Archivos Mensuales: febrero 2015

Mejillones demasiado pequeños

Mejillones-gratis-en-Rábade

Si todos los que tantas veces nos hemos arrepentido hubiésemos tenido ocasión de viajar a Roma para remediar a saber qué desatinos y cuántos, sé a ciencia cierta que más de uno hubiera vuelto, si no a diario sí a menudo -de vez en vez si más no- a la Solera a tomarse un blanco y un mejillón de ésos tan ricos que preparaba Tomás. Pero se sabe: seguramente fueron pocos quienes tuvieron la ventura de visitar la Ciudad Eterna en pos de indulgencia; la mayoría ni llegó a arrepentirse, y si uno se para a pensarlo bien los mejillones de la Solera ya no son lo que fueron; ahora son pequeños y además ya no están nada ricos; que son un asco, vaya. Lo cual no quita que por aquel entonces mereciese la pena dejarse caer por allí a saborear unos moluscos tan bien puestos. Y como uno no va por los bares pie de rey en ristre que certifique el tamaño exacto del marino animal, resulta difícil, so pena de no dar en el clavo, afirmar tan tajantemente que el bueno de Tomás te pilló manía, precisamente a ti, y por eso te servía siempre los menos hermosos. Excesivo orgullo, es vox populi, acaba por jugar en nuestra contra. No diré como aquel experto hombre de negocios falto de escrúpulos que uno debiera, antes de salir de casa camino de la oficina, colgar del mismo perchero del que descuelga su abrigo el orgullo, y salir a la calle desnudo no sé si de esa virtud o de ese defecto. Tampoco debiéramos tomar como ejemplo al timorato que ni orgullo para colgar (o no) del perchero tuvo jamás. Lo cierto es que en esto, como en la mayoría de casos y cosas, conviene no aventurarse y más todavía moderar el carácter y templar gaitas siempre que sea menester y hasta cuando no lo es; que ni tanto ni tan calvo, versión castiza y popular del culto justo medio aristotélico. Emperrarse en algo por orgullo o porque los mejillones son demasiado pequeños -que viene a ser lo mismo- tendrían que prohibirlo. La Guardia Civil debería decirle a uno: “Oiga jefe, deje de no entrar a tomarse un blanco y un mejillón, que eso está prohibido. Venga, circule; y vuelva a La Solera, hombre de Dios”. La autoridad de la Benemérita no veo cómo pudiera emplearse mejor que mandándonos engullir el propio orgullo.

Y si el orgullo está sobrevalorado, otro tanto ocurre con ese dichoso enconado amor por los principios: hoy se tiene principios para todo. Inquebrantables principios para obrar de determinada manera o para no hacerlo ni que te pongan una pistola en el pecho. Por todos esos principios se hacen las mayores estupideces. También proezas, pero rara vez. Principios; tan poco deseable es excederse en tenerlos como no abrazar alguno, que tampoco es eso. ¿No bastaría con ambicionar ser como la Minna Davis de Francis Scott Fitzgerald: “el rostro de Minna, su misma piel, con aquel brillo particular, casi fosforescente, la boca de labios sensuales que nunca supo referirse al precio de las cosas”? Ese sí parece un buen principio: llegar a comportarse como si uno no supiese que las cosas tienen precio. ¡Ahí es nada! Deben hacer falta por lo menos diez generaciones de una misma estirpe para que un principio como ése acabe anidando en un ser; en menos no cuajaría; eso, o ser un personaje de Fitzgerald. Entonces sí es sencillo. Sus personajes poseen un fulgor que tú ni tan siquiera eres capaz de imaginar, aunque lo hayas soñado tantas noches. Esa especie de barniz no es sólo por los millones. Ni por la clase social. Es por algo distinto. En realidad sabes que haría falta haber nacido con ese lustre; que ni un premio de los gordos sería capaz de imbuirte de ello, porque lo que no puede ser además es imposible.

Cuando lo único que tienes son principios “acabas por desear cambiar los pocos amigos que te quedan por una corte de aduladores”; son peligrosos los principios. De pronto un día te levantas dispuesto como Leónidas a plantarte en el paso de las Termópilas sin ni tan siquiera trescientos espartanos; te da por tomarte la vida entera a pecho. Cuando eso pasa es difícil recordar que nada es para tanto, que el universo es demasiado engorroso como para ir sosteniendo grandes principios. Y la vida muy corta para que mucha vanidad acabe por agriarla. Si nos piden la razón, qué más dará darla ¿No será mejor acaso como Tip coger la gamba del revés? Por principios firmes, por orgullo y arrogancia seguimos instalados en una falsamente confortable memez. Si los mejillones son demasiado pequeños pero saben a gloria, cuánto mejor hubiera sido no ignorarlo por unos pocos milímetros de más o de menos. De otro modo puede pasar que hoy ya sea muy tarde y además de pequeños estén repugnantes. Aunque, claro está, siempre nos quede París. O el Viña.

Phil O’Hara

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Del hombre aquel que fui cuando callaba

El otro día mi amigo Antonio glosaba un comentario mío al libro de poemas El silencio, de Salvador Negro, de la siguiente manera: “No hay que ponerse tan extremista. Hay personas, como el señor Jardiel Poncela, que rompen el silencio para hacernos pensar, ¿no?” Aparte de agradecer, naturalmente, tan sentido elogio, creo que la opinión de Antonio suscita un interesante debate acerca de los límites de la prudencia y la cobardía o, lo que viene a ser lo mismo, de hasta dónde debe alcanzar la rigurosidad en el silencio. A ello me propongo contestar en las líneas que siguen.

Como punto de partida, tomaremos una frase del genial Groucho Marx: “Más vale permanecer callado y parecer tonto, que ponerse a hablar y disipar todas las dudas al respecto”. Resulta bastante llamativo el que dicha observación del entrañable cómico, que tanto nos ha hecho reír con sus ocurrencias, coincida básicamente con lo dicho muchos siglos atrás por nuestro ilustre compatriota Lucio Aneo Séneca, personaje que no se caracterizaba precisamente por tener un gran sentido del humor: “Procura permanecer siempre callado, a no ser que estés completamente seguro de que lo que vas a decir es más valioso que tu silencio”. En la misma línea se pronunció Aristóteles cuando dijo: “El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”. No cabe duda de que el silencio cumple, por lo tanto, una función importante en el proceso comunicativo, mientras que, paradójicamente, la interrupción del mismo puede suponer un elemento claramente distorsionador (me vienen a la mente los intercambios de naderías a través del chat, el email, el whatsapp y otros medios, tan de moda a día de hoy, cuya función se ha visto claramente devaluada, al convertirse en instrumentos destinados a empobrecer la comunicación, en vez de facilitarla). El silencio nos permite, entre otras cosas, escuchar a los demás o entregarnos a la reflexión, por lo que su papel puede sin duda ser enriquecedor. Esto es así incluso en el lenguaje musical, donde los silencios, si son administrados sabiamente por el compositor, contribuyen a enaltecer o subrayar la belleza y el poder evocador de la melodía.

Ahora bien, todo aspecto de la realidad tiene su anverso y su reverso, al igual que las monedas. Y lo que en determinadas situaciones puede ser un signo de prudencia o sabiduría, puede convertirse en un síntoma de resignación o cobardía, si lo llevamos demasiado lejos. En ocasiones, la línea fronteriza entre un estado y otro puede ser bastante difusa. Y, si bien coincido con los autores antes citados en que es malo hablar cuando no debemos, yo afirmo que es aún peor optar por permanecer callados cuando deberíamos hacer oír nuestra voz. De hecho, considero que el silencio, al igual que en las obras musicales, debe interactuar con las palabras, hasta cierto punto prefigurando éstas. Por expresarlo de manera gráfica, nuestros silencios deben ser a las palabras lo que las manos del alfarero a la vasija de barro: un instrumento que ayude a moldearlas. De lo contrario, dejaremos de ser la caja de resonancia donde reverberen las palabras de otros para convertirnos, simplemente, en un pozo sin fondo donde se pierda para siempre todo atisbo de nobleza o sensatez que nos haya precedido, creando con ello el caldo de cultivo apropiado para que la injusticia y la insensatez extiendan sus dominios, imponiendo el silencio absoluto y definitivo. Aunque los corazones sigan latiendo.

Con frecuencia me he preguntado a mí mismo (y me lo han preguntado otros) qué es lo que me ha llevado, por ejemplo, a romper mi silencio de tantos años para decidirme a emprender esta aventura bloguera con mi compañero de fatigas, Phil O’Hara. Aparte de las seductoras palabras de ánimo de este último, creo que hay otra razón más profunda. Thoreau dijo en cierta ocasión que muchos hombres permanecen callados no porque no tengan nada que decir, sino porque no se han producido las circunstancias idóneas para que su mensaje llegue a oídos de los demás. Al hilo de esta reflexión, cabría interpretar que las épocas de crisis son quizás las mejores para que los espíritus inconformistas hagan público su alegato, al haber una receptividad mayor por parte de los destinatarios potenciales del mismo. Podríamos decir que la situación por la que estamos atravesando, en la que el silencio está dejando progresivamente de ser una opción para transformarse en una imposición, constituye la mejor de las coyunturas para que quienes hemos permanecido callados durante demasiado tiempo (y quizá por ello no hayan tomado por tontos o cobardes), nos decidamos a dejar de encajar los golpes como meros sparrings para pasar, por fin, a la ofensiva.

Terminaré esta reflexión con unos versos de Blas de Otero (a mi juicio, uno de los mejores poetas españoles del siglo XX), que creo que vienen muy al caso:

 

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.

(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada)

Digo vivir, vivir como si nada

hubiese de quedar de lo que escribo.

 

Porque escribir es viento fugitivo,

y publicar, columna arrinconada.

Digo vivir, vivir a pulso; airada-

mente morir, citar desde el estribo.

 

Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,

abominando cuanto he escrito: escombro

del hombre aquel que fui cuando callaba.

 

Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra

más inmortal: aquella fiesta brava

del vivir y el morir. Lo demás sobra.

 

Jardiel Poncela

 

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