Un hombre bueno

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Adrián Montes Badiola fue un hombre bueno. Él no hubiera estado muy de acuerdo. Más a mi favor. A veces nos obcecamos en negar algo y lo único que conseguimos es afirmarlo con mayor rotundidad si cabe. Como cuando Pedro negó a Jesús. ¿Qué necesidad tendría? Sin embargo hasta tres veces lo negó ¿Cabe mayor testarudez? O como cuando negabas tú, aún con la cara toda pringada y los dedos sucios, tan sucios como los de Jack instantes después de haber destripado atrozmente otro cuerpo, haberte zampado la tableta de chocolate. Todo te delataba pero seguías en tus trece desmintiendo lo evidente, lo meridianamente claro, refutándolo. Acaso semejante terquedad en negar fuese la más manifiesta de las pruebas de la culpa; más todavía que los restos del chocolate que, ingenuo e inconsciente quizá, te dedicabas a relamer gozando de su sabor amargo, mientras insistías en no saber nada de todo aquello. La realidad suele ser más tozuda que cualquiera de nosotros; no siempre, pero sí a menudo, y por más que te empeñes en rebatir hasta lo irrebatible, acaba por  imponerse con dureza: Adrián Montes Badiola, hubiese estado de acuerdo o no, vive Dios que fue un buen hombre.

Mi abuelo murió ya hace unos años y mientras vivió tuve siempre la doliente sensación de  disfrutar poco de él. Esa sensación de hecho sigue persiguiéndome. No es tan extraño. Sucede a menudo que nos queda una impresión de escasez en lo que se refiere a disfrutar de los otros. Apurando, esa misma impresión, ese poso que es casi una premonición, la tenemos también respecto a nosotros, y no será que no pasemos tiempo juntos; pues ni por esas evitamos pensar que quizá ni de nosostros mismos seamos capaces de disfrutar lo suficiente. Y esa corazonada, preámbulo de una especie de angustia, acaba por  invadirnos ¡Cómo no experimentar algo similar si a mi abuelo lo veía de pascuas a ramos! Recto por planta y proceder y en cualquier otra acepción, Adrián Montes hacía gala empero de una vis cómica que recordaba a Gila o a Tip. Nos relataba chascarrillos sin hacerse de rogar que cosechaban en la limitada audiencia lágrimas de tanto reir. Al referir cualquier historia la narraba con suma gracia; el arte de contar no guardaba secretos para él; era la palabra, sí, pero no tan sólo: el movimiento preciso de los brazos, los ademanes, los aspavientos cuando la ocasión lo requería, a veces las pausas, el volver atrás para avanzar de golpe después; cada anécdota tan bien dicha devenía una función magistral y nos convertía en espectadores entusiasmados, entregados al oficio de mi abuelo. Y ello a pesar de ser interrumpido una y mil veces por mi abuela y su famoso “¡Pero Adrián, cuéntalo bien!”, aunque mejor no cupiera contarse. Jamás perdió los nervios, que debían ser acerados, y seguía relatando como si nada, cuando haberla asesinado allá mismo cualquiera de todas esas veces hubiese sido cuando menos comprensible; tremendo, sí, pero no desmedido. Mucho debían quererse, que de otro modo no se explica.

Mostraba mi abuelo además tanta paciencia como Job cuando al regresar a diario de la compra, a la que lo había mandado mi abuela, indefectiblemente era vuelto a mandar de vuelta por un par de naranjas más o por otro tarro de mermelada, que maldita falta hacían ni unas ni otro. Y no es que se le hubiese olvidado al pobre, sino al principio por algún cálculo se diría que esotérico que debía componer ella; quién sabe si por prudencia y precaución también después, por tocar las narices las más de las veces y quizá sólo por costumbre al transcurrir los años. Esa mueca característica suya, torciendo así la boca, gesto que en alguna ocasión adiviné también en Javier Krahe, era lo más que se permitía. Cualquier otro hubiera, perdida la razón, la inteligencia nublada, arremetido contra mi abuela mandándola ni por naranjas ni mermalada sino al otro barrio, despachando así el asunto de los mandados. En vez de eso, aquella leve gesticulación, apenas un esbozo difícilmente perceptible incluso para un observador avezado que se dibujaba en su cara denotando no tanto enfado como la afirmación de la propia personalidad, era todo cuanto se concedía. Así un día tras otro. Así durante años. De poder leerme seguro que me afearía lo escrito, porque él era un buen hombre. Entonces le harían falta muy pocas palabras; bastaría enfrentar su mirada glauca; ese semblante enjuto lo decía todo. Tú tratarías de explicarte mejor, intentarías justificarte, la voz entrecortada, las palabras tratando de fluir. Quizá fuese también suficiente con tu mirada de taciturno añil y tus palabras estuviesen de más. Quizá le bastaría con eso para comprender.

La estampa de mi abuelo Adrián –“aquel que viene del mar”– la llevamos algunos labrada en algún rincón del ser. Él ya no está; pero sigue siendo de alguna manera el norte -ese norte que tanto amaba- capaz aún hoy de orientarte esas mañanas de riguroso invierno, que pueden darse a veces incluso en agosto; ésas en las que escasea el ánimo y hasta vivir parece una labor colosal. Es quizá en momentos tales cuando el ejemplo de un hombre bueno más indispensable es. Y Adrían Montes Badiola lo fue; fue un hombre bueno.

Phil O’hara

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4 pensamientos en “Un hombre bueno

  1. Magnífico y emotivo panegírico, señor O’Hara. Sin duda que a su abuelo le hubiera conmovido. Tal vez su mal pronto le hubiera llevado en un principio a arrearle un par de contundentes cachetes, para quedar bien con su esposa y abuela de usted (a la que adoraba), pero luego le hubiera invitado a un vino con su correspondiente tapa en el Viña, para hacer las paces. Porque tiene usted razón: sin duda era un hombre bueno.

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  2. Amelia dice:

    Vaya, O’Hara, ¡qué artículo tan bonito recordando a tu abuelo! Seguro que le habría encantado leerlo y verse de protagonista en Internet. Y está muy guapo en la foto, ¿dónde está hecha? De entrada no la reconozco.
    Es verdad que era un hombre bueno. Y también que tenía mucha gracia contando anécdotas. Y estaría muy orgulloso de leer tu escrito y saber que su nieto le admiraba.
    ¡Un brindis por el señor Montes!

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  3. Phil O'Hara dice:

    ¡Ese brindis está hecho! La foto me la mandó mi padre, pero no sé de dónde la sacaría, la verdad.

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