El primer beso

Quién no recuerda su primer beso. Yo vendería hasta el alma al diablo por recordarlo. Son legión los que se dejan embaucar por la poética de las primeras veces, por sus destellos fulgurantes, como si te estuviesen prometiendo la luna. Hay primeras veces para todo, pero solamente una vez. Aunque tampoco es extraño sentirse defraudado, al momento o medio día después, por algo tan fugaz, tan insubstancial como una primera vez, la que sea. No ha habido poeta que no haya cantado a lo efímera que la existencia es; ¡qué no habrán podido componer de la primera vez de cualquier cosa! Aquel primer beso, estrenar coche o zapatillas, la vez primera que te subiste a un avión para cruzar el Atlántico; primeras veces, todas, que parecen iluminar nuestro sombrío existir pero no son sino ilusas promesas, tan breves y huidizas que se extinguen en un santiamén, acaban sin tan siquiera haber empezado casi.

De cualquier modo, qué sería de todos nosotros sin esas primeras veces. Me acuerdo -de eso sí- de la primera vez que descubrí la importancia de las acepciones -quizás no fuese la primera, pero tampoco importa-. Haciendo cola para matricularme en la facultad de Letras una chica de pelo negro y ojos azules me pidió si podía guardarle la tanda. Más tarde volvimos a coincidir, casualidades de un destino no siempre cruel, al liquidar las tasas en la entidad bancaria ubicada en la otra punta del campus. “Si hay un tercer encuentro – pensé- le preguntaré su nombre”, como si ese par de coincidencias hubiesen tenido lugar en París o en Venecia y no en la universidad, donde a poco que uno tuviera intención de asistir a las clases, a algunas por lo menos o al bar si más no, volver a encontrarla no iba a ser tan difícil. En mi descargo enseguida me arrepentí de la bravuconada, pero ya era tarde, y a pesar de apocado sigo siendo persona de palabra, así que a lo hecho -o a lo pensado, pensé-, pecho. El caso es que semanas o meses después estábamos en una discoteca y al preguntarle si quería salir me encontré en la calle con ella. La cara de gilipollas que se me puso todavía hoy no sé muy bien si fue por advertir por primera vez la importancia de las distintas acepciones de algunas palabras, o por no haberme sabido explicar mejor. Donde yo pretendí que ella entendiese lo de “salir” en la segunda de sus acepciones, “ir juntas dos o más personas como preludio de un noviazgo” o “mantener una relación amorosa con alguien”, que cualquiera me valía, entendió ella “ir fuera de un sitio”, primera de las treinta y dos que el María Moliner recoge del infinitivo. Fuera hacía frío y así que al poco volvíamos a estar dentro.

Damos demasiada importancia a las primeras veces. Debe ser cultural, supongo; algo parecido sucede con el apego al sistema decimal, a determinadas tradiciones o a que pierda nuestro equipo. A fin de cuentas, las segundas veces, con que no tuviésemos en consideración las anteriores, seguirían siendo las primeras, y ello es extensible a las terceras, a las cuartas y a las quintas veces, a las sextas incluso. Haríamos bien en replantearnos la cuestión. De un tiempo a esta parte, por ejemplo, me ha dado por seguir los consejos de un hombre sabio que en la facultad enseñaba, además de muchas más cosas, metafísica precategorial; me esfuerzo en hallar gusto a escuchar tintineos de las pocas certezas que atesoro -nunca son muchas- en unas cuantas obras que, hace ya tiempo, una vez descubrí; tintineos que también suelen estar escondidos en un sencillo café, una caricia o en una mirada. Creo, como mi viejo profesor, que más que pasarnos la vida echando de menos nuevas primeras veces, siempre a la búsqueda, tratando de descubrir sin desfallecer sopas de ajo, debiéramos reconfortarnos con hacer tintinear -como él decía- nuestras pocas certidumbres en las cosas. Joaquim Maristany saciaba más sus ansias releyendo que en buscar nuevas lecturas, y eso le hacía razonablemente feliz. Bien pensado no parece una mala decisión. No digo que debamos limitarnos a unos cuantos libros y un puñado de compositores; tampoco es eso. Pero quizás no haga falta mucho más.

Phil O’Hara

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Un pensamiento en “El primer beso

  1. Coincido con usted en que está demasiado sobrevalorada la importancia de los primeros besos, e incluso me atrevería a decir que de los besos en general ¿Alguien se ha parado a pensar, por ejemplo, en el beso con que Judas entregó a Jesucristo? ¿O en los besos con que la pelandusca de Dalila engatusaba al pardillo de Sansón? Por no hablar de las invitaciones a besarles el culo con que nos obsequian los británicos cada vez que les reclamamos la soberanía del Peñón (versión inglesa del tan hispano vete a tomar por el ídem). Personalmente, me quedaría con la bofetada de Glenn Ford a Rita Hayworth antes que con cualesquiera de tan mezquinas modalidades de ósculo. Espléndido y lúcido texto, señor O’Hara.

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