contrario, éste viene a ser como la materia ósea de la existencia, moldeándola desde el momento en que nos hace tomar conciencia de nuestra propia mismidad; es decir, de nuestra condición de seres humanos únicos e irrepetibles. Su opuesto, el ruido, tan solo contribuye a zambullirnos en el torbellino del ser a medias, que nos precipita eventualmente al no ser. De hecho, “El ruido” es el título asignado al primer texto (no poético) del libro, donde se nos refiere con catártica frialdad la noticia del fallecimiento del padre. Es la contemplación de su cuerpo inerte lo que suscita todo el cúmulo de reflexiones posterior, que parecen pivotar en torno a una revelación que, pese a su índole silenciosa, tiene mucho de clamor latente. Clamor que lleva implícito el siguiente mensaje, con hechuras de diálogo impostado bajo la forma de monólogo interior: “Te he dado la vida para que tuvieras la oportunidad de ser tú y existir realmente, no para que la vivieras a través de otros y, llegada tu hora, caigas en la cuenta de que estás vacío; por no haber sabido aislarte de tanto griterío banal y entregarte a escuchar tu propia voz. No hay peor muerte que el ser consciente de que, en realidad, no has vivido nunca”.

Si esto es así, creo que nuestro difunto puede descansar en paz. Porque su hijo el poeta Salvador, sin duda, ha pasado el examen. Con nota.

Jardiel Poncela

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3 pensamientos en “Silencios y clamores

  1. Phil O'Hara dice:

    Me ha encantado el texto, Jardiel. Sobre Beethoven, pero, creo que de haber nacido sordo y a partir de cierta edad haber recuperado la capacidad de oír, sus mejores obras hubieran seguido siendo las de madurez. Suele ocurrir así. Acaso Mozart y su precocidad sean una rara avis. Lo contrario del silencio, en fin, no es el ruido, sino el no silencio. El ruido solamente es lo contrario del no ruido. No dude de que trataré de leer a Salvador Negro. Saludos, Jardiel, y de nuevo enhorabuena por su brillante artículo.

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  2. SALVADOR NEGRO dice:

    Me ha encantado tu análisis, Fernando, y lo agradezco sinceramente. Me parece una lectura del libro que lo hace crecer, lo enriquece y me ayuda a entenderlo más a mí mismo. Muchísimas gracias. Y al amigo Phil O´Hara, le agradezco la intención de leer este texto. Un fuerte abrazo.

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  3. Le agradezco sus elogios, señor O’Hara. Y a usted, Salvador, le agradezco el agradecimiento, como no podría ser de otra manera. Pero le agradezco aún más el haber escrito el libro. Confío en que mi modesta aportación me haga, al menos, digno de haberlo leído. Espero que siga obsequiándonos por muchos años con el inestimable tesoro de su pluma.

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