Pluscuamperfectos literarios

Dentro de las diversas especies de gilipollas que pululan por la geografía española, hay una que me propongo analizar por lo menudo en las líneas que siguen, pues la considero de especial interés zoológico: la de los pluscuamperfectos literarios (o sea, aquellos que están por encima de la perfección literaria, atendiendo al significado etimológico de la palabra).

Comenzaremos, como es de rigor, por describir su hábitat. Su elemento natural es el evento poético, como lo es el agua para el pez. De la misma manera en que, según cuentan los cronistas antiguos, una ardilla podía recorrer la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, estos seres pueden hacer lo propio yendo de evento en evento, sin bajarse nunca de la nube en que flotan como polvo en suspensión. Todos ellos tienen un rictus característico, que los diferencia del resto de los mortales (o tal cosa creen ellos): su tema de conversación favorito (bueno, en realidad habría que decir su único tema) es el cotilleo en torno al libro que publicó, o está próximo a publicar, Fulano de Tal. Si el Tal Fulano se halla presente en el evento, todos se aprestarán a hacerle la pelota y a preguntarle impostando desmedido interés (única forma de lograr disimular la envidia que les carcome) por la fecha de presentación de esa joya incomparable del Parnaso, prometiendo acudir y deshaciéndose en toda clase de elogios sobre las excelencias de la misma (aun sin haberla leído). Poco importa si, llegado el momento, a tan vehemente porfiador le surge una cita ineludible (precisamente en ese día, de entre los 365 que tiene el año) o si su prima Mary Pili es víctima de un repentino ataque de apendicitis, lo cual lógicamente le incapacitará para acudir al acto, cosa que él, por supuesto, lamentará profundamente. Se da la circunstancia curiosa de que tales imponderables nunca se dan cuando es un escritor de cierto renombre el que protagoniza el evento, pero tal cosa no debe sorprendernos en quien ha sido tocado con la gracia de las musas.

Ello nos lleva inevitablemente a la tan controvertida cuestión de qué es un escritor de renombre ¿Quién decide quién tiene renombre y quién no? La respuesta fluye por sí sola: ellos, naturalmente. Comparten con el Papa el don de la infalibilidad, al igual que comparten con Santa Teresa el de la ubicuidad. Ellos son la voz autorizada que decide quién pasa a la posteridad y quién se queda para vestir santos, en términos de gloria poética. Cabe señalar en este sentido que el pluscuamperfecto literario es una criatura fuertemente territorial, que mira con recelo a todo aquel que osa profanar el santuario de su lírico edén. Gustan de darse coba y palmadas en el hombro unos a otros, y reaccionan con hosca frialdad ante el intruso, al que detectan rápidamente con un simple estrechar la mano, al igual que las hormigas cuando se tocan las antenas. En una reunión de pluscuamperfectos, vaya, es imposible que se cuele el Pequeño Nicolás.

Por lo que respecta a las pautas generales de su comportamiento, se da una estricta observancia de ciertos rituales mecánicos e insoslayables, que permiten reconstruir sin asomo de duda su mapa conductual. Durante las lecturas conjuntas de poemas permanecen todos muy serios, con la frente convenientemente arrugada en señal de atención, aunque en el fondo pasen olímpicamente de lo que estén oyendo y su pensamiento esté centrado exclusivamente en cuánto tiempo les queda para leer su poema. Se hallan altamente especializados en el arte de fingir escuchar a otros, aunque en realidad solo les interese escucharse a sí mismos. Todos exhiben el mismo gesto grave y circunspecto durante el recitado, todos prorrumpen con impecable precisión en la consabida salva de aplausos al final del mismo (aunque no se hayan enterado de nada) e, incluso, todos llevan el fular enroscado al cuello de idéntica manera.

Ser de izquierdas resulta de buen tono. Tampoco demasiado, no vaya a ser que les comprometa en exceso (lo suyo es un término medio razonable, pongamos por caso, el Partido Socialista). Les gusta poner a escurrir al gobierno, y despotricar contra la crisis, entre sorbo y sorbo de vino. Con toda seguridad, han leído El lobo estepario, de Herman Hesse (no se puede negar que son chicos cultos), y les complace emular al atormentado Harry Haller, desgarrado por la pugna interior entre sus instintos rebeldes y burgueses. Pero la orgía transgresora suele quedar invariablemente confinada entre las cuatro paredes del salón. Tan solo allí pueden lucir a sus anchas la etiqueta de malditos (que llamativamente se atribuyen a sí mismos) para, tan pronto como abandonen el recinto, empuñar el hisopo y ser ellos los que repartan maldiciones y bendiciones.

Por último, los especímenes de esta clase son tremendamente vanidosos, lo cual les lleva a autoexcluirse automáticamente tan pronto como entras en interlocución con uno de ellos y denuncias los vicios de su casta (o, más bien, cabría decir de su caspa). “No puede estar hablando de mí, con lo mucho que he hecho yo por el bienestar de la cultura, que no es lo mismo que la cultura del bienestar”. Y parpadean, escandalizados, mirando hacia uno y otro lado, cuando sacas el tema en una tertulia, igual que el alumno travieso al que llamas la atención en clase. Darse por aludido no encaja en los parámetros de quien se cree por encima del bien y del mal. El ajo ha quedado definitivamente desterrado de su dieta, dejando paso al caramelo mentolado, siguiendo aquel sabio consejo que Don Quijote dispensara a Sancho: “No permitas que por el aliento detecten tu villanía”.

Para concluir, una pregunta que formulara George Harrison en una de sus canciones, donde hablaba de las personas que ganan el mundo y pierden su alma (Mateo, 16:26): “¿Eres tú uno de ellos?”

Jardiel Poncela

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