Fast Food

Ayer acabé de leer el libro La vida mitigada, de mi amigo y colega Tomás Sánchez Santiago. Francamente extraordinario. Poco antes me había estado solazando con la lectura del poemario El silencio, de mi admirado Salvador Negro, al que dedicamos aquí unas líneas hace un par de semanas. Y podríamos seguir el catálogo de exaltaciones con El ladrón de sentimientos, de Felipe Piñero, Corner of the Silenced, de Juan Carlos Pajares o Roberto Alcázar, supongo, de Alberto Masa. Una colección de pequeñas obras maestras condenadas inexorablemente al ostracismo de las estanterías de las tiendas de libros.

Hemos de reconocerlo: el maestro Germán Coppini tenía (en parte) razón al afirmar que no corren buenos tiempos para la lírica. Yo creo que la razón fundamental hay que buscarla en la falta de tiempo. Como en tantos órdenes de la vida, en el mundo de la cultura, la prisa y el consumo rápido parecen haber sustituido a las charlas diletantes entre amigos que en otro tiempo eran el alma de los ambientes literarios. Sé que habrá quien discrepe y opine que ahora también hay eso que llaman “ambiente literario”, pero sin duda se da de una manera diferente. Lo que a día de hoy predomina es el “evento literario”, muy semejante en su concepción a las flash mobs tan de moda entre los jóvenes, fenómeno que define del siguiente modo la Wikipedia (cito textualmente): “Grupo de personas que se reúnen espontáneamente en un lugar público para ejecutar un acto inusual y aparentemente carente de sentido durante un breve período de tiempo, para luego dispersarse rápidamente”. A eso, mucho me temo, han quedado reducidas las presentaciones de libros, de las que se puede afirmar categóricamente que han desplazado a las tertulias literarias de antaño. En este sentido, el mercado editorial ha pasado a no diferenciarse mucho del mercado de preservativos o de hamburguesas. El libro se ha convertido en un artículo de consumo más, carente por completo de existencia propia fuera de los circuitos comerciales. Asistimos a la presentación, compramos un ejemplar, le pedimos al autor que nos lo firme y nos escriba la dedicatoria de rigor  y, con toda probabilidad, tan pronto como lleguemos a casa y nos dispongamos a sumergirnos en los misterios de su lectura, oiremos el bip-bip de nuestro teléfono móvil, avisándonos de la proximidad de un nuevo evento literario. Para evitar que se nos acumule el trabajo, hojearemos apresuradamente las páginas de ese opúsculo que ahora parece quemarnos las manos y luego lo relegaremos indefectiblemente a su nicho en el anaquel correspondiente, rodeado de otras víctimas anteriores del silente holocausto, como le ocurriera al desventurado José Luis López Vázquez en la impactante escena final de La cabina. Y el siniestro ciclo bibliófago volverá a empezar, desarrollándose todas y cada una de sus pautas con matemática exactitud.

Se echa en falta la lectura sesuda y reposada, así como el debate profundo y sosegado que son elementos necesarios para sacarle todo el jugo a una obra literaria. Un libro no es (o no debería ser) algo de usar y tirar. Paradójicamente, en la era de la revolución de las comunicaciones se ha perdido en gran parte la Comunicación, con mayúscula. Lo que se ha ganado en velocidad e inmediatez, se ha perdido por otro lado en profundidad y rigor a la hora de transmitir una determinada noticia. Y lo mismo pasa en los demás terrenos. Por ejemplo, ya no se habla, sino que se chatea. La liturgia de quedar con un amigo en un bar para cambiar impresiones al calor de una taza de café (o aunque sea de una cerveza fría, valga la paradoja) ha dado paso al burdo sentarnos delante de la pantalla de un ordenador a teclear sandeces (salpimentadas con un cúmulo de enojosas faltas de ortografía, cosa que no puedo evitar que me saque de quicio). Algo parecido ha sucedido con el cine: nos bajamos la película de internet, nos reclinamos en el respaldo de la silla y nos abandonamos a nuestra propia inmolación, dejando que los rayos catódicos procedentes de la pantalla del PC nos licúen poco a poco el cerebro. Cada vez somos menos los que apostamos por el ritual de acudir a una sala de proyección a disfrutar de la magia del cine en todo su esplendor, con la misma devoción con que acude al feligrés a orar al templo. No se trata de una mera cuestión de formato, o de pasarnos por el forro la voluntad de John Ford o Alfred Hitchcock, que concibieron sus películas para ser vistas en pantalla grande (aunque también esto sea importante). Lo peor de todo es que con ello estamos renunciando de forma preocupante al cálido sentimiento de comunidad (palabra que, por cierto, tiene el mismo origen etimológico que “comunión” o “comunicación”) en aras del inevitable aislamiento al que nos conduce la tosca sustitución de dicho sentimiento por el zafio sucedáneo del gregarismo.

Algo parecido viene a suceder en el ámbito de la literatura donde, insisto, el consumo reflexivo  ha ido cediendo terreno paulatinamente ante la voracidad troglodita del mercado editorial, cuya esencia (o falta de ella) aparece plasmada en el evento literario. Los editores, por supuesto, no son ajenos a esta transformación dramática del libro en simple mercancía de consumo rápido, como pueda serlo el perrito caliente. Cada vez escasea más la figura del editor clásico, que apuesta por lo que él considera un nuevo valor literario en alza. Toda su planificación estará hecha en función del evento, y su criterio a la hora de decidirse a publicar tal o cual libro no estará tanto en función de la calidad intrínseca que éste pueda ofrecer como de otra serie de parámetros: currículum del autor, su popularidad, el número de potenciales compradores… Y, por supuesto, es de vital importancia que acuda el mayor número de personas a la presentación del libro, para vender de un solo golpe el mayor número de ejemplares posible. Y una vez finalizado el evento, tenderá inconscientemente a desentenderse de su pupilo, concentrando sus energías mentales en la siguiente presentación. En este sentido, la mentalidad de un editor del siglo XXI no difiere gran cosa de la de un croupier. Apostará a tal o cual número en la ruleta y, si los resultados de la jugada no son los previstos, probará suerte con otro número distinto.

Volviendo al libro de Tomás (como cualquiera de los citados más arriba), es un libro cuya característica más distintiva es, a mi juicio, la premiosidad. Invita a ser degustado con la misma morosa delectación con que intuimos que el autor ha procedido a su factura. Nos hallamos inmersos en una realidad de transacciones aceleradas, en que el imperativo categórico de Kant ha sido desplazado por el imperativo calvinista del beneficio a corto plazo. Nada sirve hoy, si no proporciona dividendos de forma inmediata. Ello fomenta necesariamente la trivialización de todas las actividades humanas, sin que ni siquiera el amor sea ajeno. Por lo que respecta a la cultura gastronómica, nuestro paladar se ha ido adaptando al sabor de la hamburguesa de McDonald’s en perjuicio del jamón de Jabugo. O, peor aún, no nos sabe bien el Jabugo si no le echamos kétchup por encima. Y, por supuesto, nada de sentarse a una mesa con mantel, acompañando las lonchas de embutido con un buen vino y  una buena conversación entre amigos. Ni hablar. Tenemos que zamparnos la basura que nos den deprisa y corriendo, para volver enseguida a la tienda o la oficina y hacer lo que se espera de nosotros, comportándonos como perfectos hombres y mujeres de provecho. Que es ahí donde radica el quid de la cuestión.

Pero eso ya es materia para otro artículo.

Jardiel Poncela

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2 pensamientos en “Fast Food

  1. Phil O'Hara dice:

    ¡Cuánta razón! Su magnífico artículo ha traído a mi memoria aquellas tardes de primavera en El Cafetín, dedicadas justamente a conversar sobre los asuntos más importantes del mundo. ¿A propósito de qué otras cosas podíamos entonces hablar si no, mi querido Jardiel? No dude que tiempos tan felices volverán. Mis respetos.

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  2. Con esto me ha venido usted a dar la razón, señor O’Hara. Si lo más parecido que pueda haber en la era contemporánea a una tertulia intelectual son el producto de aquellas memorables tardes en El Cafetín, estamos aviados. Saludos cordiales.

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