Del hombre aquel que fui cuando callaba

El otro día mi amigo Antonio glosaba un comentario mío al libro de poemas El silencio, de Salvador Negro, de la siguiente manera: “No hay que ponerse tan extremista. Hay personas, como el señor Jardiel Poncela, que rompen el silencio para hacernos pensar, ¿no?” Aparte de agradecer, naturalmente, tan sentido elogio, creo que la opinión de Antonio suscita un interesante debate acerca de los límites de la prudencia y la cobardía o, lo que viene a ser lo mismo, de hasta dónde debe alcanzar la rigurosidad en el silencio. A ello me propongo contestar en las líneas que siguen.

Como punto de partida, tomaremos una frase del genial Groucho Marx: “Más vale permanecer callado y parecer tonto, que ponerse a hablar y disipar todas las dudas al respecto”. Resulta bastante llamativo el que dicha observación del entrañable cómico, que tanto nos ha hecho reír con sus ocurrencias, coincida básicamente con lo dicho muchos siglos atrás por nuestro ilustre compatriota Lucio Aneo Séneca, personaje que no se caracterizaba precisamente por tener un gran sentido del humor: “Procura permanecer siempre callado, a no ser que estés completamente seguro de que lo que vas a decir es más valioso que tu silencio”. En la misma línea se pronunció Aristóteles cuando dijo: “El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”. No cabe duda de que el silencio cumple, por lo tanto, una función importante en el proceso comunicativo, mientras que, paradójicamente, la interrupción del mismo puede suponer un elemento claramente distorsionador (me vienen a la mente los intercambios de naderías a través del chat, el email, el whatsapp y otros medios, tan de moda a día de hoy, cuya función se ha visto claramente devaluada, al convertirse en instrumentos destinados a empobrecer la comunicación, en vez de facilitarla). El silencio nos permite, entre otras cosas, escuchar a los demás o entregarnos a la reflexión, por lo que su papel puede sin duda ser enriquecedor. Esto es así incluso en el lenguaje musical, donde los silencios, si son administrados sabiamente por el compositor, contribuyen a enaltecer o subrayar la belleza y el poder evocador de la melodía.

Ahora bien, todo aspecto de la realidad tiene su anverso y su reverso, al igual que las monedas. Y lo que en determinadas situaciones puede ser un signo de prudencia o sabiduría, puede convertirse en un síntoma de resignación o cobardía, si lo llevamos demasiado lejos. En ocasiones, la línea fronteriza entre un estado y otro puede ser bastante difusa. Y, si bien coincido con los autores antes citados en que es malo hablar cuando no debemos, yo afirmo que es aún peor optar por permanecer callados cuando deberíamos hacer oír nuestra voz. De hecho, considero que el silencio, al igual que en las obras musicales, debe interactuar con las palabras, hasta cierto punto prefigurando éstas. Por expresarlo de manera gráfica, nuestros silencios deben ser a las palabras lo que las manos del alfarero a la vasija de barro: un instrumento que ayude a moldearlas. De lo contrario, dejaremos de ser la caja de resonancia donde reverberen las palabras de otros para convertirnos, simplemente, en un pozo sin fondo donde se pierda para siempre todo atisbo de nobleza o sensatez que nos haya precedido, creando con ello el caldo de cultivo apropiado para que la injusticia y la insensatez extiendan sus dominios, imponiendo el silencio absoluto y definitivo. Aunque los corazones sigan latiendo.

Con frecuencia me he preguntado a mí mismo (y me lo han preguntado otros) qué es lo que me ha llevado, por ejemplo, a romper mi silencio de tantos años para decidirme a emprender esta aventura bloguera con mi compañero de fatigas, Phil O’Hara. Aparte de las seductoras palabras de ánimo de este último, creo que hay otra razón más profunda. Thoreau dijo en cierta ocasión que muchos hombres permanecen callados no porque no tengan nada que decir, sino porque no se han producido las circunstancias idóneas para que su mensaje llegue a oídos de los demás. Al hilo de esta reflexión, cabría interpretar que las épocas de crisis son quizás las mejores para que los espíritus inconformistas hagan público su alegato, al haber una receptividad mayor por parte de los destinatarios potenciales del mismo. Podríamos decir que la situación por la que estamos atravesando, en la que el silencio está dejando progresivamente de ser una opción para transformarse en una imposición, constituye la mejor de las coyunturas para que quienes hemos permanecido callados durante demasiado tiempo (y quizá por ello no hayan tomado por tontos o cobardes), nos decidamos a dejar de encajar los golpes como meros sparrings para pasar, por fin, a la ofensiva.

Terminaré esta reflexión con unos versos de Blas de Otero (a mi juicio, uno de los mejores poetas españoles del siglo XX), que creo que vienen muy al caso:

 

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.

(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada)

Digo vivir, vivir como si nada

hubiese de quedar de lo que escribo.

 

Porque escribir es viento fugitivo,

y publicar, columna arrinconada.

Digo vivir, vivir a pulso; airada-

mente morir, citar desde el estribo.

 

Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,

abominando cuanto he escrito: escombro

del hombre aquel que fui cuando callaba.

 

Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra

más inmortal: aquella fiesta brava

del vivir y el morir. Lo demás sobra.

 

Jardiel Poncela

 

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2 pensamientos en “Del hombre aquel que fui cuando callaba

  1. Phil O'Hara dice:

    Muy sensato su artículo, Jardiel. Jamás se llegará a otorgar al silencio la importancia real que tiene. Tan importante es que las más de las veces se viste con palabras. El silencio, como también la soledad, dan a menudo la medida exacta de los seres. Pero ya me callo, que habrá que hacer al menos hoy honor a eso tan importante. Mi enhorabuena una vez más Jardiel.

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  2. Como perito en la materia, quisiera hacerle una consulta: ¿Qué le parecería sustituir el “Cogito ergo sum” de Descartes por un “Taceo ergo sum”? Al fin y al cabo, el silencio es indispensable para pensar, lo cual no quita para que de vez en cuando lo rompamos saboreando algún que otro acorde de Mozart o de Deep Purple. Saludos, señor O’Hara.

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